La Argentina del futuro

Por Marcelo Gómez Talavera, Buenos Aires, Argentina

Se avizora un cambio importante en nuestro país, el año 2010 podría ser el comienzo de una nueva etapa histórica, coincidiendo con el cuarto de siglo en democracia. Los ciudadanos debemos involucrarnos en esa circunstancia, ello constituye un derecho, pero también deberes y responsabilidad, debemos estar enterados de lo que pasa y saber por qué sucede; pensar, razonar y actuar al respecto. No hacerlo significaría dejar en otras manos el destino del país y ya hemos visto  que esas otras manos  nunca son suficientemente limpias e idóneas y por ello nos han sumido en el atraso.

Nuestros políticos no se caracterizan por su honestidad y mucho menos por su respeto a la verdad. Si los países tienen el gobierno que se merecen, resulta evidente que todos debemos cambiar nuestro proceder al respecto, ejerciendo de manera más acertada nuestros derechos, haciéndolo conscientemente.

Es sugestivo que un alto porcentaje de nuestros políticos sean abogados, es decir profesionales del litigio, de la disputa. Por algo el doctor Favaloro dijo que había que cerrar la Facultad de Derecho.

La situación actual muestra el fracaso de la democracia por predominio de la indiferencia. El imperio de la verdad, de la responsabilidad y de la honestidad, ha de ser los objetivos del cambio que se avizora en nuestra vida política.

Es imprescindible que la justicia cumpla en tiempo y forma con su cometido, que Menem y Cavallo estén en libertad muestra la ineficiencia y la corrupción de nuestro sistema judicial.

Cambios necesarios.

La enajenación de ingentes bienes nacionales, como el petróleo y los ferrocarriles, ha empobrecido al país, incrementando la superpoblación de la ciudad de Buenos Aires y sus villas  y el empobrecimiento de las provincias, mientras la Patagonia, riquísimo territorio nacional,  tiene medio habitante por kilómetro cuadrado. Esto reclama medidas correctoras eficientes, en primer lugar reacondicionar los ferrocarriles, devolviéndoles la condición de factor predominante en el transporte, poniendo fin al auge del costoso e ineficiente sistema automotor. Un tren de carga, a cargo de tres personas, puede llevar la carga equivalente a veinte camiones, otro tanto puede decirse de su influencia en la población de nuestra extensa superficie, otrora sembrada de pequeñas ciudades, pueblos y villas, formadas alrededor de las estaciones y muy distintas de las que hoy rodean a la capital.

La comprobada eficiencia de nuestra industria naval y los montos pagados por el transporte de las exportaciones, justificarían ampliamente la recuperación de nuestra flota mercante, lo que significaría más trabajo y empleo.

Debe ponerse fin a la absurda disputa ideológica entre estatismo y globalización, la crisis norteamericana demuestra claramente que el dogma privatista es erróneo. Ambos conceptos deben aunarse para progresar; capitales privados para ampliar las actividades y estatismo cuando sea conveniente y necesario, sin confundir medios con fines.

Distribución de la tierra.

Los latifundios improductivos constituyen un gran problema que nos acompaña desde antes de 1810. La conquista del desierto y el consiguiente latrocinio de miles y miles de hectáreas de los campos más ricos del mundo, constituyen una verdadera vergüenza nacional; deben tomarse medidas concretas al respecto, el Congreso Nacional deberá estudiar y proponer la forma en que ha de llevarse a cabo la distribución de la tierra, que debe dejar de ser un bien de capital para convertirse en el factor productivo que cambie la economía del país.

Los campos improductivos  – privados o estatales – deben distribuirse de manera lógica, poniéndolos en manos de quienes hagan de ellos lo que siempre debieron ser: la base de la riqueza y el progreso del país.

No limitarnos, como hasta ahora, a expresar que “La tierra debe ser para el que la trabaja.”

El INTA  – Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – organismo estatal de reconocida capacidad, deberá tener una fundamental intervención para que sea eficiente la futura distribución de la tierra, asesorando a quienes se vayan convirtiendo en nuevos propietarios. Debe ponerse coto urgentemente a la compra de campos por capitales extranjeros.

La ciudad de Buenos Aires deberá dejar de ser la capital de la república y, como lo propuso el Presidente Alfonsin en su momento, el gobierno nacional deberá trasladarse al interior, lo que proporcionaría soluciones de fondo a muchos de nuestros problemas, en primer lugar evitando la actual dependencia de los gobiernos provinciales frente al perjudicial predominio de los intereses de Buenos Aires, y alentando con ello el progreso de las provincias.

Educación.

De la antigua y eficiente educación “Gratuita, obligatoria y laica”, hemos pasado a lo que hoy acertadamente se llama “Tragedia educativa”. No obsta para ello la excelente medida de hacer obligatorio el ciclo secundario ni la supuesta adjudicación del seis por ciento del presupuesto de la nación.  Las deficiencias son enormes, en primer lugar por los haberes de los docentes, que han llegado a un nivel paupérrimo, ubicándolos en un nivel propio de la servidumbre. Debe devolverse a los docentes el nivel económico y el prestigio social y profesional que antaño los caracterizó; es necesario reforzar la enseñanza estatal y democrática, eliminando las subvenciones que reciben las escuelas privadas y destinando esos fondos a la educación pública. La capacitación intensiva y permanente de los docentes es imprescindible.

Quien esto escribe cursó los ciclos primario y secundario en escuelas públicas y más tarde, como profesional, ejerció la docencia en colegios técnicos estatales. Hoy sus nietos y sus biznietos asisten a escuelas privadas.

Higiene mental

El mal es contagioso, el niño es un gran imitador, aprende imitando lo que ve a su alrededor y lo sigue haciendo hasta la madurez; por ello el buen ejemplo de padres y adultos en general siempre fue un relevante factor educativo. El mundo moderno y sus adelantos técnicos han revertido esa situación, los medios de comunicación, particularmente la televisión, se han convertido en verdaderos focos de infección mental y moral, propagando abiertamente los males de la decadencia cultural prevaleciente en Europa y Estados Unidos y perniciosas costumbres que la pantalla muestra como si se tratara de situaciones normales. El contagio mental que ello supone se manifiesta, entre otras formas, en la violencia y el uso de armas que tanto nos afecta en la actualidad. Basta encender el televisor y recorrer varios canales para comprobar que las escenas de violencia se repiten continuamente.

Otro tanto ocurre con situaciones donde se muestran costumbres y situaciones inmorales, ello ha contribuido a hacer desaparecer el pudor, valor que otrora fue sostén de la moral y la ética.

Cultura es cultivo, se puede cultivar trigo y árboles frutales o yuyos y ortigas y de acuerdo a la siembra serán los resultados. Otro tanto ocurre en lo mental, y esos resultados se manifiestan claramente en la vida diaria de la sociedad, ese es el origen de los hechos de armas y la violencia cada vez más frecuentes en las escuelas; niños y jóvenes imitan lo que ven en la pantalla, con resultados trágicos.

Lo mismo ocurre con respecto a formas de vida y relaciones sexuales comunes en Europa y EEUU, pero antaño ajenas a  nuestras costumbres.

Muchos de estos hechos constituyen violaciones a las leyes vigentes, el Confer (Comité Federal de Radio Difusión) es el organismo oficial responsable de evitar este tipo de hechos, pero aparentemente se limita a recaudar mediante el cobro de multas, sin evitar los verdaderos atropellos a la moral que se cometen a diario en los medios de difusión.

Esas imágenes perniciosas difunden la violencia y la inmoralidad, afectando en especial a jóvenes y niños, es necesario eliminar esos verdaderos focos de infección mental, en defensa de la cultura, de la moral y de la ética.

Fraternidad

La corrección de los errores que nos llevaron a esa situación debería ser un objetivo preponderante, y ello no se logrará con discusiones sino aunando esfuerzos para lograr los cambios necesarios, sin los cuales iremos al estancamiento, cuando no al retroceso. No hay evolución sin cambios, persistir en el error está lejos de ser una virtud.

Discutir es oponer tercamente las opiniones, considerar enemigo a quién piense distinto, negar la posibilidad de conciliación y por ello impedir la colaboración que facilite el progreso.

La democracia debe ejercerse intercambiando opiniones en búsqueda del bien general y no priorizando el enfrentamiento y la oposición, ello provoca pérdidas y desperdicio de capacidades y  de posibilidades de trabajo.

Fue expresado hace tiempo: “El que gana gobierna y el que pierde colabora.” No hacerlo así implica utilizar el esfuerzo en impedir el progreso.

A la libertad y la igualdad debe agregarse la fraternidad, encarar los problemas como se hace en las familias y no buscando la destrucción de quienes no piensan como nosotros, ello  permitiría una mejor convivencia y un progreso armónico. Esa actitud sería la imprescindible base para un futuro mejor, así como la comprensión que permita identificar los errores del pasado y lograr una convivencia que facilite el progreso.

La adhesión a determinadas tendencias o formas de pensar no debe negar la fraternidad entre todos los argentinos, esa adhesión debe ejercerse con respecto al país, no a un partido o a un caudillo.

Otro error es mantener el sostén del Estado a  la iglesia católica. Ni Estados Unidos, ni Australia,  Nueva Zelandia,  Suiza,  Francia,  Alemania, ni ningún otro de los países constituidos en Europa, tienen religión de Estado, ni presupuesto de culto. Tampoco los dos pueblos latinoamericanos más numerosos, Méjico y Brasil, ni la República del Uruguay, país que es en muchos aspectos un ejemplo a seguir por su cultura y su organización.

La Constitución de 1853 nos tiene – en ese aspecto – rezagados en el triste rebaño de los pueblos de marca católica, ricos solamente en íconos y malos ejemplos. La leyenda y la impostura, junto a la corrupción, aparecen así como nuestra amarga realidad. Un clero retrógrado, pagado con dineros públicos, ejerce en el país su influencia enervante y dañina. Se impone eliminar el artículo segundo de nuestra constitución, que establece el sostén económico del estado para la iglesia católica y poner a todas las religiones en un mismo plano; libertad de culto sin insólitos privilegios para ninguno.

Lejos estamos de la insensata moral cristiana que nos ordenaba presentar la otra mejilla a quién nos abofeteara, sufrimos el mal inevitable sin cejar en el empeño de librarnos de él. Pero esa resignación ha dejado de ser una virtud. Ella ha sido el precio que los egoístas cándidos pagaban por las promesas de ultratumba para salvarse de los castigos infernales con que las religiones han obsesionado a sus fieles hasta enloquecerlos. La inteligencia humana normal desdeña hoy esas fábulas.

Hay que poner todas las creencias místicas en un pie de igualdad ante la ley y no entrometer el Estado en cuestiones de religión, sino en la protección de la salud y la seguridad de las personas.

Las religiones han perdido ya toda fuerza expansiva. Los pueblos asiáticos adoptaron la técnica, la organización económica y las formas políticas de Norte América y Europa, pero nada toman de las iglesias cristianas, en las que no encuentran elementos que les sirvan para mejorar la vida social y consolidar su nacionalidad. El Japón se ha colocado entre los pueblos más cultos de la Tierra, sin haber recurrido a los buenos oficios del “salvador” que presidió espiritualmente el exterminio de pueblos enteros en América.

Hasta por motivos fiscales, hay, por fin, que desterrar la mistificación y el disimulo, como aplicación indispensable del impuesto sobre la renta, que con tan excelentes resultados tienen establecido los gobiernos sin religión oficial. Debe igualarse la situación de todos los cultos, que  pagan los impuestos de los cuales están exentas la iglesia católica y sus gigantescas posesiones  materiales.

Cambiar para mejorar.

Persistir en el error no es un mérito, por el contrario, ello señala una conducta equivocada y perniciosa.

La grandeza de nuestro país requiere que se corrijan los factores negativos que se han señalado y para ello es imprescindible que cada uno de nosotros, los argentinos, reconsideremos nuestras formas de actuar y hagamos los cambios necesarios.

No hay evolución sin cambios, evolucionar es corregir los errores y avanzar hacia el perfeccionamiento, ese es el camino que debemos emprender todos los argentinos, sin distinción de credos ni ideología política.

Lo requieren así los ciudadanos del futuro, nuestros hijos y nietos, que habrán entonces de recibir un país digno de los prohombres que fundaron la República Argentina.

* * *

Si necesita ampliar su información sobre el tema, le sugerimos la lectura de los siguientes libros:

-Orfeo- Salomón Reinach- España -1910

-El absurdo de los cultos religiosos, de Fabian Urbano, Editorial Plus Ultra.

-La Gran Impostura, de Emmanuel Evsing. Ediciones Martinez Roca S.A.

-Historia criminal del cristianismo, de Karlheinz Desdhner. Ediciones Martinez Roca.

-Historia de las religiones. Juan B. Bergua. Editorial y Graficas Senen Martin. Avila. España

-El Legado Mesianico. Michael Baigent. Richard Leigh. Henry Lincoln. Ediciones Martinez Roca S.A.

-La milenaria búsqueda del conocimiento- Marcelo Gómez Talavera

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