Importancia de la reflexión

Publicado en la revista “Logosofía”, R.Argentina,No. 50 de febrero de 1945

Por el Profesor Dardo V. Cabiró, de Montevideo.

Antes y después de haber dado a conocer su enseñanza fundamental sobre la reflexión, Raumsol ha empleado frecuentemente esta palabra, vinculándola también a aquellas enseñanzas en que describe, al trazar su orientación sobre el mundo de postguerra, el cuadro mental‑psicológico que actualmente representa la humanidad.

Remitiéndonos, pues, a un somero análisis de la situación social del mundo, más fácil nos será advertir la significación de este poder del ser humano.

Las observaciones del acontecer actual revelan que, no obstante ser ésta una época de grandes dificultades y privaciones, de pronunciado costo de la vida, de escasez de elementos primordiales para la existencia ‑pasando por alto los problemas institucionales, políticos y culturales‑, proliferan y toman inusitado incremento una serie de expresiones, de cosas y hechos, cuya enumeración juzgamos innecesaria, que no vienen a satisfacer necesidades reales verdaderamente reclamadas por la naturaleza esencial del hombre ni por su destino en el mundo, sino que, por el contrario, vienen a dar satisfacción a tendencias, modalidades y características del temperamento humano que son hábitos y vicios ajenos a la constitución intrínseca de la criatura humana.

Se vive en una época de desequilibrio y contradicción. Por un lado, graves y hondos problemas, y por otro, un desmedido y corruptor afán por las cosas intrascendentes: excesiva multiplicación de centros de diversión, acrecimiento de la inclinación al juego bajo diversas formas, refinamientos decadentistas, delirio deportivo, etc., etc.

Es necesario modificar la posición del individuo en los órdenes del pensamiento y de la conducta. Luego se operará el cambio social tan reclamado. No se trata de negar las influencias sociales sobre el hombre; sabido es que ellas son ciertas y evidentes, pero no es menos cierto tampoco que ese proceso de enlace social que da por resultante la sociedad, se forma con los elementos individuales. Podríamos considerar a la sociedad como un cuerpo compuesto; los cuerpos simples serían los pensamientos gestados y albergados en la mente de quienes los integran, cuyo contacto e interrelación dan el clima mental colectivo.

Hay, entonces, para la futura estabilización y equilibrio social un gran problema de ubicación particular, de cada uno. Raumsol lo señala con estos irreemplazables términos:

“…la vida frívola y vacía debe ser transformada en existencia útil, capaz de conducirla hacia alturas ejemplares. Parecería que está llegando la hora en que todo ser tendrá que acostumbrarse a pensar con absoluta seriedad sobre el uso que hace de su vida y en pos de qué meta debe encaminar sus pasos por el mundo. Surgirá así la necesidad de ser más consciente en todos los actos de la vida, a fin de poder establecer por sí mismo cuál es su aporte al servicio de la humanidad, de la que forma parte y de la que se beneficia por el esfuerzo de los demás.

“Esta conclusión colocará con toda justicia a cada uno en su lugar y hará sentir, con la debida lealtad, a su propia conciencia cuáles son sus deberes en ésta y en todas las horas futuras de la humanidad.” [2]

Saberse ubicar, vale decir, saber hallar la posición que corresponde a cada cual, conciliando la realidad personal con las lógicas aspiraciones de superación que en todos los órdenes se albergan, presupone, con vistas a su solución, muchos conocimientos de igual trascendencia, pero que se resumen, a nuestro entender, en el conocimiento de sí mismo.

Es aquí donde la reflexión aparece revestida de singular importancia.

La observación de la vida cotidiana nos presenta un panorama caótico a este respecto, donde el poder de la reflexión se halla totalmente abatido por los elementos anarquizantes de la ignorancia y la inconsciencia.

Son notas características del estado social de que habláramos al comienzo, el disconformismo, la desilusión, el descontento, la inestabilidad, la inseguridad. Los seres buscan un escape a esa situación insegura, inestable, de desconexión consigo mismo, saciándose en la irrealidad y en las ilusiones irrealizables.

Infinidad de espectáculos y diversiones, tales como el cine, se entiende que en sus expresiones más corrientes, se alimentan de esa deficiencia del temperamento humano, que sintiéndose desamparado e insatisfecho, huye de sí mismo hallando refugio en lo imaginativo e ilusorio. También las demandas sociales, que son hoy día exigencias a plazo fijo, tienen una raíz en esta actitud mental‑psicológica.

La gran mayoría no se detiene en ningún principio de moderación y equilibrio, ni conecta sus aspiraciones a sus merecimientos; hay una total irreflexión, vale decir, una total ausencia de ese sentido que nos vuelve hacia nosotros mismos.

La reflexión es el camino seguro para llegar a la conciencia de la propia actuación.

Un breve análisis de los cometidos de la reflexión que establece la Logosofía puede darnos la motivación que confirme lo aseverado y que nos sugiera el singular relieve de la misma en el problema de la ubicación individual.

Digamos primero que en el mundo corriente menudean las personas de vasta ilustración e intelecto cultivado en los más diversos órdenes del saber. No hay, por tanto, falta de desarrollo de las facultades intelectuales, sino mala orientación y, desde luego, peores resultados.

Es útil y aleccionante observar cómo no puede eludirse en la mayor parte de los casos, esa general característica de desequilibrio y contradicción que hemos anotado como común a la sociedad.

Ahora bien; si las élites así se muestran, en la generalidad el problema recrudece, porque, necesariamente, un problema de tal magnitud, que presupone el conocimiento de la propia medida, como lo ha enseñado la ciencia logosófica, no puede solucionarse merced a especulaciones teóricas, sino que, como se plantea fundamentalmente sobre la fase ético‑psicológica del ser, sólo en función del conocimiento de los elementos determinantes y condicionantes de la moral y la psicología, que son los pensamientos, puede estructurarse una solución real. A este conocimiento en sí del pensamiento debe agregarse el de sus proyecciones y valor práctico.

De modo, pues, que el problema de la ubicación tiene su primer planteo ante sí mismo. Expresa la Logosofía: La reflexión “lleva a examinar sin mezquindad las propias actuaciones; a corregir los defectos y errores, y a enmendar la conducta toda vez que sea necesario. Conduce a los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable, con lo cual, al apartarlos discretamente de la ficción, la ilusión y lo abstracto, se obtiene el beneficio bien grande, sin lugar a dudas, de no defraudar la propia confianza ni las esperanzas que se hubieren fundado en apoyo de los mismos”. [3]

La primera parte, o sea la primera función que atribuye a la reflexión, brinda un aporte de especial significación al conocimiento de sí mismo. Por ella es posible objetivar los estados internos, desde que permite al ser examinar sin mezquindad, es decir, ampliamente, sin personalismos, los errores y defectos, los aciertos y virtudes.

La ficción, la ilusión y la abstracción, son males psicológicos e intelectuales de larga data que, enfocados en la pequeñez del proceso individual, o vistos en la magnitud del proceso colectivo humano, aparecen como grandes torturadores de la humanidad. Cuánto de iluso, de ficticio y de abstracto en aquellos teóricos del enciclopedismo y en quienes siguieron sus pasos en el terreno político, que vieron en la Ley, garantía del individuo y consagración de sus derechos inalienables, la solución más acabada y total de los problemas sociales, depositando toda su fe en un elemento formal, que pronto se vio resquebrajado de arriba abajo por realidades que no supieron o no quisieron prever.

Y luego, el descreimiento y hasta la aversión por aquello que, puesto en su justo lugar, es un subido valor ético y espiritual.

En el orden personal, tantos y tan frecuentes son los ejemplos, que el sincero investigador casi a diario identifica a sí mismo la acción corrosiva de la ilusión y la ficción. Son precisamente los actores que más influyen en la propia desubicación.

Consiguientemente, la reflexión contribuye en forma poderosa a que resplandezca en el ser, en todos sus actos de decisión, el sentido de la realidad. Es éste un sentido del que muchas veces carecen los hombres. Los hechos mencionados nos patentizan bien cómo se vive de espaldas a la realidad personal y colectiva.

La reflexión ayuda a situarse frente a sí mismo y al momento actual al encauzar los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable. Surge de esto su contribución para afirmar al hombre sobre su propia realidad, con lo cual evita esos estados de decadencia psicológica de que habláramos, que lo impulsan a la vida frívola y ligera.

A la sociedad humana pareciera habérsele agotado sus provisiones de cordura y sensatez, a juzgar por muchos de sus movimientos colectivos, que no conectan derechos con deberes, aspiraciones con capacidades, merecimientos con retribuciones.

Se manifiesta también en la página citada, que la reflexión “tiene además la virtud de hacer al hombre cauto en sus resoluciones y consciente de sus responsabilidades”. Es aquí donde, quizá más que en ningún otro aspecto, ella adquiere especialísima importancia, en vista, precisamente, de las obligaciones del hombre para con sus semejantes.

La cautela en las resoluciones y la conciencia de la responsabilidad están actualmente en crisis, en agudísima crisis; los hechos más corrientes abonan esa afirmación. Hay ligereza, imprevisión, inescrupulosidad, inconsciencia, falta de consecuencia consigo mismo, desatención de lo familiar e indiferencia por la orientación social y humana; indiferencia referida al aporte que a esa orientación puede hacerse con la conducta personal traducida en elevados ejemplos, ya que sería absurdo negar la existencia de grandes movimientos de opinión con tal finalidad.

Quien examine su conducta objetivamente, impersonalmente, con el propósito de perfeccionarla y enmendarla si es errónea; quien analice, conozca, determine el alcance de sus pensamientos; quien sea sensato y tenga conciencia de sus responsabilidades, por fuerza podrá situarse en forma inteligente frente a sí y al grupo social. Se sentirá firme y seguro en su posición; se sentirá estimulado por sus superaciones, y en base a éstas estimulado a proseguir sin desmayos hacia la meta vislumbrada; verá realizadas sus esperanzas y confiará en sí mismo.

Este estado, ideal si se quiere pero naturalmente alcanzable, propende eficientemente al equilibrio social por la propia gravitación de la actividad de cada uno, que en lugar de estar dirigida hacia afuera, en incesante búsqueda de satisfacciones estériles o imposibles, que quieren obtenerse por el esfuerzo de los demás o del destino, se vuelve hacia lo propio, hacia lo personal, aquietándose la mente en labores más constructivas.

Raumsol afirma que cuando la reflexión no actúa, la mente se llena de pensamientos negativos que perturban el orden interno y constituyen verdaderos parásitos que corroen la psiquis humana.

La reflexión saca al hombre del tembladeral en que lo sume la ilusión y la ficción, llevándolo a tierra firme, pues le facilita la conexión con su realidad personal.

Conectado a su realidad, analiza desde ella sus aspiraciones, disponiéndose a lograrlas por la vía fundamental de sus propias condiciones, de su propia capacitación. Este es, a nuestra comprensión, un ser ubicado inteligentemente.

En síntesis: la reflexión es un poder que en lo grande y en lo pequeño, en las dimensiones universales del proceso de la humanidad como en las microscópicas del de cada uno, está llamado a jugar un papel de especialísima consideración.

Pareciera que a la Naturaleza no le fueran gratos los exclusivismos; siempre se encuentran en ella, incluso en la humana, múltiples recursos que se suplen o se complementan. Por consiguiente, no queremos expresar que la reflexión ocupe un lugar exclusivo en el complejo mental‑psicológico, que para algo tiene el hombre las otras facultades, pero sí viene a ser, en cierto sentido, como el batallón de pontoneros que facilita el desplazamiento del ejército a través de los obstáculos; en este caso, el desenvolvimiento normal y eficiente de las otras facultades, para que éstas puedan cumplir, nutriéndose en el conocimiento trascendente, su misión de salvar al hombre y derrotar las fuerzas del mal.


[2] Revista “Logosofía” Nº 47, pág. 6

[3] Revista “Logosofía” Nº 16, Pág. 6, Rep. Argentina

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