Objetivos de la vida

Por el Lic. Marcelo Gómez Talavera

 

La manera lógica y eficaz de tratar de solucionar un problema es actuar sobre sus causas y no sobre los efectos que él genera. Persistiendo las causas, los efectos pueden multiplicarse infinitamente y la tarea de corregir o atenuar esos efectos puede también convertirse en un trabajo interminable, cuando no inútil. Esto resulta particularmente importante ante la actual crisis económica mundial.

 

El dinero.

Cuando la humanidad abandonó el sistema de trueque como forma de comercio, dio, indudablemente, un gran paso adelante. La adopción de un símbolo que representara el valor de los efectos comerciados, permitió una mayor fluidez en el intercambio de mercaderías y constituyó, evidentemente, un considerable incremento en la eficiencia de las relaciones comerciales; por otra parte el comercio en sí mismo ha sido siempre un factor importante en la evolución de todas las culturas.

Es difícil determinar históricamente cuando el dinero fue adoptado como símbolo de los valores transables, pero en épocas tan lejanas como las correspondientes a la cultura sumeria ya encontramos cartas de crédito y otros elementos precursores de los sistemas bancarios actuales.

El uso del dinero recorrió desde entonces largos caminos, en los cuales el desarrollo de las civilizaciones estaba estrechamente relacionado con ese símbolo: el dinero. Y en esas historias hay un factor que se repite permanentemente: el error de considerar al dinero como un valor en sí mismo y no como lo que realmente es: un símbolo de los valores verdaderos.

Ese error afectó profundamente la vida y el destino de los pueblos: la caída del Imperio Romano estuvo precedida por el predominio de la posesión de dinero por sobre el trabajo y el cultivo de las tierras, que fueron los  valores básicos que generaron la grandeza romana.

Otro tanto ocurrió en el Imperio Español cuando el oro americano, llegando a raudales, dañó irremediablemente su economía. La situación económica en que hoy se encuentran los Estados Unidos de Norteamérica demuestra que todo esto no ha sido comprendido y menos aún solucionado.

Ese error sigue vigente, pero potenciado casi infinitamente por los tremendos efectos originados en el desarrollo de la técnica y la ciencia modernas. Parecería que se han reemplazado las tablillas de barro y la grafía cuneiforme por computadoras, pero dejando vigente las fallas de concepción y realización que tantos horrores aportaron a la historia humana.

Un viejo refrán señala: “El dinero es un buen esclavo pero un mal amo “. Los hombres en lo individual y la humanidad en conjunto no han incorporado aún ese concepto; miles de casos demuestran la forma lamentable e infeliz en que suelen terminar tantas vidas dedicadas a adorar el Moloch Dinero, a acumular riquezas y el poder que ese dinero otorga, poniéndolos por encima de todo otro valor y, consecuentemente, inferiorizando esas vidas.

El dinero puede dar muchas cosas, pero esas experiencias demuestran claramente que no puede dar una vida feliz y fructífera.

En el año 1994, en la revista “Logosofía” de I.L.D.E.S. decíamos:  “Lo que hoy amenaza la economía mundial señala males muy profundos y habrá de exigir cambios inusitados: estamos en vísperas de una crisis de saturación”, mencionábamos también las causas de esa crisis; aquella afirmación pareció extemporánea, ya que nada en la marcha de la economía mundial parecía indicar el peligro. Ha transcurrido algo más de una década y esa crisis está presente; hoy vemos que el problema económico recorre  el mundo  como un verdadero terremoto financiero.

Es interesante tratar de encontrar las causas de lo que ocurre. El desastre del mundo comunista  pareció significar que el capitalismo  – o su nueva denominación, el liberalismo económico –  se había consagrado definitivamente como la única forma posible de organización de la economía mundial.  Se habló del “Fin de la Historia”, de la “Globalización de la Economía” y del reinado definitivo de las llamadas  “Leyes del Mercado “.  Quienes entonces todo eso exponían, hoy muestran su desconcierto y se preguntan como salir de la crisis; pero las propuestas que se presentan no pasan de ser meros parches que dejan las causas vigentes y activas. ¿Cuales son esas causas?

El comercio es una actividad humana útil y necesaria; el dinero, al facilitar esa actividad cumplió un importantísimo rol a lo largo de la historia. Todas las formas de organización de las sociedades humanas se apoyaron en esos dos factores -comercio y dinero-  para cumplir sus fines. Monarquías, imperios, democracias y aún las formas tribales, se beneficiaron con la actividad comercial.  El comerciante es un útil intermediario que facilita la llegada a todos los hombres de los productos necesarios; lo hace reservando para sí una parte del valor de esos productos. La propiedad es la base del comercio, el dinero sirve para transferir   bienes y con el transcurrir del tiempo se fue consagrando el derecho a la propiedad privada como  un bien intangible.

Los abusos a que estos hechos dieron lugar fueron originando reacciones tendientes a proteger a los que menos tenían; la evolución histórica de lo que llamamos “civilización occidental” lo muestra con claridad: el feudalismo, la  esclavitud de los trabajadores, los abusos de los propietarios de la tierra y el trabajo infantil en las fábricas del comienzo de la llamada “Revolución Industrial”, son otras tantas muestras de esos abusos. Todo ello originó inquietudes tendientes a corregir las injustas situaciones causadas por la acumulación del dinero.

En el siglo diez y nueve surgieron tendencias políticas encaminadas a impedir esas injusticias; el socialismo y su manifestación extrema, el comunismo, procuraron el fin de la propiedad privada como la única forma de tornar equitativa a la economía. Esas dos ideologías – capitalismo y comunismo – se alternaron en el manejo de las economías mundiales sin poder hallar la forma de administrar los bienes en forma justa.

Un análisis imparcial de todo esto nos muestra que ambas partes – capitalismo y comunismo – (o izquierdas y derechas)  tienen parte de razón y comparten errores básicos, que son los que han impedido encontrar la solución definitiva. Veamos: la defensa que hace el capitalismo de la propiedad privada y de la libre iniciativa es correcta; aquello de que “el ojo del amo engorda al buey”, es la contracara de la negligencia con que los empleados de las empresas estatales originaron la ineficiencia que generalmente caracterizó  a esas empresas.

También es correcta la observación marxista que señala que el capital tiende a su acumulación infinita,  con exclusión de toda consideración solidaria, y esto es hoy más evidente que nunca, ante la actitud de las finanzas internacionales en la presente crisis.

En el año 1942, González Pecotche,  en la revista Logosofía Nº 23, señalaba una de las medidas que es imprescindible poner en práctica si se quiere realmente corregir la situación actual: “es necesario fijar un máximo al capital individual”.

La llamada “globalización” ha liberado al capital usurario del control de los gobiernos de las naciones y su tremenda concentración en cada vez menos manos, es una de las principales causas de la actual crisis. La acumulación obscena e ilimitada de dinero, lejos de constituir un derecho, es en realidad un abuso y una muestra de baja condición moral, que incita a la usura, constituyéndose en un delito. Es claro que todo ha sido el enfrentamiento entre el capitalista, que quiere incrementar su propiedad y los proletarios, que desean apoderarse de los bienes sin esforzarse. Y aquí nos encontramos con una de las causas del problema: el egoísmo.

El egoísmo

El egoísmo es una manifestación inferior, correspondiente a la parte animal del ser humano: su instinto. La fiera reacción del cachorro al que se le quiere quitar su hueso, tiene el mismo fundamento que la usura y el pillaje en lo financiero: el egoísmo instintivo del ser primitivo.

Se desprende de esto  que los problemas de la economía mundial son producto del estado evolutivo de los hombres y, por consiguiente, la verdadera solución de los problemas económicos y financieros radica  en que la educación  cumpla el objetivo que  Logosofía le señala: promover el proceso de evolución consciente, y con ello  hacer que los impulsos inferiores del instinto no interfieran negativamente en la conducta humana.

 

El fin de las ideologías

Naturalmente que eso está en el futuro, en el desarrollo de la nueva cultura y la nueva civilización originadas en el conocimiento logosófico. Pero mientras eso se va edificando, además de la comprensión individual que cada uno logre sobre las causas de lo que ocurre, es necesario que se vayan corrigiendo los errores básicos que originan los problemas.

El ideario socialista deberá cambiar su enfoque erróneo sobre algunos de los problemas humanos, por ejemplo el criterio sustentado con respecto a la familia, que tanto mal hizo y hace y su concepto de que el trabajo es un castigo. Y la derecha, el capitalismo, habrá de sustituir sus equivocados objetivos de vida, elevando las miras y cultivando una solidaridad que hoy brilla por su ausencia.

En realidad lo que estamos viendo es el fin de las ideologías, que deberán ser suplantadas por conocimientos fundados y comprobables sobre la organización de la sociedad humana. No hacer las correcciones necesarias seguirá trayendo males a la comunidad y finalmente hará caer inevitablemente sobre sus responsables las consecuencias de tantos males.

Debería estudiarse más la trayectoria de hombres como Howard Hughes y su contracara actual, Bill Gates y las de tantos hombres que tuvieron como objetivo excluyente de sus vidas el ganar dinero.

Deberá brindarse a las futuras generaciones  la enseñanza  que les haga concebir  conceptos elevados sobre sus propias vidas.

Sólo así podrá realizarse la  elevada concepción de González Pecotche:

“Lograr que las generaciones futuras sean más felices que la nuestra será el premio mayor a que pueda aspirarse”.

 

 

 

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