Declaraciones de Raumsol, el autor de la Logosofía

La nueva ciencia del presente

Por Carlos B. González Pecotche, de su libro “Artículos y Publicaciones (recopilación)” de 1937

A pesar de haber estado publicando desde el año 1930, fecha en que fundé la Escuela de Logosofía, una gran cantidad de enseñanzas en las que bien claro dejaba traslucir mi pensamiento, parecería no haber sido suficiente, y es el caso, que en vista de las tergiversaciones o simplemente erróneas interpretaciones que pudieran haberse hecho sobre lo que en sustancia expresaban, he decidido formular algunas declaraciones que estimo necesarias en los momentos actuales, ya que ellas han de contribuir eficazmente a disipar cualquier duda o prejuicio en aquellas personas que de un modo directo o indirecto han vertido conceptos equivocados respecto a lo que es la Logosofía y la Escuela que difunde sus enseñanzas.

Advertiré en principio, que es cosa archisabida, que cada uno es dueño de pensar como mejor procedan sus puntos de mira y sus posibilidades mentales, y es libre también de emitir sus pensamientos o sus juicios, causa por la cual no está en mí ni en nadie, el pretender privar a ninguno que me haga llegar las manifestaciones netas y espontáneas de su espíritu, sean éstas de la más pura espiritualidad, de carácter intelectual o científico o implemente expresiones que revelen sentimientos despertados por el entusiasmo que las enseñanzas puedan causar al ser confirmadas interna e individualmente.

Tengo a propósito, innumerables cartas y trabajos firmados por discípulos (hasta de los que fueron separados de las actividades de la Escuela), en los que me expresan durante años consecutivos, sus constantes confrontaciones sobre el mérito indiscutible de las enseñanzas aplicadas a la vida práctica, que es lo que más necesita la humanidad en estos momentos.

Me he propuesto, pues, ponerme más en contacto con todos, ya que la labor de instruir a los muchos que he atendido solícitamente para explicarles más amplia y extensamente el manejo y utilización de la enseñanza logosófica, me había demandado media docena de años, tiempo en que hube de consagrarme por completo a la preparación de los diferentes puntos que abarca la Logosofía, con el objeto de irlos exponiendo, como lo he hecho, al conocimiento general.

La revista “Aquarius” así lo atestigua en sus seis años de existencia, y luego estas columnas; asimismo prestigiosos diarios y revistas publicaron artículos y notas de distinguidas personas del ambiente intelectual de nuestro país y el Uruguay, tratando con alguna amplitud el tema. De modo que no existió jamás nada oculto ni motivo de inquietud, pues sensatamente ha de pensarse que el autor de una obra, debe permanecer, no digo en silencio mientras trabaja en ella, sino adoptando, como lo he hecho, una posición de prudente aislamiento, hasta llegado el momento de dar a conocer su pensamiento suscrito al pie de su misma obra. Hoy hago, y con sumo placer, estas declaraciones, desde que satisfago así a la opinión que ha reclamado insistentemente de mí un pronunciamiento directo.

No he de pasar por alto, empero, diversas circunstancias, que si bien en este artículo no las abordaré con la extensión que requieren, las mencionaré de paso, significando con ello que me ocuparé más adelante de las mismas.

Una cosa que en verdad no dejó de llamarme la atención, es que a ciertas metáforas o expresiones literarias que encerraban un marcado simbolismo, se les atribuyera un significado que jamás estuvo en mi ánimo ni en mi pensamiento. De ahí que preferí, posteriormente al año 1933, suministrar la enseñanza que comprendía la concepción logosófica del hombre y el universo, en forma simple, elemental y clara (ver “Aquarius” 1934, 1935 y 1936), para no ser objeto de erróneas interpretaciones. Bien pronto pude apreciar la favorable acogida que este nuevo aspecto en que eran presentados los estudios logosóficos encontró en el ambiente general, a juzgar por la gran aceptación que tuvieron las enseñanzas, lo que motivó un mayor esfuerzo de parte mía y de todos mis colaboradores, a fin de atender las múltiples tareas que implicaba la afluencia cada vez mayor de personas a la Alta Escuela.

Se ha criticado que los discípulos me llamen Maestro, palabra que habitualmente usan para nombrarme familiarmente; y es el caso de preguntar a los que tal punto de vista emitieron, con qué nombre llaman ellos mismos a quienes enseñan aquello que el que aprende no sabe. (Pienso que he dejado bien aclarado este punto). Además, todos cuantos me prodigan el nombre de Maestro tienen tanta libertad de hacerlo como los que me confieren, en virtud de lo que observan y aprecian a través de la enseñanza que he dado a conocer, los títulos de filósofo, sabio, hombre de ciencia u otro cualquiera, pues ninguna ley lo impide, como tampoco existe aún ninguna ley que reprima a quienes deliberadamente injurian, faltan al respeto y mienten, valiéndose de los peores medios y no menos despreciables actitudes. Para castigarlos sólo se necesitarían leyes que ampararan el decoro y la dignidad de las gentes, tan ultrajados en los tiempos presentes por el abuso y aprovechamiento de las personas inescrupulosas y de antecedentes no muy recomendables.

Sin embargo, se ha observado algo muy sugestivo y que demuestra mejor la improcedencia de las críticas que acabo de mencionar, y es que los detractores utilizan el mismo término para designar a sus autores favoritos, aun cuando éstos sean a veces de libros indeseables o repudiados por la opinión sana y decente.

Pienso que ha sido siempre y continuará siendo uno de los principales objetivos de la ciencia oficial, buscar para la humanidad el mayor bienestar posible, tanto en el logro de defensas y elementos que conserven la salud física, como en las condiciones cada vez más perfeccionadas en que debe desenvolver sus actividades, así como la religión buscó siempre una protección para el espíritu y un motivo permanente para las preocupaciones de orden moral y místico de los hombres. Nada ha hecho, pues, la ciencia ni la religión que no haya sido exclusivamente para el hombre.

De ahí a que se haya llegado a la última palabra, falta todavía un buen espacio de tiempo.

Enfoquemos ahora el estado actual porque atraviesa la humanidad, y surgirán diversos interrogantes que espero habrán de contestarme alguna vez quienes puedan sentirse capacitados para ello.

Hagamos, por ejemplo, un balance científico y religioso. ¿Ha podido la ciencia oficial, con todos sus desesperados esfuerzos, hacer mejor al hombre? ¿Lo ha conseguido la religión? La respuesta está trazada a grandes rasgos sobre el escenario europeo, donde se encuentran los principales actores del drama mundial que está viviendo la presente civilización.

No quiero, en ninguna forma, significar con ello que no haya habido de parte de unos y otros los mejores intentos y no se hayan agotado todos los recursos de la ciencia y la religión para evitar la creciente confusión mundial; pero, es bueno confesar entonces, que si todo ha sido inútil, se deben, como lo hace el enfermo crónico, probar todos los remedios en la esperanza de salvar el gran cuerpo que contiene la humanidad, antes que el mal haya minado su organismo.

En vista de ese inminente derrumbe social y moral en que se estaba precipitando la humanidad, decidí preparar un plan de reconstrucción general del hombre sobre las bases de una nueva estructura mental, psicológica y moral, mediante la renovación del entendimiento (Pablo Apóstol a los Romanos. Cap. XII. Vers. 1 y 11) y utilización de los valores internos del ser, en pro de un perfeccionamiento gradual de todos los resortes de la inteligencia y la voluntad, que fuera de efectos permanentes.

No ignoro, por cierto, que en muchos haya existido tal vez un propósito semejante, pero si alguien hubo de ensayarlo, nunca se vio resultado alguno que significara o representara más bien un verdadero avance en ese sentido; y el mundo siguió dando sus tumbos sin que los pasos difíciles e inciertos encontraran la roca firme donde asentar sus plantas, para marchar de una vez por todas hacia una realización más consciente y duradera en el camino de la evolución y del perfeccionamiento.

Instituí, pues, como principio inalterable de la nueva ciencia que me proponía dar a conocer, el ya célebre axioma: “Quien de vosotros quiera llegar a ser lo que no es, deberá principiar por no ser lo que es”, que tan claramente expliqué algún tiempo después en la revista “Aquarius” (año 1935, pág. 67) al decir, entre otras cosas, que ese aforismo ponía de manifiesto la necesidad imprescindible de llegar a ser siempre algo mejor de lo que se había logrado ser, hasta conquistar las posiciones más elevadas en el rango de la sabiduría.

Se desprende de estas consideraciones, que si hubieran sido expuestos alguna vez durante las generaciones que partieron desde los primeros siglos del cristianismo, conocimientos de la especie que he puesto de relieve en la Logosofía sobre el sistema mental, la red psicológica, las razas atómicas, biognósis, gnosis mental, etc., de los cuales me ocuparé con alguna extensión en estas mismas columnas, con seguridad que nadie los hubiera ignorado, como aconteció hasta los momentos actuales. Sin embargo, desde el año 1930 los fui dando a conocer sin que observase en ninguno el menor indicio de saber algo al respecto y sobre las conclusiones que expuse acerca de los mismos tenían.

Sentada, entonces, esta verdad que espero nadie dejará de admitir, a menos que pueda precisar lo contrario y mostrar una evidencia mayor, aparece bien claro que los conocimientos mencionados eran de mi exclusiva pertenencia, y lo prueba también el hecho de que la única Escuela de realización y experimentación logosófica que existe en el mundo y que funciona regularmente desde el año 1930, contando en la actualidad con ciento diez importantes centros de estudio e irradiación en el país y en el extranjero, fue fundada y es dirigida únicamente por quien suscribe estas líneas.

Esta prueba absoluta basta para no perderse inútilmente en cavilaciones estériles, desde que lo expresado se halla documentado en más de veinte ediciones de la revista “Aquarius”, en “El Heraldo Raumsólico”, obras raumsólicas, folletos y últimamente en las enseñanzas que fueron propaladas en veintidós audiciones semanales radiotelefónicas oficializadas.

Además y es bueno que lo sepan mis amables detractores, ya que no les puedo llamar críticos por ser este término empleado únicamente para las personas que merecen ser tenidas en cuenta como tales por su reconocida ecuanimidad en los juicios y apreciaciones que emiten, y sobre todo por el prestigio de sus opiniones, la palabra Logosofía con que designé la ciencia que he dado a conocer, jamás fue conocida, pues ha sido creación propia y deriva del léxico griego, cuyo significado, no literal sino efectivo, es la ciencia de la sabiduría, puesto que nadie es más sabio que el Logos universal, ya que como entidad es la cumbre jerárquica de la inteligencia suprema y Dios, su espíritu, su esencia y su razón de ser.

Por otra parte, esta palabra está perfectamente encuadrada y conforme a las reglas de la lexicografía, y se sobreentiende que al significar ciencia de la sabiduría, todos los esfuerzos de la misma tienden a elevar al hombre a un nivel más alto en los cuadros respectivos de su realización consciente, iluminando su inteligencia en la medida de las posibilidades individuales del ser.

El nombre de Raumsol, que adopté desde el principio y con el cual me di a conocer, no debe sorprender a nadie, desde que es costumbre inveterada de todos los editores, escritores, filósofos, etc., aparecer con un nombre simbólico para que sea más familiar y fácil de citar.

Voy a referirme ahora, a la parte divina que con tan mala intención han tergiversado los mismos seres que me atacan. Accedo gustoso a que cada uno aprecie y valore mis enseñanzas como mejor le parezca o como se lo permitan sus posibilidades mentales, y agregaré más, he repetido muchas veces lo que afirmaron otros filósofos antes que yo, que en todos los seres humanos existía una parte divina que era necesario despertar. Mis detractores quieren que esa parte divina no exista en mí sino en ellos y yo no puedo oponerme a que piensen de ese modo, pues bien sabido es que a cada uno se le conoce por sus obras y al hombre de la actualidad no es fácil que se le engañe con embustes, sino que se le convenza con hechos que  representen esfuerzos en bien de todos.

Solicito por lo tanto de alguna tolerancia para aquellos que han necesitado de estas explicaciones que siempre pensé innecesarias, pues lo que a mi juicio debía interesar más, no era el envase sino su contenido, y si lo que existe dentro se estima valioso, sólo se deseará conocer su procedencia más bien por codicia que por curiosidad.

Cuando un enfermo, por ejemplo, advierte mejoría con un tratamiento, lo sigue y su fe aumenta en razón directa a la salud que va recuperando. Si alguno deseare conocer al médico que descubrió el específico, sólo sería en este caso para testimoniarle su gratitud y no otra cosa, como acontece en todos aquellos que reciben un bien sin que jamás hayan visto al ser que se lo hizo.

El mundo sufre una crisis moral y social que es necesario contrarrestar a fondo, suministrándole los elementos de defensa que requiere su estado actual. Siempre, desde los tiempos prehistóricos hasta el presente, fue un signo característico y precursor de los dolorosos desenlaces que ha debido soportar la humanidad, ese estado de violencia y agitación creciente que se advierte en todos los ambientes como una amenaza constante para el orden, la armonía y la paz general. Estado del cual sacan partido las ideas disolventes, que puestas al servicio del mal semejan bandadas de cuervos que vuelan sobre la tierra esperando el momento de saciar sus apetitos macabros. Lo mismo ocurre cuando una enfermedad está por hacer crisis en el cuerpo humano; los síntomas que preceden al momento final, se ponen de manifiesto por las fiebres violentas, los delirios, y el recrudecimiento de los dolores, siempre que en el cuerpo haya un solo vestigio de defensa.

Se entenderá que esos elementos de que hablo para contrarrestar el mal, habrán de ser por supuesto, lo contrario a la violencia, oponiendo a la fuerza la razón y el derecho, pero fortalecidos ambos con una voluntad unánime, sólidamente afirmada en la conciencia del deber, para que las generaciones venideras no sean, como ya dije una vez, los jueces del mañana que señalen con el dedo este lapso de la historia .

La mente humana sufre en la actualidad una especie de vértigo mental y psíquico, al punto que la paz ha comenzado por perderse en cada ser y, en consecuencia, en cada familia, para luego extenderse a cada nación y abarcar continentes enteros.

La Logosofía comienza por restituir la paz en el individuo y luego en la familia, a fin de que su realización en el mundo llegue a ser un hecho evidente. ¿Cómo lo logra? La crónica logosófica establece una larga lista de casos bien documentados, de multitud des seres que llegaron a la Escuela en estado verdaderamente deplorable, llenos de inquietudes, tormentos económicos, preocupaciones de toda índole, cuyos hogares era, como ellos mismos espontáneamente manifestaran, algo así como un infierno, por las asperezas del carácter, la intolerancia familiar, etc., y luego fueron y siguen siendo el dulce refugio de sus espíritus, donde reina el amor y la armonía. Ello ha obedecido simplemente, al hecho de haber practicado y aplicado las enseñanzas elementales a todos los órdenes de la vida.

Principia pues, la enseñanza logosófica, por organizar el sistema mental; en otras palabras, por establecer un orden perfecto en todas las actividades de la mente, guiándola hacia razonamientos de indudable eficacia que hacen experimentar al ser un bienestar jamás soñado y le permiten sentir a la vez, un alivio inmediato de las cargas mentales que le deprimían.

Esta circunstancia feliz para el desenvolvimiento intelectual y espiritual, facilita la realización en breve tiempo, de un cambio de trascendental importancia para la vida y el ser. Al poner en práctica los conocimientos que adquiere para uso y beneficio propio, en primer lugar, y luego de los demás, a quienes siente la necesidad de ayudar como fuera hecho con él, se habilita para descubrir muchas cosas que antes permanecían ocultas a su percepción, cada vez más desarrollada en virtud de la elasticidad mental y la iluminación constante de su inteligencia con el auxilio de la Logosofía.

El hecho de que miles de personas sigan las enseñanzas de Logosofía y me escriban de múltiples puntos del país y sobre todo del mundo entero recabándome constantemente mayores elementos de estudio, demuestra bien a las claras la importancia que ellas tienen para el hombre en los momentos actuales que vive la humanidad.

El mal radica en la mente de los hombres, he dicho en más de una oportunidad y lo he demostrado a través de innumerables casos examinados por la Logosofía. La ciencia debe, pues, enfocar sus futuras investigaciones en dirección al esclarecimiento total de los misterios del ambiente mental. y la mente en sí, y se convencerá de que ha dado con la tecla, es decir, con la raíz misma de los múltiples fenómenos, tanto psíquicos como fisiológicos, que hasta la fecha no han podido ser explicados. Se trata de estudiar, no las mentes enfermas o anormales que entran en el campo fácil de la psiquiatría, sino las sanas, principiando por la propia y siguiendo más allá, con las de los demás. La ciencia desconoce el modo, los métodos y hasta los más elementales medios para encarar el problema, pues jamás se supo que hubiese pensado en ocuparse de este asunto.

Ofrezco, por lo tanto, la oportunidad para que los hombres de ciencia, filósofos, psicólogos e intelectuales del mejor cuño que aun no se hayan detenido a meditar sobre el punto que expongo, puedan conocer con amplitud esta nueva fase del conocimiento humano.

No dejaré por cierto, de satisfacer con el mayor placer los requerimientos que se me formulen, y puedo adelantar que arribarán a las más firmes convicciones sobre los descubrimientos que señalo en la Logosofía, tal como otros ya lo hicieron, testimoniando haber encontrado ahora, con el auxilio de los conocimientos logosóficos, nuevas perspectivas en el campo de la ciencia, y no menos nuevos y valiosos medios de observación clínica en los casos difíciles o inalcanzables a la penetración científica del presente.

Y si todo cuanto expreso en este artículo no fuere suficiente para disipar hasta el último vestigio de escepticismo que pudiera existir, estoy en condiciones de poder asegurar que en muy pocos años ello no sólo será de convicción unánime en los círculos más calificados del pensamiento, sino que estará en la conciencia general.

Me remito pues, al veredicto del tiempo, que ha sido, es y seguirá siendo, mi más grande aliado y mi más formidable amigo. Quiero decir con esto, que el tiempo fue siempre quien se encargó de ofrecer a la gran cantidad de discípulos que me acompañan -la mayoría hombres de ciencia, profesores, catedráticos y universitarios -, las pruebas más elocuentes y terminantes de todas mis afirmaciones de ayer. Por ello dije y he publicado en varias oportunidades, que no se debía creer en mis palabras, porque consideraba esto muy cómodo e improcedente, sino que debía llegarse al conocimiento de las mismas; a saber cada uno por cuenta propia la verdad que ellas expresan, utilizando el discernimiento y la lógica como los mejores medios para comprobarlo. De ahí, que preferí se me conociera a través de las enseñanzas antes que personalmente, y se me juzgara a través de ellas, pues, por desgracia, los necios, los inaptos del pensamiento, que son verdaderos parásitos sociales, abundan siempre y no escatiman en utilizar los peores procedimientos para hacer el mal, a pesar de que son bien conocidos porque tienen la mente llena de fantasmas y delictuosas intenciones.

Las personas ilustradas y serias ya tienen bien formado el concepto que la nueva Escuela les merece y eso basta para no extenderme sobre el punto. Además, dije ya que la mentira sólo tiene una duración limitada; antes y después de ella aparecerá siempre la verdad en toda la fuerza de su expresión.

Pienso que muy pocos han podido ofrecer garantía semejante de la bondad y excelencia de una cosa, que no estando en el acervo actual de la ciencia, se pone a su alcance para que efectúe con ella los exámenes o experimentos que estime necesarios.

Ya tendré ocasión de ratificar y confirmar estas palabras personalmente en su momento oportuno, y mientras tanto, vuelvo a repetir que la concepción logosófica del hombre y del universo no es una ideación empírica, sino una realidad tangible y demostrable, más por la exactitud de sus sorprendentes descubrimientos y el resultado invariable de los problemas que resuelve, que por la visibilidad objetiva, que no en todas las cosas cabe practicar, como se ha visto también en la ciencia oficial.

No pueden pues, en mi opinión, mejorarse las condiciones del hombre, o mejor aún al hombre en sí, sino se le prepara sobre las bases de una consciente organización mental y psicológica, pues en ello y no en otra cosa estriba el secreto de la realización humana, si se quiere que su evolución sea verdaderamente efectiva y real.

La Logosofía, al descorrer el velo y descubrir cómo accionan, viven, se reproducen y trabajan los pensamientos, asignándoles una existencia propia y de prerrogativas ajenas a la voluntad del hombre común, pone a su alcance los más grandes medios de defensa y un poderoso conjunto de conocimientos que lo elevarán indiscutiblemente a un nivel de cultura intelectual y espiritual que civilización alguna ha podido alcanzar hasta el presente.

Por lo tanto, declaro terminantemente que la Escuela de Logosofía no inculca creencia, ni es ninguna secta, sino una escuela de realización eminentemente científica, pues la Logosofía es una ciencia nueva en toda la extensión de la palabra. Ella estudia cuanto atañe al hombre y al universo.

Ahora, como la Escuela no debe concretarse a ello solamente, entra también en sus programas de estudio, la filosofía y el arte, como asimismo, la elevación moral, etc., por comprender todas ellas las más altas miras del espíritu humano.

Prometo extenderme en otros artículos y formular nuevas declaraciones que estimo convenientes y que con toda seguridad habrán de aclarar puntos de vital importancia para todos.

Artículos publicados en los diarios “La Capital”, “Tribuna” “Democracia”  “El Heraldo Raumsólico”, de Rosario (R. A.) y en “La Mañana”, “El Día”, “El País”, “EL Pueblo”, ”Uruguay”, “EL Diario” y “El Plata” de Montevideo (R. O. U.) en los meses de octubre y noviembre de 1936.)

 

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