Sobre el lenguaje humano

De la revista “Logosofía” N°  75

Por el Dr. Osvaldo F. Melella

Nadie ignora el desarrollo extraordinario que han ido asumiendo desde la creación de la gramática comparada por Franz Bopp (1816), los estudios filológicos y lingüísticos. En lo que va de siglo, el lenguaje se ha tornado en una especie de Meca humanística hacia donde una inmensa y calificada caravana de estudiosos surgidos de todos las universidades del mundo, dirige la marcha de sus investigaciones, en la firme convicción de que en él hállanse en custodia los tesoros más recónditos del alma humana. Esto ha dado origen al nacimiento de una importante rama de la investiga­ción oficial conocida bajo el nombre genérico de Filosofía del lenguaje.

Es tan grande el número de ensayos, libros de tesis, gramáticas de toda índole, diccionarios especiales y variados repertorios escritos con tal motivo, que su solo enunciado abarcaría volúmenes enteros. No obstante, inmóviles e imperturbables como la esfinge, los problemas de fondo que el lenguaje plantea a la ciencia moderna ‑todos ellos derivados de un mismo e insondable enigma‑ aguardan aún su solución. Se ha escrito, pues, y se sigue escribiendo copiosamente en materia lingüística, pero el antagonismo entre los autores prueba bien a las claras que el fondo de la cuestión permanece en pie.

En homenaje a la verdad hay que reconocer, empero, que los estudio­sos llegaron a ciertas conclusiones de verdadero mérito. Ya en 1828 un ilustre teorizador del lenguaje, Guillermo Humboldt, planteó una cuestión fructífera: el lenguaje no es materia o producto (ergon) sino espíritu o acto (enérgeia), fértil principio que desembocó con Karl Vossler –sin duda el teorizador oficial máximo de la palabra en nuestros días‑ en la fórmula: lenguaje = creación espiritual. El lenguaje es, pues, una autén­tica creación del espíritu mediante la cual el ser exprésase a sí mismo.

Ante todo es preciso advertir que allí donde termina oficialmente la investigación lingüística es para la Logosofía, justamente, el comienzo del problema. Además, el del lenguaje es uno de los 72 capítulos en que se divide la concepción científica de Raumsol, comúnmente conocida bajo la denominación integral de Logosofía. En consecuencia, el tema que nos ocupa es parte de un todo vivo por cuyas leyes se rige. Dicho todo tiene su quicio en el extraordinario descubrimiento logosófico de la exis­tencia de un sistema mental existente en cada ser humano, factible de ser organizado y puesto en función, y mediante el cual un individuo puede realizar en breve tiempo una superevolución tal que lo eleva a un nivel insospechado tanto en el orden intelectual como en el moral y espiritual.

A nuestro juicio, el citado descubrimiento tiene por lo menos una importan­cia similar a la invención del anteojo astronómico. En efecto; gracias a él es posible observar ahora, claramente, lo que acontece en los cielos mentales, cuyos astros (los pensamientos, las imágenes, les ideas, etc.) se mueven y actúan, como los del firmamento conocido, en función de leyes permanentes e inexorables.

Aclarada esta circunstancia, comenzaremos a diseñar la imagen parcial del lenguaje, tal como el autor de este artículo inspirándose en la enseñanza, se lo ha forjado, sin desvincularla, por razones obvias, de la imagen total que configura la concepción logosófica.

El hombre, nos dice esta ciencia, es un ser racional, y, por extensión, consciente y emocional. Por consiguiente, en su razón es donde hay que hallar la expresión máxima de su inteligencia. La inteligencia constituye el eje central del mecanismo pensante, en torno al cual giran todas las funciones mentales convergentes en un mismo objetivo: el conocimiento. Luego, a mayor conocimiento corresponderá, lógicamente, una mayor razón.

La mente resulta, pues, algo así como el timón de la barca del espíritu, y la inteligencia, su piloto; por tanto, la inteligencia y la razón, desde su puesto mental, dirigen y controlan los movimientos del espíritu. Si una se durmiese y la otra claudicara, el espíritu, como el barco, quedaría a merced de las deficiencias de su comando interno.

En otro aspecto, la mente constituye también una especie de puente psicológico que une la vida espiritual con la vida física de todo ser; es la raíz que sujeta al árbol en la tierra, de la que absorbe los jugos nutricios; es la que hace posible la comunicación de los espíritus mediante la expresión, o sea mediante la palabra, mensajera del espíritu que desde el palomar psicológico aguarda la orden de partida proveniente de los centros motores de la voluntad, para desplegar sus incansables alas a través del espacio y del tiempo, llevando a otras mentes el mensaje espiritual de aquel que la envió. Este mensaje, desde luego, es una copia, digamos fotográfica, de la placa depositada en el archivo mental del fotógrafo, quien podría reproducirla a voluntad cuantas veces quisiera.

La Logosofía expresa que la palabra, a semejanza del ser humano, tiene un cuerpo, un alma y un espíritu. Quiere decir que la palabra es al hombre lo que éste a su Creador: una imagen mental semejante a la suya propia. En consecuencia, la palabra reflejará la alcurnia psicológico-­espiritual de aquel de quien proviene, ya que ella exhibe lo que en realidad el ser posee. Por lógica habrá que admitir, entonces, que el que nada posee emitirá palabras huecas, intrascendentes, que llegarán a nuestras mentes como vacías cajas de cartón.

Ahora bien; ¿qué debemos entender por cuerpo, alma y espíritu de la palabra? Explica la enseñanza: “El cuerpo físico de la palabra es la palabra escrita; el alma, la palabra pronunciada, y el espíritu, la impro­nunciada”. Quiere decir que al hablar exteriorizamos algo que hasta ese momento yacía inmanifestado para los demás. Pero aún así sigue siendo un material psicológico. Dicho material o substancia psicológica puede objeti­varse o fijarse con miras al recuerdo; de ahí ese convencional cuerpo físico de que habla la enseñanza, cuya forma más corriente es la palabra escrita. Con esto tendríamos aclarado ya, en algunos aspectos, lo del alma y el cuerpo de la palabra conforme a la concepción logosófica. Faltaría explicar lo relativo al espíritu.

Dijimos hace un momento que la palabra, antes de ser emitida, hállase configurada en lo interno, de cuya existencia sólo está impuesta la mente del que la ha pensado. Luego, espíritu de la palabra es la palabra pensada y, además, inmanifestada al mundo externo; es como el espíritu humano que aún no ha pasado a la condición de alma; como mensajero que desde su puesto espera la orden que habrá de ponerlo en marcha; como substan­cia envasable sin su envase.

“El espíritu de la palabra, advierte la enseñanza, es el poder influencial para la formación del pensamiento y el que da la energía necesaria para que imponga su autoridad en la ejecución de una acción.” Nos encontramos, pues, con que el espíritu de la palabra es una expresión de fuerza, capacitada para cumplir dos funciones: la de influir en la formación del pensa­miento y la de suministrar al mismo la energía necesaria para llevar a término la finalidad que todo pensamiento persigue.

Para quien no está familiarizado con la concepción logosófica de la mente y los pensamientos, digamos brevemente que esta ciencia separa como independiente ‑y lo demuestra de inmediato‑ la función inherente al pensamiento, de las funciones propias de la mente.

Mente es para nuestra ciencia el factor consciente que habilita al ser para desarrollar el proceso de su evolución, inteligentemente. Es un órgano psicológico ubicado en el cerebro, íntimamente ligado a éste y a sus adyacencias inmediatas, todo lo cual constituye el medio físico para que aquélla exteriorice las funciones propias de su naturaleza.

Pensamiento, en cambio, es una entidad psico­lógica autónoma, vale decir, dotada de vida propia y capacitada para prestar grandes servicios a la inteligencia, cuando ésta se halla en condiciones de servirse de él. Si el ser desconoce la influencia de los pensamientos como entidades, independientes de la propia, de hecho hállase incapacitado para percibir, y, menos aún, para controlar la acción que los mismos ejercen den­tro del recinto mental.

En tales condiciones, aunque se proclame dueño de su voluntad, lejos estará de sospechar que ésta no obedece a sus deseos; antes bien, tanto la voluntad como su presunto dueño son instrumentos ciegos de esas pequeñísimas pero poderosas unidades inmateriales llamadas pen­samientos, que por millares pueblan el plano mental.

Hecha esta salvedad a objeto de aproximarnos a un entendimiento mutuo, volvamos al tema que nos ocupa. Habíamos dicho que la palabra humana constituye la imagen mental del hombre y que esta imagen, al ser emitida por medio de la voz, puede reproducirse a voluntad miles de veces. Luego, la palabra, en su fase espiritual, es como una especie de revelación fotográfica en condiciones, como ella, de reproducir una determinada imagen cuantas veces se quiera. Pero la calidad e índole de esta imagen mental revelada al entendimiento, se reflejará en su manifestación externa, o copia verbal o escrita.

Cada palabra emitida proviene, pues, de una imagen mental. Ahora bien; ¿cómo se forma esta imagen? Veamos. Siendo el espíritu de la palabra una creación del ser, su elaboración estará a cargo de su inteli­gencia y su razón, en el grado y condiciones que éstas se hallen. La inteli­gencia coordina los elementos que el ser recoge del estudio, la medita­ción, la observación, etc., plasmándolos en la substancia mental de que dispone, hasta configurar la imagen de un pensamiento, de una idea, etc.

Según sea el grado en que la inteligencia se halle, así será lo plasmado. Queremos significar con ello que si es de exclusividad mimética, la imagen será meramente imitativa; si la inteligencia es creadora, creadora será también su ideación. Las imágenes más perfectas son aquellas que provienen del Logos, por ser éste, como lo expresa la Logosofía, el inspi­rador de todas las entidades inteligentes que registran en la memoria del mundo un glorioso antecedente de alta cultura y avanzada evolución.

Al asumir la imagen, por obra de la inteligencia, vida propia en la cámara mental, se constituye de hecho un pensamiento, cuyo vigor dependerá, como hemos dicho, del vigor de la razón. La imagen viva configuradora del pensamiento comienza a dejar sentir su influencia sobre los centros volitivos y sensibles; en otras palabras, busca realizarse.

El pensamiento vivo tiene, por tanto, esta particularidad: es ejecutor. Si lleva implícita la aspiración de construir, propiciará con su energía la construcción, toda vez que el ser actúe en función del mismo; y a la inversa, si es destructivo. De ahí la necesidad incuestionable de que el pensamiento ejecutor tenga arraigo en la conciencia.

No es lo mismo sentir que percibir la sensación de lo sentido. La sensación, sea psíquica o física, desconectada de la razón y de los resortes de la inteligencia, es pasiva. La vida animal, carente de órganos de percepción psicológico‑mental, lo prueba claramente. El hombre, por su parte, aun cuando perciba la conmoción de su región sensible, no siempre descubre la causa que la provoca. Y no la descubre porque la sensación es instantánea, y lo que el entendimiento capta no es ya la sensación sino su efecto, al que erróneamente confunde con aquélla.

En cambio, percibir la sensación de lo sentido, o sea de lo experimentado fugazmente en la región sensible antes que la mente intervenga, significa haber unido la conciencia con la causa motora de la sensación psíquica, lo cual se logra cuando la atención ha sido convenientemente afinada. La conciencia fija la imagen sensible captada por la atención, y el discerni­miento puede, entonces, tomarse a voluntad todo el tiempo que necesite para analizarla conscientemente, facilitando a la inteligencia los elemen­tos necesarios para que elabore su conclusión.

Todo ello supone una organización consciente del sistema mental, significando con la palabra consciente que los centros volitivos y emocio­nales deben estar íntimamente ligados a la inteligencia y a los resortes y engranajes mentales (psicoides) dependientes de ella. Sólo así podrá el hombre conocer en verdad y por la evidencia misma de los hechos, cuanto acontece dentro de su mundo interno.

El conocimiento de sí mismo, como la expresión sugiere, es el resultado de un proceso en el que interviene la totalidad del ser. Lo cierto es que el espíritu se desintegra por la igno­rancia y se integra por el conocimiento. Por eso el lenguaje, conscientemente organizado dentro del ser, es el medio que hace posible la unión del alma con la conciencia, o, en otros términos, es el medio que hace efectivo el encuentro del ser consigo mismo, suspirada meta de tantos poetas y pensadores, ilusos náufragos que perecieron entre los escollos de su incorregible y afiebrada imaginación, a la que denominaban “creadora”.

Von der Gabelentz decía que al hablar nos expresamos a nosotros mismos. Es cierto; pero siempre y cuando el que así afirma sea capaz de diferenciar lo propio de la ajeno (aunque aparente serlo) en el con­junto de los pensamientos que forman la cadena de las frases mediante las cuales se expresa. Para diferenciar lo propio de lo que no lo es, se requiere haber percibido claramente, mediante el acto de pensar, y seguido asimismo en todo su curso, el proceso de gestación de un pensa­miento hasta su manifestación, como unidad propia y viva, a la razón de la inteligencia que lo ha creado.

Las leyes supremas de la Creación a que hicimos referencia, gobiernan todo lo creado. Siendo el hombre parte integrante de aquélla, es ilusorio pensar que pueda constituir una excepción. Dichas leyes rigen no sólo su entendimiento, sino también todos los pensamientos que accionan dentro de su morada mental. De ahí la ventaja enorme que lleva aquel que al pensar sabe por qué leyes piensa. Y si éstas rigen la función pensante, han de imperar también sobre la palabra, que es su manifestación externa. L N°  75 pag 34 par 2

El espíritu de la palabra da la energía necesaria para que el pensamiento imponga su autoridad en la ejecución de un acto. Luego, las palabras son expresiones de fuerzas constructivas a destructoras, y, al emitirlas, aprovecha o desaprovecha el que esto hace sus energías internas.

La verborragia, por ejemplo, mal de toda época, es como un ancho curso de agua, innavegable por falta de hondura; es energía prodigada en vano. Las palabras, como los ríos, para ser proficuas, para que las mentes puedan navegar con fortuna por ellas, deben tener profundidad ante todo. Esto ocurrirá cuando las raíces del árbol humano hayan penetrado considerablemente en el seno de la tierra y extraído de ella los jugos inaccesibles a la raíz común, mediante los cuales habrán de elaborar la savia que sustentará su grandeza futura.

Para terminar con este esquema transcribiremos un pasaje recogido de la revista “Logosofía” (Nº 52, pág. 16): “La palabra que se pronuncia internamente –el espíritu de la palabra‑ no debe ser jamás desvirtuada, porque es la palabra del sentir, de la conciencia; la palabra de la vida misma que reclama para sí la gloria de ser mejor”.

Por esto, la palabra logosófica es a nuestro juicio la más perfecta, porque participa simultánea­mente de las tres virtudes que debe poseer la palabra sabia en su expre­sión más genuina: científica, moral y espiritual. Científica, porque está regida por leyes eternas y se remite a la prueba incontrastable de la comprobación inmediata. Moral, porque es activa y apunta directamente a la conducta humana a fin de encauzarla por la senda de la razón y de la sensatez. Espiritual, porque es constructiva y organiza las facultades mentales para elevar gradualmente el alma humana hasta límites inima­ginables, haciendo que los pensamientos y sentimientos del hombre constituyan la fiel expresión de sus más caras aspiraciones. Y como las posi­bilidades humanas no tienen término, la labor hercúlea de la palabra logosófica consiste en dilatar la capacidad de comprensión del estudioso, dejando a su criterio la libertad y la oportunidad brillante y única de llenarla con el contenido esencial que sepa extraer de la vida misma.

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