Despenalización del aborto

Diario “El País” de Montevideo – 13 de abril de 2004

Por Jorge N. Dusio

En cuanto al tema de la defensa de la vida humana antes de su nacimiento, a medida que se intercambian opiniones se observa una maduración. Se nota la tendencia a buscar las razones fundamentales, la raíz del tema.

El respeto a la vida humana parece ser el punto central, aunque llama la atención que la mayoría solo se refiere a la parte física o material de su existencia. Casi nadie ha hecho referencia a la otra parte que define mucho más precisamente la condición humana, que es la parte inmaterial, extra-física, llamada a veces alma, a veces espíritu, a veces conciencia. Ella parece merecer menor consideración, quizás porque se la subestima o quizás porque no se reconocen sus tempranas manifestaciones en el niño, siendo motivo esto de una bastante generalizada indiferencia y hasta falta de respeto hacia el niño.

Véase si no con cuanta frecuencia se saltea su turno frente a un mostrador, no se detiene el ómnibus a recogerlo, no se escucha con atención sus opiniones, se subestiman sus sentimientos al tomar nosotros los adultos decisiones personales que los afectan a veces de por vida, o se les inculcan creencias y temores absurdos reñidos con la razón, pretendiendo resolver así su educación moral o espiritual, cosa que también deja huellas de por vida.

Casi nunca en estos casos se tiene en cuenta que el niño es ya un ser completo y sumamente perceptivo de todo lo que le rodea, aunque mentalmente muy vulnerable todavía.

Parece fácil entender pero casi impracticado todavía, que si se incentivara una forma de educación edificante, positiva, equilibrada, plena de imágenes de vida, de bien, llena de estímulos reales, sin infundir temores ni miedos, ni amenazas directas o veladas, entonces, sin lugar a dudas, el amor a la vida, el equilibrio de la razón, la sensatez y los sentimientos sanos, defenderían por sí solos la vida propia y ajena. Y no solo en la matriz materna, sino en todas sus etapas, donde también el ser humano sigue siendo humano, aunque piense diferente, tenga una religión diferente, o no la tenga.

 

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