Trascendencia del conocimiento logosófico para el espíritu humano

Conferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile (Santiago) el día 22 de Enero de 1960 – Acto auspiciado por el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Chile

Por la Srta. Olga Valenti de Montevideo, Uruguay

Señoras, señores:

Antes de comenzar mi disertación deseo agradecer la hospitalidad que brinda la Universidad de Chile y el fraterno pueblo chileno tanto a mí como a los coterráneos que asistimos a los Cursos de Verano.

Por haber asistido a los Cursos de Verano de 1958, conozco el maravilloso sentimiento de hospitalidad y confraternidad que anima a todo chileno, mas debo expresar que, a pesar de haber sido recibida con cordialidad y simpatía en otros países, la gentileza y buena acogida de Chile, hace que este país sea colocado a la cabeza en cuanto al afecto con que recibe al extranjero.

Correspondiendo al interés de la Universidad de Chile por conocer las actividades culturales de los países de América Latina, me es grato dirigirme a Uds. para informarles de un movimiento cultural que lleva ya treinta años de vida en Argentina, Brasil y Uruguay.

A tal efecto, comenzaré por interiorizarlos someramente del conocimiento logosófico, nueva ciencia cuyas penetrantes verdades están llamadas a revolucionar las ideas que sobre la sicología humana han existido hasta el presente.

Como ciencia integral, la Logosofía recurre a sus propias concepciones exponiendo con claridad los conocimientos que de ellas emanan, de tal forma que cada inteligencia puede fácilmente apreciar sus valores.

La verdad logosófica define un derrotero seguro y llama a la realidad a los que han confundido la verdadera orientación sicológica con las abstracciones metafísicas.

Como centro inicial de difusión de la Logosofía, el creador de esta ciencia, don Carlos Bernardo González Pecotche, pensador y escritor argentino, fundó la primitiva Escuela de Logosofía en Córdoba, en el año 1930, donde permaneció un tiempo enseñando los conocimientos de este nuevo saber. El interés por este nuevo saber fue extendiéndose a otras ciudades importantes de la Argentina como Rosario, Buenos Aires, Paraná y Mendoza.

Paralelamente se fundaron centros de estudio en la ciudad de Montevideo, Uruguay, y en Brasil, en Río de Janeiro, San Pablo, Belo Horizonte, etc. Estos centros funcionan en la actualidad con el nombre de Fundación Logosófica en Pro de la Superación Humana.

Desde entonces, o sea durante treinta años, esta Institución lleva cumplida una experiencia ininterrumpida de la puesta en práctica de los conocimientos logosóficos por miles de personas.

Entre las fundamentales enseñanzas que brinda la Logosofía se hallan las que conciernen al conocimiento de sí mismo base innegable del conocimiento de la vida propia, de sus proyecciones de la vida del semejante y, consecuentemente, en las esferas de las más altas realizaciones del espíritu humano.

Dado que el conocimiento logosófico tiene su propia y original concepción sobre el espíritu, trataré de dar una serie de elementos que faciliten su comprensión. Teniendo en cuenta que la naturaleza del espíritu es extrafísica se hace difícil su descripción. Comenzaré por recordar lo que la lengua española define por espíritu; dice: ser inmaterial y dotado de la razón, ánimo, valor, aliento, vivacidad, ingenio, etc.

Todos sabemos que a muchos autores e investigadores conocidos les ha preocupado cuanto concierne al espíritu y para corroborar lo difícil que es concretar una concepción, citaré a modo de ejemplo lo que sobre él dice Scheler: “El espíritu es el conjunto de los actos superiores centrados en la unidad dinámica de la persona y que comprenden no sólo el pensamiento de las ideas, sino los actos emocionales superiores y sobre todo, la intuición de las esencias”.

Según la concepción logosófica, el ser humano está formado por el ente físico y el ente espiritual. El primero se desarrolla física e intelectualmente a instancias de la vida material, de las grandes empresas, de los grandes descubrimientos, de los actos de heroicidad, de los grandes perfeccionamientos técnicos, creaciones artísticas, etc. Pese a todo esto, a todas estas manifestaciones de sus inquietudes, no ha logrado el hombre descifrar el enigma de su espíritu, ni desentrañar los misterios del mundo metafísico, que es el mundo mental, el mundo inmaterial, que llena todos los espacios del universo e interpenetra hasta las más ínfimas partículas ultrasensibles.

En este mundo metafísico, trascendente o causal, es donde el hombre, guiado siempre por el conocimiento, encuentra la justificación de todo lo que antes le fuera incomprensible y descubre el vasto desarrollo del espíritu, en su conexión directa con la evolución de su propio ser. Es así que se pueden buscar las relaciones que se mantienen corrientemente entre el ente espíritu y el ente físico. El ente físico preocupado por las tareas, los compromisos que le demanda la vida con sus necesidades materiales, no ofrece la oportunidad al espíritu de participar en ella. No obstante, el ser que se ilustra, que cultiva sus mejores calidades, suele actuar con él, pero influenciado por el ente físico y muchas veces, sin tener cabal conciencia de que es el espíritu que actúa. Es así que la mayoría de los seres (ya que hay excepciones, pues existen individuos que piensan en sentido elevado), usan la mente para los asuntos exclusivamente físicos o materiales. El espíritu en estas circunstancias no interviene en nada, pero, porque se lo mantiene ajeno a lo que ocurre en la vida, por creerse que no tiene que ver con ella. Sin embargo, afirma el conocimiento logosófico que el espíritu puede intervenir naturalmente en el manejo del sistema mental, con verdadero dominio del mismo, conduciendo al hombre al conocimiento de su mundo, el mundo metafísico, de donde se llega a la hermosa revelación que el conocimiento de sí mismo, es el encuentro e identificación con el propio espíritu.

Este concepto es el que nos lleva a determinar que, para llegar al conocimiento del espíritu, hemos de empezar por el proceso de evolución consciente, que es la más grande prerrogativa que pueda tener el ser humano. Logosoficamente, evolución consciente implica: cambios ascendentes y voluntarios de estados de conciencia, de modalidad y de carácter, en perfeccionamiento incesante, o sea, una auténtica renovación de la vida.

Naturalmente, quienes me escuchan se preguntarán: ¿En qué se basa ese proceso? Pues bien: en el conocimiento de la mente y de los pensamientos; en el conocimiento de las leyes universales; en la individualización de los tres sistemas en que está constituido el ser: mental, sensible e instintivo; en el desarrollo de la sensibilidad; en el cultivo del afecto y del respeto en las relaciones humanas.

Todo esto que está comprendido dentro del proceso de evolución consciente, apareja como consecuencia, el conocimiento del propio espíritu por nosotros mismos.

Esta ciencia otorga a la mente humana suma jerarquía, al presentarla en una concepción que la eleva a la categoría de sistema. Este sistema está configurado por dos mentes: la superior y la inferior, ambas de igual constitución, pero diferentes en su funcionamiento y en sus prerrogativas. La primera tiene posibilidades ilimitadas y está reservada al espíritu, que usa de ella al despertar la conciencia a la realidad que la conecta con el mundo trascendente o metafísico. En cambio, la mente común tiende por lo general hacia lo conocido, hacia lo externo, y, salvo excepciones, funciona sin intervención directa de la conciencia o sólo con participación circunstancial de la misma.

Las dos mentes, la superior y la inferior o común, tienen exactamente el mismo mecanismo, constituido por las facultades de pensar, de razonar, de juzgar, de intuir, de entender, observar, etc.; dichas facultades, según el conocimiento logosófico, integran la inteligencia.

Integran asimismo el sistema mental, en la zona dimensional que les corresponde en cada mente, los pensamientos, entidades sicológicas animadas que cumplen un papel preponderante en la vida humana. Y he aquí que llegamos al descubrimiento más trascendente de nuestra época, realizado por el creador de la Logosofía quien dice: “Los pensamientos son entidades animadas, que pueden actuar independientes de la voluntad del hombre que los alberga y con autonomía propia, capaces de provocar en el ser actuaciones felices o desgraciadas”.

Es oportuno en este momento, para aclarar lo que acabo de decir, citar la analogía presentada en una conferencia pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Montevideo, en diciembre último, por el Dr. Ricardo A. Bassi, cultor de la Logosofía, desde hace varios años. Expresó el conferencista en aquella oportunidad que el descubrimiento de los pensamientos se asemeja, por su trascendencia, al descubrimiento de Pasteur de las bacterias, que eran invisibles pero cuya acción sufrían los hombres en forma fatal e invencible: este hallazgo abrió el campo de la microbiología y la inmunología. Similarmente hoy, González Pecotche con el descubrimiento de los pensamientos como entidades animadas, autónomas, independientes de la voluntad, abre un campo nuevo a la investigación sicológica y moral de la humanidad.

Logosoficamente, los pensamientos nacen a la vida mental a causa de una inquietud, una necesidad, una aspiración, un sentimiento o un anhelo. El pensamiento se nutre en su comienzo, con el elemento que le dio origen, o sea, el anhelo, la inquietud, la necesidad, hasta tener finalmente un perfil sicológico definido. También se reproduce como una necesidad natural y obedeciendo a la ley de conservación.

Pero lo interesante es llegar a individualizarlos, ya que a la vez de particularizarlos podremos reconocerlos, en su naturaleza constructiva o negativa, y como consecuencia podremos llegar a su clasificación y selección. A esta selección habrá de seguir la superación constante de los mismos, con el aporte de la enseñanza logosófica y de la experiencia que se efectúa con este conocimiento en la vida del ser; porque de acuerdo al método logosófico: “se experimenta lo que se estudia y luego, se estudia lo que se experimenta”.

El examen detenido y continuo de los pensamientos, deberá ser disciplina en un principio de la labor de este conocimiento, labor ésta que será aliviada más adelante, porque la asistencia del conocimiento logosófico en las actuaciones del individuo, contribuirá para que en el avanzar del tiempo la selección se produzca en forma espontánea. Cuando la vida se encauza dentro del proceso de evolución consciente, esa disciplina se cumple simutaneamente por la realización del mismo proceso. Existe por lo tanto una correspondencia directa entre el sistema mental y el proceso de la vida. Es decir, que al formalizarse la disciplina, el sistema mental se convierte en mecanismo regulador del propio ser.

Los pensamientos pueden ser clasificados en pensamientos propios y ajenos; los primeros son elaborados por la propia mente del individuo en base al estudio, al saber adquirido y a la experiencia. Los ajenos provienen de otras mentes y llegan a nosotros por la expresión oral, impresos, radios, etc. Existen también, los pensamientos que se mueven y desarrollan su actividad con absoluta prescindencia del control de la mente que los alberga. Tales pensamientos actúan independientes del juicio personal y pueden llegar a ejercer absoluto dominio en las determinaciones del hombre, efectuando un juego diabólico que llega hasta coartar la libertad del ser humano. Por ejemplo en el que está dominado por un pensamiento de juego.

Para discernir la función de cada pensamiento así como su origen, se hace menester, es esencial, la intervención de la conciencia, porque permite distinguir cuándo los pensamientos son generados por la propia mente, cuándo son adoptados o de procedencia ajena e incorporados al uso del ser y cuáles los que tienen vida propia. La clara visión de las perspectivas mentales capacita al hombre para aplicar con seguridad el método logosófico, y ejercer el dominio de sus propios pensamientos. Y cuando toda la actividad desarrollada logre estar dentro de las directivas conscientes del sistema mental, el espíritu se hallará, con seguridad, preparado para internarse en el mundo mental trascendente.

Es sabido que en el dominio físico estamos regidos por leyes, así conocemos leyes que rigen la física, la química, la biología, la gravedad, etc. Con estas leyes acontece igual que con las del mundo de los hombres: aunque se ignoren, su desconocimiento no impide que se cumplan, que se ejerzan. Así, pretendamos por ejemplo, desconocer la ley de gravedad y nos tiremos de una ventana, bien pronto tomamos conocimiento de ella y de su inexorabilidad. También en el mundo metafísico existen leyes. Y con ellas sucede como con las leyes del mundo físico: también se cumplen en forma inexorable. Entonces, es lógico que su conocimiento pueda beneficiar grandemente, cuando las propias actuaciones estén de acuerdo con esas leyes.

Existe como primera y más importante la ley de evolución que rige todos los procesos de la creación, asimismo la Logosofía nos hace conocer otras leyes, desde un ángulo nuevo, como la ley de cambios, la ley de herencia, la ley de caridad, ley de correspondencia, ley de analogía, ley de causa y efecto, etc.

El conocimiento de las mismas, a través del proceso de evolución consciente, según el saber logosófico, habilita al hombre a instituir sus defensas mentales y colocarse conscientemente bajo su amparo a fin de que el acontecer de la vida se desarrolle en forma fecunda y armoniosa. Es por esto que el método logosófico recomienda alistar en la mente un número siempre creciente de pensamientos superiores, constituyéndose en pensamientos disciplinados a cuyo cargo estará la defensa de la mente. A medida que se verifica la evolución consciente, el ser humano llega a ser dueño de sí mismo, contando con fuerzas suficientes para rechazar cuanto pretenda obstaculizar el libre giro de la voluntad. El individuo domina así su propia vida logrando que las leyes le sean benignas por cuanto no las infringe.

Al comienzo de esta exposición me referí, como fundamental para el cumplimiento del proceso de evolución consciente, a la individualización de los tres sistemas que constituyen el ser humano: el mental, el sensible y el instintivo. Como ustedes recuerdan, hace un momento traté el sistema mental. En cuanto al sistema sensible dice el autor de la Logosofía, que constituye la parte anímica del ser humano y radica en el corazón, órgano sensible y centro regulador de la vida síquica del hombre. Se divide en dos zonas bien demarcadas, una corresponde a la sensibilidad constituida por la facultad de sentir, querer, facultad de amar, de compadecer, agradecer, etc. La otra zona corresponde a los sentimientos, es el espacio donde ellos nacen, viven y operan.

En relación al tercer sistema, el instintivo, podemos afirmas que cuenta con las energías de que se valió al principio el individuo para subsistir en la vida primitiva, y tiene como función generativa específica la de estar al servicio de la conservación de la especie.

El proceso de evolución consciente que el conocimiento logosófico permite efectuar al ordenar en nuestra vida la actividad mental y sensible, encuentra en esta tarea poderosos estímulos, de tal forma que las energías que derivan del sistema instintivo son aprovechadas, con grandes resultados en el propio perfeccionamiento. Es así que se hace posible alcanzar una armonización de los tres sistemas que funcionan sincronizados, de lo que se desprende el buen resultado que equilibra al ser asegurándole actuaciones más favorables.

El afecto cumple una función muy importante en el proceso evolutivo consciente. El afecto, es, según lo expresa la Logosofía, el fijador de las relaciones humanas, además lo define diciendo que es “la parte de amor hecha conciencia”

El conocimiento de sí mismo tiene una enorme importancia, pero lo que le da mayor valor de realización es la ayuda al semejante de quien cada uno lo necesitará a su vez. Esto se constituirá a través de la observación y la experiencia en un nivelador de las relaciones humanas, ya que al observar la deficiencia ajena deberá establecerse al mismo tiempo la relación que ésta pueda tener con las propias; la comprensión de lo observado evitará la intransigencia, y nos colocará en una actitud de tolerancia con respecto al prójimo, actitud que a la vez que propicia un comportamiento sano y edificante, auspicia el cultivo y el desarrollo del afecto. Surge, por lo tanto, la comprensión de que todo estudio debe ser realizado con sentimiento altruista, con la finalidad de que el esfuerzo individual contribuya al mejoramiento y felicidad del género humano. Dice González Pecotche: “El afecto sin respeto pronto se pierde, y el respeto sin afecto se hace rígido”.

Es indudable que para poder realizar todo lo que está comprendido dentro del proceso de evolución consciente debe existir un método que dé como resultante facilitar esta tarea y crear estímulos en el transcurso de la misma.

Logosofía tiene su método “sui generis” que se cumple individualmente en la práctica del proceso y dentro de la Fundación Logosófica, en cuyo ambiente se encuentran verdaderos estímulos para seguir adelante, a la vez que se realiza el intercambio de los resultados que se obtienen con la aplicación de las enseñanzas. Esta tarea es siempre atendida magistralmente en su desarrollo por el creador de la Logosofía, quien da la orientación que más beneficia al estudiante en su proceso de aplicación de la enseñanza a su propia vida.

Como Uds. han podido apreciar, en esta exposición están nada más que esbozados algunos aspectos de este saber cuyo contenido es muy vasto, por lo cual será interesante para ustedes, saber que hay una extensa y variada bibliografía logosófica, publicada en español, así como en portugués e inglés. Cabe mencionar a Introducción al Conocimiento Logosófico; Exégesis Logosófica; Logosofía. Ciencia y Método; El Mecanismo de la Vida Consciente, y de reciente publicación, El Señor de Sándara.

Es mi propósito en estos momentos que Uds. tengan una noción de esta ciencia vinculada al desarrollo del espíritu humano, del cual lo que yo he expresado corresponde a algunas de sus formas de manifestación, ya que tiene otras formas de expresión que en este instante no es oportuno entrar a considerar.

No obstante, deseo destacar que la práctica del conocimiento logosófico promueve en el individuo, la conquista de elevadas excelencias para su espíritu; y en el medio familiar, en el de las amistades y del trabajo cotidiano, la expresión de un verdadero humanismo y el despertar a una nueva cultura que, arrancando al hombre de las sombras formadas por el desconocimiento de sí propio, de las creencias y temores -que suelen esterilizar su vida-, hace surgir el ser consciente de su total liberación moral y espiritual, capaz de servir a la humanidad.

 

 

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