Espiritualidad de los uruguayos

Enviado a un diario de Montevideo en mayo de 2005, pero no publicado

Por Jorge N. Dusio

Valoro el tratamiento editorial que se diera sobre la espiritualidad de los uruguayos, por procurar llevar al primer plano un tema que merece debatirse con el sano ánimo de promover el intercambio de ideas  que enriquezcan  la democracia.  Contrasta así, una vez más, la nobleza de la vocación periodística amplia y plural de vuestro medio, con la acción proselitista y  dogmática de otros medios en los que solo se publican artículos con una sola óptica, con un solo interés: el de hacer moldes de las mentes de la ciudadanía, en lugar de promover la ampliación de los criterios y el enriquecimiento de la ciudadanía.

Comparto el criterio de fondo expresado sobre la falsa dicotomía entre laicidad y ausencia de espiritualidad. En este caso como muchas veces ocurre, la mente tiende a los extremos en los juicios y en sus posiciones.

Entiendo que el concepto de laicidad apunta, o debería apuntar, a brindar las mayores garantías del estado a la libertad de pensar y de elegir de sus ciudadanos, sin imposiciones de ninguna fuente, por más  convencimiento que los gobernantes o las instituciones predominantes en un momento dado tengan sobre el beneficio de sus doctrinas.  ¿Cuál es el riesgo que se evita con esto?  Por un lado, que ocurra lo que tristemente ha ocurrido muchas veces durante la historia cuando sociedades enteras se homogenizan  detrás de una única forma de interpretar la vida, llevando a su pueblo a la masificación. Esto ha llevado a perder el equilibrio que sustenta la diversidad riquísima de la naturaleza humana  estampada en su mecanismo mental-sensible, que tiene su máxima expresión en la singularidad única de cada espíritu humano.

Cuando tales desvíos ocurrieron  hemos visto cómo esas masas han sido conducidas a los extremos más lamentables del fanatismo, que ha derivado en conquistas o guerras despiadadas en nombre de supuestos ideales superiores. O también al efecto opuesto: a la más absoluta inercia mental y moral, promotora de todos los vicios y decadencias que derruyeron grandes culturas y civilizaciones de otros tiempos.

Nuestro país cuenta con una riquísima herencia inmaterial a preservar que le ha valido la consideración de ser la nueva Grecia de América: el respeto por la diversidad de pensamientos, religiones e ideales. Ello ha mantenido en equilibrio la pluralidad  y ha contrarrestado hasta ahora, esa tendencia  negativa hacia el absolutismo y  la masificación, permitiendo que cada ser que nace en nuestro país transite la parte más delicada de su formación inicial bajo el amparo de la libertad que cada familia tiene de trasmitirle sus valores, sus ideales y sus convicciones haciendo uso del más sagrado de los derechos humanos: el de pensar con libertad.

En esa noble tarea de promover el intercambio fecundo de ideas distintas, esperamos encontrar siempre a vuestro medio de prensa liderando estas iniciativas.

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