La gratitud y su valor en la vida interna

Por la Dra. Paula Pradines de Dimase- Buenos Aires

 

Para el conocimiento logosófico la gratitud es una virtud1, un sentimiento2, una emoción3, además de considerar la existencia de la facultad sensible de agradecer4. Al expresarse sobre la ingratitud, condena duramente a esa actitud que: “…engendra la deslealtad, la traición y cuanto de vil puede anidarse dentro de la mente humana”5. Es difícil de desentrañar el porqué no se puede ser ampliamente grato por lo que se tiene, qué es lo que dificulta que se aprecie lo que la vida ha dado.

Es como si la creencia de que se merece todo lo que se tiene generara una especie de sopor y, con ello, engreimiento y pretensión. Pero, ¿por qué hay que tener gratitud por lo que se posee o se recibe?

Logosofía enseña que nada es porque sí, que todos los procesos en la Naturaleza están regidos por Leyes Universales que regulan que nada suceda por azar; que así como uno sabe que es merecedor de las cosas malas -ya que de alguna forma uno las generó en el pasado y hoy las enfrenta con el fin de hacer un aprendizaje-, es justo pensar que de las cosas buenas también.

Si bien la posición común de hacerse acreedor de los méritos por lo bueno y poner afuera las causas de lo malo es perjudicial porque no permite ver la realidad, debemos decir que la contraria -creer que las causas de las cosas malas que nos ocurren están en uno y las de las buenas afuera- tampoco es saludable. Es, en apariencia, lógico tener gratitud por lo que se recibe sin merecerlo, pero  ¿por qué tener gratitud por aquello que “nos merecemos”, que”hemos ganado” o “conquistado” por los propios medios?

Variantes de la gratitud

El tema de la gratitud tiene con el del perdón (“Revista de Logosofía” nº 22, feb.-mar. de 1998) y con el del sufrimiento (“Revista de Logosofía” nº 20, oct.-nov. de 1997) muchos puntos de contacto, a la vez que muchas aristas. Cuando se ponen de manifiesto cualquiera de estas facultades sensibles, la mente se despeja, el ser se siente más bueno y más cerca de algo Superior que lo jerarquiza como ser humano.

Estas facultades, al igual que las otras -la de compadecer, la de amar, la de querer, etc.-, son valiosísimas auxiliares en la vida interna, que idealmente han de actuar en la intimidad del ser y manifestarse en conductas acordes a una ética elevada y no tanto en palabras.

Respecto de las ocasiones en que surge la gratitud, Logosofía plantea:

“El instante en que, con la mejor disposición de ánimo, se ayuda a un semejante, como aquel en que, a la inversa, se es ayudado, conmueven hondamente al espíritu. En los dos casos asoma la felicidad, y el acto de verdaderos caracteres emotivos, predispone a la gratitud: en el primer caso, por haber sido permitido ayudar; en el segundo, por haber recibido la ayuda.”6.

En ambos casos puede no surgir la mencionada gratitud. En el primero, puede ser porque se olvida que no se es el origen del bien dado, y, en el segundo caso, puede no surgir la gratitud por pretensión y creencia en sí mismo que hace suponer que se merece más. A su vez, pueden existir diversas conductas que están vinculadas a la ubicación que se adopta al ayudar.

Es decir, se puede tener una buena ubicación y buscar hacer el bien por el bien mismo o se puede buscar el sometimiento del otro. Asimismo, está la ubicación del ser que es ayudado, quien también pude tener una ubicación adecuada o no frente a su benefactor, dependiendo de las calidades morales que se posean. Se tratará de glosar en este artículo sólo algunas de las variantes mencionadas.

Manifestaciones de gratitud

Para sondear qué sucede cuando se siente gratitud, trataremos de dar un panorama somero de lo que acontece internamente cuando la misma se manifiesta y luego ver, al menos en parte, cuál es la primordialísima función que ha de cumplir en la vida interna del ser cuando actúa con naturalidad.

¿Qué pasa cuando se siente gratitud? ¿Qué sensaciones se revelan? Entre las enseñanzas logosóficas encontramos lo siguiente: “…en esos momentos la misma vida pareciera cobrar otro contenido, y el ser, como si una fuerza titánica sublime y llena de ternura lo impulsase, se siente más bueno y mejor.” 7.

Al sentir gratitud, hay una sensación de mayor holgura, como si hubiera algún tipo de capacidad interna que se ampliara o que, teniendo la misma dimensión, se vaciara de ciertos elementos dando esa sensación de vastedad interna. Surge un anhelo de corresponder o de estar a la altura del bien recibido, bien que puede presentarse de infinidad de formas.

“Para el bien recibido, provenga este de nuestros semejantes, de animales o de cosas que rodearon o rodean nuestra existencia, debemos guardar consciente gratitud. Con ella lograremos destruir la falsa gratitud, aquella que es tan común y se limita a una palabra o una frase expresada con mayor o menor énfasis. La gratitud consciente no necesita de expresiones externas, y contribuye a hacer dichosa la existencia, porque mediante ella se acaricia íntimamente el recuerdo identificándolo con la vida.”2

Entonces, la gratitud que no manifestamos verbalmente debe manifestarse de otra forma: con una conducta que por lo elocuente demuestre que se siente esa gratitud.

Pero ¿por qué surge la necesidad de exteriorizar con palabras la gratitud que se siente? Sin duda, es más fácil expresar verbalmente la gratitud que hacerlo a través de una conducta tan o más elocuente que la palabra. Me resisto a pensar que sea mera obsecuencia o propensión a lo fácil, sino, posiblemente, sea además la expresión de una limitación: en vez de canalizar ese sentir para lo interno, se produce la necesidad de exteriorizarlo, muchas veces desvirtuando así la pureza de ese sentir y violando la intimidad del ser.

Pero, ¿qué significaría “canalizarlo para lo interno”? Nos volvemos a topar con la necesidad de desentrañar cuál es la función de la gratitud en la vida interna y qué sucede cuando esa función es desvirtuada con intereses mezquinos, promoviendo la exteriorización de la misma y generando así la ostentación de calidades morales que las más de las veces no se poseen.

Logosofía la define: “…es, traducida al lenguaje impronunciable, una ofrenda íntima y, a la vez, la exaltación de un recuerdo que mantiene vivo con la vida misma, el instante en que el ser experimenta tan grata felicidad.”2. Entiendo que la “consciente gratitud” generada por la facultad de agradecer, propicia una limpieza mental de elementos perniciosos que dificultan la principal misión del ser humano en este mundo, que es aprender.

Es decir, lo natural quizá debería ser que se sienta profunda y sincera gratitud por todo aquello -personas, animales y cosas- de quienes se ha recibido un bien de cualquier tipo. Esto generaría una responsabilidad respecto a ese bien y a partir de esa responsabilidad surgiría una conducta noble, acorde con la manifestación del sentir superior. Cuando estas “ofrendas íntimas”, cuando estos movimientos internos naturales de la sensibilidad no ocurren, puede suplir a la gratitud la “falsa gratitud”, producida por pensamientos originados en la ignorancia y la inconsciencia.

Pero ¿qué función cumple, entonces, la gratitud que surge cuando se ayuda a un semejante? ¿Por qué y para qué se presenta? De alguna forma, asociamos la manifestación de la gratitud únicamente al beneficio de una dádiva recibida y el sentir gratitud por poder dar puede llegar a parecer una afectación.

Pero en muchas ocasiones hemos sentido esa sensación interna de júbilo y alegría cuando fuimos conscientes de haber beneficiado al semejante de alguna forma, quizá de la misma forma en que antes fuimos beneficiados por ese mismo bien del cual ahora somos vehículo. Surge, entonces, la gratitud al tener la oportunidad de dar, al recordar la ocasión en que se había recibido y al ver que ahora se corresponde al bien recibido, extendiéndolo.

Usufructo impropio de la gratitud

No surge la gratitud cuando no se recuerda que antes uno había sido beneficiado y cuando no se recuerda que ese bien no nació en uno, sino que se es un mero vehículo; quien olvida esto se convierte en acreedor de la persona a quien da, esperando una respuesta y una supuesta lealtad. Cuando esta supuesta lealtad deja de existir, surgen reproches, exigencias y el ser se ve a sí mismo como “víctima” de ingratitud ajena.

Diferente es un benefactor que hace el bien por el bien mismo, que no busca la gratitud de nadie porque no la necesita aunque sabe que el aspirar a una correspondencia es lógico y sensato, ya que quien da tiene la obligación de velar por que la cadena de bien se extienda y no se interrumpa.

Pero otra es la situación cuando se pretende una gratitud que ata y aprisiona y que fácilmente se convierte en deseo de sumisión de la voluntad del semejante. Algunas religiones han deformado este natural sentir del alma humana fomentando una falsa lealtad, encauzando la gratitud hacia lo externo, hacia personas o instituciones que lejos de hacer el bien con fines altruistas, esconden una clara intención especulativa en sus conductas, que pretenden amarrar y sojuzgar a quienes “benefician”.

La deslealtad fomenta la traición a aquello que alguna vez fue caro al propio sentir. Con el ejercicio de la gratitud, surge naturalmente la lealtad sana y verdadera, una lealtad hacia el Bien más allá de los vehículos ocasionales que tenga, y que, lejos de atar, brinda libertad. Así, por ejemplo, si en una ocasión uno recibe un bien de alguien, y luego el benefactor tiene conductas inadecuadas o pretende que se le sea incondicionalmente leal en todo, la lealtad, en esa ocasión, ha de manifestarse respecto al bien recibido. Es decir, es en la expansión de ese bien donde se manifiesta la gratitud íntimamente sentida y no en la obsecuencia y la sumisión de la propia voluntad hacia quienes nos beneficiaron.

Gratitud y olvido

Existen más elementos negativos que operan en el mundo interno y en parte son neutralizados directa o indirectamente con la gratitud consciente. Para finalizar voy a nombrar a uno de los más importantes: el olvido, que es “una deficiencia del mecanismo mental que suele ser causa de muchos sufrimientos, al interrumpir y dificultar el normal desenvolvimiento de la vida.”8 y que además es “una especie de muerte de aquello que antes tuvo vida en el escenario de los recuerdos”8.

La ejercitación regular y equilibrada de la facultad de recordar fomenta la manifestación de la gratitud con el consecuente estímulo que es esparcido en el interior del ser. Al respecto, la sabiduría logosófica acentúa:

“Existen en la vida humana pasajes, hechos, conductas, fragmentos de existencia que tuvieron la virtud de concedernos instantes de felicidad, alegría, paz o ventura. Olvidarlos es enterrarlos en el pasado como cosa muerta. Tamaña ingratitud resiente, sin embargo, esas partes del existir que, por ser inseparables de la vida, reclaman su recuerdo. Cuando se las busca se convierten en estímulos poderosos; son como porciones de vida fresca, que al palpitar en nosotros reverdecen el ánimo y nos impulsan adelante…”9.

De esta manera, la gratitud se convierte en un elemento fundamental para  la ubicación en la vida interna, para variar esa posición de acreedor ante la vida a una menos exigente, más sana y generosa. Cuando la gratitud opera con naturalidad en la vida interna del ser, surge espontáneamente la alegría de vivir ya que cada hecho es tomado como algo maravilloso, como una oportunidad que la vida nos brinda para aprender y el recuerdo impregnado de gratitud por los momentos de la alegría que la vida va brindando, permite perpetuar en la conciencia esos instantes de felicidad.

* * * * *

Todas las citas son de las siguientes publicaciones de Carlos B. González Pecotche (Raumsol):

1Revista “Logosofía” Nº 54, pag. 16;

2Revista “Logosofía” Nº 65, págs. 14;

3“Exégesis Logosófica”, pág. 105;

4“Logosofía Ciencia y Método”, pág. 71;

5Revista “Logosofía” Nº 54, pág. 16;

6Revista “Logosofía” Nº 65, pág.13;

7Revista “Logosofía” Nº 65, pág.15;

8Revista “Logosofía” Nº 50, pág.17;

9“Deficiencia y propensiones del ser humano”, pág. 87;

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