La pérdida de la confianza

Diario “El País” de Montevideo, noviembre de 2002Por Jorge Dusio

Voy a referirme a un tema de vital importancia para nuestro país: el quebrantamiento de la buena fe.

 Nos resulta asombroso que pase el tiempo y no se aprenda de las relaciones de causa-efecto que generaron y siguen generando los llamados “problemas reales” del país, como si éstos fueran solo los de naturaleza material.

Aún si solo nos enfocaramos en las consecuencias financieras y económicas que venimos padeciendo veríamos que estas tienen una causa bien concreta: la pérdida de la confianza de los ahorristas (la gente) en los conductores del país (gobernantes y políticos en general).

A la vista está que este valor “inmaterial”, como muchos otros, no se los considera ni cuantifica hasta que se hace evidente su pérdida, materializada en índices financieros, efectos económicos o resultados electorales.  Es más, muchas veces, se especula con ella con total inconsciencia de la delicada naturaleza de su existencia sensible.

 Ocurre entonces que cuando se la pierde, como es invisible, no se lo puede encontrar.  Porque no se la supo ver donde corresponde: en la larga cadena de hechos (años) que fueron jalonando su paulatino debilitamiento a través de la reiterada defraudación de la buena fe de la gente. Y como todo fraude tarde o temprano lleva a la quiebra, es esa buena fe la que se ha quebrantado por parte de los actores políticos, con honrosas pero totalmente insuficientes excepciones.

 ¿Cómo recuperar un bien tan preciado, ahora que constatamos que estas cosas también son parte de los “problemas reales” del país?

 Entendemos que primero habrá que plantearse si la tenencia de ese bien fue habida por esfuerzo y mérito propio, o fue un bien heredado de generaciones anteriores, que los usufructuarios actuales  hemos dilapidado con no poca inconsciencia.

 Entonces, según sea el caso, podremos estimar mejor los tiempos que llevará su recomposición (no su manipulación, que ya no surte efecto), que como todas las cosas de verdadero valor, cuesta mucho esfuerzo, empeño y sacrificios conseguirlas, y sobre todo administrarlas, para no perderlas.   Pero con una gran diferencia: los bienes éticos, morales y espirituales se dan en usufructo, jamás en pertenencia.  Y como se ha visto, las cláusulas de rescisión no por ignoradas dejan de cumplirse estrictamente de acuerdo al más justo derecho.

(1) Este párrafo no fue publicado por el diario, quizás por razones de espacio.

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