El pensamiento propio

De la Revista “Logosofía” N°  76

Por el Dr. Osvaldo F. Melella

Nada hay más poderoso que el pensamiento en la vida de los hombres, expresa la Logosofía. Pero una afirmación tan categórica como lo es ésta, ¿en qué se basa? Responderemos brevemente haciendo un resumen de lo ya expuesto en estas mismas páginas, al interpretar y comentar diversos pasajes y aspectos de la nueva enseñanza que la concepción logosófica del universo y el hombre ofrece al intelecto humano para su estudio y experimentación.

En lenguaje logosófico reciben el nombre de pensamientos unas diminutas pero poderosas entidades psicológicas, que en elevadísimo número y variada calidad pueblan el plano mental y que en el ser humano se albergan o pugnan por albergarse dentro de su mente, órgano psicológico situado en la parte superior del cerebro, íntimamente ligado a éste y a sus adyacencias inmediatas (cerebelo, médula espinal, etc.). Dichas entidades, desconocidas como tales para el mundo de la ciencia oficial, han venido, sin embargo, operando en el hombre desde mucho antes de su iniciación en la vida civilizada, siendo su origen remotamente anterior al advenimiento del género humano en el planeta. Ellas son, indiscutiblemente, los agentes que promueven todos los actos de la vida del ser, a tal punto, que resulta para el logósofo avezado al trato diario con los pensamientos, verdaderamente risible la soltura con que las gentes suelen afirmar que son dueñas de sí mismas.

Por ejemplo, no puede en modo alguno constituirse en dueño de sí mismo, por más que con énfasis lo proclame, quien hoy afirma una cosa y mañana la desdice; quien expresa que va a hacer tal o cual otra y luego lleva a cabo lo contrario; quien sobreestimando sus condiciones personales, frente a circunstancias que parecieran de intento someterlo a prueba, debe reconocer, muchas veces a pesar suyo, la ligereza de juicio que había guiado su afirmación, y, en fin, quien hace fluctuar el peso de sus aseveraciones sobre conceptos antagónicos que mutuamente se destruyen y se niegan en presencia del factor tiempo, etc. etc.

Pues bien; todo esto no obedece a otra cosa que a la actividad que los pensamientos despliegan en el recinto mental, actividad que escapa, desde luego, al control racional del individuo que ignora su existencia. Luego, el vaivén en los actos y la inestabilidad de las palabras responde, sin más, a la índole del pensamiento que en un momento dado ejerce la dirección del ser, influyendo sobre su voluntad, oscureciendo su inteligencia y anulando su razón. Esto basta para justificar sobradamente la afirmación inicial.

Hemos dicho que los pensamientos se albergan en la mente. Si tomamos a un determinado individuo y lo examinamos psicológicamente a la luz de los métodos logosóficos, podrá verse de inmediato que no todos los pensamientos que de ordinario ocupan su atención, le pertenecen; antes bien, la mayor parte, si no todos, provienen de otras mentes o de lo que la Logosofía denomina “ambiente mental externo”, sociedad de pensamientos que configuran un determinado lugar, sea éste un centro de estudios, un claustro, un hospital, una casa de juego, etc. Se impone, por consiguiente, una primera clasificación de pensamientos: propios y ajenos. Dejemos de lado estos últimos por no convenir al tema que en esta ocasión nos ocupa, y pasemos a los primeros.

¿Qué es un pensamiento propio y cómo se constituye en tal? Como la expresión lo indica, el pensamiento propio es el resultado de una operación o proceso interno, privativo de cada uno, mediante cuya culminación el ser se erige en dueño del mismo. Pero al igual que para elaborar un objeto cualquiera se requiere  indispensablemente, conocer los detalles y la técnica mediante los cuales deberá regirse su elaboración, y poseer, además, la materia adecuada a dicho objeto, para elaborar un pensamiento se requiere estar compenetrado de su procedimiento y procurarse los elementos que habrán de configurarlo.

No obstante, es preciso advertir que existe una diferencia radical entre el objeto y el pensamiento: mientras el primero es, aparentemente inanimado, el segundo aparece dotado de vida, y más aún, de vida propia, o sea independiente de la del ser que lo generó. En su gestación interviene activamente el acto de pensar, a cargo de la mente, acto que, lógico es admitirlo, debe ser bien dirigido, esto es, gobernado por las leyes que intervienen en el mismo claramente aprehendidas por el ser. Tales leyes señalan el camino que el investigador debe recorrer con su entendimiento, al que prestan su orientación. El pensar anárquico, o sea, sin ley, no puede sino engendrar adefesios mentales.

En el proceso de cada estudiante, la conquista del conocimiento que lo habilita para elaborar pensamientos propios, se va efectuando en forma gradual. Es lógico; el aprendiz de logósofo se asemeja al personaje de la alegoría platónica de la caverna (República, VIIº), o al Orfeo del mito según la versión virgiliana (Geórgicas, IVº), vale decir, es un ser que marcha de las tinieblas a la luz. En tal caso, a mayor claridad le corresponderá mayor conocimiento, o en otros términos, a medida que su conciencia vaya tomando contacto más firme con la inteligencia que posee y la razón que ha cultivado, el estudiante sentiráse menos extraño a lo que ocurre en su laboratorio mental, tan misterioso e impenetrable para él en un principio.

A fin de tornar lo expuesto más accesible al entendimiento aún no avezado a estos estudios, presentaremos la siguiente imagen: el niño -todos lo sabemos por simple observación-  no nace caminando, pero sí con la facultad de poder hacerlo. Cuando su esqueleto, suficientemente calcificado, le permite mantenerse erguido, son sus mismos padres, por lo general, quienes comienzan a hacerle dar los primeros pasos. Se inicia así un proceso de aprendizaje en el que el niño anda, pero sostenido por brazos tutores o por un andador. Dicho proceso culmina cuando la criatura, habiendo fortalecido lo suficiente los músculos de sus piernas, hállase en condiciones de desprenderse del andador o de los brazos.

Vienen, entonces, los primeros ensayos del libre andar, con sus vacilaciones, traspiés y golpes consiguientes, hasta que, llegado sea el tiempo, anda y corre sin mayor dificultad. En esa segunda etapa -obvio es decirlo-,  aun cuando los padres no intervengan activamente como en la primera, su atención, en cambio, será mucho mayor, pues estarán muy alertas para evitarle cualquier accidente que pudiera asumir serias consecuencias para su integridad física o moral.

En el estudiante de Logosofía -niño psicológicamente-, poco más o menos ocurre algo análogo. No llega a la Escuela capacitado como para elaborar conscientemente pensamientos, pero sí con la facultad habilitante; y esto es lo primordial. Aunque va implícito en lo dicho, preciso es reiterar que todos los seres humanos, normalmente constituidos, pueden elaborar pensamientos, pues todos, sin excepción, poseen una mente.

No obstante, una cosa es elaborar pensamientos y otra, muy diferente, tener conciencia de esa elaboración, puesto que una cosa es hacer algo y otra, hacerlo conscientemente y bien. Un principio logosófico lo refirma con meridiana claridad: “El que sabe lo que puede frente al que desconoce sus recursos, siempre lleva una ventaja considerable que en la diaria lucha cobra un valor inmenso”.

Supongamos que el inscripto en un curso de Logosofía, algo capacitado ya, es dejado, como el niño del caso, aparentemente solo para que se acostumbre a andar por su mando interno con sus propios recursos. En tal situación, su primer movimiento mental consistirá en hallar un camino para su entendimiento, camino que guardará relación estrecha con la capacitación y el criterio personal alcanzado hasta el momento. Se ofrecerá ante él una realidad externa; concretada en la bibliografía logosófica, y una realidad interna, sus propias apetencias o necesidades.

En el primer caso, procurará seleccionar las enseñanzas que a su criterio más le conviene estudiar o profundizar, acicateado por los estímulos que genera toda iniciación de una actividad nueva o etapa de un proceso de cualquier orden, en el curso de la existencia. Claro está que, además de esto y por tratarse de un proceso logosófico, hay que agregar cierto grado de conciencia por la índole del compromiso contraído consigo mismo. Allí tendrá oportunidad de experimentar el estudiante los más variados estados psicológicos, en una amplia escala que va desde la alegría a la angustia y viceversa. Experimentará caídas y erecciones, avances y retrocesos, alientos y desalientos, bonanzas y zozobras, etc. etc., cuyo saldo final será siempre positivo, en razón de que cada circunstancia que viva le promoverá útiles reflexiones que le permitirán constatar la verdad contenida en la enseñanza y sentir el vigor de su fuerza estimulante y constructiva. De cada una de ellas extraerá una o más conclusiones, que incorporará cuidadosamente al haber de sus valores internos. Dichas conclusiones, basadas en su experiencia personal, constituirán los nuevos pensamientos, fruto de su propia elaboración y base de futuros conocimientos, mediante los cuales se manejará su inteligencia en conscientes y venturosas actuaciones.

Mas puede, como dijimos antes, consultar sus propias necesidades prescindiendo momentáneamente de la enseñanza. Preguntarse, por ejemplo, por dónde le conviene seguir o cuál de las necesidades inmediatas le urgen atender. En tales condiciones, procurará sumergirse dentro de sí mismo, pero habituado como estaba a que la enseñanza le alumbrara el camino, todo se le ocurrirá entonces tenebroso, experimentando, como natural consecuencia, variados estados mentales y emocionales. Empero, así como el atleta se esfuerza por superar las dificultades que ofrece a su destreza la prueba del torneo en pugna con su anhelo deportivo, así también el atleta del intelecto, estimulado por la prueba y el anhelo de trascenderla, se esforzará, fiel al mismo, por iluminar con su inteligencia las tinieblas de su mundo interno, buscando afanoso el camino que le abra la posibilidad de conocer alguno de sus recovecos.

Al principio, inconsciente de ello, no alcanza a percibir el trabajo silencioso que su mente realiza, acicateada por el propósito que incesantemente la alienta, máxime cuando éste ha asumido la jerarquía de firmeza. Y acontece que, en un momento dado -que bien podría coincidir con el instante en que le pareció hallarse más ajeno del cometido que se había impuesto-, siente algo así como un chispazo de luz eclosionar dentro de su matriz mental. Es que en ese instante acaba de encenderse en su ámbito interno un punto luminoso -comúnmente llamado idea- que no es otra cosa que un pensamiento, el cual, desde entonces, le abre el camino a la investigación. Ahora, puede decirse, posee algo concreto, que debe, sin embargo, realizar. En otros términos, ha surgido a la vida mental una inquietud en forma de interrogante, clase especial de pensamientos que regirá en adelante su actividad intelectual hasta satisfacerla mediante la conquista y dilucidación del misterio que en un comienzo el mismo entrañaba a su comprensión. A tal fin podrá auxiliarse con la enseñanza, o con los conocimientos adquiridos o bien con ambos a la vez. Mientras, el acto de pensar se dará a la tarea inteligente de coordinar los elementos dispersos -algunos o muchos de los cuales ya poseerá- que entrarán a constituir un nuevo pensamiento, solución o respuesta al anterior, su agente causal.

Pero lo hermoso, y aun lo maravilloso, si se quiere, surge cuando el ser advierte que su conciencia ha permanecido ajena a la formación de aquel y de otros pensamientos causales que, reiteradamente, han venido abriendo cauce a sus afanes investigatorios. Entonces percibe que hasta ese momento, su conciencia sólo ha tomado parte en la elaboración de las respuestas, no así en la de los interrogantes o pensamientos causales que, como se ha dicho, eclosionan o suelen eclosionar súbitamente en el recinto interno, tomando muchas veces ingenuamente desprevenido al ser. De ahí este nuevo interrogante inductor: ¿cómo se forma el pensamiento causal?; ¿se puede llegar a ser consciente de su elaboración?; ¿puede alguien negar a percibir con toda conciencia la formación del pensamiento que, al eclosionar, estará destinado a estimular sus facultades intelectuales a fin de realizarlo internamente?

La lógica pareciera indicar que no hay razón justificable para que el hombre no pueda tener acceso a lo que le es propio, y por derecho le corresponde. Si así no fuera, le asistirá sobrado motivo para quejarse de sus limitaciones, siendo que se le ha llamado rey de la Creación, hecho, que como es natural, rechazaría al punto cualquier persona sensatamente dotada. Las limitaciones se las crea el hombre mismo con sus prejuicios, su impaciencia, su suficiencia personal, sus viejos hábitos, sus vicios; en una palabra, su ignorancia.

Lo cierto es que siguiendo fielmente el proceso que la Logosofía señala, se llega a construir todo un procedimiento científico para traer a la vida mental, de modo consciente, pensamientos propiciatorios de la investigación racionalmente liberada, de propiedad exclusiva del ser, el que a su vez puede percibir con claridad todo su proceso gestatorio y asistir con plena conciencia a su eclosión dentro de la cámara mental.

Escapa a nuestra intención expedirnos por ahora sobre dicho procedimiento, pero sí podemos adelantar que mediante el estudio asiduo y el trato atento de la enseñanza logosófica, surgen, por afinidad y analogía, importantes leyes naturales que asisten a infinidad de procesos psíquicos, elementos que empleará más luego la inteligencia para elaborar sus propios pensamientos. La meditación, la observación y la experiencia suelen ser importantes colaboradores en esta delicada y superior tarea de la mente.

No otros serían a nuestro juicio los verdaderos placeres del espíritu, de que tanto se ha hablado, que los que permiten experimentar esos instantes en que el hombre siente latir dentro de sí una vida que se va gestando al conjuro de su voluntad y que siendo imperceptible para los sentidos físicos, evidencia, empero, la existencia de otros sentidos, extrafísicos, que hablan elocuentemente a su entendimiento de la presencia, dentro de su ser finito, de otra vida, superior y sin límite en el tiempo, revelándose un ser infinito.

 

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