Patrimonial

De antologías “Para los Ratos Libres”

Por Celia Testa (Celtes)

Cuando le preguntaron qué tenía, de qué era dueño, mencionó su bicicleta, un par de zapatos y otras cositas y después de pensar un rato se acordó de la mujer y los hijos, de la madre y otros deudos. Así, al recordar lo que le pertenecía por vías del afecto se sintió mejor, porque la lista de posesiones materiales le parecía limitada.

Como se le insistiera en que nombrara otras cosas, pensó en todo lo que guardaba bajo llave, pero después de algunas consideraciones, hubo de aceptar que más que dueño y señor de esos bienes era su esclavo, porque se veía obligado a cuidarlos, siempre con el temor de perderlos. Mencionó entonce el tiempo y alguna que otra ilusión y desilusión y ya entrando en el terreno de lo inmaterial anotó algunas deficiencias de su carácter y algunas virtudes que consideraba propias.

La mirada escudriñadora de su interlocutor no le permitía el punto final, de modo que su mente se afanaba en encontrar más posesiones, volvió a repasar la lista de lo material, lo sentimental, lo mental. No podía recordar nada más, cuando alguien desde lejos, le “sopló” (como en los tiempos de estudiante): “¡La vida! ¡Tienes la vida!”.

Se sorprendió de advertir que se había olvidado de la posesión más preciada, la más importante. Pero, ¿se habría olvidado de mencionarla o la tendría tan enajenada, tan llena de compromisos previos y obligaciones, que no constaba en su patrimonio personal?

 

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