Algo sobre las leyes que rigen los procesos de la creación

De la revista “Logosofía” L N°  74

Por Carlos B. González Pecotche

Después de observar la labor incesante que durante diez y seis anos viene cumpliendo silenciosamente el conocimiento logosófico, puede recién apreciarse con toda claridad cuánto se ha hecho y cuánto queda aún por hacer en bien de los que lo cultivan.

Las leyes que rigen los procesos de la vida universal, sabias y perfectas como todo lo que nos muestra la creación, determinan para cada obra que debe cumplir una función universal, perío­dos de iniciación, evolución y perfeccionamiento, en los cuales se gradúan etapas que en el desarrollo de los acontecimientos humanos se caracterizan por trechos intensivos, de grandes esfuerzos o viriles entusiasmos, que promueven positivos avan­ces en dirección a la meta cumbre que allá, a lo lejos, intuye la mente y presiente el corazón como realización del ideal que el hombre se forjara en momentos de emprender la marcha y dis­poner su espíritu para la gesta heroica y bella que se prometió cumplir.

Otras etapas se particularizan por su pasividad, pues sólo se tiende en ellas a conservar la distancia alcanzada desde el punto de partida con su secuela de beneficios obtenidos. Es en éstas donde muchos defeccionan, desviándose hacia otras direcciones, sin que se den cuenta que esos rumbos tomados al azar, si bien pueden atraer, carecen de incentivos y, sobre todo, del gran estímulo del ideal concebido y luego abandonado, cuyo principio de realización se evidenció en las fuerzas que alentaron el espíritu en el empeño, en la lucha y en los triunfos.

Malograr un proceso que edifica el bien, es volver al punto de partida o ambular por sus alrededores para no confesar el fracaso. El pesimismo y la decepción contagian pronto el ánimo lle­vando al ser al decaimiento, estado tan absurdo como el de la credulidad, que priva al hombre del placer del discernimiento para entregarlo lascivamente en brazos del fanatismo. Aquel que a esto llega, ignora ‑o teme saberlo, quizá‑ que el pesimismo o la decepción es impropia del ser racional, Demuestra que es incapaz de afrontar las situaciones tal como se presentan, y que no tiene remota noción de lo que es la vida en las múltiples variaciones de su complicada configuración física, psicológica y espiritual.

Quien diga que es pesimista, sea cual fuere la situación a que quiera aludir, declara, implícitamente, que de él nada debe espe­rarse en auxilio de alguna solución. Comúnmente se dice: “Para qué voy a hacer esto, si no conseguiré nada”, postura ésta propia del que jamás hará algo que le demande un esfuerzo porque de antemano duda de sí mismo; del que si alguna vez emprende un trabajo, lo hará tan lleno de cobardía y de inseguridad que no podrá menos, para justificar su fracaso, que atribuir a la fatalidad lo que esperaba como sentencia de su propio pesimismo.

Volviendo al fondo de nuestro tema, diremos qué existen también etapas en las que de nuevo florece el entusiasmo y el espíritu se llena de renovadas energías, al igual que la Naturaleza cuando la primavera renueva la savia de los árboles y viste de flores las plantas que permanecieron mustias durante el invierno, aparentemente inertes, esperando el soplo fertilizante de la estación. Es en estas circunstancias donde los “pionners” que avanzan en primera línea al frente de la humanidad, redoblan sus empeños y exaltan sus entusiasmos, siguiendo ese mismo ejemplo los que tras ellos preparan sus ánimos para cumplir una nueva jornada, que los acerque un trecho más a la meta elegida.

El conocimiento logosófico tiene, entre otras, la virtud de cons­tituirse en poderoso estímulo para quien lo aplica a su perfeccio­namiento. Sabido es que no hay trabas más obstinadas ni obstáculos más rebeldes para la vida del hombre, que sus propias deficien­cias, sus defectos; en una palabra, su ignorancia. Posee, asimismo, dicho conocimiento, la virtud de reactivar la facultad del recuerdo, de suerte que, contrariamente a lo que suele ocurrir, no es fácil olvidar una experiencia, un paso difícil, aun cuando no se presenten iguales. Los que han cultivado el conocimiento logosófico durante años, saben por propia experiencia y convicción lo que éste repre­senta para la evolución.

En estas horas de gran expectativa, la humanidad necesita, más que nada, una verdadera orientación. Después de haber roda­do muchos de los que habitan este planeta por todos los suelos del mundo, ensangrentados unos, enlodados otros, inestables los gran­des principios que dieron esplendor a las civilizaciones del pasado y alcanzaron hasta la civilización del presente, la humanidad nece­sita confiar nuevamente en algo superior y real que reanime la existencia y esfume para siempre la tristeza que ensombrece sus ojos, a fin de que todas las criaturas que pueblan este mundo, cuyos caminos son tan accidentados como tempestuosos sus horizontes, vuelvan a mirar la vida y el futuro sin temores, con el júbilo que despierta la esperanza en horas mejores.

El conocimiento logosófico es, precisamente, ese algo superior y real de que hablamos, capaz de volver al hombre la fe perdida y ayudarle a encontrarse a sí mismo, abriéndose paso en medio del laberinto de sus ideas para internarse decididamente en el campo de las propias convicciones y preferencias. Cultivando ese campo volverán a cosecharse los verdaderos frutos, y la humanidad dejará de padecer las calamidades que viene sufriendo desde tiempo inme­morial, consecuencia lógica de sus desvíos y de su apartamiento del buen camino.

 

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