La misión del alto periodismo

De la revista “Logosofía” – febrero de 1942

Por Carlos Bernardo González Pecotche

La guerra, en la que los armamentos no son más que el instrumento del cual se valen los hombres para imponer sus ideas, ha demostrado actualmente, una vez más, que el papel que desempeña la prensa es fundamental en la vida de los pueblos. Cuando ésta se prostituye o es obligada a servir única e exclusivamente a gobiernos absolutistas, cesa instantáneamente de llenar las altas funciones de su gran cometido.

Se sabe que los grandes rotativos son los que llevan al ánimo popular la palabra influyente que orienta a las masas, y que según sean las directivas que impriman a sus publicaciones, mueven el pensamiento de las mismas hacia el camino de la paz y el progreso o hacia las sendas tenebrosas del extremismo y la guerra. Pero ello no es todo; estos órganos del periodismo son los que forman, no la conciencia de los pueblos, como se dice vulgarmente, ya que ésta es la que menos acusa signos de vida, sino la opinión sobre cada caso en que necesariamente el criterio sustentado debe ser robustecido por la fuerza que implica la expresión pública manifestada en todos los círculos y ambientes. Son también los que enaltecen o llevan el descrédito a personas o instituciones; y aquí no podemos decir, por cierto, que el espíritu de bien o de justicia sea quien inspira siempre la pluma periodística.

Entendemos que la función específica de la alta prensa debe ser, más que la de censor implacable, la de consejero ideal. Por eso el periodismo ha de ejercerse con plena conciencia de la responsabilidad que implica responder a la confianza que le otorga el público lector. El alma del periódico, diremos así, es la parte editorial, donde la dirección expresa su pensamiento y hace que éste sirva de orientación a la opinión. Es, pues, a esa parte, a la que nos referimos particular y especialmente.

Si tomamos los principales periódicos de nuestro país, veremos que cada uno contiene, diariamente, cinco o seis editoriales que, a nuestro juicio, no son suficientes para el número crecido de problemas y asuntos de capital interés que hay que encarar y sobre lo que es necesario insistir en el curso de los días.

Se dirá que los articulistas tienen demasiada tarea para ocuparse en duplicar sus preocupaciones, lo que aumentaría a la vez, la labor de los directores. En ese caso, un nuevo género de colaboraciones podría ser de suma utilidad, y un concurso de críticos daría la pauta, pues los que acreditaran un dominio, si no pleno por lo menos respetable, de la materia, tomarían a su cargo una sección en la que se desarrollara una importantísima labor de colaboración, no sólo de los poderes públicos, que serían los encargados de leer con la más viva atención esos comentarios críticos y adoptar las medidas que creyeren conveniente para solucionar problemas o subsanar deficiencias perjudiciales para el pueblo, sino de la misma población afectada por tales problemas o deficiencias, sean administrativas o de cualquier orden o índole que fuese.

La labor crítica no debe limitarse a señalar el problema, la cuestión o deficiencia que se observe en tal o cual circunstancia o emergencia; debe también concretar con sano criterio constructivo, las posibles soluciones o medios que podrían arbitrarse para perfeccionar todo aquello que exigiera un reajuste saludable.

Aún hay más; la alta prensa que, pese a todo, no deja de ser la conductora del pensamiento popular, debiera dedicar una permanente atención a la orientación de la juventud y del ciudadano mismo, a fin de conducirles hacia un destino mejor.

El fomento de la sana cultura mental y moral, el estímulo al estudio y al trabajo facilitado por la equitativa distribución del esfuerzo, y el necesario amparo que ha de brindarse a las sanas aspiraciones, contribuirían grandemente a interesar la mente de los jóvenes en labrar su porvenir aprovechando sus mejores energías en vez de gastarlas en los centros de diversión y corrupción, en la holganza propiciada por la ausencia de deberes ineludibles, que exime de responsabilidades, y en la indiferencia, consecuencia casi siempre de la desmoralización y de la falta de estímulos, indispensables en dicha edad.

Esa orientación a la juventud se hace tanto más necesaria cuanto más se observa el panorama del mundo en nuestros días. Por ello insistimos en que debe ser éste entre otros, uno de los grandes objetivos del periodismo nacional.

Con todo, pensamos que para encarar asunto tan trascendente, los grandes rotativos requieren colaboradores de indudables valores morales, de vasta ilustración y, por encima de ello, con un conocimiento psicológico de singulares proyecciones para ejercer con tacto y seguro éxito la alta misión de orientar desde las columnas periodísticas, la mente de los demás.

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