Puntos de vista logosóficos sobre la felicidad

De la revista “Logosofía” N° 61

Por Luis C. Panizza

El reputado profesor norteamericano Dale Carnegie, quien desde hace años viene dictando muy afamados cursos a profesionales y hombres de negocios sobre ciertas reglas en el trato con las personas con el fin de que las apli­quen, en especial modo, en sus respectivas ocupaciones, publicó en el año 1940 un libro titulado “Cómo ganar amigos e influir sobre las gentes”, al que le cupo el mérito de batir el record de ventas en los, Estados Unidos de Norte América, llegando a la abultada cifra de 2.500.000 ejemplares.

Entre las interesantes conclusiones, anécdotas y observaciones sobre el temperamento humano que consigna el citado autor, hemos apartado para nues­tro estudio este párrafo: “Todo el mundo busca la felicidad, y hay un medio seguro para encontrarla. Consiste en controlar nuestros pensamientos. La felicidad no depende de condiciones externas, depende de condiciones internas. No es lo que tenemos o lo que somos o donde estamos o lo que realizamos, nada de eso, lo que nos hace felices o desgraciados. Es lo que pensamos acerca de todo ello”. (Obra citada, pág. 104).

Obvia explicar las razones que decidieron tomar este aspecto, dada la importancia que asume para el hombre todo conocimiento que pueda apuntalar su vida, frente a la constante presión de un sinnúmero de pensamientos e imá­genes que le aprisionan en un mundo de infortunio y contrariedades que en­sombrecen la mayor parte de los días de su existencia. Es, por otra parte, de gran satisfacción, que autores de tanto prestigio como el profesor Carnegie, confirmen en el terreno de sus observaciones personales uno de los principios básicos de la ciencia logosófica que dice: “El hombre puede ser feliz o desdichado según sean sus pensamientos; si opta por los malos su vida se tornará amarga, si elige los buenos tendrá ventura y se ahorrará muchos padeci­mientos” (Axiomas y Principios de Logosofía, tomo II, pág. 66).

Aunque los conceptos transcriptos no guardan una total coincidencia en sus contenidos, hay un punto de acercamiento: la felicidad o infelicidad es la resultante de la naturaleza de los pensamientos que conviven con el ser.

Debemos expresar en primer término, que la técnica preconizada por el mencionado autor para encontrar la felicidad, lleva al planteamiento de la real situación en que el ser humano, en general, se encuentra frente a las perspectivas que le presentan su estado psíquico-mental: ¿La causa de la infelicidad del hombre habría que radicarla únicamente en el hecho de que éste no con­trola sus pensamientos o hay otras causas anexas?

Entendemos que no basta sólo con querer ser feliz intentando poner en práctica el indicado procedimiento de controlar los pensamientos, sino que es menester, en manera especial, manejar y dominar con éxito el compacto y ava­sallador tráfico mental de esos personajes que transitan libremente por las calles de la mente, provocando en el espíritu esas agitaciones y malestares que todos conocemos con los nombres de impaciencia, nerviosismo, ira, mal humor, tristeza, pesimismo, aprensión, ansiedad, inquietud, etc. etc.

Teniendo en cuenta que es en la mente donde toma expresión el psiquismo humano, y que es también ella el factor determinante de la idiosincrasia del ser, no podemos considerar el problema de la felicidad sólo desde el punto de vista de los pensamientos, dejando de lado el órgano psíquico que los genera, pues iríamos únicamente al encuentro del efecto sin encarar la causa. Sostenemos esta posición porque ella es el padre y la madre de los pensamientos y, a la vez, la casa donde éstos actúan.

La mente genera pensamientos pero también los recibe del ambiente ex­terno, y tanto en su función engendrante como en la de recipiente del mismo, la predisposición y afinidad determinan el lazo de unión que existe entre ella y los pensamientos que accionan en su interior.

Entiendo que la Logosofía sitúa el problema de la infelicidad del hombre en su causa misma: la mente, por ser ésta el aparato principal de la psicología humana, dado que en ella toman asiento las facultades del intelecto, en base a las cuales el ser comanda su vida y también la defiende de todo aquello que atente contra la misma o afecte sus derechos y prerrogativas. Expresa esta ciencia que “del funcionamiento regular y consciente del sistema mental dependerá en mucho que el ser pueda llegar a vivir la vida interna en toda su intensidad y belleza” (Axiomas y Principios de Logosofía, tomo II, pág. 35)

He aquí señalado el camino cierto que nos conducirá al renacimiento de nuestra existencia, porque es la forma misma de vivir que debe modificarse en base a una nueva comprensión y disciplina de todas las actividades que se promueven en la mente. Una vez que comienza a organizarse el sistema mental, éste va regulando y vitalizando el psiquismo humano, lo que permite al ser mantener una firme estabilidad espiritual que lo pone a cubierto de las comunes fluc­tuaciones de sus estados de ánimo.

El conocimiento logosófico está acondicionado para la mente a fin de prepararla, dotándola de multitud de elementos que hacen resplandecer las facultades internas. Capacita al hombre para pensar con sensatez y lógica; para analizar con sereno juicio sus propias actuaciones; para proyectar con éxito su conducta; para juzgar con amplio criterio todo aquello que entra en el campo de sus observaciones, tratando de que los efectos no aparezcan desvinculados de sus reales causas, y sacar de todo ello conclusiones útiles.

Las enseñanzas que brinda la Logosofía son por su fuerza de expresión y por la objetividad de su contenido, como placas radiográficas sacadas de las múltiples poses y actitudes del temperamento humano, y muestran con indis­cutible realismo las deficiencias del ser, a la vez que proyectan una nueva individualidad sobre las bases de un científico plan pedagógico de reconstrucción integral de la vida humana. Estos conocimientos van propiciando la actividad de una mente superior, y es, precisamente, esta nueva mentalidad la que tomará luego a su cargo la dirección de la vida hacia un derrotero más firme y promisorio.

La técnica psíquico‑mental que se practica aplicando la Logosofía, com­prende en forma primordialísima el control de los pensamientos ‑y en este punto concuerda el profesor Carnegie‑; pero, correlativamente con este tra­bajo mental debe operarse en el ser el alumbramiento de su inteligencia y su razón con verdaderos conocimientos, no sólo para que éste pueda individualizar y apartar de la mente a aquellos pensamientos nocivos para el espíritu, sino también para que se produzca el nacimiento de una nueva generación de pen­samientos de altos valores espirituales.

 

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