Ética en el lenguaje

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

De la revista “Logosofía” N° 62, pag 24 (Diciembre de 1942)

Uno de los elementos que con más frecuencia utiliza el hombre, tanto para hacerse entender como para establecer una relación armónica con sus semejantes, es la palabra, la que, como ha sido expresado en otras oportunidades, es la conductora del pensamiento individual y la que contribuye en mucho a la formación del propio concepto.

La importancia que ella reviste o, mejor aún, asume en la vida, se evidencia en múltiples formas, y sabido es que cuanto más respetable es la posición del que habla, tanta más confianza inspira su palabra, que, de no sufrir modificación alguna, se mantendrá como elemento de juicio para prestigiar el concepto de quien la emite.

Cuando la palabra es pronunciada para manifestar una convicción, definir una actividad o una situación, o expresar un sentimiento, y lleva en sí el sano propósito de brindar a los demás la oportunidad de conocer el pensamiento que la anima, tiende siempre a superar el concepto de quien la emite; muy otra cosa sucede con aquella que es vertida con el ánimo de engañar o que surge sin reflexión, en un impulso fugaz, por cuanto suele afectar o herir a quienes la oyen, aun cuando nada tengan que ver con la misma, pues el solo hecho de escucharla causa mal efecto, contribuyendo, por otra parte, a que se elabore un juicio adverso respecto al que la expresó.

Las palabras deben contener lo que el mismo ser contiene: si es noble, su palabra será noble y nunca jamás habrá de descender a la deslealtad o a la falsedad; si es honrado, todas ellas tendrán que ser honradas; si es culto, a su vez ellas serán cultas. Se identifica así la palabra a la calidad moral de quien las pronuncia.

Las personas inspiradas en el bien, utilizan, indudablemente, palabras de bondad, constructivas, estimulantes; las que están inspiradas en el mal lo hacen respondiendo a esa inspiración; las que actúan por irreflexión, por debilidad, etc., las que comúnmente se dejan arrastrar por pensamientos de esa índole, emiten, en consecuencia, palabras que contienen elementos contrarios a las normas de bien.

Cuando se desconoce el valor de las palabras, se las usa sin control alguno. En este caso se hallan, por lo general, aquellos que no acusan ninguna responsabilidad, o que carecen de educación y cultura. Y aquí, la sentencia “Cuida tus palabras para que no te hieran a ti mismo” cobra una alta significación, por cuanto en la mayoría de los casos, las palabras dichas sin reflexión son causa de grandes contrariedades e infortunios. Una palabra ofensiva, por ejemplo, expresada bajo la sugestión de un momento de violencia, concluye las más de las veces por causar mayor daño a quien la dijo que a quien la escuchó.

Quien piensa bien, se esfuerza en hablar mejor. Beneficioso resulta, entonces, aprender a sincronizar los movimientos de la mente con la expresión oral, de modo que la palabra sea la conductora fiel del pensamiento; de ello resultará que la palabra se revestirá de interés, contrariamente a lo que sucede cuando se habla sin pensar en lo que se dice, pues en este caso la palabra suele aparecer hueca o sin sentido.

Si se quisiera presentar una imagen que reflejara con más vívido colorido el mecanismo de la palabra, habría que figurarla como una vagoneta que a medida que pasa por el conducto vocal, es llenada con el pensamiento que formará su contenido. Cuando no se ha dispuesto previamente la labor mental que habrá de llenar esa función, la vagoneta, o sea la palabra, sale vacía. En cambio, cuando dicha labor ha sido efectuada, el pensamiento es conducido en la palabra que se emite, pudiendo a la vez ser tendidos los rieles a fin de que la vagoneta, con su correspondiente contenido, cumpla sin inconvenientes su destino. Tal acontece con los que enseñan, con los que hablan y establecen la afinidad de pensamientos con los que les escuchan, y, por encima de todos ellos, con los que por su elevada posición de estadistas, hombres de ciencia, etc., dirigen sus palabras a la humanidad, que saben está pendiente de ellas.

Se da el caso, sin embargo, de muchos que pretenden haber tendido esos rieles de entendimiento con sus semejantes, mas en el momento de lanzar sus palabras, éstas chocan entre sí produciendo la confusión y el desconcierto.

Los que conocen el valor de la palabra y cuidan de ella, llevan buena cuenta de las que pronuncian y las mantienen en constante recuerdo, por cuanto saben que también deben defenderlas de la tergiversación o desnaturalización.

En la identificación de las propias palabras tiene gran importancia no olvidar la circunstancia en que fueron dichas, quiénes las escucharon y el pensamiento que les dio vida. El que es capaz de reconocerlas no sólo demuestra ser su verdadero dueño, sino que inspira en los demás una absoluta confianza. Nadie confía en aquel que las niega, sea por olvido o maliciosamente, o porque sabiendo que fueron equivocadas, no le conviene sostenerlas.

La ética en el lenguaje se define por el carácter sencillo y a la vez elevado de los términos que se emplean como expresión, y por la modalidad de quien los usa, que debe estar a tono con la elevación del mismo. De ello se desprende lo fácil que puede resultar conocer el grado de cultura de las personas. Es obvio decir que cuanto mayor riqueza hay en el lenguaje o más prolijo es el examen de los pensamientos que se exponen, tanto mayor es la eficiencia en la labor constructiva de la palabra y amplio el concepto que se dispensa a quien la expresa.

La palabra sirve al ser para atacar o defenderse; cuando ella está al servicio del bien, en todos los casos cumple su verdadera misión; cuando se la usa para el mal, la naturaleza de esa función queda desvirtuada.

Gran empeño puso el hombre en lograr que sus semejantes tuviesen fe en su palabra, pero tal empeño hubo de convertirse en una lucha constante, debido a que siempre obraron las contradicciones en perjuicio del ansiado objetivo. Siempre fue mayor el número de las palabras que no traducían la fiel expresión de su pensamiento; por tanto, la confianza que en ellas pudieron inspirar fue relativa y, a veces, en muy mínima escala.

Es después de mucho andar, cuando el hombre, ya serenado su espíritu por las mil contingencias por que hubo  de pasar, se dispone seriamente a cuidar sus palabras como a su propia vida. Pero ello no es suficiente; se requiere, para que tengan valor y fuerza, el apoyo de obras, hechos y ejemplos que demuestren la naturaleza de las mismas. Recién entonces comienza a aumentar el crédito de sus palabras entre sus semejantes.

En síntesis: la palabra es uno de los elementos con que el hombre suele labrar su felicidad o su desdicha, según sean las manifestaciones de su propio espíritu.

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