El orden universal

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

De la revista “Logosofía” no.68 (Agosto de 1946)

Existe un orden universal preestablecido que mantiene el equilibrio de la Creación en todas sus dimensiones.

La tierra, como parte integrante de la Creación, cumple su función evolutiva a través de grandes procesos que se verifican en sus entrañas y en todos sus confines. El conjunto de sus manifestaciones físicas se llama Naturaleza, y es esa misma Naturaleza la que expresándose en un sinnúmero de variaciones, muestra a la inteligencia humana que todo en ella se lleva a cabo mediante procesos que se efectúan con precisión matemática. A la realización de esos procesos se debe la presencia de infinidad de maravillas que la Naturaleza pone de manifiesto a los ojos humanos, y es a ellos que debe el hombre cuanto sabe, pues de la observación de los mismos extrae los más valiosos elementos para su iniciativa.

Es de lamentar que los seres humanos, excediendo las prerrogativas de su saber y de sus fuerzas, hayan alterado, como puede comprobarse a través de los hechos que apunta la historia, el orden existente, porque teniendo este orden íntima conexión con el orden universal, acontece que cada vez que él es quebrado sobrevienen en el mundo cataclismos, guerras, miserias y agitaciones de toda especie.

Esta amarga realidad se ha evidenciado muchas veces en el curso de los siglos, y a juzgar por la frecuencia con que en estos últimos tiempos, sobre todo, se ha repetido tal alteración, parecería que el hombre estuviese cansado de vivir en este planeta y buscase su exterminio a fin de renacer en otro. ¿Qué si no esto podría pensarse después de ver producirse en el espacio de unos pocos años las más espantosas guerras que soportar pudo la humanidad, y después de ver, asimismo, que no obstante las lecciones que de ellas pudieron sacarse, estamos aún asistiendo a debates internacionales que muestran hasta qué punto ha llegado la incomprensión de los seres humanos?

¿Por qué suceden estas cosas? ¿Qué fuerzas fatales son las que lanzan esos vientos huracanados que agitan la respiración y la mente de los hombres, golpeándolos unos contra otros, y demoran su marcha, lenta ya, hacia la meta cumbre de sus destinos, deteniéndolos en sus afanes de superación? ¿Qué influjo incontrastable mueve las acciones de los hombres bajo la influencia del egoísmo y la intolerancia? ¿Qué engendro maligno ha podido efectuarse en su alma y en su corazón hasta convertirle en instrumento destructor de su misma especie? ¿Es que, acaso, no se ha dado cuenta que van acercándose los días finales de la existencia humana? ¿Cuánto tiempo falta para la tan temida hora apocalíptica del juicio final? El que medie entre estos instantes y aquél en que los hombres que tienen en sus manos los destinos de la humanidad, cierren sus ojos, sus corazones y sus conciencias y lancen por el mundo los terribles e indomables elementos que sembrarán la muerte, la destrucción y el exterminio total de la raza humana. Y todo, ¿por qué? ¿Qué razones podrían invocarse si ello aconteciera? Sería necesario confesar, y ello seria muy triste, por cierto, que el hombre, y al decir el hombre decimos la humanidad entera, que es su descendencia, se declaró indigno depositario de todos los bienes que Dios puso sobre la tierra para su felicidad. ¿Acaso ha venido a ella para formar parte de las especies inferiores? No; las criaturas humanas que la pueblan son también entidades creadoras que pueden, desarrollando cada día más su capacidad individual, construir un mundo en el que a todos les sea posible vivir, progresar y realizar su destino, cumpliendo así el alto objetivo de su existencia. Es, precisamente, por esa condición creadora que resulta más inconcebible aún que el hombre no haga uso de sus prerrogativas y dedique sus afanes a destruir antes que a crear.

Es muy probable, o casi seguro, que haya sido el olvido de las lecciones históricas lo que hizo incurrir a los seres humanos en errores cada vez más irreparables. Quizá unos de esos grandes errores o, mejor, la causa que indujo a cometerlos, sea la seducción del poder, y luego, la influencia nefasta que éste ejerce sobre el espíritu. Ejemplos de esto tenemos desde los albores del mundo: Caín no habría matado a Abel si la ambición de convertirse en absoluto no hubiera carcomido sus entrañas. Hombres y pueblos fueron reproduciendo el hecho bíblico a través de las edades.

La idea de dominar y someter al semejante es un bacilo mental que parecería hallarse en latencia en todas las mentes humanas, bacilo al que nunca se combatió con remedios heroicos y que por ser de características violentas, cada vez que hace su aparición, como un mal inevitable, se producen devastaciones, guerras y calamidades que asuelan a pueblos enteros. La maldición recaída sobre Adán por haber querido robar el cetro del poder supremo, cuando fuera seducido por la serpiente de la ambición, fue toda una realidad, y aunque el misterio cubrió de velos el episodio edénico, el género humano ha venido sufriendo hasta el presente las consecuencias de aquel primer desvío.

El proceso de las generaciones en armonía con el orden universal demuestra que el hombre no puede substraerse a la influencia de las leyes que lo mantienen, y que toda vez que intenta alterarlo, debe experimentar como contragolpe, rudos castigos y no menos duros sufrimientos. Por ello es de anhelar en estas horas tan afligentes que vive la humanidad, que la imagen del Creador no se aparte de la mente de los hombres y que recuerden éstos que si a todos infundió la vida y la dio también a cuanto existe, deber de la criatura humana es conservarla y no cometer el gran pecado de destruirla en su propio semejante.

 

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