La libertad de pensar

 

Disertación pronunciada por Abelardo Rodríguez en la filial de la Fundación Logosófica en Montevideo, el 6 de diciembre de 1946 (Publicado en la revista “Logosofía” No. 73)

 

Se clausura hoy el ciclo de actos culturales correspondientes a este año. El Consejo Directivo de esta Institución agradece al distinguido auditorio la atención con que ha prestigiado la labor desarrollada en 1946.

Conferencias y conciertos se han realizado durante este año, simultá­neamente con las tareas docentes regulares, que cumple el discipulado difundiendo cada vez más ampliamente los conocimientos logosóficos en sus múltiples aspectos de organización de la vida, bajo las nuevas condiciones que imperan en la actualidad.

Al mencionar “nuevas condiciones” que se imponen en la realidad contemporánea, damos por sentado que esta afirmación constituye un hecho evidente, en el sentido de que son profundos y esenciales los cambios que se están operando en la vida individual y colectiva, en todo el mundo. Progresos hasta ayer increíbles, en ciencia, mecánica, industria, etc., des­lumbran y contrastan junto a miserias y horrores aún más increíbles.

Mayores comodidades, un confort que se traduce en lujo agraviante, ahondan la tragedia de una humanidad que padece desaciertos e infortunios que transforman en dramática contienda el curso de su destino.

Los más puros sentimientos humanos, heridos de muerte en la heca­tombe, lanzan clamorosos llamados, y los hombres generosamente organi­zados para la alimentación y recuperación de los pueblos dolientes, com­prueban desconcertados que el mal se ha adentrado con profundidad y peligro inusitados en las mentes y en los corazones, y que sólo con pan no se reconstruye la vida digna a que son acreedores los hombres de bien.

Cuando hace cerca de veinte años Raumsol comenzó a difundir las nuevas enseñanzas que hoy están orientando a la humanidad en el gran­dioso emprendimiento de su encauce por el sendero perdido, la Escuela de Logosofía que creó, hubo de luchar titánicamente contra prejuicios e intereses de toda índole. La enseñanza que afirma que “el mal radica en la mente de los hombres” (“Axiomas y Principios de Logosofía” Tomo II) y su maravilloso aporte de elementos nuevos de la más pura originalidad experimental, de eficacia indiscutible en la aplicación del conocimiento de la mente y su respectiva reorganiza­ción, fue tildada de pura teoría inaplicable.

Pero he ahí que sobrevino el gigantesco derrumbe causado por la guerra, y la hondura y dimensión del mal alcanzan términos que desbordan las capacidades mentales comunes. Tal acontecimiento da lugar a que una y otra vez sean convocados los estadistas más eminentes de las grandes naciones del mundo, los que en múltiples Congresos y Conferencias resuelven crear un organismo alta­mente especializado denominado “Organización para la educación, ciencia y cultura de las naciones unidas”, de cuya Acta de Constitución transcribi­mos uno de los párrafos iniciales que coincide con lo que la palabra logo­sófica venía señalando desde años como camino único para recuperar la libertad y la felicidad perdidas.

Dice así:

“Los gobiernos de los Estados signatarios de esta Constitu­ción, en nombre de sus pueblos, declaran: Que, puesto que las guerras principian en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.

Este hecho auspicioso que destacamos significa que la Logosofía im­parte una enseñanza de la más auténtica y pura realidad experimental, pues el acuerdo emanado desde el seno de las Naciones Unidas evidencia que es el verbo mismo de los hechos el que condujo a esa gran asamblea a proclamar en su Constitución ese primer punto como base fundamental para reconquistar la paz y la libertad humanas.

No obstante el manifiesto y loable empeño de plantear en sus verda­deros términos la causa de la esclavitud del ser humano, a poco que se analicen en su conjunto orgánico las disposiciones constitutivas y los come­tidos asignados a esta Institución especializada de las Naciones Unidas, se percibo. un desplazamiento inmediato del problema de fondo hacia planos comunes inferiores, sin conexiones substanciales con esa primera causa enunciada, dirigiéndose las actuaciones futuras del organismo hacia anti­guas y trilladas premisas, sin médula y de escasas repercusiones esenciales en la nueva educación imperativamente exigida.

Señalar a todos los pueblos del mundo que la guerra se gesta en la mente, y que, por lo tanto, los baluartes de la paz también han de erigirse en la mente, debe conducirnos a formular las siguientes preguntas: ¿Qué es la mente? ¿Cuáles son sus modalidades funcionales? ¿Cómo hacer para erigir en ella esos baluartes de la paz, del amor, de la felicidad? ¿Qué es el acto de pensar? ¿Es la mente el órgano que piensa? ¿Qué función desempeñan los pensamientos? ¿Qué es la libertad de pensar?

Ninguno de estos temas cuya ignorancia causa, efectivamente, el disentimiento y la guerra, figura en los planes de la nueva educación que debiera crear la Institución de las Naciones Unidas en cumplimiento de su misión trascendental, que es la de consolidar la paz por el sentimiento unánime de la humanidad, que no encuentra la fórmula para poder pensar con libertad.

La Logosofía demuestra que la libertad de pensar es la más sagrada de todas las libertades, y afirma: “El derecho de pensar con libertad es tan necesario al hombre como el derecho de vivir, pues esto último es consecuencia de lo primero”. (“Axiomas y Principios de Logosofía”. Tomo Il, pág.21)

La libertad en los aspectos sociales, políticos, como en lo referente a la libre exposición del pensamiento hablado o escrito, está consagrada por las leyes de nuestro país, con amplitud y garantías ejemplares. El conoci­miento y respeto de esas leyes aseguran el libre ejercicio de las más elevadas normas de convivencia entre los hombres. Para la transgresión por ignorancia o mala intención existen sanciones manifiestamente atenua­das a consecuencia del culto no desmentido del respeto a la libertad individual.

Pero la libertad de pensar no se rige por códigos o reglamentos san­cionados y reformados reiteradamente, sujetos a vaivenes políticos, ideolo­gías sociales o tantas otras circunstancias convencionales sin permanencia, ya que ella es sagrada función creadora regida por leyes eternas univer­sales, frente a las cuales la única actitud del hombre debe ser de esfuerzo ininterrumpido por comprenderlas, para vivirlas con plenitud de con­ciencia y hacerlas llegar a la comprensión de sus semejantes.

La libertad de pensar no significa que cada uno puede hacer la que le plazca, vale decir, pensar bien o pensar mal, o dejar de pensar. No. La libertad de pensar es supremo bien que comienza a imperar en la mente del ser cuando éste se esfuerza por conocer esas leyes que condicionan sus funciones mentales, sus relaciones con los pensamientos, y la naturaleza íntima del acto de pensar bajo la iniciativa y control propios.

La pérdida gradual y proporcional de la libertad de pensar, es la sanción que de inmediato advierte al hombre que ha dejado de hacer uso de sus posibilidades para acercarse al conocimiento de lo que es en esencia su mecanismo mental y de todo lo que concierne a la actividad de sus pensamientos. Y esa pérdida progresiva de la libertad de pensar es el resultado de la inactividad mental o de una mala orientación, y se manifiesta de muy diversos modos, ya exteriorizados, ya ocultos.

La indiferencia frente a tan serio problema, suele ser motivo de aletar­gamiento o postración mental, mal que termina por anticipar la muerte psicológica a la muerte física, ya que pierde esta prerrogativa y clausura o paraliza toda posibilidad de avance evolutivo consciente. Tal indiferencia o abandono, esteriliza esas facultades creadoras de la mente, aquietando su fecundo dinamismo, aminorando la propulsión que imanta la voluntad.

En estos casos observados con alarmante frecuencia, no es la mente la que piensa; son los pensamientos los que en irresistible avalancha do­minan al hombre impotente que habla y acciona gobernado desde lo externo, puesto que carece de convicciones propias y de conocimiento para comenzar la reconquista de su libertad de pensar. Es, pues, un grave atentado a las leyes supremas de la vida, el permanecer inactivo o indife­rente, sin esforzarse en conocer qué es la libertad de pensar y en qué consiste el acto de pensar; falta castigada con la privación de la potestad creadora del pensamiento consciente.

Desde el instante en que el hombre nace, experimenta el beneficio de la vida al respirar el aire portador de oxígeno y otros elementos sin los cuales no podría vivir. Ninguna intervención le es requerida ni per­mitida para la prescripción de ese acto de respirar ni para la dosificación del mismo o la composición de los elementos que se asimilan en cumpli­miento de las leyes universales, que crean y amparan la vida física en todas las etapas de su desenvolvimiento.

Cooperamos con esas leyes en la medida que las conocemos, y a su estudio dedica la humanidad los más ingentes esfuerzos. Las violaciones a las mismas son advertidas por la pérdida gradual de la salud, del bienestar y la alegría.

Pero la vida del cuerpo nada significaría humanamente sin la vida del espíritu, que tam­bién se incorpora al ser sin su anuencia para que perciba su existencia como algo superior, condicionado por leyes cuyo conocimiento constituye el objeto supremo de la vida del hombre. Esa vida del espíritu se mani­fiesta a través del maravilloso mecanismo mental, que la Logosofía describe y enseña a conocer propiciando su estudio y adecuada utilización a los fines del pensar correcto.

El estudio experimental que proporciona un gradual conocimiento y dominio del sistema mental, conduce al goce inefable de su dinamismo y determina la más alta conquista del hombre: la libertad de pensar, de la cual emana toda otra forma de libertad.

Hacia tan luminosa meta sólo pueden dirigirse los seres que amen y cultiven activamente el esfuerzo por acercarse a ella. Sólo así puede aspirarse a engrosar el número de los obreros que han de erigir el baluarte de la paz en la mente de los hombres.

La ignorancia, que esclaviza las mentes, tiene sus aliados o agentes propulsores en la indiferencia y la pereza, características de vieja data, tan viejas como temibles.

Algunos siglos antes de Cristo, señalaba Aristóteles que siendo el hombre, por naturaleza, un ser destinado a pensar, rara vez pensaba. Y esto ocurría en Grecia, nada menos que en la época gloriosa en que llenaba capítulos brillantes en la historia de la civilización…

La gran tragedia que ha soportado el mundo, y que aún hoy persiste con caracteres que parecen agravarse, tiene su causa en el hecho de que el hombre ha dejado de pensar bien; vale decir, o cesó en el ejercicio de esta función o pensó mal.

Pensar bien significa que debemos saber generar pensamientos positivos; pero para ello debemos reorganizar nuestro sistema mental a fin de que las supremas manifestaciones del espíritu sean acogidas en la mente del hombre como en su residencia natural, y la búsqueda de la verdad se convierta en consigna a la que se ofrenden los más cálidos empeños.

“Buscad la verdad; y la verdad os hará libres”, dice la enseñanza cristiana. Vemos que esa promesa sublime sólo habrá de convertirse en realidad si vamos al encuentro de la verdad; si la buscamos aprendiendo a diferenciarla del error y la mentira; si hacemos que la razón impere en nuestra mente y en nuestro corazón; si demostramos ser dignos de ella y le profesamos todo el amor de que seamos capaces para garantizar que el triunfo de la libertad de nuestro pensamiento lo compartiremos con nuestros semejantes, cooperando con eficacia en la ayuda que tanto necesita la humanidad para reconquistar el derecho de pensar con libertad.

La búsqueda de la verdad sin el asesoramiento del conocimiento experimental sobre el sistema mental, ha conducido a la humanidad una y otra vez, a erigir los baluartes de la paz en un terreno mental que carecía de la preparación adecuada para sustentarlos y consolidarlos; de ahí lo funesto de sus resultados.

La enseñanza logosófica viene señalando desde hace varios lustros el camino cierto, confirmado como tal por el lenguaje elocuente de los hechos. Por ese camino habrán de seguir los hombres si quieren que sus anhelos de paz y libertad sean cumplidos ciertamente.

 

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