La Logosofía, ciencia de la paz

Por Ema Lareu

Disertación pronunciada en la Fundación Logosófica en Montevideo, el 21 de abril de 1945

 

En estos momentos en que todos hemos sido conmovidos por la desaparición del gran demócrata defensor de la libertad y la justicia, séame permitido ofrecer el humilde y sentido homenaje de mis palabras, que han de referirse a la paz que él tanto amó.

Luego de recorrer con una mirada retrospectiva algunas etapas por las que atravesaba el mundo; después de revisar las últimas páginas de su historia y ante la cruda realidad del presente, vemos con dolor que, pese a los grandes esfuerzos realizados y a los conocimientos alcanzados por el hombre, hasta hoy fuimos incapaces de edificar una paz verdadera y cuando hemos creído haberla logrado sólo fue aparente, como una tregua para volver nuevamente a las acciones bélicas.

Frente a panorama tan desconsolador y en estas horas de serias reflexiones para la humanidad, cada hombre que aspira a la paz y que siempre detestó las guerras, se pregunta si sus aspiraciones serán realmente imposibles de alcanzar, si los seres humanos no podrán alguna vez llegar a entenderse por medios más inteligentes, ya que tantas veces han podido palpar las consecuencias funestas que las guerras acarrearon.)

No en balde la futura paz es hoy la preocupación de todos y de cada uno de los súbditos de este mundo, que no pueden permanecer indiferentes a un problema en el que se juega la libertad, la tranquilidad, los derechos, la vida de todos. Y mientras los escépticos aseguran que cuanto se haga será en vano, que el mundo no tiene remedio, otros sienten agitar sus espíritus ante la búsqueda de una efectiva y tranquilizadora solución.

Así como a los que se limitan a esperar impasibles que una nueva era de paz comience no bien cese la guerra; los hay que, atribuyendo esta guerra a un castigo ciego de índole sobrenatural, optan por actitudes de esa mística común y pasiva, creyendo con ellas que se apaciguará el desagrado de esa voluntad que desatara sobre nosotros este dolor, sin mediar aparentemente responsabilidades de parte de quienes así piensan que se encontrará la paz.

No faltan tampoco los que pretenden que la paz se alcanzará cuando se atiendan debidamente las reclamaciones de los desconformes, cuando se coloque a todos en la misma posición y todos disfruten de las mismas prerrogativas. Existen también quienes dicen que será necesario terminar de una vez con los ambiciosos y los dictadores para acabar con las guerras; los hay que creen que para una solución acertada deberá imperar el colectivismo, mientras otros lo esperan del individualismo.

A éstas podrían agregarse aún muchas otras posiciones mentales que se han manifestado a nuestro alrededor, en nuestra familia, en las instituciones que frecuentamos, en nuestro lugar de trabajo, en todas partes. Es que cada uno al encarar el problema, muestra, al parecer, el aspecto de la vida que más le ha interesado o el que más ha observado o las necesidades que más intensamente ha sentido.

Y unidos por similares inclinaciones, se agrupan los hombres y forman los sectores de la opinión; también cada pueblo suele sentir predilección por un determinado aspecto de la vida social, desde el cual plantean fuego sus representantes el problema intrincado de la futura paz.

Giran, pues, alrededor de este gran problema una multitud considerable de aspectos de la vida que convergen todos en el hombre, aspectos que necesariamente debe vivir cada individuo y cada pueblo. Entran así en juego necesidades de índole política, económica, intelectual, comercial, religiosa, moral, espiritual, etc. Cada uno de los planteamientos tiene en cuenta con preferencia, algunas de dichas necesidades; cada una constituye, pues, una aspiración digna de ser atendida.

Ahora bien; ¿cómo hacer conciliar todas estas aspiraciones? ¿Cómo encontrar la medida e importancia que se les debe otorgar para que todas armonicen en el objetivo que las reúne: la paz? Podemos asegurar que hasta el presente ello no ha sido alcanzado por los hombres.

Esto que afirmo lo sintió intensamente el gran hombre que se llamó Roosevelt, quien diera su vida a la causa de la paz. Nos lo dice en estas elocuentes palabras con que dejó su último mensaje a la humanidad en el Día de las Américas, que significa hoy el día en que todo un continente renuncia noblemente a sus intereses particulares para unirse estrechamente en aspiraciones de bienestar común: “Los americanos sólo buscamos una paz duradera. Más que el fin de la guerra queremos un fin para el comienzo de todas  las guerras; si, un fin para ese medio brutal e inhumano de solventar las  diferencias entre los gobiernos en discordia. Si la civilización ha de sobre vivir debemos cultivar la ciencia de las relaciones humanas y dicha ciencia es la paz”.

Sintiendo hasta el sacrificio lo que cuesta al mundo las desinteligencias entre los hombres, Roosevelt pide una nueva ciencia: la de las relaciones humanas, la ciencia de la paz. ¿Cómo respondemos los hombres, los pequeños, al pedido del grande que se fue?

Yo ofrezco mi respuesta: Hace aproximadamente tres lustros, desde el extremo sur de América un gran espíritu, Raumsol, viene enseñando una ciencia que abarca desde la que señaló Roosevelt hasta la más necesaria para la existencia humana; la única que en realidad puede edificar una paz verdadera: la ciencia del conocimiento trascendente, que se funda en la realización de un proceso consciente de superación integral.

Esta ciencia madre, contemplando los problemas psicológicos de la vida humana y descubriendo en el ser mismo los factores que hacen posible la feliz convivencia entre los hombres, muestra el camino que permite cumplir con tan nobles aspiraciones.

La Logosofía, que así se denomina, como ciencia integral está llamada a llenar ese vacío, pues tiene en cuenta cada una de las aspiraciones humanas en forma que todas puedan ser colmadas, al considerarlas en su justa importancia y realidad como factores de bien y de progreso en el cumplimiento de los elevados destinos del hombre y del mundo.

Tal como lo ha consignado en diferentes épocas la historia, otra vez el hombre ha de necesitar buscar en nuevos conocimientos los elementos que le permitan llegar a una feliz solución de sus grandes problemas. Y hoy es la Logosofía que abre a su estudio y experimentación una nueva veta que aun permanece inexplorada por los científicos e investigadores; veta que se esconde en la complejidad de la psicología humana y que encierra el secreto de todos los problemas que puedan plantearse a la inteligencia del hombre. Este rico filón es la mente.

Asegura Raumsol que mientras los hombres no descubran que el secreto de la paz está en el pensamiento, vanos serán los esfuerzos por buscarla en otra parte. Y esta verdad, que ha sido comprobada una y mil veces por quienes se han interesado en conocer a fondo su contenido, comprobada en sí mismo, en sus semejantes, en la vida de las instituciones y de los pueblos, puede palparse a diario tanto en los incidentes más pueriles que rodean la vida de los niños como en los de mayor trascendencia para la existencia de los pueblos.

Un solo pensamiento de capricho es suficiente para que la paz del hogar se vea alterada. Un pensamiento de ambición y predominio en la mente de un hombre puede culminar arrastrando a un pueblo a los horrores de una guerra. Esta verdad encierra profundos alcances de gran repercusión para la conquista y conservación de la paz entre los hombres y, por ende, entre los pueblos.

En un articulo aparecido recientemente en la revista “Logosofía” [1] el creador de esta ciencia da una explicación magistral de la acción que le ha cabido al pensamiento en el proceso mental vivido por las ideologías europeas durante su formación, así como en el momento que precedió al estallido de la guerra, y en el presente señalando los peligros de orden mental que se avecinan en la postguerra, todo lo cual constituye una nueva demostración, como él mismo lo expresa, de la realidad inobjetable de la participación activa y predominante del pensamiento en todos los actos de la vida del hombre.

Y es el momento en que los estadistas y representantes de los pueblos, conocedores de los errores cometidos en la anterior postguerra y responsables de los peligros que pueden sobrevenir a la familia humana con una nueva paz mal resuelta, congregan sus pensamientos con el propósito de alcanzarla en forma estable y real.

Así el Acta de Chapultepec ha consignado la anexión de nuevos importantes principios al Derecho Internacional Americano. “Todo acto que pueda alterar la paz, interesa a todos” expresa uno de dichos principios. A cada uno, pues, le asiste esta vez el derecho, o mejor dicho el deber, de velar por la paz y de interesarse porque ella no sea alterada.

Una nueva forma de responsabilidad, un nuevo deber cabe en todo ser humano en la edificación de la paz futura, como asimismo lo expusiera claramente la palabra logosófica en noviembre último al tratar sobre la futura organización del mundo:

“La tarea, indudablemente, ha de ser inmensa, tanto que ha de requerir el concurso de todos los seres humanos, en la medida de sus posibilidades individuales. Mas, como no es cuestión de establecer un orden exclusivamente material, habrá de pensarse, naturalmente, que lo más difícil de encarar será el restablecimiento de la armonía interna, en cada ser, en cada pueblo, en cada nación, en cada continente y, en consecuencia, en el mundo entero.

“Esa armonía interna tendrá que buscarse, necesariamente, en el fomento inmediato de las actividades de la inteligencia encaminadas a hallar la paz por la armonía de los pensamientos en el juego de las relaciones entre los semejantes, haciendo que cada uno se constituya, conforme a su capacidad y a su esfuerzo, en conductor leal y verdadero de la fuerza constructiva con que habrá de edificarse el futuro de la humanidad.

“Estas reflexiones llevan a la conclusión de que la vida frívola y vacía debe ser transformada en existencia útil, capaz de conducirla hacia alturas ejemplares. Parecería que está llegando la hora en que todo ser tendrá que acostumbrarse a pensar con absoluta seriedad sobre el uso que hace de su vida y en pos de qué meta debe encaminar sus pasos por el mundo. Surgirá así la necesidad de ser más consciente en todos los actos de la vida, a fin de poder establecer por sí mismo cuál es su aporte al servicio de la humanidad, de la que forma parte y de la que se beneficia por el esfuerzo de los demás.

“Esta conclusión colocará con toda justicia a cada uno en su lugar y hará sentir, con la debida lealtad, a su propia conciencia cuáles son sus deberes en ésta y en todas las horas futuras de la humanidad.” ([2])

El mundo cual gran organismo sufre actualmente los tormentos de una grave dolencia que ha venido minándolo de tiempo atrás y que hoy hizo crisis por la aparición de nuevos focos infecciosos que ponen en peligro su vida. Felizmente aún existen en dicho paciente partes que ofrecen alguna vitalidad, lo que permitirá, si se toman las providencias necesarias, contribuir a la restauración de su tan quebrantada salud.

Como ocurre con ciertas enfermedades, será el caso de evitar los riesgos que sobrevienen en los estados que siguen a las grandes crisis. La Logosofía ha llamado ya la atención sobre la descomposición que en el orden de las ideas, de los conceptos y de las costumbres, se hará presente en los sectores hoy en guerra, descomposición que ha de ser campo propicio a la multiplicación de los llamados “bacilos mentales” terribles por la propagación de lo que denominó “plaga psicomoral”.

Así como el médico frente a un caso grave que lesiona uno o varios órganos, se preocupa de fortificar aquéllos a los cuales el mal todavía no llegó a lesionar, con el propósito de que estas medidas preventivas le aseguren una feliz convalecencia, así estos pueblos de América, afectados si, pero no gravemente lesionados, habrán de preocuparse de tomar las medidas profilácticas que se requieran, y no me refiero a las de orden físico, que entran en el campo de acción de médicos e higienistas, sino a las de orden mental, tendientes al enriquecimiento de las facultades intelectuales y de los valores espirituales del hombre.

Como primera prevención, no volver a cometer nuevos errores y nuevas locuras, al igual que hace el enfermo creyéndose sano, no bien ha trascendido una crisis que puso en peligro su existencia. No olvidando que el mal no ha desaparecido totalmente, será imprescindible fortificarse debidamente, no malgastar las energías en actividades estériles o nocivas, y mejorar las condiciones de vida, pues un nuevo colapso podría ser de consecuencias fatales. Y es a cada uno de nosotros que nos ha de corresponder esa colaboración en la labor de restauración paulatina del mundo, tan necesitado en esta hora de verdadera responsabilidad y trascendencia.

La ciencia logosófica viene preocupándose desde hace poco menos de quince años por brindar al hombre los conocimientos que le permitan alcanzar esa fortaleza en el orden mental, moral, espiritual; ese aumento y economía inteligente de energías, ese mejoramiento en todos los aspectos de la vida, en la medida de las posibilidades de cada ser humano.

En esta escuela de alta cultura, que ha sido denominada de adelanto mental, el estudiante se ocupa preferentemente de ir alcanzando y cultivando la paz en si mismo para poder practicarla y propiciarla a su alrededor en el trato con sus semejantes; esto significa en principio, un cultivo y capacitación mental y la adquisición de conocimientos de verdadera utilidad y eficacia en la vida de relación.

Es la paz que jamás prescinde de los dictados de la razón y la justicia; es la paz que se va conquistando por la actividad cada vez mayor de la razón que se vigoriza con el desarrollo equilibrado y armónico de todas las facultades que integran el mecanismo de la inteligencia humana: la observación, el discernimiento, el juicio, la reflexión, el análisis, la penetración, etc. sin olvidar la facultad de sentir, que alcanza su elevada jerarquía y su máximo poder por la depuración de la mente y la eliminación de todo sentimiento que no sea de índole superior y constructiva.

La paz en el individuo es la resultante de un proceso inteligente y consciente que conduce a establecer un armónico equilibrio entre los pensamientos y los sentimientos en intima comunión con la conciencia, que se va ampliando y esclareciendo a medida que profundiza en los ricos campos del bien y la verdad.

El cultivo que mediante el estudio logosófico se realiza, permite experimentar una verdadera sensación de amparo, de protección, de seguridad, de confianza en sí mismo ‑síntomas éstos inconfundibles de paz ‑, y ello se debe a que en dicho estudio siempre encuentra el hombre el consejo o la palabra capaz de auxiliar a la propia inteligencia; los elementos que le faltan para solucionar sus problemas; las advertencias que le hacen previsor y le permiten marchar sin tropiezos; los conocimientos que lo llevan a descubrir las fallas fundamentales que se han ido anexando a su psicología y a la de los demás seres humanos, y que a semejanza de plantas parasitarias van encerrando al hombre en el estrecho círculo de los desasosiegos y de las limitaciones, y le van succionando su vitalidad.

Así vemos muchas veces, cómo las palabras de crítica no siempre van acompañadas de la actitud constructiva que estimula a corregir lo que se conceptúa equivocado; ni los juicios adversos que escuchamos sobre los seres, son siempre detenidos por ese enérgico movimiento que impulsa al hombre a defender al ausente, a colocarse en el lugar del ser cuya dignidad se ha intentado lesionar.

Tampoco las manifestaciones desconformistas traducidas en quejas, lamentaciones, protestas o exigencias, son neutralizadas por una sana y equitativa apreciación de las cosas, lo cual estimularla al ser y le encauzaría dentro de la sensatez y la medida de lo justo; y si vamos a los estados de susceptibilidad, que tanto atentan contra la armonía y el bienestar del individuo, convendremos en que mucho más colaboraría en dicho sentido una más exacta cotización de los propios valores desde que le evitarían caer en los dos extremismos que hacen al hombre vulnerable: la sobreestimación o el menosprecio de sí mismo.

Como será de advertir, los casos que analizamos muestran hechos muy comunes en la vida entre los semejantes, que al no ser considerados con la sensatez y la cordura aconsejadas por los naturales sentimientos de respeto y justicia que existen en el fondo de todo corazón humano, van separando a unos y otros, produciendo una serie de estados que atentan contra la paz y la unión.

La paz que el individuo puede ir logrando con la cultura logosófica, está basada en el conocimiento de sí mismo, de la propia psicología, que a la vez le permite ensanchar su conocimiento sobre sus semejantes, defenderse de los que pretenden engañarlo escondiendo sus intenciones; acercarse a los otros con el respeto y la tolerancia que atenúan las diferencias, que neutralizan las desinteligencias, que concilian los desentendimientos, estimulando siempre al libre esfuerzo en pro de una superación.

Coinciden los grandes estadistas con Raumsol en que las bases de la paz deben encontrarse en el principio fundamental de la libertad individual en su acepción más elevada y amplia.

“No podrá haber paz y concordia, nos  dice, mientras no se refirme definitivamente en el espíritu de los hombres, sean del país o de la raza que fueren, el principio fundamental de la libertad individual, que hace posible el mantenimiento de la dignidad humana y permite el libre desenvolvimiento de la inteligencia para los altos fines del progreso y la evolución de los pueblos.”

Y más adelante agrega:

” …….de­ deberá entenderse la libertad como una expresión amplia y manifiesta de la conciencia de cada individuo, quien a su vez será el primer guardián de esa independencia, no alterándola al pretender, por ejemplo, usurpar derechos del semejante o privarle de la libre manifestación de su pensar y sentir”. [3]

El problema de la libertad, tan debatido en los ambientes políticos, educacionales e intelectuales, encuentra en la Logosofía un amplio y ferviente defensor; su riquísimo aporte habrá de sumarse a cuanto esfuerzo y sacrificio se haya realizado en salvaguardia del más sagrado de los derechos conquistados por el hombre.

“Después de tantos años de opresión, desquicio y arbitrariedad, se experimenta en todos los puntos del orbe el rigor de una necesidad que cobra cada día mayor relieve. Esa necesidad se llama libertad; libertad para que el hombre vuelva por los fueros de su dignidad humana y ofrezca, libre de temores y de trabas, el concurso de su inteligencia creadora”. [4]

He tratado de exponer, de acuerdo a mis alcances personales y a lo que he comprendido huta el presente, uno de los múltiples aspectos en que la Logosofía ofrece valiosísimos conocimientos para la conquista de una paz verdadera. Puedo asegurar que el aporte que esta ciencia viene brindando al servicio de la paz en su más amplia acepción, es extraordinariamente vasto e intensamente rico. Estamos frente a un conocimiento trascendente que interpenetra todas las aspiraciones de paz que pueda albergar el espíritu de los seres humanos.

 

En un artículo aparecido últimamente en la prensa montevideana [5]al referirse al futuro del mundo, Raumsol nos dice:

“Nada puede hacerse de golpe, y mucho menos restablecer la armonía de los intereses humanos en breve tiempo. Habrá, pues, que preparar los ánimos e inclinarse hacia el culto de la paciencia y la tolerancia, y a la vez encauzar a los espíritus hacia el culto del trabajo y, sobre todo, hacia el culto de la confianza en un por venir más auspicioso”.

 


[1] (“Logosofía”, Nº 51, pág. 27)

[2] (“Logosofía”, Nº 447, págs. 5 y 6

[3] (“Logosofía”, ‑ N°33, págs, 19 y 20)

[4] (“Logosofía”, Nº 51, pág. 17)

[5] (“EL País”, 9 de marzo de 1945)

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