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El pensamiento, los hombres y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 9 de marzo de 1945.
Por Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol) – Revista Logosofía N° 51

Cada día que pasa, cada hoja que se desprende de la magnífica planta que representa el mundo con sus periódicas transformaciones, confirma vez por vez la incuestionable verdad de que lo que mueve al hombre y a todo cuanto ha creado su inteligencia, son los pensamientos.

Hace seis meses, cuando todo parecía indicar que la guerra estaba próxima a su fin, aparecieron de pronto, como por arte de magia, incomprensibles demoras que fueron atrasando ese gran momento que la mayor parte de los seres humanos se dispone a celebrar jubilosamente: el final de esta horrible y catastrófica contienda. Es que los pensamientos están demostrando que son más fuertes que las armas. Así es que los vimos frenar en Polonia a los ejércitos soviéticos, que debieron detener su avance para que los altos dirigentes aliados se ocupasen preferentemente de ciertos pensamientos, concernientes a una cuestión político‑geográfica que necesitaba ser considerada con prioridad a nuevos hechos de armas en aquella región.

En la Cámara de los Comunes, los pensamientos de los hombres de Estado, en pugna entre si o en vivo acuerdo, trabajan intensamente en busca de soluciones que permitan allanar las múltiples dificultades que se presentan en el escenario europeo y aun fuera de él. En Washington, en Moscú, también el posa miento de los estadistas libra verdaderas batallas mentales contra los pensamientos del mal, que, con frecuencia, intentan perturbar la buena armonía que indefectiblemente debe reinar entre los aliados, aun cuando más no sea en homenaje a los tantos esfuerzos y sacrificios que en común están haciendo para restablecer en el mundo la tan ansiada paz y el equilibrio en todos los órdenes, que fuera roto al comenzar las hostilidades bélicas Los hombres en cuyas manos se hallan los intereses de la humanidad entera, deberán comprender en su total alcance la responsabilidad que les incumbe en esa tarea en la que concentran todos sus esfuerzos a fin de lograr que los pueblos vuelvan a la normalidad animados de la mejor buena voluntad y del mejor ánimo para reconstruir sus devastadas tierras, edificando en cada uno de sus países una obra con miras permanentes, en todos los aspectos en que la vida se desenvuelve. Para que esto sea posible habrá que inspirar en los habitantes de los pueblos afectados, plena confianza en el porvenir; así el trabajo será fecundo y los resultados, un verdadero bien para las generaciones del mañana.

Si en las cuestiones territoriales existiera un amplio y generoso espíritu de comprensión, nada ni nadie podría impedir que se llegase a las más elevadas y honrosas soluciones; y cuanto más nobles sean los gestos de los estadistas y más amplio su espíritu de colaboración universal, tanto más imperecedero será el recuerdo que se fije en la posteridad, el cual, como una llama simbólica, señalando el ejemplo servirá para iluminar a los hombres del mañana.

La guerra actual, al finalizar, habrá promovido innumerables cambios en muchos sectores de la vida. De quienes sobrevivan dependerá que esos cambios se encaucen hacia el bien, modificándolos inteligentemente, conforme a las necesidades, a fin de que, sin perturbar a la sociedad humana, permitan que el equilibrio vuelva a reinar en el mundo.

La postguerra será un proceso que convendrá cuidar con extrema atención y firme voluntad para que la humanidad no sufra un colapso que podría ser de fatales consecuencias. Ese proceso abarcará todos los cambios y transformaciones que tienen que operarse en el futuro inmediato y mediato, y, se sobreentiende, habrá que dirigirlo con el máximum de energía e inteligencia hacia una superación efectiva, hacia una evolución realmente consciente, en la que cada ser humano se sienta responsable no sólo de sus actos sino también de los de toda la humanidad, de la cual forma parte; siendo así, se creará un verdadero espíritu de confraternidad, de comprensión, de colaboración, de paciencia, tolerancia y justicia.

Será, es indudable, un proceso largo, y posiblemente haya que pensar que los frutos tardarán mucho en recogerse, pero no hay que olvidar que mientras éste vaya realizándose, toda la humanidad comenzará a beneficiarse a través de esa realización. Y al tiempo que éstos y otros pensamientos e ideas irán plasmándose en el ambiente mental del mundo, grande ha de ser la labor que habrá que llevar a cabo para calmar tantas ansiedades y frenar tantos impulsos contenidos en el alma de los pueblos que debieron soportar durante años toda clase de calamidades y sufrimientos.

Nada puede hacerse de golpe, y mucho menos restablecer la armonía de los intereses humanos en breve tiempo. Habrá, pues, que preparar los ánimos e inclinarse hacia el culto de la paciencia y la tolerancia, y a la vez encauzar a los espíritus hacia el culto del trabajo y, sobre todo, hacia el culto de la confianza en un porvenir más auspicioso.

Todo podrá reconstruirse sobre bases firmes si anima el espíritu de los hombres un franco optimismo y permanente entusiasmo en la edificación de un mundo mejor. Y es en esto en lo que todos, sin excepción, deben poner sus más grandes empeños, su más buena voluntad y los recursos de su capacidad individual.

Uno de los grandes problemas, quizá el más grande, es, y seguirá siéndole hasta tanto se solucione, el creado entre el ser individual y el ser colectivo, o sea, entre el individualismo y el colectivismo, que termina en lo que ha dado en llamarse estatismo, lo cual, en resumen, es la absorción del individuo por el Estado.

Este problema de tan vital importancia para el futuro, tendrá que resolverse dentro de la más amplia comprensión de los destinos del hombre y del mundo. Privar al ser humano de sus naturales prerrogativas, de los alicientes y estímulos del libre albedrío, es arrancarle lo mejor de su existencia. Y si esto ocurre, contrariando la mayor esperanza que hubo de cifrarse en él, para quien e¡ mundo y la tierra fueron hechos a fin de que viviera y disfrutara de todo cuanto en ellos existe, quién podría reemplazar lo que es propio de su espíritu y de su naturaleza.

Quitar al hombre tales prerrogativas es postrarlo en una muerte moral y condonarlo a una consunción psicológica y mental. Las grandes democracias y los pueblos libres que hoy luchan por mantener intactos los principios fundamentales de la existencia humana así parecen haberle comprendido. Es el individuo, con todas sus fuerzas y su inteligencia, el que debe aportar su concurso para el bien común, y el que debe comprender que ese aporte tiene que ser ofrecido y realizado sin que medien, para, decidirlo, presiones extrañas a su voluntad. Pensar lo contrario es admitir que la humanidad ha fracasado en su evolución y que debe conducirse corno nómade, al igual que las especies inferiores.

Si han de existir para el individuo prerrogativas y derechos, éstos deben ser iguales para todos, pero esa igualdad habrá de entenderse en el sentido de que nadie será privado de lo que quiera y pueda hacer si sus esfuerzos, capacidad y sacrificio, le conceden realizar tales aspiraciones. Para todos están abiertas las puertas de las universidades, aun cuando no todos logran una feliz culminación de su carrera no obstante haber tenido la misma prerrogativa y el mismo derecho a ser lo que sensatamente se propusieron en un principio (Ver “Logosofia” Nº 29 sobre concepto de igualdad.)

Esta es la ley natural que a todos los hombres abre un camino de idéntica trayectoria, pero que no todos recorren en igual tiempo y del mismo modo. Los que culminan en sus aspiraciones comprenden, o han de comprender al menos, que es deber no olvidar a los semejantes que quedaron detenidos en él. Muchos son los que comprendiendo este deber acuden en auxilio de los demás beneficiándolos por mil medios diferentes con cuanto ellos alcanzaron en sus máximos esfuerzos de superación y progreso.

El futuro del mundo debe ser la preocupación más importante que cada uno tenga, pues de esa preocupación habrá de surgir quizá el mejor concurso que todos los hombres de buena voluntad puedan aportar para colocar los cimientos y levantar sobre ellos el gran edificio de la paz futura.

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Acepción del vocablo IGUALDAD

Concepción   logosófica de las palabras

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 29, mayo de 1943

Igualdad:   

  • Conformidad de    una   cosa con otra en naturaleza, forma, calidad o cantidad.
  • Correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo.
  • Ante la ley: Principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos.

( Dicc. Enciclopédico Espasa – Calpe y Dicc. de la Real Academia Española))

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El concepto de igualdad, por la diversidad de criterios que lo han sustentado, es, sin duda, el que ha promovido más discusiones en el seno de la sociedad humana.

Se invoca la igualdad al amparo de leyes sociales, y más significativamente aún, allí donde la diferencia de clases  descubre a los desamparados de la fortuna clamando por un tratamiento similar al que gozan las capas superiores. El comunismo, que derrocó a los zares de Rusia y echó por tierra a la aristocracia de ese pueblo, fue una explosión del concepto de igualdad que irrumpió violentamente en todos los ámbitos de su territorio, derribando y exterminando, en la pretensión de someter a todos a la igualdad soñada por los líderes de la revolución, cuanto vestigio de privilegio pudiera existir. La experiencia, parte viva de la realidad, que no puede negarse so pena de caer en la necedad, fue modificando el primitivo concepto del bolcheviquismo hasta acondicionarlo a formas más aceptables para la organización social de aquel país. Por mucho que los hombres se alejen de la realidad, siempre termina ésta por volverlos a aproximar.

El concepto de igualdad   en su más amplia acepción,  es decir, en su contenido  universal,  difiere mucho  del vulgar. Su esencia ha de buscarse en los orígenes del género humano; mejor aún, en los orígenes de la vida como vehículo de manifestación del alma, que cumple, sucesivamente, períodos de evolución a través de épocas y edades hasta realizar su perfección.

Todo indica que la presencia del hombre en  el mundo, reproducida en un sinnúmero de seres, fue idéntica      en su primera manifestación, o sea, en el punto de partida; pero esa igualdad ha debido sufrir una serie de modificaciones a medida que los seres fueron alejándose de aquel punto inicial. Si bien es cierto que fue dado a todos un destino común, se desprende de multitud de hechos que atestiguan la exactitud de nuestras afirmaciones, que ese destino sólo es fatal para los pobres de espíritu, para los que nacen y cesan sus días en este mundo más o menos como acontece en la especie animal. Desde los albores de la humanidad, los aborígenes, indígenas y todas aquellas tribus nómades, tienen prefijado un destino común, el cual, con ligerísimas variantes, es casi idéntico en todos, ya que pocas veces son capaces de sobrepasar la meta establecida. Pero no bien pudo el hombre despertar en conocimientos que aventajaban considerablemente a los primitivos, se dio cuenta de lo mucho que podía hacerse para mejorar la existencia y alcanzar destinos mejores.

La historia humana es una larga, interminable sucesión de relatos que describen los triunfos del hombre en los  diversos campos en los que le fue posible actuar como ente dotado de inteligencia y sensibilidad. Esos mismos triunfos señalan progresos continuados, en un constante empeño por ampliar sus perspectivas y lograr un mayor dominio sobre los elementos, lo cual fue transformando a la tierra, a través de sucesivas etapas, en un mundo civilizado y apto para toda clase de actividades que pudieran facilitar con amplitud la evolución humana.

Evidentemente, esos progresos denotan ya un cambio, tan visible como convincente, de aquel destino común de las primeras edades, en que la incipiente reflexión no acusaba mayores aspiraciones, Sin embargo, la palabra destino contiene la trayectoria que puede seguir el ser humano hasta la más alta ascensión. De ahí el desenvolvimiento entre los seres dotados de razón, quienes no obstante ser en apariencia similares entre sí, se hallan a diferentes y aun a grandes distancias unos de otros, según el grado de evolución alcanzado individualmente.

La igualdad es una ley inexorable, y ha de entenderse que como tal, no puede violar otras leyes, pues todas se complementan haciendo posible el equilibrio del Universo.

La ley de igualdad significa, entonces, que regirán  las mismas  perspectivas para aquellos que se hallen en iguales condiciones, y podrán disfrutar de los mismos derechos y goces mientras no exista alteración en el punto de igualdad en que se encuentren temporariamente. Si cien o mil personas comienzan un largo viaje a pie no todas caminarán con idéntico aplomo, energía  y velocidad.   Empero, el hecho de que unos cubran una etapa en menor tiempo que otros, no quiere decir que los que quedan atrás no puedan alcanzarlos, y en el caso de que esto acontezca, se hallarán nuevamente en igualdad de condiciones. Estarán en el mismo sitio, disfrutando de análogas perspectivas.

Es similar lo  que acontece en el trayecto que se recorre a través de la existencia: pueden encontrarse dos o más seres en el mismo grado de evolución; en tal caso, sus condiciones y prerrogativas serán iguales, pero se entiende que lo serán mientras permanezcan en ese grado de evolución, ya que desde el momento en que cualquiera de ellos lo trascienda, esa igualdad  quedará, lógicamente, alterada. Vemos aquí la amplitud de esta concepción que define a la igualdad.

Otra imagen de gran fondo que habrá de ilustrar en otro aspecto el significado de la palabra igualdad y demostrarnos cómo ésta, sin perder su fuerza, se manifiesta tal como debe ser concebida por la inteligencia que sabe descubrirla allí dónde su presencia pueda dar más de un motivo para la reflexión, nos la presenta una familia numerosa, cuyos hijos han nacido en igualdad de condiciones y a quienes, se les ha prodigado el mismo amor, el mismo alimento, el mismo aire. Todos vivieron además, en el mismo hogar y recibieron idéntica educación. La igualdad, pues, no pudo ser puesta de manifiesto con mayor elocuencia; no obstante, cada uno de ellos tomó rumbos diferentes: uno siguió una carrera y escaló posiciones descollantes; otro siguió un oficio; aquél  se hizo navegante, y hubo de los que no quisieron estudiar ni trabajar y prefirieron la vagancia, llegando algunos por los caminos del vicio, hasta la cárcel.

¿Quién alteró aquí la igualdad? ¿Quién podría, sensatamente, pretender volver a la igualdad a todos estos hijos, colocándolos en el mismo plano, en una posición similar y gozando de iguales prerrogativas? La igualdad existió, en este caso durante un tiempo, mas luego fue alterada por obra de cada uno.

He ahí la verdadera igualdad; la sabia, la justa, la incuestionable; la que brinda a todos la misma oportunidad.

El propósito humano no debe tender jamás a buscar la igualdad por la violencia o por medios arbitrarios, pues lograrlo traería una igualdad injusta, o, peor aún, una simulación de igualdad.

Todo hombre ha de tratar de igualar a aquel que por sus esfuerzos o por cualquier circunstancia que él ignore, está por encima suyo. La igualdad hado concebirse en un plano de equidad y de justicia, y el que se encuentra abajo debe ascender hasta donde se halla el que está más arriba, si es a éste a quien quiere igualar. El que se inicia en la carrera militar, por ejemplo, sabe que sólo por la realización y por el estudio, habrá de ir conquistando sus grados y alcanzando a cada uno de sus superiores en sus respectivas jerarquías, hasta igualar a aquel que lleva las jinetas de general. Pero para ello, le será necesario ser también un general. Sería absurdo que el militar incipiente pretendiese que el de mayo jerarquía lo igualase retrocediendo hasta colocarse en su posición, siendo que esa él a quien corresponde efectuar la trayectoria ascendente que lo lleve a igualarse con su superior.

La igualdad debe constituir el supremo anhelo del alma humana, la suprema aspiración;  mas, para que ello tenga toda   la fuerza necesaria a fin de encarnar un gran ideal, debe  entenderse que esa igualdad ha de  ser obtenida casi exclusivamente por el esfuerzo propio y representar. el objetivo esencial, ello es, igual el amplio sentido de la palabra.

La igualdad como forma jurídica de Derecho Universal tiene que existir y existe, adaptada a los medios de convivencia social en que se nuclean los diferentes tipos que integran la sociedad humana en los respectivos países; pero esa igualdad es más aparente  que real; establece un “modus vivendi” aceptado porque sí – y esto es paradójico – , por exigirlo las normas toleradas por la misma sociedad.

La prominencia en las posiciones políticas, sociales y  económicas establece de hecho privilegios que por  cierto no gozan  los que se hallan en posiciones inferiores. Por otra parte, las relaciones y vínculos de todo orden entre los seres permiten  también  ventajas que no obtiene el que está totalmente aislado de los demás. A pesar de esto, nadie podrá afirmar que exista alguien a  quien las leyes que rigen para  todos en una perfecta igualdad de rigor, le hayan negado la posibilidad de conquistar posiciones y gozar de idénticos privilegios.

En suma: la igualdad es una ley de orden universal que da al hombre la comprensión de lo que es, conforme al lugar o posición en que está situado. Según el decir bíblico, Dios hizo  al hombre a su imagen y semejanza; eso no quiere significar que le hizo igual a El, pero diole a entender que la igualdad era el camino que debía recorrer hasta alcanzar su imagen y semejanza.

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El capital en formación – Su realidad actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 54, junio de 1945

Cuando los gobiernos adoptan medidas con el propósito de resolver las tantas situaciones que se crean a todo pueblo o nación en su constante desarrollo político, social y económico, por lo general no contemplan, muchas veces por la premura con que deben solucionar esas situaciones, todos los aspectos y detalles que forman el problema. Y de ahí también que, con frecuencia, tales medidas resultan insuficientes y aun contrarias a los propósitos del gobierno. Para confirmar esta observación podrían citarse infinidad de casos. En nuestro país tenemos, por ejemplo, el impuesto a las ganancias excesivas, digno, por la importancia que reviste, de ser enfocado teniendo presente su origen, es decir las razones que motivaron su adopción.

Es indudable que el pensamiento que animó a los hombres que dispusieron la aplicación de tal medida fue el de hacer que el capital privado ofreciera un concurso mayor para solventar la carga pública, ya que el impuesto a los réditos parecería haber sido de escaso rendimiento. Visto así, sin profundizar y sin que la práctica haya puesto aún de manifiesto algunas fallas que en esa medida existen, ella aparece como muy natural y hasta cierto punto, lógica. Empero, se advierte que no se tuvo en cuenta, posiblemente por razones de urgencia en resolver este asunto, el alcance y el grado en que podrían ser afectados los intereses de unos y otros.

El capital tiene sus jerarquías, según las cuales desempeña funciones diferentes conforme a las cifras a que asciende. Lo razonable habría sido, pues, como primera providencia, clasificar el capital en dos categorías. La primera correspondería a las sumas que ascienden a uno, dos y aún cinco millones; la segunda, cinco millones en adelante. Tendría que hacerse todavía una nueva clasificación, dividiendo en dos los capitales comprendidos en la primera categoría. El capital estabilizado entre uno y cinco millones, vale decir, el capital ya formado, cuya estabilidad está asegurada, sería el primero en esta clasificación; el segundo lugar correspondería a los capitales en formación, desde los mil pesos hasta el millón, de los cuales hay un número apreciable.

Pues bien; estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden, desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mando de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.

Se ha de advertir, por consiguiente, que a las dificultades y contratiempos de toda especie que el capital en formación debe afrontar, más las cargas impositivas que a ello se suman, se agrega el tronchamiento de una buena parte de sus beneficios, lo cual, indudablemente, debilita las fuerzas que sostienen al mismo durante las luchas que ha de entablar para no sucumbir ante las situaciones adversas.

El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.

En resumen; los grandes capitales, que sin mayores perjuicios estarían en condiciones de ofrecer un concurso más amplio para solventar la carga pública, son, justamente, los menos afectados con esta medida, ya que su mismo volumen mantiene equilibrado el rendimiento; en cambio, los capitales en formación, tal como queda evidenciado a través de las reflexiones hechas, son los que deben soportar, en detrimento de su propio desarrollo, el mayor peso de los impuestos y gravámenes. Sería, por tanto, muy justo que se tuviera en cuenta lo que significan estas observaciones que formulamos sobre tan importante asunto.

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Las democracias y los regímenes totalitarios

Por Carlos Bernardo González Pecotche, (Nueva Concepción Política, 1940, págs. 96-106)

 Interesantes observaciones sobre países y gobiernos en sus relaciones con los demás pueblos del mundo.

Muy a menudo se oye decir con gesto de asombro: “¡Cómo ha cambiado el mundo!” Sin embargo, no es el mundo el que ha cambiado, sino las circunstancias, los hombres, los ambientes y las corrientes mentales.

Sin duda, el tema escogido hará pensar de inmediato que el articulista, como sucede muchas veces con tan zarandeado asunto, mostrará aquí sus preferencias haciendo causa común con una u otra de las tendencias que aparecen en pugna irreconciliable en el continente europeo. Nada de eso; su propósito es, ante todo, poner una palabra serena en medio de tanta agitación y un poco de reflexión en las mentes que han cesado de tenerla.

Veamos: ¿qué beneficios ha reportado al mundo la implantación del régimen soviético? La respuesta casi podría anticiparse a la pregunta. Ninguno; pero, ilusionó a millones de fanáticos que aún viven al margen de la realidad. ¿Y las ideologías adoptadas por los gobiernos de Alemania e Italia? Esto merece una consideración aparte.

En Italia, después de la guerra del catorce, se habla dado cita, según lo anunciaron las crónicas de esa época, todo el bandidaje de Europa. Para el caso no es necesario hacer distingos con el objeto de señalar que determinado grupo era el fomentador de las agitaciones y disturbios que llevaron al país al borde del caos político y social. Lo cierto es que Benito Mussolini, a la sazón caudillo del socialismo, el cual comenzaba a tomar incremento en determinadas regiones de Italia, expuso su programa de acción a sus correligionarios políticos y marchó con ellos decididamente hacia Roma. Con un éxito que no esperó y en el que no hubo pensado jamás, obtuvo las consideraciones del Rey, quien le nombró Primer Ministro. Una vez en el gobierno, Mussolini comenzó su obra de sanear el ambiente, ya demasiado contaminado de “maffiosos” y exaltados que creyeron convertir a esa nación en centro de la “maffia” mundial. Estas fueron, por lo menos, las versiones que corrían cuando el partido de Mussolini, tomando el nombre de Fascismo, empezó sus “razzias” eliminando a todos los elementos de la oposición y a todos aquellos de quienes se tenía el menor indicio de resistencia a las órdenes del gobierno.

Dejemos a un lado los métodos que hubo de utilizar el fascismo para reducir a sus contrarios dentro del territorio. El hecho es que Italia pareció resurgir más vigorosa que nunca y dispuesta a acreditarse de nuevo ante el mundo. Pero, he aquí que una vez cumplida la misión que motivó la ascensión de Mussolini al poder, es decir, organizada la vida social sobre otras bases y libre el campo político de enemigos, éste creyó que perdería su prestigio si se entregaba llanamente a gobernar en paz a su pueblo, pues ya nada le quedaba por hacer en materia de reorganización y depuramiento. El aceite de ricino había hecho cuanto podía hacer.

Mussolini no es hombre rutinario, y en esa circunstancia le aterró pensar que dirigiendo los asuntos del Estado desde un gabinete tranquilo y solitario, sus funciones quedarían reducidas a una simple tarea administrativa. ¿Qué pasó, entonces, en él? Lo que le pasa al que nunca está satisfecho de sus satisfacciones y busca emprender nuevas empresas para calmar sus inquietudes.

Deseos de conquistas y de mayor predominio en las relaciones internacionales llevaron al Dictador a extender los métodos empleados en su país, allende las fronteras. La situación general era propicia, pero se encontró con que la autoridad que habla impuesto en Italia era desconocida en el exterior. Nadie tomaba en serio sus opiniones, y sus enemigos, desterrados por él, lo atacaban rudamente desde sus sitios de residencia. Esto lo irritó hasta el paroxismo y se inflamaron las fibras de su amor propio; desde entonces, no se dio tregua en la preparación de un ejército gigantesco que lavara semejante afrenta.

Su imaginación se pobló de soldados y así fue cómo consiguió un ejército que a una orden suya marcharía a un tiempo sobre todas las naciones del globo. Apenas listos unos cuantos contingentes de tropas equipadas con el más moderno material de guerra, soñó con restaurar al antiguo Imperio Romano y se lanzó a la conquista de Etiopía. El exceso de población italiana que ya se asfixiaba en la península, necesitaba nuevas extensiones de tierras para llevar la emigración. Tales fueron sus razones, y aunque esta vez tampoco se dio importancia a semejantes pretensiones, sus fuerzas armadas, tras una guerra desigual, ahogaron en sangre a ese desprevenido pueblo etíope; mientras, en Roma se proclamaba al Rey, Emperador de Abisinia.

Dios es más sabio que los hombres, tanto, que debe corregirlos constantemente para que no se ensoberbezcan. Abisinia no es ni será nunca habitable para los italianos; su clima sólo puede ser soportado por los nativos de esa región. Son más las vidas sacrificadas por el empeño del gobierno que las que se perdieron la conquista. Mussolini parece haberlo comprendido ya, pues ha hecho no hace mucho, un ofrecimiento “generoso” a los judíos para que vayan a habitarla. Pero el caso es que parte del ejército italiano debe permanecer en Etiopía sufriendo los rigores del clima; una extensión tan grande no puede quedar en manos de civiles.

Mussolini debió, entonces, preparar otra empresa que no fuese tan adversa. Se hicieron nuevos empréstitos para armamentos, nuevos llamados a la juventud, enrolamiento general, militarización de la infancia, etc.

A todo esto, tan ocupado estaba el jefe del fascismo en realizar sus sueños y ponerse al frente de tan fantástico ejército para someter al mundo, que no se dio cuenta o no tuvo tiempo de percatarse que un poco más allá del Tirol, otro dictador le disputarla la empresa, pues ambos coincidían en sus aspiraciones.

¿Qué hacer? Sus recientes operaciones bélicas le hablan malquistado con Inglaterra y Francia, las dos grandes naciones democráticas. Acudir a ellas para debilitar a su rival era imposible. A su ejército le faltaba aún mucho para alcanzar las proporciones de aquel que forjara en su imaginación; en cambio, el otro dictador, Hitler, ya tenía sus divisiones prontas, en la medida que pudieran exigirle las circunstancias. Ahí estaba el problema; pero, un poquito de astucia arreglará el asunto. ¡Ya está! Mussolini ve en Hitler un posible y eficaz instrumento de sus ambiciones. El alemán, que piensa lo mismo con respecto al dictador italiano, ve sus intenciones y busca la oportunidad de explotar la ingenuidad de su hoy importante aliado.

Sabedor Hitler de la enemistad de Italia con Francia, acomete la primera parte de su plan. Ocupa la zona renana y denuncia las cláusulas del Tratado de Versalles. El Duce se regocija por la indignación francesa. Más tarde va a Berlín invitado por Hitler, quien le hace tributar honores fantásticos que lo deslumbran y le desliza al oído, con palmaditas en el hombro, que tomará a Austria para humillar a Francia, pidiéndole se mantenga neutral. Mussolini protesta amablemente y propone que sea por infiltración, pasiva, sin violencia de armas. Así lo convienen. Poco después, gran agitación; el canciller austríaco, que siempre pide consejo al jefe del gobierno italiano, es llamado a Berlín y no puede comunicarse antes de partir, con Italia, porque las líneas están interrumpidas. Mussolini, enterado de la entrevista, piensa en una traición del canciller, y cuando a su regreso éste quiere hablarle, se niega a atenderlo. Hitler aprovecha la ocasión e invade Austria, produciéndose el “anschluss”.

Muchos días pasa el Duce reflexionando sobre esta nueva actitud alemana; pero, ¿qué le importa perder toda su influencia en la Europa Central si Francia sufre un nuevo golpe? Hay que consentirlo; no hay más remedio, y aun, aprobarlo resueltamente.

“Comiendo es como viene el apetito”, acostumbran decir los que tras una cosa quieren otra; luego, antes que Mussolini reaccione pidiendo algo nuevo, Alemania reclama la región Sudeste y provoca un momento de tensión mundial.

Checoslovaquia sufre un brutal desmembramiento y extensas áreas pasan al dominio del Reich. Mussolini, encantado con los ruidosos éxitos de su aliado, sonríe frente a Francia que firma el Pacto de los Cuatro en Munich, y regresa entusiasmado, lleno de cálculos y proyectos. En tanto van apareciendo otros grandes ejércitos que ya aventajan al suyo. Francia e Inglaterra, convencidas de sus infructuosos esfuerzos en pro de la paz, deciden armarse y lo hacen con una rapidez que maravilla. Italia desangra a sus soldados en España y al volver a su patria contingentes enteros de mutilados, padres, hijos y hermanos (¿para qué mencionar a las madres dolorosas?) sienten de cerca los horrores de la guerra y en lo más recóndito de sus conciencias ahogan sus exclamaciones de protesta. ¿Contra quién? Es tan inviolable la soberanía humana cuando se intenta penetrar en sus dominios…

El sacrificio de España no parece haber conmovido mayormente el sentimiento de los pueblos civilizados, a juzgar por los preparativos bélicos que se observan de uno a otro punto del continente.

Las diferencias internacionales no pueden solucionarse, por lo visto, sin que medien graves amenazas y violentas campañas periodísticas. Una de las partes debe claudicar y aceptar sin reservas las imposiciones de la otra. La crisis es así retardada, pero mientras, la fiebre armamentista aumenta y no podrá demorar ya mucho el desenlace. O mueren los pueblos por consunción, pues las maquinarias de guerra son insaciables y se llevan todo el oro con que debe pagarse el sustento humano, o estalla la guerra como un desahogo brutal que volverá al hombre a la barbarie.

Establezcamos ahora, algunas diferencias que el amable lector habrá de convenir con nosotros, son apreciables desde el punto de vista humano y social, y desde el punto de vista político. Una cosa es cierta, y ella es, que un número incontable de personas que aman a Italia y a Alemania, no pueden visitar esos países y respirar en ellos ese aire tan apreciable que se respira en los países libres. ¿Por qué se les priva de andar y aun de vivir en esas tierras que contienen tantos recuerdos, tantos afectos y tantos lugares que evocan pasajes verdaderamente sugestionantes de la historia? ¿Por el solo hecho de no compartir las tendencias ideológicas de sus gobiernos? Pero, ¿qué tiene que ver esto con los sentimientos más íntimos del hombre? ¿Qué daño puede causar a una nación que se dice unida, que Juan o Pedro, al pasar por sus calles diga lo que piensa, como lo acostumbra a hacer en otras tierras? Tómense en broma sus dichos, festéjense sus ocurrencias, que nada pasará, como nada pasa en las naciones libres aunque miles de súbditos de países totalitarios digan y exclamen las más absurdas impertinencias. ¡Cuánta más simpatía se captarían Italia y Alemania si la hospitalidad fuera en ellas tan amplia como lo es en los demás países civilizados! Indudablemente, tal situación coloca a estos pueblos en inferioridad de condiciones y nadie puede sentirse atraído a visitarlos si de antemano sabe cómo será tratado.

La prosperidad de las naciones se advierte en el movimiento de barcos de todas partes que entran y salen de sus puertos. La vida va en busca de la vida y el hombre va en pos de ella donde la halla mejor. Cuanto más se intente privarle de su libertad tanto más se estrangularán las fuentes de recursos más fecundas y apreciables que una patria pueda tener: la libre iniciativa y la producción inagotable del ingenio humano. La experiencia ha demostrado que las inteligencias más lúcidas, por el sólo hecho de haberse emancipado en parte de la común estrechez mental, detestan y censuran los procedimientos autoritarios que deprimen el espíritu, siendo ésta la causa de que gobiernos y pueblos se vean privados de sus mejores hombres.

Es posible aún, y cabe esperarlo, que el mundo gire sobre sus pasos y encuentre la huella perdida, aquella que dejaron los padres de la civilización al caminar junto a sus hijos por el largo y tortuoso sendero de la vida, mientras les enseñaban, en el curso de las generaciones, los medios de alcanzar la felicidad por la concordia, el entendimiento y la caridad.

(Artículo previamente publicado en “El Heraldo Raumsólico” N° 43, marzo de 1939).

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Problemas sociales

 Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 13, enero de 1942

Uno de los problemas que más han preocupado y preocupan a gobiernos, estadistas y hombres de estudio, es el de la situación económica del empleado y del obrero.

El gobierno de nuestro país busca orientar la solución hacia el ahorro, y últimamente ha sancionado un proyecto de ley de préstamos a los empleados que atendieran una repartición del Banco de la Nación. Pero, aun cuando crin ello se creyese aliviar la creciente dificultad económica al trabajador de escritorio, de la industria y el comercio, fundando grandes instituciones destinadas a su estímulo, nada se logrará si el mal no trata de curarse eliminando las causas que lo provocan.

A nuestro juicio, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.

La mayoría gasta cuanto tiene y aun lo que no tiene, sin llevar el menor control de sus posibilidades ni de sus expendios. Esto ocurre porque de todo se enseña al hombre en su juventud, menos a saber administrarse a sí mismo. ¿Cómo puede, entonces, manejar inteligentemente su sueldo o jornal y cubrir honestamente sus necesidades sin tener que recurrir a medios que en vez de solucionar gravan más su situación?

El hombre apremiado por las deudas, difícilmente coordina su pensamiento sobre la base de un reajuste de su conducta o su manera de pensar. Generalmente confía en el azar o busca que otros le resuelvan sus necesidades.

Estimamos que deberían crearse cursos especiales destinados a proporcionar a la inteligencia del empleado u obrero las normas a seguir para organizar las economías domésticas. Nadie ignora que los salones de cine y teatro, los ambientes de diversiones, los clubs, los restaurantes y cafés, están siempre llenos de empleados y obreros.

Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.

A propósito, es bueno recordar lo que hemos observado en alguna gente trabajadora, del extranjero. Si el sueldo que recibe es, supongamos, de ciento sesenta pesos, indefectiblemente coloca sesenta en el Banco y vive con el resto, haciendo de cuenta que ése es su sueldo. Todo aumento de los haberes es para satisfacer sus necesidades, pero aquello que todos los meses destina previsoramente, es para ella algo sagrado y bajo ningún concepto modifica ese criterio, tanto que cuando se le oye hablar de sus entradas, manifiesta que son de cien pesos, por ejemplo, y no ciento sesenta. Luego de. un cierto tiempo la vemos dueña de un terreno, y más allá, edifica su casita.

En el obrero o empleado nacido en el país, sucede lo contrario. Si gana ciento sesenta pesos gasta sesenta más, pues jamás le alcanza para sus necesidades. Prueba evidente es ello, de que no sabe arreglar su situación económica conforme a sus posibilidades.

La estadística de quebrantos económicos de este tipo de trabajadores demuestra que la mayoría son consecuencia del abultamiento de gastos superfluos, y los menos,  por desgracias familiares.

Se ha de tener también presente, que siempre se ha creído que a medida que el jornal o el sueldo aumenta, el favorecido debe aparentar ante sus relaciones un género de vida más pomposo. Este es otro error que luego tiene que purgarse corrido por los apremios.

Conceptuamos, pues, que no existe el sentido de la verdadera ubicación en el criterio de cada uno; por lo tanto, pensamos cuán urgente es instruir al obrero y empleado sobre cómo puede y debe financiar sus recursos, a fin de que éstos le sean suficientes y aun excedan a sus necesidades.

De no llamarse a la realidad a quienes constantemente se quejan de sus salarios, continuarán produciéndose las inevitables exigencias y reclamaciones de aumento de jornal o sueldo, con sus posibles derivaciones en huelgas o malos cumplimientos.

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El problema social y sus soluciones

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946

Al hablar del problema social se entiende de inmediato que es del que atañe, en su casi totalidad, a la clase menos acomodada de la sociedad, es decir, a la llamada clase obrera o proletaria.

Nunca como en la época actual este problema se ha hecho ­más agudo en todos los puntos de la tierra, tanto, que la agitación que promueve su constante discusión mantiene a los pueblos en una especie de crisis de principios que lleva la inquietud a todos los espíritus. Las masas obreras reclaman mayor compensación del trabajo mediante salarios más elevados a fin de alcanzar una situación que les permita vivir en forma holgada, y, por otra parte, aspirar a que se les asegure la estabilidad en sus empleos. Este es un asunto que viene debatiéndose desde hace mucho tiempo sin que hasta el presente se haya logrado una solución que ponga punto final a tan zarandeada cuestión.

Es indudable que cuando se encaran problemas de esta natu­raleza surgen dificultades de toda índole que parecerían dar por tierra con los mejores intentos y propósitos de quienes desean de buena fe lograr la ansiada solución de los mismos. Pero es el hecho que son muchos los factores que concurren a determinar su insolubilidad. Así, por ejemplo, tenemos que en la industria y el comercio, salvo en las empresas muy importantes, se sufren constantes oscilaciones que directa o indirectamente, o mejor dicho ine­vitablemente, terminan por afectar a las mismas masas obreras, quedando el problema social aún sin resolver, pese a las subas fre­cuentes de salarios, pues la experiencia ha demostrado que el mayor costo de la vida hace ilusorias las mejoras obtenidas.

A propósito de esto, bueno es recordar lo que se hace en Inglaterra, donde existen empresas como las del teléfono, por ejemplo, que dan trabajo a infinidad de obreros para que confeccionen en sus respectivos hogares diversas clases de piezas, de las miles que necesita la maquinaria telefónica, pudiendo cada uno especializarse en la producción de las mismas y hacer de ello una profesión. Este hecho demuestra cómo un número considerable de obreros podría ganarse el sustento y vivir honestamente con el esfuerzo de su trabajo, cuyo salario podrá ser aumentado por el mismo, ya que haciendo mayor cantidad de piezas, recibirá mayor paga.

Ahora bien; si se contemplan todos los aspectos que el problema presenta, podrá apreciarse, sin gran dificultad, que un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.

En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente, a las de menor cuantía, que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar, entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros, el propender a la mejor marcha de los negocios, ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace, pues, necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.

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Los grandes pueblos necesitan verdaderos hombres de estado.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista “Logosofía” Nº 23 (nov. 1942)

Grecia puede considerarse la cuna de la democracia; pero de aquella democracia de las ciudades helénicas a la del segundo tercio del siglo XX, media un abismo.

Los estados helénicos eran en po­blación y casi en extensión, algo  menos que muchas ciudades de hoy;  y aun, dentro de ellos los ciudada­nos eran pocos y los ilustrados mucho menos. Quitando a los esclavos, ilotas, mujeres, menores y miembros de las clases inferiores, sólo queda­ba un reducidísimo número de personas en condiciones legales de lle­var sobré sí el peso de la cosa pú­blica.

Todos se conocían y todos los  electores podían aquilatar los méri­tos de los elegibles, y la convivencia en la ciudad, la asistencia a las  del Areópago y la participación en los consejos democráticos, como el conocimiento personal  moral privada, las virtudes ho­gareñas, la capacidad para el trabajo de los “candidatos”, permitía mayor trabajó y con muchas probabilidades de acierto, a hombres como Solón, Licurgo y Arístides.

En los pueblos de hoy, con dece­nas de millones de habitantes y con dilatadas fronteras, la elección no es tan fácil, ni las instituciones demo­cráticas pueden adaptarse al molde ideado por Solón para la pequeña ciudad griega.

Elegir a los mejores es el deside­rátum lírico de las democracias, pe­ro además de la virtud, el estadista debe poseer muchas otras condiciones, puesto que sólo con aquélla quedaría cruzado de brazos ante la complejidad de los  problemas de gobierno. Ya no basta para gobernar el “bonus pater familiae”, es menester que un hombre sano, sabio y experto, empuñe el timón.

La moral y la psicología del ver­dadero hombre de Estado debe presentar facetas brillantes y múltiples.

Nadie podrá serlo, si no tiene conciencia de su vocación, que general­mente aparece al promediar la vida y, desde entonces, marcha unida con el ideal político. Al llegar éste a la realidad por medio de la acción, cre­yéndolo valor absoluto y limando asperezas, podrá adaptarlo al medio. El momento impone determinado ideal y el tacto político del hombre de Estado le hace mirar al porvenir y ser desinteresado. El pueblo per­dona todo, menos el interés y la ve­nalidad.

La grandeza de un hombre de Es­tado depende de su voluntad; cuan­do se decida a emprender una obra para el bien del pueblo, la acción tiene que tener la rapidez del pensamiento. El sentimiento de su respon­sabilidad debe tener en él profundo arraigo, y por más que práctica­mente no deba a nadie cuenta docu­mentada de sus actos por mucho que la responsabilidad tenga que diluirse, él ha de considerar que de sí depende la felicidad de su pueblo y obrar en consecuencia.

El verdadero conductor de pueblos tiene una gran fuerza sugestiva. El pueblo le ama, le acata y le sigue por su honradez, por su palabra, por la identificación con sus necesidades y problemas, y por la comunidad de sentimientos con sus conciudadanos. No es posible llegar al pináculo del poder, sin tener un profundo conocimiento de los hombres, sin ser un experto en psicología, sin usar en la medida de lo prudente, el tira y afloja de las negativas o de las con­cesiones, sin conocer a fondo el al­ma nacional y sin introducir en los hombres un espíritu nuevo, basado en ideales puros y con genuina ex­presión patriótica.

No debe abandonarle nunca el sen­tido de la realidad. Por mucho que su ideal le empuje hacia la obtención de altos destinos para su pueblo, jamás debe tratar de ir más allá de lo posible. No puede haber buena conducción sin un pleno conoci­miento del medio nacional; y en es­tas épocas de guerra; de intenso comercio y de problemas de solución universal, el conocimiento del terre­no internacional es también de absoluta necesidad.

La psicología del hombre de Es­tado ha de tener, sus propias pecu­liaridades.

El alma del político tiene caracteres múltiples y contradictorios. Para servir a su país debe encarnar el  momento o la necesidad, política de su pueblo, y su carácter, ya sea el objetivo: frío y científico, ya el subjetivo: apasionado y combativo, debe amoldarse a las exigencias de la   hora.

Su inteligencia tiene que conducir­le hacia un razonamiento reflexivo y práctico, centralizando la acción de su pensamiento en el plano de los grandes enfoques para penetrar con acierto en la substancia de situacio­nes y hombres, pues, de no ser así, le será difícil en determinado  mo­mento, dar con la justa solución. Siempre que la imaginación tenga el freno de la posibilidad, no le acarreará perjuicio dejarla correr. El político tipo analítico, pero sin el contenido práctico y reflexivo a que hemos aludido, es medroso, negativo, crítico y estéril; el sintético, enlaza los ejemplos históricos a la  acción que proyecta para asegurar en lo posible el éxito de sus gestio­nes. Prevaleciendo el tipo sintético, no deben desdeñarse algunos aspectos del tipo antes descripto. Los sis­temas políticos que han perdurado y se han mantenido más tiempo para beneficio de los pueblos que lo apli­caron, son obra de genios de sínte­sis: Solón, César, Richelieu, Bis­mark, Colbert.

La inteligencia del hombre de Estado necesita cultura técnica  profunda  y general, que  tienda  a. diversificarse. Si el político es  docto en varias disciplinas, ten­drá ventajas sobre el que domi­ne una sola de ellas. Ha de conocer la Historia y aplicar sus enseñanzas, y estará mejor pre­parado si tiene ya experiencia  en el mando. El hombre de Esta­do jurista o economista, no debe aplicar rígidamente su teoría, sino la que convenga al país. La teoría rígida, la erudición excesiva, el conocimiento científico o intelectual  unilateral, no convienen al hombre   de Estado, pues le quitan espontaneidad, objetividad e intuición. De­be rodearse de colaboradores hones­tos y capaces, que sepan interpretar  su pensamiento y sugerir con buen tino las mejores ideas.

No puede serse buen conductor de pueblos sin dominar los propios sentimientos. La vanidad es fuerte escollo, puesto que admite aduladores y aleja colaboradores útiles. El verdadero hombre de Estado afronta el riesgo de la impopularidad. La ambición, subordinada a un objeto y a los medios disponibles, es condición de aquél. Su mayor defecto es la  debilidad. Una doble altivez tiene que acompañarle en toda su vida; su pensamiento ha de ser suyo, y no prestado por consejeros de ocasión, en unidad paralela, con su  vocación y su ideal. La envidia y los celos dificultan la acción del político, en tales casos, la mente debe primar sobre el corazón.

 

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