Artículos y Publicaciones (Recopilación) – (1937)

Prólogo del libro

Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Con el objeto de facilitar cada vez más la tarea de los investigadores y hombres del pensamiento y que la opinión pueda tener a su alcance los elementos de juicio que siempre son indispensables para formarse un concepto claro, en este caso, de la obra que se está realizando para bien de toda la humanidad, y de la Logosofía, como nueva y exclusiva concepción de su autor, he reunido en este tomo los más importantes artículos y publicaciones aparecidos en “El Heraldo Raumsólico” y en diversos diarios de la Argentina y el Uruguay

El pensamiento raumsólico se halla bien delineado en los diversos escritos recopilados en este libro, pudiendo cada lector apreciar cuál es la orientación que imprime al encarar los problemas que le preocupan o dilucidar los temas que trata.

Se destaca entre las publicaciones el criterio expuesto al contestar los ataques que me fueran dirigidos de un tiempo a esta parte, y puede advertirse a través de las meditadas reflexiones que formulo, el conjunto de enseñanzas que contienen, tendientes todas a conducir a los obstinados difamadores hacia una realidad inobjetable, imposible de ser apartada de los hechos que hubieron de configurar el pretendido argumento que utilizaron quienes, sin fundamento alguno, promovieron un movimiento de opinión que luego fue enteramente desfavorable para ellos y de imponderable valor para consolidar el prestigio bien ganado de los preceptos que sostiene la cátedra raumsólica.

La crítica pierde su sentido esencial y deja de serlo, cuando se pretende utilizarla con espíritu de menosprecio o de chanza. Dije en otra oportunidad que ella debe ser sana y superior, y no concretarse simplemente a señalar defectos o deficiencias. Para que pueda tenerse en cuenta, debe el crítico mostrar sus credenciales de tal, con obras de mérito superiores a la que critica.

No es pretendiendo ridiculizar una obra o su autor como se puede ser útil o cooperar en la ardua tarea de perfeccionamiento. Sucede generalmente que para los empedernidos criticadores constituye un delito que otros hagan obras que merezcan el aplauso unánime, pues parecería que lo hecho es lo que, según ellos, se habían propuesto hacer, guardándose de comunicar a nadie sus intentos. En cambio, el buen crítico es sobrio, justo y toda obra, sea de quien fuere, le inspira profundo respeto. Por ello, sus observaciones o críticas son tenidas en cuenta, ya que sólo guía su pensamiento, señalar con imparcial postura los defectos, con el único y exclusivo propósito de que el autor al corregir su obra se eleve al máximum de belleza, de armonía y de perfección.

Es indudable que en toda obra de grandes proyecciones, como lo es, por ejemplo, la nueva Escuela de Logosofía, se adviertan en sus comienzos defectos de forma, de presentación o de cualquier otra índole, pues no es una obra realizada y por lo tanto inconmovible, como podría serlo una escultura, un cuadro o un escrito, sino que todavía está en gestación, que acciona, se mueve y evoluciona hacia la meta aspirada, la que colmará de ventura, cuando sea alcanzada, a los que tesoneramente siguen las inspiraciones de su autor. Recién entonces, habrá llegado el tiempo para “los críticos de primera fila” que podrán pronunciar su altiva palabra.

Los seudocríticos lanzan su diatriba intencional y maliciosa mucho antes de terminarse la obra. Por ejemplo, acusan al arquitecto de los mil defectos que a su criterio aparecen en un edificio que está a medio construir, y sin conocer el proyecto ni haber estudiado los planos, lo tildan de incapaz, de falto de idoneidad y otras cosas más. Recién cuando la obra está terminada, con gran satisfacción dicen: “¿Ven Uds.? Gracias a nuestra mediación ha podido hacer una cosa bien hecha”. Al pintor y al escultor que no son de su preferencia –rara vez la tienen por alguno– no los dejan en paz y su obra tiene que ser irremisiblemente mala por el solo hecho de no pertenecerles. Si no fuera que los seudocríticos han sido ya severamente juzgados por la opinión y nadie repara en ellos, la gente habría tenido que usar amortiguadores similares a los que emplean los aviadores para taparse los oídos.

La obra raumsólica también ha debido soportar las impertinencias de tales críticos durante largos meses consecutivos. Se la juzgó de mil maneras, se intentó destruirla a toda costa y hasta se llegó a decir que tanto el autor como la obra habían desaparecido. Ella recién está en sus comienzos; apenas si se han delineado al presente los perfiles más austeros de su gran estructura. La sola enunciación de sus principios, inspirados en el más puro cristianismo y en las altas concepciones de la sabiduría egipcia, parecería que ha causado no pocos sobresaltos a los que no pueden comprender el pensamiento de los genios.

La obra raumsólica está demostrando la fortaleza invulnerable del espíritu que la anima, al contrarrestar con sus poderosas reservas morales, el ataque inusitado e incesante de sus adversarios ideológicos.

Para aquellos que no han seguido de cerca el movimiento raumsólico y no han leído las publicaciones atinentes al pensamiento inspirador del mismo, el presente volumen será de gran utilidad, pues se compenetrarán rápidamente de la posición ideológica que sostiene y difunde la Escuela que lleva su nombre.

Sirva, pues, este libro de elemento de juicio como las demás obras ya editadas, para que el lector aventajado y culto adquiera la convicción más profunda de que en el autor encontrará siempre un amigo dispuesto a servirle y auxiliarle en la solución de todos los problemas que la compleja mente humana pueda plantearle.

RAUMSOL, 25 de junio de 1937

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