Ansias de ser bonito

Por Dalmy Gama, de Araguari, MG, Brasil

Hablemos primeramente de las personas feas. Si, porque ellas existen.

En una de sus enseñanzas, la Logosofía advierte que “la vida no debe ser colocada dentro de los problemas, sino los problemas dentro de la vida”. Parece fácil realizar eso, pero no siempre lo es. Hay personas, por ejemplo, que por ser feas, colocan la vida entera dentro del problema de la apariencia.

En muchos casos, tales personas son las que, desde pequeñas, sufrieron restricciones, comparaciones y críticas por no ser bonitas, o tan bonitas como esa o aquella otra. Al crecer, creció con ellas el problema. Hoy, darían todo, hasta un pedazo de vida, para ser bonitas. Sufren por envidia, ante la presencia de personas bonitas y reclaman de Dios y de la vida, con profunda amargura, el hecho de su falta de belleza…

No hay nada de malo, en principio, que alguien se preocupe por su apariencia física. Al contrario, se trata de algo sensato y responsable. Lo malo es cuando tal preocupación crece mucho, al punto de engrullir la vida.

Hablemos ahora de la bonitas. Ellas también existen.

Entre éstas, tomemos en esta ocasión a las que ahogan su vida en el disfrute de su belleza. El mundo se transforma en pasarella psicológica, a lo largo de la cual el pavo real desfila. No repara que su plumaje exuberante se apoya en un pie feo, en una base extremadamente antipática: la vanidad. El vanidoso es, entre otras cosas, un insensato que cambió las bondades del sentimiento por el gozo de la ostentación. Al consumirse en el afán de admiración, del elogio y del aplauso, pierde mucho del derecho a las maravillas del afecto, del amor, de la amistad sincera. Y allí está de nuevo la vida dentro del problema…

Hay muchas personas realmente bonitas que son un ejemplo de equilibrio y buena ubicación. No permiten que su apariencia física las entregue como esclavas de las exigencias de una vida puramente instintiva. Los valores internos, tales como la humildad y como el afecto, caracterizan su día a día.

Feos o bonitos, estaremos nadando en una vida superficial y frívola, si nos sometemos sin medida a la preocupación por la apariencia física. La tristeza, la mediocridad de la vida sentimental, el miedo del envejecimiento y el vacío interior serán una demostración de que nada de eso agrada al espíritu que tenemos dentro, el cual reclama una visión superior de las cosas, una postura más madura frente a las cuestiones fundamentales de la evolución, de la vida y de la muerte.

“Todo lo que hagamos aquí, en la tierra, tiene que ser grato a nuestro espíritu y encerrar un valor positivo para nuestra existencia”, enseña la Logosofía. “El inefáble placer de vivir no se experimenta hasta que no comenzamos a ver nuestra vida como el principal de los trabajos que debemos acometer”.


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