La vida humana es un constante poseer

Por Enriqueta Troubeck

Disertación pronunciada en la Fundación Logosófica de Montevideo – Publicada en revista “Logosofía” No. 68,

Inclinación natural a la posesión

Desde este mismo lugar, en otra oportunidad, hemos analizado las ten­dencias individuales y sociales del hombre; hoy como entonces, con el auxilio de la enseñanza logosófica, enfocaremos otro rasgo psicológico que se advier­te en el hombre de todas las épocas. Este rasgo, punto inicial de las más bellas gestas humanas y origen también de los más variados y terribles pro­blemas, es la inclinación a la posesión. Aun para el observador más superfi­cial, es innegable que esta inclinación se manifiesta desde la más tierna infancia, cuando no puede atribuírsela ni a la acción de los estímulos exterio­res ni a una influencia educativa ambiental, lo que induce a considerar y a afirmar que es expresión de una causa permanente. Se advierte el afán de poseer como una inclinación desde que el niño nace, al igual que la manifestaron los pueblos, partiendo de los primitivos, en la infancia de la humanidad.

A medida que la naturaleza humana sigue su lógico crecimiento, la mano del niño, que se extiende para poseer una sabrosa fruta, se extiende también para cortar la flor que asoma del jardín ajeno: inclinación fisiológica o física en la posesión primera; inclinación estética en la segunda; atracción por lo bello, por el color, el perfume, etc. Entre tanto, las manos invisibles de la inteligencia van extendiéndose a su vez para poseer el conocimiento, que ignora, para lograr la posesión que sea una respuesta a los innumerables porqués y para qués de cuanto le rodea, posesiones de nueva índole, recla­madas en forma imperiosa, impostergable, por la necesidad de saber que el organismo psico-mental experimenta, como en el instante primero sintió el organismo físico la necesidad de alimentarse.

Así en la historia de la humanidad, la inclinación a la posesión hizo tender el arco para poseer la pieza de caza, tender las manos hacia el fruto, o conquistar el pedazo de tierra que más caza o frutos proporcionara. Si­guieron los largos períodos en que continuó mostrándose la misma inclinación a poseer, a buscar con qué satisfacer las necesidades que gradualmente iban surgiendo como expresión del cumplimiento de un proceso evolutivo.

Se manifestó asimismo la inclinación hacia la posesión de la belleza la forma, en el color, en el sonido y en la plasticidad del movimiento; inclinación a poseer algo que diera sentido y contenido a la vida en su acepción humana: valor, verdad y belleza para la Grecia inmortal; sabiduría en el pensamiento científico y filosófico, para los pueblos de la China milenaria: inclinación a poseer las mejores normas de derecho y de justicia para la Roma augusta; etc., etc.

A través de un largo sendero trazado en el tiempo, el hombre marcha en incesante, indeclinable, actitud de poseer, ora lo efímero, lo fugaz; ora lo permanente, lo estable; ora lo material, lo transitorio; ora lo espiritual, con signos de eternidad.

Advertimos que la inclinación a la posesión lleva en sí un estímulo natural: el goce, el placer, la satisfacción, la alegría, la felicidad que las diferentes posesiones proporcionan; más: la sola perspectiva que el anhelo de posesión dibuja en la mente del hombre, le hace experimentar por adelan­tado momentos felices, de tal intensidad, de tanta proyección en todos los sectores de su vida anímica, que “deja de lado muchas cosas que en otras circunstancias le habrían preocupado y amargado, para que nada mengüe esa idea que se extiende hacia el logro de algo” (“Logosofía”, Nº 64, pág.  par 12)

Afirma la enseñanza logosófica que “la vida humana es un constante poseer”. En efecto, desde su nacimiento hasta su muerte, el hombre va en pos de sucesivas posesiones; desde sus días infantiles hasta más allá de sus días de adulto, sus anhelos de posesión han cubierto las jornadas más diver­sas para adquirir una gama infinita de posesiones, con tal confusión, a veces, respecto a la índole de las mismas, que llega a creer que la posesión de unas ha de otorgarle el derecho de poseer otras, cosa que si bien acontece en ciertas oportunidades, no excluye lo peligroso de las generalizaciones.

Por este camino, cuántas veces la mente, embriagándose de deseos, no importa por qué medios, trata de satisfacer lo que ya no es expresión de una inclinación natural, sino una desnaturalización, voracidad en la posesión.

 

Índole de las posesiones

Un brevísimo y rápido bosquejo de la natural inclinación a la posesión que ofrece la estructura humana, nos conduce ante el panorama variadísimo, múltiple, de las cosas que el hombre, en obediencia a ese rasgo psicológico, se interesa en poseer. Sería tarea que escapa al tiempo y a la capacidad con que contamos, el querer hacer una reseña por lo menos aproximada, de cuanto el hombre se afana por poseer; pero quizá convendréis conmigo en que, posi­blemente, tal afán se sintetiza en poseer riquezas, poseer afectos; poseer co­nocimientos.

Sin embargo, con ser estas posesiones imprescindibles en la vida huma­na, con significar cada una el medio de satisfacer una necesidad psico‑bioló­gica‑mental, no tiene cada una de ellas un valor igual, por su índole intrínseca, por su condición cualitativa y cuantitativa, por su relación, con otras posesiones. Todas necesarias, pero por gravitar en centros energéticos diferentes, por responder a requerimientos de índole también diferente, tiene, cada una de ellas, distinta cotización, valor y duración.

Aunque el hombre temporariamente las cotice en más o en menos, las estime en un valor mayor o menor, expresado en el interés que manifiesta por poseerlas. llega un momento en que el valor ficticio que les atribuyó, el exceso o menosprecio de cotización, alcanza su término.

En la balanza de la vida de los pueblos, a través de los siglos, el fiel, se inclina hacia unas o hacia otras, pero siempre unas posesiones mantienen un valor especial de carácter permanente, y otras, uno transitorio, circuns­tancial con relación a sí mismas y a las demás posesiones. La realidad histó­rica manifestada en el campo de las experiencias y situaciones difíciles, es ­la que conduce a corregir el error de apreciación, a subsanar aquello que atenta contra la estabilidad de las posesiones, en el preciso momento en que­ pareciera velarse el entendimiento humano al mermar o desaparecer el inte­rés por lograrlas.

Unas posesiones están expuestas a los vaivenes de las etapas históricas: maderas, telas preciosas, especies, oro, hierro, petróleo, hoy trigo: y nos ­hablan de lo efímero o variable de su valor, aunque en un instante su con­quista sea vital. Otras, las de orden intelectual, moral y espiritual, tienen en sí un valor incorruptible, inmanente; un valor de verdad que les da un sello de eternidad.

La vida de la humanidad que marcha en hombros del tiempo, lleva la herencia indestructible de las posesiones de primera jerarquía; de la fuerza creadora que ellas tienen; de su poder fertilizante que fluye en la corriente hereditaria del pensamiento y el sentir, que alimenta la vida de las genera­ciones a través de la familia, las razas y los pueblos.

Entendemos que hay algo más que indica la índole jerárquica de las ­posesiones, y es que mientras unas ensanchan y tonifican la existencia, ha­ciendo experimentar a su poseedor las bellezas de la vida, otras traen apare­jado, si no de inmediato, a no muy largo lapso, cuando se han acrecentado­ mucho, quebrantamiento, desvitalización psicológica, porque poseerlas ori­ginó en lo más recóndito del ser, el temor y la angustia por su posible pérdida, a la par que, en muchos casos, un acendrado egoísmo. Mientras el poseedor­ de unas limita su vida y el mundo se reduce al lugar de convivencia con quienes usufructúan esas posesiones, las que en arduos esfuerzos trata de proteger, deteniendo su fugacidad, el poseedor de las otras busca su expan­sión. En suma; en tanto que unos hombres con sus posesiones se empeque­ñecen, y no sólo acortan, en la amplia acepción del vocablo, su vida, sino que hasta atentan contra lo que pertenece a los demás, otros, por la condición misma de lo que poseen, se vinculan a sus semejantes y propician siempre el acercamiento, el intercambio, la vida de relación pacífica. Para estos últimos, compartir posesiones significa acrecentarlas, jamás mermarlas. Por otra parte, sus posesiones llevan en sí un potencial energético que tiende a expandirse.

Así como hay posesiones que se gastan y extinguen, estas otras aumentan y se multiplican; también hay una gran diferencia en el grado de inten­sidad y duración, de exquisitez y felicidad, que los estímulos, de unas y otras aún siendo naturales, proporcionan al hombre. Según nuestra comprensión, en la índole jerárquica de las mismas posesiones, encontramos la razón diferencial del estímulo. Las de índole perecedera, no generan, sino por el esfuerzo vigoroso de la voluntad del hombre, nuevas necesidades y nuevos motivos de real interés: las de índole permanente configuran para el poseedor, en el proceso mismo de su adquisición, nuevas necesidades, entre ellas la de ser pródigo. Las primeras pareciera que son estériles; las segundas, fecundantes y fecundas.

 

Problemas creados

Las circunstancias presentes y los acontecimientos de la última década .muestran con dolorosa elocuencia que la inclinación a la posesión alcanzó en nuestro siglo caracteres de tragedia, abarcando pueblos enteros.

La inclinación a poseer riquezas, comodidades y largas horas de espar­cimiento y diversión, en unos; a poseer el dominio sobre pueblos, en otros; a poseer la hegemonía en el campo ideológico, en algunos, y a conquistar más posesiones en el orden meramente intelectual, en otros sectores de la humanidad, fue ahondando la situación general de la misma hasta conducirla a una encrucijada de caracteres únicos en la historia.

Problemas sociales, problemas económicos, problemas ideológicos, decimos con frecuencia; exacta la expresión, pero, ¿qué hay más allá de estos problemas, en la raíz de los mismos, en el origen de la suma y de cada uno de ellos?

Un problema de orientación del hombre, sin resolver. Un problema educativo aún pendiente. Un no resuelto problema de humanismo.

Las voces llegan de los más diferentes sectores de la sociedad humana reclamando soluciones, pidiendo, exigiendo algo, y manifestando a la vez que hay excesos o limitaciones en las posesiones. Así, según los sectores, oímos: “unos poseen demasiado poder”; “unos poseen demasiada riqueza”; ”aquellos tienen mucha hambre”; “éstos cuentan con demasiada comodidad”; “hay quienes gozan de privilegios”; “hay quienes tienen mucho dolor”; “al­gunos están recargados de trabajo”; “otros disfrutan de exceso de descan­so”; etc., etc.

¿Problemas de posesiones? ¿Problemas por la índole de las posesiones? Problemas por su uso y su abuso; por su limitación o su exceso; por lo que se posee y por lo que no se posee; problemas en relación con la estructura psíquica del individuo, conformada según el grado en que cada una de sus inclinaciones naturales recibió la necesaria orientación educativa, génesis de una vida normal, sana, ascendente, feliz.

Si el hombre no la recibe, si desde la niñez hasta que cierra sus ojos no se encauza su vida, sus tendencias psicológicas, libradas a sí mismas, quedarán expuestas a las más peligrosas alternativas; indefensas, desvalidas en su desarrollo, a merced de todo riesgo ambiental e influencias nocivas.

 

Necesidad de orientar la inclinación natural

Tenemos la íntima convicción que los problemas que hoy aparecen con tal magnitud, son, en su génesis, como dijimos ya, problemas de educación. Sólo por una educación integral, que atienda cada una de las facetas de la estructura psíquica del hombre, para desarrollarlas, cultivarlas, orientarlas, armonizándolas en su desenvolvimiento, hemos de contribuir a forjar el nuevo ciudadano de un mundo nuevo, es decir, en base a una renovación de formas y contenidos.

En efecto; si el hombre queda librado a la expansión sin control o sin límites de sus inclinaciones, sin una enseñanza reguladora de ese necesario crecimiento, caerá en los excesos, desvíos, o desnaturalizará su esencia. Por otra parte, sin los reales estímulos, la inclinación puede quedar reducida, limitada en su desenvolvimiento. Los verdaderos estímulos, los de índole positiva, son según los casos, los que deben despertar, poner en actividad, acrecentar, vigorizar o regular la incipiente inclinación a poseer. La ense­ñanza familiar, escolar y social, no ha sido lo suficientemente amplia, efi­ciente, positiva, para orientar y estimular la inclinación de referencia.

En consecuencia, esta tendencia ha experimentado unas veces, como ya lo consignamos, un desvío, una desnaturalización, cuando no una hipertro­fia, degenerando en ambición, desmesurado afán de posesiones, exceso y desbordes en el deseo de conquistas; otras, se ha limitado a la aspiración de ciertas posesiones, sin despertar ni el afán ni la capacidad para la con­quista de otras.

Desde el ambicioso, que en su delirio posesivo pretende invadir hasta el campo de las fuerzas potenciales de la Creación, hasta el hombre que por falta de estímulos, por negligencia, inercia o situaciones adversas no vencidas por carencia de conocimientos, ha limitado su inclinación a la posesión, enfocándola en muchos casos a lo meramente material, ambos originan pro­blemas de desequilibrio funcional en la sociedad donde actúan.

Mientras unos están fuera de cauce, los otros son como hilos de agua, en marcha a ser absorbidos por las circunstancias. Al sumar sus infracciones a la ley natural, restan su contribución real al desenvolvimiento armónico de la colectividad. Esta insolvencia apareja calamidades, epidemias mora­les y económicas, crisis de valores espirituales y materiales; en suma: su­frimientos que son el índice acusador del desvío, de la infracción al cumplimiento de la ley natural.

Y bien; si del análisis realizado podemos afirmar: 1º, la inclinación a la posesión es un rasgo innato; 2º, existen multitud de problemas que son re­sultado de factores ya expuestos, en relación con dicha tendencia psicológi­ca, convendréis que algo nos falta por poseer en materia de educación, y que la actual, con todo lo rica que es, con relación a otras etapas de su pro­pio desenvolvimiento, tiene aún mucho por efectuar y por agregar o renovar, para hacer del individuo una entidad mejor.

Entendemos que el proceso educativo del mañana, nuestro joven y nues­tro niño de hoy, ha de atender en forma especial a la orientación de dicha inclinación, si queremos que las generaciones que nos sucedan construyan un mundo mejor que el que nosotros fuimos capaces de levantar.

Enfocado logosóficamente, el problema educativo se plantea en dos aspectos: uno, que se refiere al desenvolvimiento normal, sano, equilibrado de la inclinación, y otro, a la relación con la índole preferencial de las pose­siones según los valores de las mismas.

La enseñanza logosófica gradúa en forma precisa las fases que el cono­cimiento aplicado a la educación de la mencionada tendencia debe poseer. Establece un planteamiento y da el método que conduce al desenvolvimiento equilibrado de dicha inclinación, en el ejercitamiento experimental progresi­vo que la vida cotidiana estimula a realizar. Este plan, en forma sintética se expresa así: a) saber qué se quiere poseer; b) desarrollar la capacidad de posesión múltiple; c) saber el uso que ha de hacerse de cada posesión; d) estimular a la multiplicación de las posesiones. En otras palabras: “tal posesión habrá de identificarse con la vida y ser fértil elemento para el cultivo de futuras prerrogativas” (“Logosofía”, Nº 64, pág.  par 11)

De este bosquejo tan sencillo surge algo fundamental que nos conduce de nuevo a un punto; a aquél al que nos referimos cuando consideramos la índole de las posesiones. Poseedor espontáneo, natural y primitivo, de la vida que inicia, el ser humano necesita muy pronto de una posesión básica para lograr cualesquiera de las sucesivas: conocimiento. Aun aquellas que aparecen vinculadas a las posesiones materiales más simples exigen un co­nocimiento, cuando el hombre, escapando a la limitación lógica que la edad le impone, va por sí, sin la tutela familiar, en procura de alimentos, abrigos, etcétera.

Entendemos que si en el orden de las posesiones perecederas, existe la exigencia de un conocimiento previo, mínimo y elemental en muchos casos, pero tanto más amplio cuanto más rico sea el caudal que en ese orden de cosas se quiera acumular, cuanto más necesario no ha de ser el conocimiento para conquistar posesiones de otra índole, más sutiles, más estables, más trascen­dentes.

De ahí que el saber constituya la básica posesión a adquirir; im­prescindible para orientar, justamente, la inclinación natural a la posesión, y fundamental como medio para alcanzar otras, ya que, como bien claro lo expone la Logosofía, “la posesión del conocimiento facilita la posesión de todo lo demás” (“Logosofía”, Nº 64, pág.  par 12)

Nuevas posesiones

El hombre del presente, el hombre común, el de la calle, según una ex­presión corriente, es, por las posesiones de una y otra jerarquía que disfruta y le es dado poseer hoy, un rico señor en relación al hombre común de un siglo atrás; a veces, por ser ya su legítimo propietario, en base al tiempo y a los esfuerzos realizados para lograr dichas posesiones; otras, por ser poseedor legal en base a haberlas adquirido por derecho, y aquí no nos referimos tan sólo a las posesiones materiales, sino también a aquellas que como la libertad, por ejemplo, disfrutamos los americanos de este siglo.

Pensemos un instante en cuánto poseemos como medios cómodos de vida, abrigo, locomoción, cultura, esparcimientos, conocimientos científicos, nor­mas defensivas de la salud, etc., y comparémoslo rápidamente con lo que tenía a su alcance el hombre de las generaciones anteriores. ¿Qué hemos hecho para poseerlos? Si tantas pequeñas y grandes cosas disfrutamos por posesión natural, y, sin embargo, la alegría es un rictus de los labios, y la queja, la expresión habitual con que el hombre saluda y despide a un día y otro día, es que algo falta por poseer.

Entendemos que el hombre del presente, por varias razones, necesita ser dueño de nuevas posesiones: primero, para utilizar dignamente, humanamente, las que ya posee, sin correr el riesgo de perderlas o perderse con ellas; segundo, para que esas nuevas posesiones le faciliten la adquisición de otras, por las que en vano viene bregando hace largo tiempo; tercero, para que por la índole de esas nuevas posesiones, logre el estímulo “que embellezca su vida o dé contenido a la misma, el vigor que tanto necesita el alma en los momentos difíciles, y que tan sólo puede dárselo la felicidad sabiamente experimentada y vivida, y la alegría y la confianza en lo que se posee” (“Logosofía”, Nº 64, pág.  par 11)

Señalamos que existen razones fundamentales para que el hombre del presente adquiera otras posesiones, las que están comprendidas bajo el título de conocimiento. En verdad pensamos que es así, porque los hechos lo confirman a diario. En el momento actual él es dueño de vastísimas posesiones en el orden científico; es poseedor de valiosos secretos de múltiples y variadas fuerzas de la Creación, lo cual le otorga, como siempre que se posee algo, un poder, en este caso de tal potencia que él mismo no alcanza a concebir sus consecuencias.

Estas posesiones exigen al hombre, a su vez, que sea dueño de valores morales de elevada jerarquía, para que utilice sana y humanamente dichas fuerzas en pro de su especie, y las posesiones alcanzadas no se conviertan en el alud que arrastre al hombre y lo conduzca a su propio fin. Viene a nuestra mente la imagen gráfica de “El aprendiz de brujo”. Por unos instantes el hombrecillo es dueño de una fuerza extraordinaria, al ser posee­dor de un fragmento de conocimiento; con esa fuerza moviliza lo que se propone, pero llega el momento en que por falta de un conocimiento mayor que le permita hacer uso equilibrado y sensato de su poder, está a punto de ser arrastrado por el torbellino de las aguas que ha desatado.

Es la palabra sabia la que puede conjurar inminentes catástrofes y hacer que el hombre advierta su pequeñez y lo mucho que aún tiene que poseer en conocimiento, para manejar las fuerzas que en manos de la Sabiduría son agentes providenciales, auxiliares del hombre.

Al presente, somos poseedores de una valiosa posesión, la libertad; pa­trimonio moral y espiritual que como herencia nos legaron nuestros mayores. Pero con ser dueños de ella, no poseemos más que un fragmento de lo que es la libertad en su amplia concepción. Tampoco somos dueños del conoci­miento necesario para hacer de ella el mejor uso ni para evitar el riesgo de perderla o enajenarla. Esta posesión, para ser conservada y acrecentada, para que pueda ser del usufructo de todos sin trasponer los límites que co­rresponden, sin degenerar en licencia o anarquía, exige que se adquieran otras posesiones que aún no constituyen riqueza individual, patrimonio común de los hombres.

Pocas veces, por no decir que tal vez nunca como hoy, la humanidad anhela poseer la paz como conquista de valor inestimable después de los cruentos sufrimientos de una guerra de caracteres únicos. Empero, la huma­nidad, y cada hombre en particular, necesita poseer el conocimiento que le haga dueño de la paz en su propio territorio psico-mental, por eliminación de los elementos que perturban u originan dentro de sí la violencia, la descon­formidad, la incomprensión, la intolerancia, la irascibilidad, la actitud dic­tatorial. etc.

Somos dueños de una vida dotada de magníficas posibilidades, de pode­res en latencia, de fuerzas, que, como el pensamiento y el sentimiento, pueden conducir al hombre a las mejores conquistas en el plano de valores espirituales. Sin embargo, aunque el hombre es rico, porque el Creador le­ dotó de múltiples facultades y porque posee todo cuanto necesita para la­brarse por sí mismo un porvenir feliz al hacer uso armónico de su inteli­gencia, su razón y su sentir, carece muchas veces del estímulo que le haga grata la existencia, y lo busca por todas partes, siempre fuera de él, y aun, cuando encuentra en las otras existencias que le rodean estímulos valiosos, no son todos ellos suficientes para brindarle la alegría de vivir.

Bien; estas sencillas consideraciones nos conducen a lo que hemos llamado nuevas posesiones que necesita el hombre actual. Más, ¿cuáles son éstas, entre muchas que entendemos deben llegar a ser patrimonio de todos los hombres, como lo son ya otras de orden material?

Defensas mentales que son “luz en el entendimiento”; pensamientos de propiedad, porque se­ ha cumplido ciertamente la función de pensar; convicciones nacidas de la vinculación consciente con lo que se sostiene, y no de simples referencias o sugerencias ambientales.

Defensas mentales, logradas por la posesión de conocimientos del mundo mental y del manejo y acción de los pensamientos, que permitan substraerse a la influencia de corrientes mentales adversas al orden y a los principios de libertad y de justicia, ejercidos por la opinión, la prensa, la radio, el libro, la oratoria, o la conversación sofística. Autoridad y control del propio territorio mental, para no enajenar a pensamientos seduc­tores la primera libertad, la de pensar: pensar sin prejuicios ni dogmatismos, que conducen a la pérdida de las otras libertades.

Es menester que se posea el poder de reflexión, para meditar serenamente sobre las causas y los efectos, e ir así a la raíz de los problemas que­ se plantean y se debaten, sin caer en la corriente vertiginosa del arrastre de la palabra falaz, que provoca un espejismo más peligroso en sus consecuen­cias que el del Sahara, y que hace perder al que no posee defensas mentales, reales convicciones y un activo poder de reflexión, en la confusión, el caos mental, la insensatez. Poder de reflexión para efectuar el examen moderado, sin mezquindades ni excesos, de las propias actuaciones, y que conduzca de tal forma al estudio de la acción colectiva, que pueden formularse juicios, serenos y justos, alejados de apreciaciones temerarias y extremistas.

Se necesita ser dueño de sí mismo; tener como suma posesión un caudal de valores morales, intelectuales y espirituales, que permita aplicar inteligentemente las fuerzas individuales y sociales que pugnan en el hombre por expresarse, y que sólo por la posesión de índole interna, permanente, como es la posesión de un patrimonio moral de verdad y justicia, pueden ser utilizadas en favor de la misma sociedad en que se actúa.

Se requiere poseer la confianza en sí mismo, por la propia estima de lo valores conquistados en el esfuerzo individual y por la noción exacta de la propia medida, que indica el uso y grado de aplicación que de esos valores puede hacerse.

Pensamos, y hasta podríamos afirmarlo, que sólo por el conocimiento puede lograr el hombre las nuevas posesiones a que nos hemos referido, unas le harán utilizar mejor lo que ya posee; otras le harán aumentar su propia capacidad de posesión, muchas le permitirán experimentar verdaderos días felices.

Nos referimos al conocimiento trascendente, que va más allá del plano de las conquistas mentales y que es el que dará al hombre la verdadera satis­facción de su existencia. Un conocimiento de tal categoría reclama una téc­nica nueva, un método especial, que propicie todo lo necesario para un nuevo contenido; por ello, para expresar el sentido exacto de cómo poseer este conocimiento trascendente, diremos que él debe ser realizado

Adquirir, pues, la posesión de este conocimiento no es tarea de simple acumulación de nuevas nociones, ni es poseer en el catálogo de las posesiones intelectuales las disciplinas que corresponden a una doctrina científica más. La posesión de este conocimiento, como lo trasunta la misma función que ha de cumplir, la índole original de los valores que lo integran, ha de adquirirse por medio de la experiencia vital, porque para la vida es; para cada instante de la existencia tiene un elemento de aplicación.

Un conocimiento de la índole y jerarquía señaladas y que necesita poseer el hombre del presente, es el que ofrece la Logosofía, ciencia integral que estimula de una manera particular la inclinación a poseer, educándola mediante el proceso evolutivo consciente que el estudiante efectúa. Crea simultáneamente la capacidad para nuevas posesiones despertando el interés por la diversidad de las mismas, y por ser ciencia de la razón y del afecto crea la necesidad de ser pródigo con las posesiones adquiridas.

Esta prodigalidad tiene su raíz en la acción fecun­dante que la enseñanza efectúa sobre la constitución psicológica del hombre, enseñanza poseída, como dijimos, no por simple acumulación, que sólo daría erudición o ilustración, sino enseñanza poseída en la observación, estudio, experimentación psicológica y constatación. Deja así un conocimiento gra­dual, que a la vez que permite saber lo que se posee, da la medida de lo que falta poseer, y encauza a la par, la inclinación a la posesión, apartándola de la ambición egoísta, para desarrollar el sentimiento de caridad y actitud solidaria.

Cada uno de los conocimientos que el logósofo va poseyendo, a través de la labor experimental, constituye de inmediato la posibilidad de una pose­sión nueva. Posesiones que se logran en la conjunción del conocimiento ofre­cido por la Logosofía y el esfuerzo individual del discípulo; primero, pose­siones confirmadas, multiplicadas después en la acción del trabajo colectivo; posesiones que son poderosos estímulos para lograr seguridad en sí mismo, en la trascendencia de los conocimientos conquistados; posesiones nuevas que van liberando al hombre de la actitud en boga de pretender algo sin esfuerzo, por simple exigencia, o por un seudo concepto de derechos. Verdaderas posesiones que da el saber, y que Raumsol sintetiza en estas palabras:

“El saber permite vivir en la opulencia del pensamiento, reservando siempre al ser, un lugar allí donde quiera ubicarse; y no hay peligro de que pierda las riquezas de su sabiduría, puesto que es dueño de disponer de ellas en todo momento”.

Para finalizar, expresaremos que la posesión del conocimiento logosófico constituye un nuevo ideal activo de vida, de la jerarquía que es menester para colocar las bases fundamentales de un humanismo integral.

 

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