¿En qué difiere la Logosofía de la Teosofía y el Espiritismo?

Por Carlos Bernardo Gonzáles Pecotche (Raumsol)

Del folleto publicado por Impresores A. Monteverde y Cía. en Montevideo, Uruguay, 1940.

  1. Las primeras diferencias con la Teosofía. El ambiente experimental logosófico frente a la confusión de los centros teosóficos.

  2. Los temas de la Teosofía. La confusión de sus materias frente a la pedagogía logosófica.

  3. Algunos preconceptos y errores del orientalismo que la Logosofía ha disuelto sin ningún esfuerzo.

  4. Las diferencias con el espiritismo son aún más terminantes y apuntan a la sinrazón de éste.

¿Existen entre la Logosofía y las demás doctrinas espirituales diferencias que signifiquen algo más que el mero disentir de opiniones entre diversos sistemas filosóficos?

A nuestro juicio no sólo existen, sino que por su calidad deben destacarse especialmente, ya que advierten en la Logosofía la presencia de elementos nuevos y todavía desconocidos en las enciclopedias, cuya ausencia ha determinado precisamente el fracaso de tantas ideologías trascendentalistas que intentaron asumir el comando espiritual de la civilización o, por lo menos, influírla poderosamente.

Es precisamente a la luz de estos nuevos elementos – que a través del paralelo resaltan con todo el vigor de un claroscuro – como puede determinarse, con precisión topográfica, dónde están y en qué consisten aquellas falencias, y cuál es el motivo de tantos movimientos contradictorios, vacilantes y estériles en el mundo de las ideas comunes.

De las ideologías que tratan de orientarse hacia el conocimiento superior, hemos elegido aquí a la Teosofía y al Espiritismo, dados su mayor difusión y su carácter netamente representativo del estado en que se encontraba la investigación espiritualista en el momento de surgir la Logosofía, dejando para otro folleto de esta misma serie el análisis de las teorías filosóficas propiamente dichas desde el mismo punto de vista.

1 – Las primeras diferencias con la Teosofía. – El ambiente experimental logosófico frente a la confusión de los centros teosóficos.

Desde el primer momento – y va ya para diez años – la Logosofía enseñó a sus estudiantes a apoyarse con toda firmeza en el terreno práctico; a comprobar por sí mismos y en toda el área de su vida el carácter y significado de sus indicaciones y métodos; a rechazar enérgicamente las ilusiones, los prejuicios, las debilidades y los apresuramientos; a asegurar los conocimientos primeros a cuenta de mayor cantidad, no admitiendo nada que no hubiese sido comprendido, ya a través de la propia experiencia, ya mediante la observación, ya en mérito a analogías sólidamente articuladas sobre elementos verificables.

Mas ¿cómo fué hacedero esto, que constituye nada menos que el sueño dorado de toda filosofía? La respuesta habrá de buscarse primero en las páginas mismas de la Logosofía, llenas de gozosa claridad y tan bien aprestadas para recibir a los entendimientos, como los campos de deportes para los que buscan vigorizar sus cuerpos; luego, en la precisión con que Raumsol, suministró gradualmente las sucesivas imágenes que complementaban las primeras, hasta formar esa grande y viviente imagen de trabajo, experiencia y unión que es la Escuela Raumsólica de Logosofía.

El ambiente de estudio de la Escuela es único en el mundo, y jamás institución alguna de Europa, Asia o Estados Unidos logró ofrecer semejante ejemplo de proceso colectivo de superación, donde los conocimientos se van organizando armoniosamente por obra del progreso individual hermanado.

En cambio, a los teósofos se les puso, de buenas a primeras, desprovistos de toda noción previa y elemental, carentes de la más mínima norma de selección, sin decírseles siquiera cuáles eran sus propias necesidades, frente a un cúmulo de teorías tales, que no lo hubieran podido abarcar todos los sabios de la antigüedad reunidos, con Aristóteles a la cabeza. Imaginemos a un hambriento que recibe, en lugar de alimentos, diez volúmenes sobre dietética y otros tantos sobre la manera de hacerse rico a corto plazo, escritos todos en diferentes idiomas, y tendremos una figura aproximada de la situación.

Así la Logosofía difiere de la Teosofía desde el principio y se aparta aún más de ella en su constitución y métodos, ya que se la estudia en base de un proceso razonable y experimental que es preciso conocer de cerca para apreciar en toda su originalidad. Este proceso evolutivo es sin duda la mayor novedad y el más grande acontecimiento histórico, que haya presenciado esta humanidad nuestra, atiborrada de teorías sin digerir, atormentada por pesadillas religiosas y agobiada por problemas ético-filosóficos.

Es notorio que la Teosofía pretendió superar tales problemas buscando la unidad y la síntesis a través de un desmedido eclecticismo, sin advertir que junto con él introducía una nueva cantidad de equívocos y exotismos absolutamente inútiles, cuando no de yerros específicos y nocivos como son los que se refieren al yoga, a las fórmulas de concentración y meditación, a la manera de lograr estados superiores de conciencia, etc.

Posee, pues, la Logosofía, un sistema educativo y cognoscitivo de que la Teosofía carece en absoluto. Y no se arguya que ello implica una mayor libertad para el estudiante de Teosofía, pues libertad y método son valores concurrentes y no opuestos. La peor ilusión es creerse libre en el desorden que ata con ligaduras mil veces más complicadas. La verdadera libertad sólo se logra mediante el conocimiento de lo que es esa libertad, y al conocimiento sólo puede llegarse merced a los procesos armónicos y graduales que la misma Naturaleza ha prescripto para todo crecimiento, sea de índole biológica como espiritual.

Las diferencias son, pues, intrínsecas; y para que se aprecien mejor las profundidades a que llegan en cuanto se explora algo más el tema, diremos algunas palabras más respecto a este mismo punto, que para el estudiante de Logosofía es poco menos que inagotable.

Digamos en primer término que la Logosofía posee el campo experimental – del cual carece la Teosofía, como tantas otras escuelas e ideologías que la precedieron – a efecto de aplicar, vivir y observar en él sus enseñanzas, recomendaciones, sugerencias y consejos.

Este campo experimental donde los pensamientos son llevados a la práctica lo forma la vida misma del estudiante y presenta un triple aspecto: el interno, el externo, y el que siendo interno es no obstante común a la colectividad logosófica, pudiendo por lo tanto cada uno reconocer en los demás experiencias similares y complementarias que refuerzan provechosamente su propia investigación.

No sólo posee la Logosofía este campo experimental sino que ha sido creada y sucesivamente complementada sobre sus amplios contornos. Desde los primeros tiempos se hizo hincapié en lo siguiente: que en Logosofía se estudia lo que se experimenta y se experimenta lo que se estudia; sentencia ésta que, aparentemente limitativa, ofrece a poco que se la explore la más maravillosa progresión de conocimientos.

De los procesos individuales de sus estudiantes; de la expresión que la colectividad raumsólica va ofreciendo a medida que da sus pasos y mientras van transcurriendo los acontecimientos del mundo, va tomando la Logosofía los hilos para ir ofreciendo nuevas enseñanzas que, aplicables a cada caso en su oportunidad, resultan después principios generales de conocimiento y de ética incorporados a su acervo.

Esta particularidad impide en Logosofía todo estatismo, toda formación dogmática, toda regresión o inactualidad, brindándole por el contrario ese calor vital que tanto retempla y fortalece los ánimos. Constituye además una de las difíciles hazañas filosóficas. Así, los aficionados a la filosofía recordarán que una de las cosas que más se admiran en Sócrates es que nunca brindaba sus postulados a través de principios abstractos o generales, sino que prefería partir del caso práctico y concreto que tenía por delante, ya fuese un joven que creía saber mucho, ya un sofista que pretendía poner la elocuencia al servicio del interés.

Muy a menudo el creador de la Logosofía procede de manera bastante parecida – sin que esto quiera decir igual – frente, por ejemplo, al problema que afecta a un discípulo o a un núcleo de éstos; a la pregunta sincera de cualquiera que se acerque a la Escuela en busca de orientación o al episodio que en determinado momento exija una acción o una actitud de importancia. Esta es la fuente perennemente vital de la enseñanza logosófica, si bien no queda excluída de ella la enunciación de principios y axiomas dictados sobre problemas o anhelos universales a la especie humana.

En pleno proceso de su gigantesca creación, la enseñanza logosófica no descansa un instante y todos los días añade un nuevo elemento a los muchos que ya posee. Y aun cuando éstos puedan algún día llegar a sumar miles y miles, nunca podrá decirse que el tema está agotado, pues éste es viviente y sigue el eterno proceso de evolución.

En cuanto a la génesis viva de la enseñanza logosófica, que acabamos de mencionar, existen en la historia de la Escuela una larga serie de luminosos episodios que acaso algún día sean dados a conocer y que a no dudarlo maravillarán a todo el mundo, sobre todo a los que creen que nuestra época es de agotamiento y decadencia, pues tendrán entonces oportunidad de ver con qué relativa facilidad la sabiduría puede hacer poner en marcha, pleno de entusiasmo, al más postrado y desesperanzado de los hombres, y cómo los problemas y antinomias de la época pueden ser resueltos a la luz de un nuevo entendimiento, así fuesen veinte veces más complejos o más numerosos. Nada de esto existe, desde luego, en Teosofía, donde el estudiante queda abandonado a sí mismo, a la discusión y al interminable choque de opiniones sobre lo que se dice en tales y cuales textos.

Cada uno debe buscar el camino del saber por sí mismo, según lo que pueda entender de los libros que quiera leer o que pueda conseguir. La responsabilidad de la enseñanza no recae sobre nadie, pues todas las orientaciones se declaran igualmente válidas y la sociedad teosófica, oficialmente, no sustenta ninguna. Mediante la lectura de libros de la más diversa procedencia, tratan algunos teósofos de ensayar prácticas de concentración mental – que abandonan al cabo de cierto tiempo – y regímenes alimenticios a la usanza hindú. Esta es toda la práctica que puede encontrarse en los círculos teosóficos, toda la experiencia de que allí se dispone, y advertimos que hemos conocido y tratado muy de cerca a algunos de sus más afamados líderes.

 

2 – Los temas de la Teosofía. – La confusión  de sus materias frente a la pedagogía logosófica.

El temario de la Teosofía es heterogéneo y reclama los orígenes más diversos, más desiguales y más apartados entre sí que puedan pedirse. Desde el antiguo Egipto al Medio-Evo europeo, pasando por la China, Persia, la India, Grecia, Judea, Roma y Arabia, han recurrido los teósofos a todas las religiones, filosofías, sectas gnósticas y fraternidades místicas en procura de lo que les pareció verdadero o conforme a sus convicciones. Pensamientos de cien épocas y otras tantas culturas se mezclan sin orden ni control en sus lucubraciones acerca del mundo y del hombre, empastando afanosamente versiones de subido valor con otras muy dudosas o irremediablemente desfiguradas.

Poco habría que objetar a ello si se tratase de una enciclopedia o compilación de ideas, creencias y tradiciones; pero se ha querido deducir de ese informe conjunto de elementos una filosofía de la vida, una orientación individual y social, reglas de conducta y estrictos sistemas de mejoramiento humano. Con ese maremágnum de nociones inclasificadas se ha pretendido juzgar el pasado y establecer el futuro de la humanidad; dictar normas y procedimientos aplicables a los hombres de Occidente y a sus civilizaciones. ¿Es de extrañar que se fracasase, incurriéndose en errores mucho más graves que los que se pretendía combatir? De ningún modo. Tales normas sólo pueden basarse en el conocimiento, y éste no puede lograrse, digámoslo así, por generación espontánea. Hay que formarlo mediante un proceso psico-experimental y de ningún modo puede esperarse que surja mediante las composiciones de lugar que de buenas a primera se forme uno a la escasísima luz de meros reflejos intelectuales.

Tal ha sido el destino de la teosofía como sistema moderno de mejoramiento espiritual. Y como exponente de arcaicas verdades o recopiladora de viejas enseñanzas su suerte no ha sido mejor, por la intromisión de nociones imaginativas e inadmisibles aleaciones operadas, sobre todo en sus últimos tiempos.

La base de la Teosofía está formada, como hemos dicho, por unas nutridas pandectas de fragmentos religiosos, filosóficos, éticos, gnósticos, etc., sin más conexión entre sí que la que buenamente pudieron darle los empeñosos fundadores de la Sociedad Teosófica. Sobre este inmenso mosaico, que ofrece elementos muy legítimos al lado de otros bastante dudosos, se han vaciado los cuños, cada vez más compuestos y fantásticos, de personales interpretaciones, hasta culminar en los absurdos más grandes que haya escuchado nuestro siglo.

Viejas y bellísimas cosmogonías védicas se exhiben junto a endebles comentarios de mal informados “diletantti” y arcaicos relatos se engarzan en grotescas aberraciones respecto a las razas actuales y pasadas. Símbolos antediluvianos y textos antiquísimos son extraídos de remotas ruinas para exhibírselos, no como monumentos históricos, sino como claves interpretativas de problemas espirituales de nuestra época, produciéndose de esta manera los errores más dolorosos y los más traicioneros equívocos.

Perdida la clave y hasta el sentido de tan viejas imágenes, se las toma enrevesadamente, se trastueca su significado mediante conjeturas o se yerra al interpretarlas mediante otras imágenes y tradiciones que nada tienen que ver con ellas, prosiguiendo impertérritos nuevos y nuevos comentaristas en la tarea de explicar y adaptar versiones ya tan dolorosamente desfiguradas.

Es así que los teósofos modernos han llegado a ridiculeces tales como las que se refieren a las hadas, gnomos, espíritus de la naturaleza, ondinas, etc., leyenda que toman directamente por verdad, sin comprender la ingeniosa sencillez de ese símbolo que a la vez que señala, encubre una verdad psíquica de muy diferente índole. En otros casos han llegado a tristes errores de orden moral, como lo es por ejemplo el que se refiere a la “no resistencia al mal”, doctrina que ciertos teósofos interpretan de manera que equivaldría a un verdadero suicidio ético y volitivo del individuo.

La imprudencia y la falta de tacto con que algunos autores hablan de las cosas más elevadas e inaccesibles al entendimiento común no es menos notoria. Para colmo – en personas que decían comprender y venerar los símbolos – se llegó nada menos que a pretender quitar el velo de Isis y descubrir el rostro de la suprema deidad egipcia a la curiosidad pública, cosa que de ser posible hubiese significado un ultraje tan grave como inútil. A nadie hubiera aprovechado tan grandiosa visión, pues, como la Logosofía demuestra a las claras, la verdad es para todos sin excepción, pero exige ser conocida mediante disciplinas y capacitaciones sucesivas. Por lo demás, para estar en condiciones de develar a Isis, tendría el autor de semejante proeza que ser igual o aún mayor que ella, y entonces hubiera comprendido sin ninguna dificultad que hay símbolos e imágenes que no caben en libro alguno, así tenga diez mil páginas, pues por su profundidad escapan a las dimensiones del lenguaje corriente.

A la confusión ya señalada de orígenes y procedencias, se agrega en Teosofía la no menor indisciplina y desorganización de las materias tratadas. Libros hay que abarcan desde la creación del cosmos hasta los más insignificantes fenómenos hipnóticos. Nos describen los secretos místicos de otras épocas y nos pintan el funcionamiento del ojo cósmico hace millares de años.

Con temeridad que resulta a veces pueril y otras francamente dramática, nos cuentan los viajes estelares que hicieron las almas humanas al pasar de uno a otro de los planetas; la manera como los “pitris” o señores de la Luna modelaron el cuerpo y el espíritu de los seres humanos; cómo son y qué facultades tienen los espíritus planetarios y otras cuestiones al lado de las cuales la teoría einsteniana de la relatividad sería un entretenimiento de párvulos. Tradiciones de otras humanidades, plenas de una vida tan diferente de la nuestra! Qué grandes deben haber sido y cuán nocivas resultan estas versiones irremediablemente deformadas!

No faltan, por supuesto, quienes para amenizar toda esta fantasmagoria nos detallan, como una complicadísima novela de aventuras, las treinta últimas vidas de uno de ellos, o la forma en que lo prepararon para que se convirtiera en vehículo del Mesías. Y se ha pretendido por otros que fueron algunos Maestros de Sabiduría quienes dictaron tan sorprendente galimatías, exhibiéndose volúmenes enteros de cartas que se dicen enviadas por ellos, utilizando al efecto los más extraños medios suprafísicos, sin que jamás haya estado presente un solo Maestro para dar fe de tales osadías.

De todas estas exposiciones está ausente de tal manera el sentido de la realidad y pasan por alto una cantidad tan enorme de detalles que debieron ser analizados para obtener siquiera una regular comprensión de los asuntos, que se advierte inmediatamente que tales versiones jamás han pasado por el tamiz de la razón, sino que han sido meramente repetidas, adornadas y recombinadas.

No obstante, su conjunto impresiona vivamente la imaginación y se impone al estudiante desprevenido como un orden de cosas enorme, abstruso, imposible de abarcar, pero al fin y al cabo repleto de esperanzas respecto a una vida mejor. Y aquí vuelve a aparecer la grave imprudencia que configuraría el colocar en manos del público esos millares de nociones, muchas veces gigantescas en su deformidad, y casi siempre contradictorias e inconciliables.

Si fuese exacto cuanto los teósofos han contado respecto a antiguos santuarios, iniciaciones en espíritu que se describen hasta con detalles de vestimenta, moradas suprafísicas, fuerzas rituales, etc., esa divulgación hubiese hecho el efecto de un explosivo o de una materia incendiaria en las indefensas mentes de los lectores, ocasionando males que quizá hubieran resultado irreparables. Poner cartuchos de dinamita en manos de criaturas hubiera resultado imprudencia de poca monta al lado de ésta. Pero es el caso que, quizá por algunos hilos históricos que han permanecido más o menos intactos en medio de tanta fantasía, esas imágenes adquirieron en oportunidades fuerza suficiente para causar diversos estragos.

Ya advierte la Logosofía que la mente común, ante la perspectiva de poseer algo nuevo y de gran valor, puede llegar a sentir los estremecimientos de una inquietud tal que la lleve al frenesí o a la embriaguez psíquica, tal como sucedió a muchos que se arrojaron a abrevar en aquellas desconocidas aguas. Como ya ha surgido de otros párrafos de esta exposición, la imagen opuesta a este cuadro la tenemos en el método logosófico, donde la regulación admirable de la fuerza y la luz intelectuales han operado el prodigio de alumbrar sin cegar y calentar sin quemar.

Por lo demás, se comprenderá sin dificultad que siendo el conocimiento logosófico basado en la comprensión y realizado en la experiencia, cada uno se gradúa automáticamente la cantidad que puede recibir, de acuerdo a su capacidad de comprender y de realizar, la que, obvio es recordarlo, aumenta progresivamente a compás del proceso.

Para terminar con este aspecto, digamos que de todo lo antedicho surge implícita una diferencia no menos notable entre Logosofía y Teosofía: la actualidad de la primera frente al arcaísmo de la segunda. La Logosofía ha sido creada en función del hombre moderno; atendiendo a sus caracteres, necesidades, posibilidades y momento histórico correspondiente.

La Teosofía, en el mejor de los casos, es la exhumación de métodos y enseñanzas vetustas, dictadas para uso de otros hombres, otras razas, otras culturas. La verdad será una, pero los hombres cambian y es imposible guiarlos con copias y fragmentos de discursos pronunciados hace dos o tres mil años, que cada uno interpreta a su antojo.

Jamás Maestro ni Instructor alguno apeló a enseñanzas del pasado para guiar a los hombres, sino que afrontó la entera responsabilidad de crear un nuevo sistema, y estuvo siempre presente en medio de los suyos para conducir la obra en todos sus detalles, y apreciar directamente en sus discípulos el lento florecer de los nuevos pensamientos que aportaba, hasta culminar en una verdadera renovación de los entendimientos. ¿Puede el arquitecto estar ausente de la obra? ¿Pueden el sabio y el filósofo desvincularse de la obra de renovación humana, que es la más difícil, la más profunda, la más grande que existe? Y desde el punto de vista de los aprendices, ¿qué harán éstos cuando se encuentran con algo que no comprenden, con una dificultad imprevista, con un resultado opuesto al que aguardaban? ¿Qué hacen los teósofos cuando encuentran en el budhismo o en la mística medioeval algo que no entienden o que les resulta contradictorio con otras nociones estudiadas? ¿A quién lo consultan? La senda de evolución logosófica ofrece, por el contrario, el contacto directo de quien enseña con quienes aprenden, y la enseñanza organizada al modo de las universidades y escuelas.

 

3 – Algunos preconceptos y errores del  orientalismo que la Logosofía ha  disuelto sin ningún esfuerzo.

No es nuestro propósito entrar a la apreciación de las diferencias doctrinarias entre la Logosofía y la Teosofía, asunto este que para glosarse debidamente requeriría más de un nutrido volumen. Pero sí queremos señalar cómo la Logosofía ha disipado algunos de los más persistentes errores referentes a la vida espiritual, que, importados de Oriente, estorbaban o imposibilitaban la recta comprensión de algunos problemas esenciales. Hay por ejemplo una versión teosófica que dice que cuando el hombre se propone acercarse a la sabiduría y acelerar su evolución, se descargan sobre él todo género de calamidades, sufrimientos y dolores, que responden a su “karma” acumulado, el cual debe también agotarse rápidamente. Esta versión, tan fantástica como absurda, no cuenta por supuesto con un solo caso concreto que autorice a admitirla.

El hombre, por otra parte, jamás podrá concebir que precisamente cuando sus pensamientos y anhelos son más puros, se le castigue en forma tan despiadada, sin darle siquiera tiempo a fortificar su espíritu con esa misma sabiduría que se propone conquistar.

El que se acerca sinceramente a la sabiduría, dice la ciencia logosófica, verá disminuir sus sufrimientos en la proporción del conocimiento que logre adquirir, y logrará compensar el peso de sus antiguos errores con las nuevas valencias que estará en condiciones de manejar. ¿Cómo podría el caminante escalar la montaña, si en lugar de aliviarle el peso de su mochila se le cargase todavía con fardos que le agobiasen al máximo?

La Logosofía ofrece casos prácticos de esa verdadera liberación que experimenta el hombre en cuanto encamina sus pasos hacia el conocimiento y cuenta con centenares de testimonios respecto a la sana alegría que se vive desde el comienzo del proceso de evolución acelerada. No menos grave es el error teosófico que se refiere a las prácticas del yoga y todos sus derivados. Esas fórmulas dogmáticas de concentración y quietud mental se basan en inútiles automatismos extraídos de lecturas mal copiadas y peor interpretadas y jamás han producido beneficio alguno en quienes las practicaron, notándose en cambio que provocaban endurecimientos intelectuales o irritabilidad creciente.

La ciencia logosófica dejó en evidencia estos errores al especificar las bases vitales del control mental y al advertir la serie de movimientos inteligentes y estratégicos que es necesario efectuar antes de llegar a conseguir la selección y dirección de los pensamientos y las concentraciones de ellos que sean menester en el curso de la vida.

Cuando se conoce la técnica psicológica de la Logosofía, no puede el hombre menos de asombrarse ante la audacia con que los yoguis ofrecen sus rudimentarios y a veces verdaderamente bárbaros consejos para llegar a “dominar la mente”, como ellos dicen. Ver un cronómetro en manos de un herrero sería algo menos penoso que el ver la psiquis humana bajo los métodos que esas personas aconsejan para llegar a la superación espiritual, que por cierto ellos no lograron, a estar a sus propias palabras y hechos.

Del induísmo ha inferido la Teosofía otro error de campanillas: el de creer que las almas humanas han pasado por estados minerales, vegetales y animales antes de llegar a su estado actual. Pensar en un alma sumida en un estado tal que tenga una roca por cuerpo, sería como admitir una negrura blanca o un cuadrado redondo. Ni en la peor pesadilla brahmánica sería posible concebir a los dos mil millones de almas con que actualmente cuenta la humanidad sumidas en las lavas volcánicas o diluídas en las aguas del océano.

Los teósofos han llegado a este absurdo en virtud de haber tomado el rábano por las hojas, confundiendo la evolución atómica con la evolución humana. Es ésta una de las más brillantes revelaciones de la Logosofía. El alma siempre fué humana y la mente no puede funcionar sino en reciprocidad con el cerebro; no se concibe qué utilidad podrían sacar las almas de su permanencia durante varios millones de años en tales sepulcros de piedra, en el tronco de los árboles o en el homeopático meollo de la hormiga y el salmón.

Para terminar este parágrafo nos acercaremos un momento a la difundida y sensacional afirmación teosófica de que existe en cierto lugar del Tibet un núcleo de grandes instructores o “mahatmas” que dirigen ocultamente la obra de la evolución humana y en particular la de la Sociedad Teosófica. Tan ocultamente la dirigen, que mandaron publicar la noticia, según afirman cándidamente los señores Olcott, Blavatsky, Sinnet y otros que les sucedieron. Esta versión fantástica debía cesar. Lo exige el prestigio de ciertos nombres y la lógica más elemental. Vemos que todos los teósofos afirman: “Tras de la Sociedad Teosófica están los Maestros” (textual, del Obispo Leadbeater). Y bien, los Maestros no están, no pueden estar detrás de nadie; su puesto es al frente, y al frente están siempre de su obra, para dar razón de ella, responsabilizarse de sus movimientos y abrirle camino con su ejemplo. Así lo atestigua la historia; así lo exige la lógica y así es necesario que sea por motivos intrínsecos a la obra misma. Mas ¿a qué extrañarnos de esta cómoda posición a retaguardia, que atribuyen los teósofos a sus maestros, cuando la sola mención de su pluralidad es algo tan irrespetuoso?

Ya la señora Blavatsky pretendía que la guiaban dos Maestros y después se dijo que a la Sociedad Teosófica la conducían también dos, auxiliados por tres o cuatro más. Ningún espectáculo sería más ridículo que el de dos o más Maestros consagrados a enseñar y guiar a un ser humano o a una sociedad, cuando un solo Maestro se basta para enseñar a la humanidad entera, así fuese veinte veces más numerosa. LAS

4 – Diferencias con el espiritismo son aún más terminantes y apuntan a la sinrazón de éste.

Pronto hará una centuria que el espiritismo anda por el mundo como una gigantesca bola que no ha podido digerirse ni ser totalmente rechazada. Su difusión fué tan rápida como su descrédito, y hoy es difícil distinguirlo entre la amalgama de supersticiones y residuos crédulos que se le han ido agregando en el correr de su azarosa marcha.

Pretendió el espiritismo hacer palpable la existencia del alma después de la muerte, mediante groseras pruebas que estaban al alcance de todos. Mesitas de tres patas y triangulitos de metal constituían así las nuevas puertas de entrada a los Campos Elíseos, y cualquier persona podía darse el lujo dantesco de interrogar a los muertos y saber de sus destinos.

El solo enunciado de sus experiencias, con más la larga caravana de inconscientes o mistificadores que medraron en la turbiedad de sus aguas, eximiría al investigador de todo comentario respecto a esta doctrina, que en el correr de los tiempos ha quedado reducida a unos pocos fenómenos de ectoplasmia, hipnosis, y perturbaciones de la personalidad. No es posible que el tema supremo de la inmortalidad del alma, que ha inspirado a los mejores varones de la humanidad, venga a resolverse en el mezquino círculo de las mesitas parlantes y los mediums escribientes. No obstante, la persistencia de algunos fenómenos al parecer incomprensibles y el carácter de ciertas manifestaciones anormales, llevaron a varios investigadores a preocuparse del espiritismo, tratando de extraer de él lo que hubiese de cierto entre las montañas de falacia y superstición.

Se fué formando así una espesa bibliografía, documentación de casos anómalos, etc. en la cual no desdeñaron alternar personalidades de tanto fuste como W. James, M. Maeterlinck y Ch. Richet. Es a través de estas firmas que muchas personas han admitido y valuado al espiritismo. Con ello se han echado encima la responsabilidad de una interminable película de hechos confusos, donde la razón se suele ofuscar entre oprimentes cúmulos de relatos atentatorios contra el discernimiento y la dignidad humanas y que en el mejor de los casos, si bien no caen dentro de la esfera ordinaria, tampoco otorgan prueba alguna en cuanto a la existencia del alma.

No es en esas turbias aguas, cargadas de las peores impurezas mentales y nerviosas, donde el hombre podrá adquirir el conocimiento de lo que es su alma, única manera de llegar a solucionar el problema. Ese lodo, lejos de favorecer la visión intelectual, la oscurece más aún con sus sombras innobles y perturbadoras. Como uno de los tantos y tan dolorosos ejemplos que podrían aducirse, citaremos el caso de Maeterlinck, apasionado investigador del “más allá”, quién fué llevado de error en error por experiencias que creyó científicas y que resultaron fraudulentas.

Una vez, y después de largas observaciones, dió Maeterlinck patente de validez a la experiencia de los famosos caballos de Eberfeld, animales que, como se recordará, efectuaban operaciones aritméticas de las más complicadas. El ingenioso truco de que se valía el propietario de esta “trouppe” animal, sólo fué descubierto muchos años más tarde, y mientras tanto, Maeterlinck consignó como verídica la experiencia en un libro que todavía circula. Y así, apoyándose en sus palabras y en otras “pruebas” por él y por otros recogidas, no faltaron quienes declarasen que ya estaba probada la existencia de las “almas grupales” que asigna la teosofía a los componentes del reino animal! Así se propaga el error, aumentando como la bola de nieve en ese terreno resbaladizo donde, para no ser sorprendido, sería necesario adoptar precauciones tales que insumirían todo el tiempo de la vida.

Frente a estas manifestaciones equívocas, el estudiante de Logosofía dirá sencillamente: la inmortalidad del alma es una convicción que sólo puede alcanzarse a través del respectivo conocimiento. Jamás se la alcanzará por la vía fenoménica, pues no es de índole fenoménica ni sensorial. Las anomalías que se ofrecen a la curiosidad pública como “pruebas” pertenecen a una esfera de bajo psiquismo, muchas veces de carácter morboso, y constituyen manifestaciones de las más indeseables en un ser humano.

Como demostraciones científicas, y a pesar de esfuerzos de entidades tan exigentes como la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres, están lejos de abarcar un hecho de categoría tan alta como lo es el que se refiere a la existencia del alma. Esta no puede ser “demostrada” ni siquiera comprendida en esa esfera enfermiza. Su conocimiento ha de alcanzarse paulatinamente, como una jerarquía o dignidad.

Quien quiera alcanzarlo en verdad habrá de afrontar una labor íntegra: la de vivir su existencia entera consagrado al conocimiento de la verdad. Tal sería uno de los elementales reparos de la Logosofía frente al espiritismo, implícitamente contenido en los métodos que ella brinda para llegar a esa sublime comprobación de la inmortalidad humana.

 

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