Hacia una humanidad más consciente

De la Revista Logosofía N° 51 de marzo de 1945

por Carlos B. González Pecotche

Cuando se repasan los hechos históricos que señalaron el principio o el fin de épocas gloriosas o de decadencia, y se detiene el entendimiento a meditar sobre lo que cada uno de ellos ha significado y significa para la reflexión de los hombres, se experimenta, sin poderlo contener, un sacudimiento espiritual, una alegría a la vez que una congoja y, sobre todo, un ferviente anhelo de ser útil a la humanidad.

Ese anhelo es, precisamente, el que mueve a los seres humanos a mejorar sus condiciones y calidades, en un amplio y generoso gesto de superación espiritual. Y es en ese afán que los hombres encuentran sus mejores estímulos y las más nobles inspiraciones de bien.

Pero la humanidad, que se agrupa en razas o en pueblos de distinto idioma, hábitos, etc., pertenecientes, sin excepción, al género humano, está formada por grandes masas de diverso tipo psicológico, distanciadas entre sí mental y espiritualmente, según el grado de adelanto que acusan unas u otras, y según las costumbres, creencias o inclinaciones de sus pensamientos, todo lo cual establece dentro de ese conjunto diferencias que culminan a veces en extremos antagonismos, y son causa, desde tiempo inmemorial, de los tantos conflictos producidos en el mundo; conflictos que al rodar los años y los siglos fueron aumentando el volumen de las contiendas y de los desastres, quedando como saldo, jirones de humanidad, lo que, quiérase o no, ha ido debilitando al hombre y hasta, podría decirse, ha alejado de sus posibilidades la gran figura arquetípica de sus altos destinos.

Mucho tiene que ver en esto el abandono a que incomprensiblemente parecería haberse entregado la humanidad en el curso de los siglos, abandono de sus condiciones y calidades, y, sobre todo, de la solicitud para atender la única realidad que da expresión a su existencia: la conciencia.

Excedido el límite de todos los deseos y exigencias que suelen determinar el conjunto de las aspiraciones humanas y aun de sus razonables ambiciones, el ser humano, en casi permanente agitación, fue sumergiéndose poco a poco en la inconsciencia, o sea en un oscurecimiento que sin trastornar mayormente su razón, la fue embriagando tenuemente hasta convertirla en instrumento que justifica a la vista de los demás los errores o desvíos en que incurre.

Volver, pues, a la humanidad al pleno goce de sus facultades y al uso consciente de su razón, es y debe ser el mayor imperativo de la hora presente.

No hay que olvidar que siempre fueron unos pocos, en relación al número de seres humanos que pueblan la tierra, los que tuvieron la responsabilidad de guiar a los hombres por el camino que debía conducirlos al cumplimiento de sus fines más elevados. De modo que el peso de esa gran responsabilidad recayó en todas las épocas sobre esos pocos que debieron pensar por los demás. Y bien; ¿no habrá llegado ya el tiempo de que esa responsabilidad sea compartida por un mayor número de seres, y de que cada día aumente la cifra de los que piensan y de los que colaboran en tan magna labor?

La respuesta surge afirmativa porque la lección que la actual guerra ha de significar para la humanidad es demasiado grande como para no ser comprendida en su profundo contenido. Ha llegado, pues, el momento de que la humanidad toda sea más consciente de su propia existencia y de cuanto le pertenece en razón de su primordialísima función civilizadora. Cada integrante de la especie humana deberá alcanzar en el futuro más próximo esa conciencia que le llamará no pocas veces a la reflexión; conciencia de sus deberes para consigo mismo en cuanto concierne a la necesidad ineludible de una superación de sus valores individuales; conciencia de sus deberes para con la familia y para con la sociedad.

Se sabe que el despertar de la conciencia no se produce en todos del mismo modo: mientras en las mentes cultivadas o habituadas a ciertas disciplinas surge como una eclosión de luz que alumbra una nueva y más amplia fase de la vida, la de mayor trascendencia, en las que no tienen cultivo se promueve en tímidas manifestaciones de comprensión, que recién alcanzan su culminación cuando han llegado a las condiciones de aptitud exigidas por tan importante acontecimiento.

La era que se inicia con la terminación de la contienda actual será, pues, la era de la responsabilidad; la de los deberes y de los derechos; es decir, habrá llegado el momento de comenzar definitivamente la era de la evolución consciente.

Bien se ha visto cómo el pensamiento de los grandes estadistas y de las opiniones rectoras que hacen público el criterio que se forma entre las masas, ha ido modificándose en estos últimos tiempos, sobre todo en el correr de este último año, coincidiendo todos en que el mundo debe ser conducido por caminos más rectos, más justos y más amplios, donde la dignidad humana encuentre sus expresiones más puras y elevadas.

La libertad, que es fundamento esencial de la vida, forma el vértice del triángulo cuya base descansa en el deber y en el derecho. Frente a este ternario que plasma la síntesis de la responsabilidad humana habrá que alzar la conciencia de los hombres y hacer que ella se manifieste en todo su esplendor y máxima potencia. El futuro de la humanidad depende de esta realización. En ella encontrará la clave que asegurará la paz sobre la tierra.

 

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