El trabajo y el obrero

Preocupaciones fundamentales sobre el problema social

De la revista “Logosofía” N°  75 (marzo de 1947)

Por Carlos B. González Pecotche

Nadie ignora, pues es asunto debatido en el mundo entero, que el problema social es una preocupación que conmueve no sólo a hombres de gobierno, estadistas, filósofos y escritores, sino a toda la sociedad humana. Ya no se habla de este problema incluyendo en él, en amplios estudios sobre costumbres, cultura, necesidades, tendencias y prerrogativas de cada pueblo, a toda la sociedad; tam­poco se habla de hallar soluciones que pongan punto final al pro­blema. Diríase que nadie se atreve a plantearlo en forma definitiva.

¿Será ello porque se ha llegado al convencimiento de que nada puede edificarse con miras permanentes, en tierras tan movedizas como lo son las pretensiones humanas? Lo cierto es que no hay ser humano que pueda quebrar la inexorabilidad de las leyes. Por más poderoso que sea, jamás podrá poner en un recipiente más agua que la que éste sea capaz de contener; la que exceda se derrama inevitablemente. Del mismo modo se derramará, porque es inevitable, toda mejora que sobrepase los límites de la capacidad humana de comprender y aprovechar dicha mejora sin hacer de­rroche de ella. De ahí que sea tan necesario, como lo hemos pre­dicado siempre, que paralelamente a la ayuda que se alcance a las clases obreras, se las instruya para que sepan usar y no abusar de la misma. Sólo así habrán de disfrutar con holgura el bien que reciben, pues con la comprensión de sus deberes, asegurarán su porvenir no exponiéndolo a la inseguridad por causa de no saber administrarse en la nueva posición en que se encuentren.

El problema social, en nuestros días, atañe al obrero, exclusivamente. Los demás miembros de la familia humana parecerían estar excluidos de la misma, en cuanto a este problema se refiere. Y aquí queremos hacer mención de la clase media, que por ser la más sufrida y comprensiva, tal vez prefiera no representar una carga que aumente aún más el peso de las preocupaciones que afligen a los gobernantes y estadistas de todas las naciones del mundo. Esta clase es la que siempre hubo de soportar la presión de los que están por encima de ella y de los que hallándose por debajo la empujan a situaciones casi insostenibles.

Dicho fenómeno se ha repetido sin variación alguna en el se­no de todos los pueblos de la tierra. Sin embargo, gran número de obreros e hijos de obreros pasa a formar parte de esa clase media cuando se hacen comerciantes, industriales o abrazan alguna profesión, y también aquellos que habiendo alcanzado por sus esfuer­zos ubicación en la clase alta o aristocrática, Vuelven a ella por falta de adaptación a las exigencias de esa vida social con su secuela de compromisos y obligaciones.

Enfocado, pues, el problema social exclusivamente en él obrero, los otros enfoques y estudios que no inciden directamente en el mismo, tal como hoy se encara, deben ser relegados a segundo término.

No hace mucho, en ocasión de celebrarse el primer aniversario que las autoridades actuales asumieron el gobierno, el Jefe de Estado pronunció un discurso en el que reiteraba la preocupación que le ocasionaba el problema social en nuestro país. Su palabra fue dirigida especialmente a las masas obreras, siempre ávidas de nuevas mejoras y conquistas. Había en las manifestaciones del Presidente, un ferviente deseo de inculcar comprensiones bási­cas sobre la cuestión, desde que exhortaba a todos, en tono vibrante, a “trabajar y producir”.

“Trabajar y producir”, he ahí la consigna que cada hombre de trabajo debe cumplir para no ser un elemento disolvente en la sociedad. Bien se sabe que los que más trabajan y producen, son los que menos gritan, protestan y derrochan, porque sus pensa­mientos tienden más al cumplimiento de sus obligaciones y debe­res, que al abuso de sus derechos. Por consiguiente, encauzar a los hombres en la disciplina del trabajo, guiándoles por los caminos del orden, será un medio eficaz para lograr con miras permanentes, cuanto se aspira en este sentido.

Encomiable y digna de colaborar en ella habrá de ser toda obra que tienda a ayudar a las clases trabajadoras; pero, en la mis­ma forma que se han contenido, y aún reprimido, los abusos del capitalismo, también deben, por fuerza de ley, contenerse y repri­mirse los abusos de los que, llamándose trabajadores, dificultan la labor de los mismos y buscan toda suerte de ocasiones para hacer menos y exigir más. De ahí que la exhortación del Jefe de Estado, de “trabajar y producir”, sea de verdadera oportunidad.

Tiempo es que la familia argentina se una en la conciencia de sus responsabilidades, deberes y derechos. Y entendemos que esto llegará a alcanzarse cuando cesen los privilegios generales, que colocan a los malos en igualdad de méritos que los buenos, desorientando y desestimulando a los últimos frente a la situación de inferioridad que tal estado de cosas les crea.

Cuando los hombres alientan la esperanza de ser más de lo que son y de poseer más de lo que tienen, no se limitan a cruzarse de brazos o a levantarlos en alto para reclamar, sin esfuerzo de su parte, el objeto perseguido. El hombre que trabaja, busca el esti­mulo en el propio trabajo, superando sus condiciones y capacidad para lograr adelantos, los cuales jamás le han sido negados, y al­canzar posiciones cada vez más destacadas.

Es de esperar que la comprensión de las situaciones y del pro­blema social en sí, se vea facilitada por las solemnes declaraciones sobre los derechos del trabajador que el Gral. D. Juan D. Perón formuló en el acontecimiento citado y que nos place transcribir como sigue:

“I.           Derecho de trabajar. ‑ El trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades espirituales y materiales del individuo y de la comunidad, la causa de todas las conquistas de la civilización y el fundamento de la prosperidad general; de ahí que, el derecho de trabajar, debe ser protegido por la sociedad considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo ocupación a quien la necesite.

“II          Derecho a una retribución justa. ‑ Siendo la riqueza, la renta y el interés del capital frutos exclusivos del trabajo humano, la comunidad debe organizar y reactivar las fuentes de producción en forma de posibilitar y garantizar al trabajador una retribución moral y material que satisfaga sus necesidades vitales y sea compensatorio del rendimiento obtenido y del esfuerzo realizado.

“III        Derecho a la capacitación. ‑ El mejoramiento de la condición humana y la preeminencia de los valores del espíritu, imponen la necesidad de propiciar la elevación de la cultura y de la aptitud profesional, procurando que todas las inteligencias puedan orientarse hacia todas las direcciones del conocimiento, e incumbe a la sociedad estimular el esfuerzo individual proporcionando los medios para que, en igualdad de oportunidades, todo individuo pueda ejercitar el de­recho de aprender y perfeccionarse.

“IV Derecho a condiciones dignas de trabajo. ‑ La consideración debida al ser humano, la importancia que el trabajo reviste como función social y el respeto recíproco entre los factores concurrentes de la producción, consagran el derecho de los individuos a exigir condiciones dignas y justas para el desarrollo de su actividad y la obligación de la sociedad de velar la estricta observancia de los preceptos que las instituyen y reglamentan.

“V           Derecho a la preservación de la salud. ‑ El cuidado de la salud física y moral de los individuos debe ser una preocupación primordial y constante de la sociedad, a la que corresponde velar para que el régimen de trabajo reúna los requisitos adecuados de higiene y seguridad, no exceda las posibilidades nor­males del esfuerzo y posibilite la debida oportunidad de recuperación por el reposo.

“VI         Derecho al bienestar. ‑ El derecho de los trabajadores al bienestar, cuya expresión mínima se concreta en la posibilidad de disponer de vivienda, indumentaria y alimentación adecuadas y de satisfacer sin angustias sus necesi­dades y las de su familia en forma que le permita trabajar con satisfacción, descansar libre de preocupaciones y gozar mesuradamente de expansiones espiritua­les y materiales, impone la necesidad social de elevar el nivel de vida y de trabajo con los recursos directos e indirectos que permita el desenvolvimiento económico.

“VII Derecho a la seguridad social. ‑ El derecho de los individuos a ser amparados, en los casos de disminución, suspensión o pérdida de su capacidad para el trabajo, promueve la obligación de la sociedad de tomar unilateralmente a su cargo las prestaciones correspondientes o de promover regímenes de ayuda mu­tua obligatoria destinados, unos y otros, a cubrir o complementar las insuficiencias o inaptitudes propias de ciertos períodos de la vida o las que resulten de infortunios provenientes de riesgos eventuales.

“VIII Derecho a la protección de su familia. ‑ La protección de la familia responde a un natural designio del individuo, desde que en ella generan sus más elevados sentimientos afectivos y todo empeño tendiente a su bienestar debe ser estimulado y favorecido por la comunidad como el medio más indicado de propender al mejoramiento del género humano y a la consolidación de principios espirituales y morales que constituyen la esencia de la convivencia social.

“IX Derecho al mejoramiento económico. ‑ La capacidad productora y el empeño de superación hallan no natural incentivo en las posibilidades de mejoramiento económico, por lo que la sociedad debe apoyar y favorecer las iniciativas de los individuos tendientes a ese fin y estimular la formación y utilización de capitales en cuanto constituyan elementos activos de la producción y contribuyan a la prosperidad general.

“X Derecho a la defensa de los intereses profesionales. ‑ El derecho de agremiarse libremente y de participar en otras actividades licitas tendientes a la defensa de los intereses profesionales, constituyen atribuciones esenciales de los trabajadores que la sociedad debe respetar y proteger, asegurando su libre ejercicio y reprimiendo todo acto que pueda dificultarle o impedirlo.”

Quedan, ahora, por ver lo que de tales pensamientos vaya consumándose y los resultados que sobrevengan. Anhelo de todos es que acontezca lo mejor, para bien de los habitantes del suelo ar­gentino, noble y grande patria a la que todos deben servir desde su puesto de lucha, con amor y perseverancia invariable.

 

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