Un gran sentido para la vida humana

De la revista “Logosofía” N°  75

Por el Dr. Erasmo Arrarte

“Acontece con frecuencia que tanto el hombre como la mujer olvidan su ubicación en el seno del mundo, de la humanidad, de su pueblo o de su familia; olvidan que la vida encierra, que debe encerrar, otro signi­ficado mucho más grande que aquél enga­ñoso que ofrece cuando se desenvuelve dentro de lo corriente y vulgar. Cuando esto comienza a comprenderse, la vida poco a poco se transforma, busca otros alicientes, y las luchas, amargas y difíciles, se soportan con más valor, más energía y más esperanza.” [1]

El insigne pensador que así habla, promueve una de las investigaciones más atrayentes y auspiciosas, porque si la vida del hombre, como afirman escépticos y pesimistas, no tuviera otra significación y trascendencia que la que fluye de las luchas y sorpresas diarias, carecería de verdaderos alicientes y estaría en abierta contradicción con el prodigio de sabiduría que es nuestro propio organismo, y también con el diminuto fragmento del universo que podemos contemplar.

¿Por qué el hombre está sometido a tanta limitación en sus actos y conceptos, en relación al rayo solar, que cruza triunfal millones de kilómetros para alumbrar astros y generar en mil formas diversas el encanto de la vida?

¿Por qué mientras el hombre, con su inteligencia, está aprisionado en su casa y en sus luchas diarias e interminables, el árbol, erguido siempre hacia la altura, se columpia con gracia cuando le mece la brisa, y reverdece y florece en las primaveras, después de haber soportado, estoico, la crudeza de las heladas y la rudeza de los vendavales?

¿Por qué mientras el hombre se inferio­riza con sus presunciones y vanidades, destruyendo su propia vida y sus propias efímeras construcciones, el pájaro, nacido con la ciencia de su vida y dueño del espacio y las comarcas, esparce por doquier sus cánticos divinos y se remonta hacia el azul como si buscara a su Creador para rendírsele, ebrio de felicidad y gratitud?

Una imponente contradicción, un desconcertante dilema se nos pre­senta, pues, al cabo de tantos siglos de cultivo de la inteligencia y de tanta experiencia infortunada, y sólo encontramos explicación en este estado de inquietante expectativa, de que la vida humana encierra otro significado mucho más grande que aquel engañoso que ofrece la vida corriente y vulgar. Vale decir, que el hombre es presa de la amargura, del hastío y hasta de la más fiera rigidez en la angustia, porque no ha cumplido con la noble misión que se le ha confiado, de descubrir esa gran significación de su existencia, ese nuevo y luminoso mundo que está por encima del incierto y áspero mundo físico.

El hombre ha seguido siendo un oscuro luchador material que se debate sin norte, en nombre de sus instintos y ambiciones y de sus falaces certidumbres, olvidando siempre al pigmeo ignorante que no ve el prodigio arquitectónico que hay hasta en la ínfima molécula orgánica. No per­cibe el himno que en ella canta y que es el mismo que ubicó a los soles y astros, pero siente la seguridad de su lógica cuando hace de las adquisi­ciones materiales, logradas por cualquier recurso o medio, la meta de su vida.

Llegamos al gran desvío que, después de haber apartado al hombre de su auténtico y venturoso camino, lo imposibilitó para escuchar el verdadero sentido de las palabras del Creador que traducidas en variadas formas de sufrimiento, no pueden ser entendidas, como no pueden ser entendidas, tampoco, las voces que piden, insisten y suplican para que se tome otra senda.

Cuando la criatura humana extiende la mano sobre el fuego y se quema, el sufrimiento le hace comprender de inmediato que debe apartarla; pero cuando incurre en una calumnia, un fraude, una violencia, o en cualquier falta que posteriormente le aporte sufrimientos, no logra entender, ni en ello pone empeño, que es indispensable buscar otro camino, al igual que lo hizo con la mano.

Luego, mientras el hombre cierre su entendimiento a esas voces supremas, su limitación y su infortunio irán aumentando hasta el momento en que el sentido lógico se abra y permita al entendimiento percibir y tomar la senda de la sensatez y la cordura.

El bien y el mal se manifiestan al entendimiento humano para que por vía de la experiencia se puedan distinguir los caminos y elegir el que más conviene, a la felicidad y evolución propia. El primero, con sus elevados alicientes, estimula a proseguir la marcha hasta alcanzar la gran significación de la vida. El segundo, alecciona con el dolor, desde el primer paso; dolores que se suman y aún pueden culminar con la muerte, cuanto más se obstine el hombre en proseguir por la falsa ruta.

El lenguaje del Creador es inequívoco, y así se explica por qué el mundo está plagado de males e imposibilitado el ser humano para inves­tigar acerca del gran sentido de su vida, y descubrir la grandeza y cauti­vación que se oculta tras la manifestación material.

Debe cesar la paradoja de buscar el bien por los caminos del mal; y, entonces, con otro cultivo del jardín mental, habrá sobradas defensas contra las plagas que hoy impiden las magníficas floraciones.

 


[1] (Ver revista “Logosofía” Nº 69, pág. 15.)

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