Logosofía como ciencia auxiliar del derecho

Disertación del Dr. José Antônio Antonini (abogado), con motivo de la clase Inaugural realizada en la “Facultad de Derecho del Sur de Minas Gerais” – Porto Alegre, MG, en su calidad de profesor de esa casa de estudios, el 12 de marzo de 1990.

Introducción

Para una exposición inaugural, el titulo escogido para la misma debe suscitar alguna expectativa o curiosidad. Y ello es natural y comprensible ese estado del alma, visto que dice respecto a la relación que se pretende establecer entre dos ciencias: la del Derecho conocida y desarrollada hace milenios y la Logosofía, aún poco conocida porque viene siendo investigada y experimentada hace poco más de cincuenta años.

Ejerciendo desde hace más de treinta años como profesional del Derecho, simultáneamente me dediqué a estudiar, investigar y experimentar la Logosofía. Esa experiencia me proporcionó un conjunto de observaciones, constataciones y conocimientos que apuntaban claramente, hacia la necesidad de ver la Logosofía aplicada como ciencia auxiliar del Derecho.

Tal conclusión, sin embargo, no es personal ni aislada. En el ejercicio de mi profesión me encontré con numerosos profesionales del campo del Derecho – Magistrados, miembros del Ministerio Público, Abogados, Auxiliares de Justicia en general – que habían recorrido igual camino ejerciendo simultáneamente esas dos tareas: la del Derecho y la de la Logosofía, llegando todos al mismo convencimiento relativo al indefectible valor que el conocimiento logosófico ofrece a la ciencia del Derecho.

Fue ese conjunto de coincidencias lo que hace posible surgir ahora la presentación de este tema. Todas esas ilustradas inteligencias habían celebrado en sus consciencias la unión de esas dos ramas del saber y en los pronunciamientos que efectuaran en los respectivos campos de actuación, dejaron consignados los conocimientos adquiridos de ese connubio metafísico.

Esto permitió a su vez la divulgación en una oportunidad como a la que ahora estamos asistiendo.

Evidentemente no será posible, en el breve tiempo de una conferencia, presentar minuciosamente la interrelación entre ambas ciencias. Pero es nuestro propósito dejar al menos una noción sobre algunos aspectos de cómo la Logosofía puede prestarse al auxilio del Derecho, con aspectos recogidos tanto en la observación propia como la de  otros colegas que emprendieron esta trayectoria.

 

Rol de la universidad – Lo nuevo no puede ser ignorado

Antes de hacerlo, sin embargo, me gustaría destacar que este género de consideraciones intelectuales y culturales, por cierto no muy frecuentes, es realmente saludable y recomendable para la oxigenación y reciclaje de los movimientos mentales que en ocasiones tienden al inmovilismo de conceptos e ideas que por no evolucionar se esclerosan trasformándose en preconceptos.

Sea como fuere, lo nuevo no puede ser ignorado y es precisamente ante tribuna tan selecta e ilustrada como la presente, donde se encuentran inteligencias al servicio del orden social, que el enfoque debe ser expuesto para la apreciación, el análisis, el razonamiento, la confrontación y el enfrentamiento.

Quiero destacar el acierto de las palabras de un Profesor Universitario. Se trata del Prof. Dr. EDUARDO D’OLIVEIRA FRANCA. Ese emérito Profesor, egresó de la conocida Facultad de Derecho de la Arcadas, de la Universidad de San Pablo, y alcanzó el título de Catedrático de la Facultad de Filosofía de la U.S.P. y en base a sus conocidos méritos, fue escogido para pronunciar el discurso de bienvenida, en nombre del Consejo Universitario, en la solemnidad del nombramiento de un nuevo Rector en 1982. Allí presentes estaban las más representativas personalidades del mundo intelectual y cultural paulista: Rectores, Profesores, Doctores Universitarios, Gobernadores, Prefectos, Cónsules, Alumnos Universitarios, exponentes de varias entidades, etc., delante de los cuales el Prof. Franca, en su discurso, exhortó a todos para realizar una revisión del papel que esa institución de enseñanza superior debe cumplir en pro de la sociedad.

Me impresionó profundamente el vigor y la valentía de sus palabras, sobretodo como dijo, por encontrar en ellas precisamente una proposición objetiva para una revisión de los procedimientos de enseñanza, cultura y aprendizaje.

Habiendo obtenido copia del aludido discurso, voy a reproducir una parte, que es la siguiente: “Pueden cerrarse las Universidades, y crear el problema de su desarrollo, para superar así cualquier tendencia al elitismo. La ciencia, cosmopolita y neutra, predominando, puede suscitar el desencuentro con el hombre concreto.

El riesgo de la oposición, consciente o inconsciente, entre lo científico y lo humano.

En la edad media las universidades, verdaderas fortalezas monásticas, abrigaban clérigos, cuya existencia volcada al estudio, transcurría apartada de la vida social. La propia lengua entre ellos usada, el latín, los diferenciaba del común de las gentes. ¿Podría hoy la Universidad desempeñar su papel si no se integrara en el medio social, acompañando sus vicisitudes?

Se atribuye a la Universidad un proceso de deshumanización de suma gravedad. Las ciencias naturales en su espléndido desenvolvimiento prestigiaron las cosas en detrimento del hombre. Existen científicos que nunca se detuvieron a pensar en el ser humano, a lo sumo en el proceso cultural, pero no en que todo el proceso cultural no es más que un proceso de progresiva humanización del hombre en el esfuerzo de superación de su condición de animal adscripto a la disciplina de su propia naturaleza.

Y las ciencias del hombre, por la propia índole de los procedimientos de la ciencia, tienden a la vez a la cosificación de lo humano sobretodo cuando se separa del humanismo en la cuantificación, en los tratamientos estadísticos.

En una revisión de la Universidad es preciso tener en cuenta las proyecciones del humanismo: el hombre es un punto de partida y el punto de llegada de todo el conocimiento, de todo emprendimiento en busca del saber. Es él la referencia: solo interesa el saber que a él de alguna forma lo beneficia.

Creciendo, la Universidad parece haber perdido el sentido de la totalidad de la existencia humana, atascándose más y más en un intelectualismo que tiende a reducir las demás manifestaciones del espíritu, ofreciendo una visión parcial de la vida del hombre, que es hecha también de sensibilidad e instinto.

Tal vez en la raíz de los desajustes y de la agresividad de las nuevas generaciones de estudiantes esté la decepción en razón de la impotencia de la Universidad para adiestrarlos para la totalidad de la vida. No solamente los impulsos intelectuales son amenazados por un empirismo de base, sino que también se olvida la sensibilidad, la belleza del mundo de la literatura, del arte y de las digresiones filosóficas. Porque la vida intelectual pura y fría, las neutralidades, las objetividades a todo precio no suscitan el gusto de ser, ni impulsan hacia la sabiduría de vivir.

Cuando todo o casi todo el cuestionamiento filosófico es lucubrado por la enseñanza como teoría estéril, y las preocupaciones de sentido práctico pasan a tener la exclusividad del interés de la comunidad universitaria, no hay dudas que muchos legítimos reclamos del espíritu quedarán desterrados de la Universidad, que podrá entregarse alegremente a un papel más económico que cultural, convirtiéndose en empresa que retorna los capitales que en ellas son invertidos.

A pesar de esta rendición al pragmatismo contemporáneo, se expone a la desactualización y en consecuencia, a los rechazos de una juventud indócil que tiene hambre de participación en la vida. Tal vez la Universidad este siendo ultrapasada y enredada en el interior de sus cercos, y estemos nosotros, los responsables de su destino, ciegos a los cambios de los tiempos.

Después de referirse a la politización global de la Universidad, remata el Prof. FRANCA: “La Universidad no se puede detener en la mera conservación de la cultura y en rumiar el saber acumulado. Ha de tener virtualidad para innovar, para enriquecer el patrimonio de conocimientos, porque sin el dinamismo de la inteligencia crítica y creadora, ella tenderá a la rutina y a la mediocridad. El saber es hecho de comprensiones y las comprensiones se suceden a lo largo del tiempo”.

Debo aquí recalcar, pues, la valiosa y valiente proposición del CLEVER DE PAULO MOREIRA, Presidente del Directorio Académico, y la lucidez y amplitud de la visión del ilustre Prof. BRENO JOSÉ DE CARVALHO COUTINHO, Director de esta Facultad al proporcionar una digresión diferenciada en su ambiente de estudio e investigación, con miras a suscitar una renovación de enfoques en el campo de nuestra especialidad profesional.

Es que el intelecto cultivado tiene recelo de todo cuanto todavía no haya entrado en la órbita de sus dominios, especialmente cuando sospecha que para afrontar investigaciones de otra naturaleza, tendrá que rever sus posiciones u obligarse a los esfuerzos que considera superados.

Y es impregnado de esas palabras valiosas y valientes, pronunciadas ante auditorio tan selecto, que traigo a escena el tema “La Logosofía como ciencia auxiliar del Derecho”.

Así como dice el Prof. FRANCA, “si la enseñanza superior está arribando a un proceso de deshumanización de suma gravedad y se exponiendo a desactualizaciones, si el hombre es el punto de partida y de llegada de todo el conocimiento”; si hay que vencer la “cosificación de lo humano”; si hay que revivir los “olvidados llamados de la sensibilidad” y romper la frialdad de la “vida intelectual pura”; entonces la Logosofía aparece en buena hora para tales desideratums y sobretodo para el estudio, análisis e investigación de los que ejercen en el campo del Derecho, como ejecutores de sus procedimientos o como distribuidores de justicia, ya que el Derecho es una ciencia del hombre para el hombre, velando por el orden social.

Una nueva generación de conocimientos

La Logosofía trae como mensaje “una nueva generación de conocimientos relacionados con la vida interna del ser humano, su proceso de evolución consciente y las proyecciones metafísicas de su propio espíritu”. Es “la especialidad científica y metodológica que se ocupa de la reactivación consciente del individuo”.

Fue dada a conocer por CARLOS B. GONZÁLEZ PECOTCHE también conocido por RAUMSOL, como firma en sus obras. Nació en Buenos Aires el 11 de agosto de 1901, falleciendo allí el 4 de abril de 1963.

El 11 de agosto de 1930 – día y mes en que conmemoramos la creación de los cursos jurídicos en el Brasil – presentó oficialmente la Logosofía, “nombre que reúne en una sola palabra los vocablos griegos logos y sofos, que el autor adoptó dándoles el significado de verbo creador o manifestación del saber supremo, y ciencia original o sabiduría respectivamente, para designar una nueva línea de conocimientos, una doctrina, un método y una técnica que le son eminentemente propias”.

Cumple así un cometido de la más alta jerarquía en pro de la superación humana, prestándose, intuitivamente, como ciencia auxiliar del Derecho dada la naturaleza y finalidad que este cumple en todos los ordenes de la vida humana.

Esta particularidad es bien explicada por el propio autor de la Logosofía en el artículo que tituló “El arte de crearse a si mismo”, con las siguiente palabras:

“La Logosofía no enseña al médico los conocimiento de la medicina que este ya sabe, ni al abogado los que atañen al Derecho, ni al ingeniero los de la Ingeniería, etc. Sería un error considerar así la función primordialísima de la Logosofía, que, como lo han comprobado y atestiguado muchos, constituye un auxiliar de proyecciones insospechadas, no solo para los graduados en cualquiera de las ramas de la ciencia oficial, sino también para todo hombre, profesional, político, comerciante, industrial, sea cual fuere la actividad que desempeñe, en la que la mente sea, como pensamos debe ser, el gran factor que determina los éxitos o los fracasos del ser a quien pertenezca.” (Revista “Logosofía” No. 6, pág.7)

Si el Derecho tiene como ciencias auxiliares a la Medicina, la Psicología, la Psiquiatría, la Informática, etc., ahora ha llegado el momento de pasar a contar con una más: la Logosofía.

Esa nueva generación de conocimientos tiene por campo experimental una región poco conocida, mal transitada, sino totalmente desconocida: el propio mundo interno de cada vida humana. Ese mundo donde cada uno vive y convive consigo mismo protegido por la discreción, de la incursión ajena. Nadie penetra en ese mundo sin el permiso de su titular y aún cuando se lo permita, no más allá de las partes que autoriza el poseedor de ese dominio.

Para la exploración, estudio, investigación y conocimientos de ese mundo interno es que se dirige esa nueva línea de conocimientos, mediante la utilización de un método y una técnica que le son propias.

Ese mundo inmaterial e invisible es para cada uno de nosotros una realidad tan tangible y visible como el propio cuerpo, porque es en ese mundo interno donde experimentamos la sensación de vida en todas sus manifestaciones.

Y es precisamente ese mundo el menos conocido, estudiado e investigado. Parece haber habido un desinterés, una despreocupación, un auténtico desdén en esa clase de investigación.

No obstante el vertiginoso avance de las ciencias llamadas exactas y humanas, no se consiguió hasta el presente encontrar o forjar la llave para la solución del problema humano u ofrecer una explicación satisfactoria sobre nuestro mundo interior.

“El investigador mide la trayectoria de los astros y desconoce la de su propia vida; sigue las perturbaciones del átomo y descuida las de su pensamiento; estudia y analiza todo, menos lo que dice respecto al conocimiento de su propia mente, que es la que le faculta para discernir y pensar, cuando se capacita para conocer el origen y evolución de su propio pensamiento; comenta mil biografías y tiembla pensando en como terminará la suya; cuenta maravillas sobre la organización de la hormigas y de las abejas, y cuando se ve abocado a la organización de sus valores personales, vacila ante cien consejos antagónicos”.

“Así, el estudioso, el universitario, o simplemente el hombre que cuida de su instrucción, se encuentra frente a los libros que tratan sobre la esencia de la historia, de la filosofía, de las matemáticas o de la evolución de la mitología, pero nada de cierto puede saber  respecto de la esencia de su propio ser, la filosofía de sus condiciones humanas o la evolución de su carácter, no obstante constituir todo eso la primera y última realidad de su existencia” (Biognósis 74)

Es que todo el estudio, toda la investigación y todos los conocimientos alcanzados se volcaron para aquello que ya está organizado en la naturaleza, obedeciendo a leyes que ciertamente no son las humanas, descuidando con cierto desdén, como dije,  aquella parte que también  está en la naturaleza, pero no organizada y que es la propia vida interna del ser humano.

En el mineral, si se toma un cristal, se ve que unos forman un octaedro, decaedro, poliedro, etc. y las moléculas que se unen y se juntan para formar un decaedro no lo hacen en un hexaedro, como obedeciendo a una ley inteligente y hasta si se quiere, por una orden de amor. Está organizado.

Lo mismo le pasa al vegetal, bastando ver la maravilla de la semilla que encontrando el ambiente adecuado produce exactamente aquello que guarda en sus insospechadas entrañas. También está organizado.

En el animal ese esplendor de organización es todavía más asombroso. El funcionamiento de nuestro propio cuerpo, por ejemplo, no depende de nuestra voluntad ni de nuestra inteligencia. Todo funciona organizadamente, como en los demás reinos. No dependemos de la voluntad ni de la inteligencia para respirar, para tener la temperatura que tenemos, para el latir de nuestro corazón, etc., porque todo funciona obedeciendo a principios de una organización y que no es proveniente de impulsos volitivos-mentales del propio hombre, pues todo en su ser orgánico funciona y se desenvuelve hasta cuando está dormido, o sea, al margen de la actuación de su conciencia.

Pero en lo que atañe a ese mundo interno, invisible, donde están los pensamientos, las aspiraciones, los afectos, los sentimientos, las reacciones temperamentales, las sensaciones de placer, de dolor, en fin, donde está la vida individual de cada uno, ahí las cosas no están organizadas.

En ese mundo interno, los elementos que lo conforman existen en los demás mundos mineral, vegetal y animal, o sea, así como existen los elementos que forman el cristal, la semilla, la sangre, también existen in natura los elementos que conforman el mundo interno del ser humano y que son genuinamente invisibles e inmateriales, pero absolutamente reales, como la mayor realidad, porque ello forma nuestra vida misma.

Pero a diferencia de lo que pasa con los otros mundos, el mineral, el vegetal y el animal que están organizados y no dependen de la inteligencia y voluntad humanas para existir y funcionar equilibrada y harmónicamente, en el mundo interno del ser humano, a pesar de existir los elementos que lo conforman, estos no están organizado y para llegar a estar organizados, dependen de la voluntad y de la inteligencia del propio detentor de ese mundo interno.

Esos elementos que existen in natura en el mundo interno, son la mente, los pensamientos, las facultades de la inteligencia, la sensibilidad, los sentimientos, las energías del instinto, en fin: el espíritu humano.

La organización, o sea el establecer el orden para que todos esos elementos funcionen equilibrada y harmónicamente, ya depende de la inteligencia y voluntad del ser humano, porque no se organizan ni cumplen sus funciones automáticamente como en el caso de los reinos ya organizados.

Para eso, mientras tanto, es imprescindible conocer cada uno de los elementos que conforman ese mundo interno del ser humano. Saber lo que es la mente, que hay en ella, que función cumple, etc., y así también en lo que concierne a los demás elementos: pensamientos, facultades mentales, sentimientos, instintos.

No es posible organizar algo sin conocer a ciencia cierta cada uno de los elementos que lo componen y la función que cumplen en el proceso de organización. Esto es tan evidente y lógico que no necesita demostración por tratarse de conocimientos archicomprobados por la humanidad.

Pues bien, esa nueva generación de conocimientos que trae la Logosofía apunta decididamente en ello: a propiciar en el hombre el conocimiento exacto de esos elementos que conforman su vida interior y la técnica para permitir su organización.

Algunos objetivos de Logosofía

Entre  sus grandes objetivos, destacaré dos de ellos, por estar muy vinculados a esa particularidad. Son ellos:

1) La evolución consciente del hombre, mediante la organización de sus sistemas mental, sensible e instintivo

2) El conocimiento de sí mismo, que implica el dominio pleno de los elementos que constituyen el secreto de la existencia de cada cual.

Como se ve, se propone enseñar a organizar esos sistemas integrantes del mundo interno y dominar plenamente los elementos que constituyen la existencia, implicando realizar una evolución consciente y alcanzar el conocimiento de si mismo.

Como el propósito que inspira esta alocución es el de ofrecer sólo nociones extensivas para una visión general del tema, aún cuando sería imposible en tan corto lapso una digresión intensiva,  tomaré unos pocos de esos elementos existentes en natura en el mundo interno de cada uno, para exponer lo que respecto de ellos enseña la Logosofía, como verbi gratia, mente, pensamiento, espíritu, conocimiento de sí mismo.

Ese vocabulario, de todos conocido, tiene acepciones diferentes y a veces mezcladas, cuando no empleadas como sinonimia, tal como se ve en nuestro léxico, existiendo hasta idiomas que incluso no las emplean, como es el caso del francés donde no existe la palabra mente.

La Logosofía se sirve de esas mismas palabras sin desnaturalizar su expresión etimológica, pero tan sólo agregando lo que les faltaba para ofrecer una amplitud que brinda vida y riqueza de expresión a las palabras.

Así, la mente no se confunde con el cerebro, ni con el  pensamiento, el sentimiento, la voluntad, etc., porque posee un concepto propio, objetivo, concreto, sustantivo, dado que se trata de un elemento preponderante en natura del mundo interno del ser humano, cumpliendo función primordialísima en la existencia. Lo mismo respecto al pensamiento, a las facultades mentales, al sentimiento, a las facultades sensibles, etc., en que cada uno de esos elementos debe encontrar su acepción ajustada a su realidad existencial y funcional.

La comprobación metodológica y experimental del exacto concepto y contenido de cada una de ellas, habilitará a usarlas con acierto en el proceso de organización de las mismas en el ambiente del mundo interno individual.

En el campo del Derecho, esa terminología referida a lo inmaterial -espíritu, intención, etc.- es empleada con frecuencia y es en ese sentido que la Logosofía ofrece su contribución para el perfeccionamiento del concepto que cada una debe merecer, a fin de cristalizarse en la conciencia individual en calidad de conocimiento.

La legislación abunda en el uso de palabras y expresiones propias del mundo interno o del mundo metafísico. Las constituciones acostumbran ser desacreditadas invocando la protección de Dios; para la materialidad de los sucesos, se busca la intención del agente, la asunción del riesgo de producirlos, las vinculaciones entre el dolo y la culpa y hasta los resquicios de la inercia mental que desembocan en la negligencia, impericia, imprudencia, desidia, cuando no en los comportamientos  generados por el odio, la venganza, los celos, la codicia, la  violencia, etc., y tantos otros que están ahí dentro del ser humano, actuando en su interior.

Cuando me dediqué al estudio del derecho autoral -neologismo de TOBIAS BARRETO- me detuve en dos palabras empleadas en los textos legales, originarias del mundo incorpóreo: espíritu y moral, ambas contrarias a la apreciación judicial por ausencia de soporte en el derecho objetivo y sustantivo.

El artículo 6º de la actual ley 5.988/73, actualmente en fase de reforma en el plenario de la Cámara Federal, dice que “son obras intelectuales las creaciones del espíritu, de cualquier modo exteriorizadas” y en ese texto legal hay todo un Capítulo para regular los “derechos morales del autor”.

Sobre el espíritu, es común la expresión “espíritu de la ley”, “espíritu de los muertos” y vulgarmente hasta “espíritu de cerdo”.Y el poder judicial frecuentemente se ve enfrentado a resolver cuestiones ligadas a ese tipo de “espíritus”.

Lo que pueden y deben, en tanto, todos cuantos militan en el campo del Derecho, así como cualquier persona interesada en el conocimiento de sí misma, es ensayar este nuevo género de conocimientos de investigación interna, para encontrar la realidad anímica de esas entidades invisibles que actúan dentro de cada uno. No más la investigación de los efectos resultantes del comportamiento ajeno, sino, esto sí, del que determina el propio pensar y actuar.

Logosofía y los pensamientos

El pensamiento, por ejemplo, esa entidad con la cual todos sin excepción convivimos a diario durante la vigilia y hasta fuera de ella, porque aparece hasta en los sueños, aunque inmaterial e invisible, es absolutamente real y produce efectos en la vida de cada uno, mereciendo, por eso mismo, un mejor conocimiento sobre su realidad existencial.

“Los pensamientos, pese a su inmaterialidad, son tan visibles y tangibles como si fueran de naturaleza corpórea, ya que si a un ser u objeto de esta última manifestación es posible verlo con los ojos y palparlo con las manos físicas, a los pensamientos se los puede ver con los ojos de la inteligencia y palpar con las manos del entendimiento, capaces de comprobar plenamente su realidad subjetiva.” (“Logosofia. Ciencia y Método”, pág. 56)

Pues bien:

“La Logosofía, al plantear sus conocimientos, presenta como uno de los más trascendentales y de vital importancia para el hombre el que se refiere a los pensamientos. Afirma que son entidades psicológicas que se generan en la mente humana, donde se desarrollan y aun alcanzan  vida propia. Enseña a conocerlos, identificarlos, seleccionarlos y utilizarlos con lucidez y acierto. Dichas entidades psicológicas animadas se constituyen en fuerzas activas de orden constructivo desde el instante en que quedan subordinadas a las directivas de la inteligencia, o sea que por el proceso de evolución consciente son sometidas a una rigurosa fiscalización que permite disponer de ellas en servicio exclusivo de la inteligencia.” (Idem, pág. 55)

Con esto establece una nueva ruta para la investigación y conocimiento de sí mismo, porque permite a cada uno distinguir claramente, cuándo es que piensa, razona, analiza, observa, de cuándo son los pensamientos que están actuando en él, o sea, exalta la dicotomía entre sujeto y objeto, entre la mente y el pensamiento, todo lo que se transforma en la piedra angular del conocimiento de sí mismo.

Por eso afirma GONZÁLEZ PECOTCHE que “la vida es un espejo donde se refleja lo que el ser piensa y hace, o lo que los pensamientos propios o ajenos lo llevan a hacer”. (Idem, pág.50) Por consiguiente, establece el relacionamiento entre las dos entidades animadas, los pensamientos, propios o ajenos que actúan en la vida de cada ser humano, y éste, en tanto también entidad animada, que puede pensar y producir sus propios pensamientos.

En cierta oportunidad encontrábame en mi escritorio leyendo un trecho del libro “El Mecanismo de la Vida Consciente”, del autor de la Logosofía, cuando allí apareció un médico muy amigo mío e indagó sobre lo que estaba leyendo. Le di a conocer que se trataba de un nuevo género de conocimientos estructurados con rigor científico y directamente vinculados con mi realidad interna. Me dijo él que eso no existe; que esas cuestiones son objeto de esas filosofías orientales u occidentales y que no existe al respecto nada de nuevo porque unas y otras se asemejaban en sus procedimientos y elucubraciones en torno de las cuestiones que rodean la inmaterialidad del ser humano. Como me encontraba con el libro en mis manos, le dije que  le leeria un fragmento y lo hice omitiendo una palabra de dos letras, la palabra no. Leí el fragmento así:

“Cuando el hombre comprende que sus pensamientos e ideas son los vehículos mediante los cuales se manifiestan el pensar y el sentir humanos…” e iba a proseguir cuando me interrumpió para decir: -“Ve, nada de nuevo, pues es obvio que el ser humano comprende que sus pensamientos e ideas son los vehículos por medio de los cuáles se manifiestan el pensar y sentir humanos”.

Y ahí, disculpándome, volví a leer exactamente el texto así:

“Cuando el hombre comprende que sus pensamientos e ideas no son los vehículos mediante los cuales se manifiestan el pensar y el sentir humanos, como efectivamente debería ser, sino que los hombres mismos – salvo excepciones – se han convertido en vehículos de los pensamientos e ideas que pueblan los ambientes, su actitud más lógica, prudente y razonable debe ser la de ponerse en guardia contra los peligros de esa subversión de los valores esenciales del individuo.” (Idem, pág.35)

Y ahí, él, hombre inteligente, luego sospechó que había algo a ser mejor conocido e investigado.

El campo que se abre, pues, para una nueva meta de conocimientos en cualquier rama del saber, tornase fascinante y grandioso.

Al tratar sobre el sistema mental, GONZÁLEZ PECOTCHE en su obra Exégesis Logosófica declara textualmente: “Nada más vasto y grandioso, desde el ángulo de las posibilidades humanas, que este descubrimiento” (pág. 37). En sus decenas de obras enseña la forma, el método y la técnica para ir conociendo cada una de las partes que configuran ese sistema así como los otros dos: los sistemas sensible e instintivo.

Llegué así al convencimiento de que había encontrado a quien había descubierto esos sistemas tan vinculados a mi existencia y a la de todo ser humano, deslumbrándome con la maestría con que describía y enseñaba a practicar lo estudiado y estudiar lo experimentado.

Hasta el descubrimiento de la existencia de los microbios, las enfermedades eran atribuidas a una serie de factores aleatorios y no definidos con precisión, pues hasta se suponía que fantasmas podrían ser la causa de las endemias y molestias en general. Pero una vez descubierto el elemento generador y propagador de tales males, fue posible desarrollar mayores conocimientos en torno a su realidad existencial. Las ventajas para la salud y el beneficio para la humanidad son indiscutibles, aún cuando no hayan culminado todas las etapas en torno al referido conocimiento.

Estudiando y experimentando los conocimientos logosóficos advertí que GONZALEZ PECOTCHE aportaría al beneficio humanitario en el campo de la vida bio-psico-espiritual, como LUIS PASTEUR lo hizo en el campo de la biología. Ambos habían hecho descubrimientos fundamentales: uno incursionando en la realidad física del cuerpo humano, otro en la realidad anímica del espíritu humano. Los elementos in natura, en uno y otro campo existían, pero no habían sido descubiertos ni se había por eso mismo, desarrollado técnicas para tratar con ellos.

Es esa diferenciación entre la mente y los pensamientos y entre las entidades existentes in natura, como la voluntad, etc., la que permite una nueva observación de la realidad en el cumplimiento de las apreciaciones y decisiones emanadas del campo del Derecho. Porque visto de este modo, cuando se aplica la pena prevista en ley para sancionar una actuación, en realidad no se está imponiendo un castigo al ser físico, sino que se está sancionando un pensamiento y al castigarse al pensamiento se castiga a la mente y esta, desde luego, trasmite el castigo a todo el territorio humano.

Todo el procedimiento ocurre, pues, en el mundo interno, en la mente, con los efectos reflejándose en lo físico. Cuando la criatura pone la mano en el fuego y se quema, el sufrimiento le hace comprender inmediatamente que debe apartarla. Pero cuando incurre en una calumnia, un fraude, una violencia o en cualquier falta que posteriormente le produce sufrimiento, no consigue entender porqué sufre. No aprende de inmediato, como sucede en lo físico. Él en general no se empeña en descubrir la causa de ese sufrimiento, que reside precisamente en el castigo impuesto al pensamiento, que a su vez, al castigar la mente, distribuye el dolor a todo el territorio humano.

Muchas sanciones –sino todas- son impuestas a los hombres porque pensaron, quisieron, tuvieron la intención o asumieron el riesgo de producir el evento contrario a la ley. Pero en verdad no están siendo sancionados porque pensaron, sino contrariamente, porque no pensaron.

La facultad de pensar exige coordinación, entendimiento, raciocinio y se presta a la creación de pensamientos propios. Todos cuantos conocen la función de pensar y el proceso de maduración cuidadosa que exige la creación de un pensamiento, saben que muy raras veces es utilizada esa noble función.

¿De dónde viene entonces ese superávit de pensamientos que están en las mentes de todos los seres sin que hayan sido creados por ellos, visto que las ideas y las imágenes continúan fluctuando en el ambiente mental en profusión y son numerosísimas?

Tomemos algunas especies de pensamientos, comunes a la gran mayoría de los seres humano de la actualidad. Digo de la actualidad porque el mundo de hoy, merced a los medios de comunicación tele-espaciales, se convierte en eso que los economistas modernos llaman la aldea global, o sea, en un centro de compras global donde las exigencias de confort, salud, placer y habitación y goce de bienes de consume se convierten en patrones más o menos equivalentes en todas partes; y donde tres cuartos de toda la producción mundial es provista por apenas unas 600 macro-empresas.

En la mente del hombre actual existen varias especies de pensamientos que allí se conglomeran y ejercen fuerte presión sobre su voluntad, induciéndolo a satisfacerlos mucho antes de poder ejercitar la noble función de pensar. Están los que corresponden a las tendencias, inclinaciones, hábitos, etc., que actúan como factores de permanente influencia sobre la conducta. Igualmente aquellos que incursionan en la región instintiva dando origen a la formación de un deseo que fustiga al individuo, obligándolo a satisfacerlo. Además, la preocupación económica, con un contingente psíquico de inquietudes, ansias, disconformismo, quejas, protestas, etc.

Siguen las ideas recogidas en los ambientes, en general sin que cada uno se aperciba de ello, como los preconceptos, las fórmulas rutinarias del comportamiento y todo lo que entró en la mente y allí quedó por falta de análisis o de algo mejor. También los pensamientos de curiosidad instintiva, de asuntos pueriles y de asuntos ajenos, alimentados muchas veces por horas de conversación inútil y de divagaciones estériles.

Están todavía los que corresponden a la parte colérica e irritable; la parte que cede a los miedos, al temor y todavía la que corresponde al caos mental que es predecesor de la demencia. Esos temibles pensamientos, huéspedes frecuentes del intelecto, cuando se aglomeran y se propagan a otras mentes por contagio, suscitan el pánico, el terror colectivo o el atizar de odios irracionales.

Los pocos pensamientos de calidad superior, de bien, de elevación, de orden, de gratitud, de respeto, de tolerancia, de libertad, esos pensamientos de índole filosófica, religiosa, científica y artística, acostumbran por eso mismo, sufrir fuertes y poderosas influencias de aquellos otros pensamientos, restándoles el brillo y las energías necesarias para que se manifiesten límpida y preponderantemente.

De ahí la importancia del descubrimiento logosófico que establece una dicotomía entre la mente y el pensamiento, entre el sujeto y el objeto, pues eso permite observar y controlar la acción de los pensamientos, habilitándolo a descubrir cómo nacen, viven, reaccionan, de dónde vienen, cómo se reproducen y mueren los pensamientos que se aloja en su mente.

Es incuestionable e intuitivo el valor que un descubrimiento de esa naturaleza tiene para la investigación en el campo de la criminalística, y de otras ramas del mundo del Derecho.

Las fallas caracterológicas de los seres humanos son consecuencia de las deficiencias psicológicas que, por su parte, tienen origen en el enquistamiento de pensamientos en la mente. La Logosofía define la deficiencia como “el pensamiento dominante que, enquistado en la mente, ejerce fuerte presión sobre la voluntad del individuo, induciéndolo a satisfacer su insaciable apetito psíquico”. (Deficiencias y Propensiones del Ser Humano, pág. 17)

Es tal la influencia y gestión de los pensamientos en la vida del hombre que este llega a ser denominado con el nombre del pensamiento del que es portador. Si es de naturaleza constructiva y cultivada, son genios, sensatos, ilustres, maestros; si son víctimas de pensamientos dominantes u obsesivos, como las referidas deficiencias psicológicas, se lo identifica con el nombre del pensamiento-deficiencia que lo caracteriza: entonces es llamado vanidoso, rencoroso, egoísta, temeroso, intolerante, etc., habiendo aquellos que tomados por otros pensamientos de más bajo nivel, pasan a ser llamados de ladrón, defraudador, falsario, delincuente.

El conocimiento vivo

Pero el conocimiento de tales elementos de nuestro mundo interno tiene que ser hecho en el propio mundo interno y no en el de los semejantes. Jamás se alcanzará la seguridad que otorga la ciencia, si el propio ser no llega a alcanzar el conocimiento vivo y experimental de lo que ocurre en su propio interior metafísico e invisible.

Se debe por lo tanto, realizar un proceso y respetar las leyes que rigen el conocimiento que se aspira alcanzar. Ningún conocimiento puede ser alcanzado sin la realización de un proceso y la observancia de la ley que lo gobierna.

Es semejante a lo que ocurre en nuestro campo con un proceso judicial. Materialmente, el proceso judicial es un conjunto de papeles atados de un lado. Allí se corporiza un conocimiento que se pretende alcanzar. Se observa en la realización del proceso, las leyes que lo rigen. Está la petición inicial, la contestación, el juez, la fase probatoria, los incidentes, etc., para al final llegar al veredicto. Este, por su parte puede ser reapreciado por un grado más elevado de conocimientos, perfeccionándose por medio de los acordados.

En el proceso mental para alcanzar un conocimiento los procedimientos son semejantes. Tomemos a un estudiante que en este momento recibe en su mente la información como la que ahora estamos trasmitiendo sobre la autonomía de los pensamientos. Acogido ese pensamiento en su mente, tiene inicio un proceso. En su territorio mental se instaura el procedimiento con ese principio: los pensamientos son entidades vivas, autónomas según revela el autor de Logosofía. Sigue la contestación, o sea, la de los pensamientos que ya ocupaban un espacio mental para demostrar que no es así, porque los pensamientos son el propio ser, siempre fueron así, titulares de lo que el ser piensa y hace, y tienen hasta derechos adquiridos sobre la voluntad del individuo. El juez, admitida la legitimidad de los contendores, inicia la fase probatoria en que uno y otro deberán probar la realidad de sus alegaciones. A ese efecto deberán ser observadas todas las leyes que también se aplican en el proceso judicial: son las de tiempo, de lógica, de analogía, de correspondencia, de causa y efecto, de movimiento, etc.

En una fase probatoria el estudiante podrá llegar a constatar, por ejemplo, que debe haber realmente una cierta autonomía de los pensamientos en relación a su propia voluntad. Digamos que tenía el propósito de estudiar una lección y toma un libro, lee una página y se da cuenta al final de ella que nada leyó, o sea, que físicamente sus ojos recorrieron el texto pero nada quedó en su mente, visto que otros pensamientos contrariaban su propósito retirándole la atención. Vuelve a insistir en la lectura y nuevamente el hecho se repite. Advierte entonces, que efectivamente, aún cuando tenía voluntad y determinación, estas condiciones ceden a la presión de pensamientos que quiere apartar de su mente, pero no lo consigue, visto que estos  contrarían su voluntad y se imponen en su escenario mental.

Tal constatación sin embargo aún no es un conocimiento. Cuando mucho es una comprensión alcanzada en la realidad fáctica, pero no está incorporada a su consciencia en grado de conocimiento, porque esto implica el dominio del saber alcanzado mediante la reiteración de experiencias en otras circunstancias; el estudio de esas nuevas experiencias y el retorno de la aplicación de lo comprendido, hasta llegar a la forma de conocimiento vivo y dinámico, integrado a la consciencia individual.

Por eso un erudito puede hacer una larga conferencia o escribir un tratado sobre la paciencia, siendo un contumaz impaciente. Porque el conocimiento exige no solamente informaciones y comprensiones, sino sobre todo ensayo, investigación, experiencia y más que eso, el estudio de la experiencia y la experiencia de lo estudiado. Así la imagen ideal llegará a anteponerse a la imagen real, permitiendo que el ser ejerza e incorpore a su propio ser interno, aquel valor que supo estudiar y practicar al punto de tener el dominio absoluto del conocimiento alcanzado aunque no sea capaz de proferir una conferencia o escribir un tratado sobre la paciencia.

El estudio  del sistema mental, propugnado por la Logosofía, es interesantísimo y provechoso, porque puede ser ejercitado en todo tiempo, siempre sobre sí mismo, o sea, sobre el propio sistema mental, para allí ir identificando cuales pensamientos son propios, cuales son ajenos, cuales son de composición mental dudosa y cuales los que simplemente se limita a repetir.

 

Las leyes universales y las leyes humanas

Las leyes que rigen y disciplinan los reinos organizados, el mineral, el vegetal y el animal, son las mismas que actúan en lo humano y en su interior, y son las que inspiran las leyes humanas. Todas las ciencias se sirven de la aplicación de las leyes de evolución, de lógica, de adaptación, de movimiento, de correspondencia, de causa y efecto, de tiempo, de afinidad, etc., la el Derecho no es una excepción, como ya vimos.

Es utilizando esas mismas leyes que se podrán realizar los estudios y experimentos en el mundo inmaterial, ya que rigen igualmente los elementos in natura allí existentes, permitiendo la adaptación, el movimiento, el tiempo, la correspondencia, la lógica, la evolución, etc. en lo que concierne a la mente, a los pensamientos, a los sentimientos y a las manifestaciones instintivas y volitivas.

Se ha consagrado el principio según el cual todos son iguales ante la ley. Pero la ley que rige la igualdad no es estática. Ella sufre movimiento, recibe la influencia del tiempo, establece correspondencia, exige la presencia de la lógica, de la adaptación y sobre todo de la evolución, y por tanto no puede subsistir violentando otras leyes.

Bien interpretado el principio que inspira la ley de igualdad, veremos que esta regirá las mismas perspectivas para aquellos que se encuentran en iguales condiciones y podrán disfrutar de los mismos derechos y prerrogativas en cuanto no exista alteración en el punto de igualdad en que temporariamente se encuentren, porque por la acción de las otras leyes citadas, si se altera  el punto de igualdad temporario, la desigualdad emerge de inmediato, obligando que la igualdad venga a establecerse no allí más, sino en otro plano.

La igualdad debe ser concebida en el plano de equidad y de justicia. Quien, verbi gratia, se inicia en la carrera del Derecho, sabe que solamente por el estudio y la realización podrá ir conquistando sus grados y alcanzando a cada uno de sus superiores en sus respectivas jerarquías. Sería absurdo que el bachiller incipiente pretendiese que el de mayor jerarquía lo igualase retrocediendo hasta colocarse en su posición, siendo que a él  le corresponde efectuar la trayectoria ascendente que lleve a igualarlo con quien es jerárquicamente superior en el mismo orden de conocimientos.

Esa ley de igualdad, por tanto, sufre el influjo de todas las demás, de tiempo, de adaptación, de correspondencia, de evolución, en fin, y lo mismo acontecerá con cada uno de los conceptos estampados en nuestras leyes sociales, notoriamente en la que trata de la libertad, porque si se asegura la libertad de pensar, deberá tenerse en cuenta que no es la misma cosa disfrutar de esa libertad, que ejerce la libertad de expresar lo pensado.

Hay una ley que controla y regula la intimidad, la privacidad del mundo interno del ser humano. Y es una ley porque todos los humanos, sin excepción, gozan y disfrutan de la protección de esa ley que veda la intromisión ajena en el mundo interno propio sin permiso del titular de los dominios. No se cómo podría llamarse esa ley y no la encuentro en ningún texto legal, porque no se trata de la privacidad del hogar, sino del propio mundo interno.

Tal vez pudiese ser llamada ley de discreción. Digo así, porque siempre que infringimos esa ley al llevar al exterior alguna intimidad del mundo interno, debidamente protegido por esa ley, o sea, al infringir esa ley llevando hacia fuera lo que debería haber sido guardado dentro, cometemos una indiscreción y por consecuencia, somos sentenciados por el tribunal interno, al observar y sentir el dolor de la represión de ser objeto de la malicia y el pillaje ajenos o cuando no, de la mala fe con que de ella se hace uso. Y allí queremos ir en busca de las palabras vertidas con indiscreción, sin poder ya recogerlas y retornarlas al silencio del mundo interno protegiéndolas.

¿En qué código de represión de males existe la pena para ser indiscreto? Tal vez no sea necesario que conste en el código, pues es tal el rigor de la sanción que se sufre que es innecesario imprimirla en los textos, y sería difícil graduar la pena por tal infortunio, dada la individualidad y el volumen de la infracción cometida.

Si es cierto que existen leyes bien formuladas, justas y duraderas, y leyes que no están escritas, también están aquella que merecen ser perfeccionadas. Me refiero de modo especial a las que protegen la honra. Los dispositivos legales que contemplan la especie son en verdad, insuficientes, flojos y de difícil aplicación. La calumnia por ejemplo, es un crimen hediondo, tan o más grave a veces que el hurto, y hasta el robo que pueden ser reparados por la víctimas en cierto plazo. Pero los efectos victimarios de la calumnia, en general se perpetúan impunemente para el infractor y perdura mucho en el alma del calumniado, produciendo un terrible estrago en la vida.

SÓCRATES, el ilustre filósofo, no murió porque tomo la cicuta. Murió por la calumnia de Melito, que lo acusó de ateísmo y corruptor de la juventud. La calumnia fue la que se revistió de veneno letal y que quitó la vida del ilustre pensador. Y cuando un discípulo le preguntó: “Pero maestro, sabiendo que se trata de una calumnia, ¿igual va a tomar la cicuta?”, el respondió: “¿Y usted querría que yo la tomase si fuese verdad?”

Contrariamente, no precisamos condenar a los calumniadores a la cicuta pero, precisamos evidentemente fortalecer las leyes de protección a la honra y dignidad de la persona humana, ese fuero íntimo de cada uno, al menos con sanciones similares a las que cuidan de la persona física y de su patrimonio. Esto es lo que queda para esta pléyade de jóvenes aquí presentes a los cuales exhorto a pensar en el asunto, en honra a sus padres, cónyuges, hijos y conciudadanos.

El campo que el conocimiento logosófico ofrece, es un verdadero almácigo para grandes y profundas tesis que podrán ser sustentadas en el futuro. Sobre el libre arbitrio, sobre la libertad de pensar y la de expresar lo pensado, sobre el propio concepto de democracia, sobre la psicología del delincuente, en fin, sobre el propio origen del Derecho, que podrá ser incluido en el de propiedad, visto que el hombre nace propietario de su cuerpo y de un mundo interno que ignora.

Logosofía como auxiliar de toda rama del saber

Así, este nuevo género de investigaciones que se está prestando para auxiliar el Derecho, también lo está en otras ramas del saber, como por ejemplo, en la Medicina y en la Pedagogía.

En el campo de la Medicina señaló el Dr. ERASMO ARRARTE – médico uruguayo – en su artículo “Lo que sabemos sobre la salud” (Revista “Logosofía” No. 38 de febrero de 1944) lo siguiente:

“Exponemos el concepto logosófico del ser humano desde el punto de vista constitucional diciendo que es la resultante de la conjunción armónica de dos organismos: uno mental superior y dirigente; otro físico, inferior y dirigido. De Inmediato surge al entendimiento la importancia capital de este conocimiento a los efectos de la investigación que nos proponemos porque si buscamos la manifestación integral y suficiente de las actividades humanas, el conocimiento de la existencia de estos dos organismos de diferente jerarquía que integran la constitución del ser traza la ruta a la investigación, dirigiéndola hacia el superior y dirigente, ya que estas mismas características indican que en él reside la fuente de todas las actividades humanas y, por consiguiente, en él residen también los elementos que dan integridad, suficiencia y persistencia a esas actividades que configuran la salud; y los mismos factores de juicio nos permiten afirmar que en él se encuentran así mismo, los elementos que pueden restar suficiencia e integridad a las actividades del ser humano, privándolo de la salud.”

Valido de ese nuevo género de conocimientos, ese ilustre médico dedicose a la investigación del ternario mente-voz-sangre con valiosas contribuciones científicas en el particular.

Fácil será comprender el valor de la Logosofía como ciencia auxiliar en los campos de la Pedagogía que tanta importancia tiene en pro de la educación de la humanidad. Aquí mismo en Porto Alegre, recientemente fue pronunciada una muy apreciada conferencia en la Facultad de Pedagogía, efectuada por el conocido pedagogo de Bello Horizonte, el Profesor DALMY SILVA GAMA, autor de varas obras infantiles.

Siguiendo con esa nueva línea de conocimientos consubstanciados con la Logosofía, recientemente en la tesis de doctoramiento en diciembre de 1988, presentada en la Universidad de Paris, la conocida Sorbona, bajo el título “Elements pour une philosophie de l’educación”, ELIE COHEN-GEWERC dedicó todo el capítulo VI de su tesis al que llamó “Eduquer l’individu – C’ est promouvoir son Processus d’ evolucion consciente”, que como antes fue referido, constituye uno de los objetivos de Logosofía. Dice en las conclusiones de su trabajo: “S’il a la faculté de penser, c’est pour penser, c’est à dire, pour créer ses pensées et non pour être le support de celles tournoyant autour de lui”. (pág. 351). ( “Si él tiene la capacidad de pensar, es para pensar, es decir, para crear sus pensamientos y no de apoyo a los que giran alrededor de él”)

Mediante el conocimiento de los elementos in natura existentes en el mundo interno, invisible o metafísico, el ser se internará en el mundo trascendente, y sirviéndose de las leyes que lo rigen, asistido  por un método y una técnica propia, podrá el hombre llegar a conocerse a si mismo, meta tan adormecida desde hace milenios desde que fuera enunciada por el ilustre griego, y fuera completada por PITAGORAS al agregar: “y conocerás el Universo y sus dioses”.

Me referiré en breve síntesis a lo que escribió ALEJANDRO DEULOFEU, creador de lo que llamó “La matemática de la historia”. DEULOFEU es un historiador recientemente fallecido, nacido en la tierra de Salvador Dali, en Gerona, próximo a Barcelona, en España. Ese ilustre historiador dedicó años de estudio e investigaciones sobre varias civilizaciones que pasaron sobre la Tierra y descubrió las leyes que actuaban sobre cada una de ellas, como actúan ahora sobre la vigente civilización occidental, estableciendo todos los movimientos que se suscitan desde el nacimiento hasta la muerte de cada una  de esas civilizaciones.

De los 17 volúmenes que comprenden esa obra, publicó un resumen en un libro titulado “Nacimiento, Grandeza y Muerte de las Civilizaciones” que infelizmente, todavía no fue traducido al portugués.

Ahí demuestra, refiriéndose a cada uno de los procesos históricos conocidos de cada civilización, que ellas nacen, se desarrollan y fenecen tal como un proceso biológico. Tienen su infancia, su juventud y su senilidad. Subsisten un tiempo y después mueren desapareciendo, tal como los organismos biológicos.

Cada un de esas civilizaciones vive o subsiste exactamente de 5.100 años, divididos en tres fases o períodos de 1.700 años cada uno, respectivamente de infancia, de plenitud y de senilidad.

Cada una de esas culturas, son como seres vivos, individuales, con sus matemáticas, medicina, ingeniería, arquitectura y arte propia y peculiar de cada una, siendo admitido que deben haber tenido su Derecho, o su estructura jurídico-social diferenciada. Cuando ella muere, desaparece hasta su lengua, quedando apenas lo que se podría llamar los restos mortales, estampados en las ruinas de sus obras.

Lo curioso que se nota en todas, es la repetición de los movimientos, en los mismos períodos o etapas de cada ciclo. Así por ejemplo, hay una fase llamada “colosalista”, en que cada cultura erige grandes obras monumentales. Los egipcios irguieron las pirámides en la misma etapa del mismo ciclo, que es el segundo ciclo de la juventud, en que los chinos irguieron sus murallas. Aunque cada cultura produce sus obras en el propio estilo, todas obedecen como a un movimiento impuesto por una ley matemática, comportándose con igual reacción.

Pues bien, una de las conclusiones a que llegó DEULOFEU fue, que todas esas culturas se extinguieron sin llegar a conquistar el conocimiento de si mismas. Y todas ellas lo preconizaron, en la misma etapa, del mismo ciclo, en que en la cultura griega aparece un SÓCRATES con el “cogito, ergo sum”, siguiendo los dictámenes de la matemática de la historia.

El asunto merece mayor análisis y reflexión. No se lo que diría DEULOFEU, pero en lo que propone el Prof. EDUARDO D’OLIVEIRA FRANCA, me atrevo a decir que el descubrimiento de GONZÁLEZ PECOTCHE, consustanciado en el conjunto de principios que conforman la Logosofía, constituyen la clave con que se ha de descifrar el enigma.

Me honra estar en el escenario del ambiente de hombres de ciencia del Derecho como este, para proclamar tan trascendental descubrimiento para el porvenir de la humanidad.

El Derecho de Autor existe como tal hace poco más de 150 años. Es todo un Derecho subjetivo, con su disciplina material y eminentemente internacional. Ahora, solamente ahora, después de casi dos siglos del inicio de sus desarrollo es que viene a consubstanciarse en una Cátedra en los Cursos Jurídicos. Por iniciativa de los Profesores ANTÔNIO CHAVES, MIGUEL REALE y OSCAR BARRETO la materia autoral transformose en una Cátedra específica en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Pablo, en actitud pionera en cursos de formación jurídica en América Latina.

Cuando de aquí a algunos años o décadas las Universidades descubran la importancia de instituir en sus cursos la Cátedra Logosófica, sea en este país, sea en otros donde el curso viene ganando enorme interés, deberá ser erguido el cetro de la gloria en homenaje de gratitud a esta generosa Facultad de Derecho del Sur de Minas, que  pioneramente osó enfrentar el tema, en los fines de 1990.

“Frente a la plétora de pensamientos inconexos, de ideas abstractas, sin asidero posible en la razón que las escudriña; frente al atrincheramiento de la viejas y de las nuevas creencias, que, pese a ello, no soportan el análisis sensato y consciente, la Logosofía planta la bandera revolucionaria del pensamiento contemporáneo para decir al mundo que en la mente humana, solo en la mente humana, se ha de hallarse la gran clave que descifre todos los enigmas de la existencia.

“Ni siquiera en el campo de las deducciones o de las analogía pudieron los pensadores de antaño y hogaño acercarse a sus verdades. Perdidos en el laberinto de las suposiciones y las hipótesis, trataron, no hay duda, de buscar todos los sustitutos imaginables del conocimiento de sí mismo, antes de enderezar el entendimiento hacia concepciones más amplias de la propia vida. Claro que cuando el clavo es invisible no hay posibilidad de dar con él… Para verlo debe limpiarse el entendimiento de toda engañosa ilusión de sabiduría; entonces sí se hará visible lo que la ignorancia hizo creer inexistente.”

Nada más.

* * *

 

Publicado en la Revista Jurídica Minera No. 80 de Diciembre de 1990, registrada en el S.D.I. del Supremo Tribunal Federal con el nro. 016/87, como repositorio autorizado de jurisprudencia. Reproducida en el libro “Un mundo conocido. Un mundo por conocer. Y algo más…” de María Ester Luppino de Aisa (ISBN 978-987-05-9243-3)


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