Facultades sin facultad

De la antología “Para los ratos libres” (cuaderno 3)

Por Celia Testa (Celtes)

Larga era la fila de estudiantes que se formaba para inscribirse y continuar los estudios en Facultad. Se movía despacio, lánguidamente, hasta que se produjo una gran confusión. Resulta que los empleados administrativos estaban tomando las inscripciones y a cada estudiante le preguntaban, además del nombre y dirección, qué Facultad elegía para estudiar. Unos decían Medicina, otros Abogacía, Arquitectura y otras, hasta que llegó un muchacho grandote y decidido, que contestó: “Yo quiero la facultad de pensar”.

Imposible les resultó a los administrativos disuadirlo, pues cuando le dijeron que esa facultad no existía fue lo mismo que negarle a un francés la existencia de París. Ahí empezaron las dificultades. Que no existía era una observación muy limitada, decía el muchacho, porque había mil pruebas de que tenemos una facultad de pensar, aunque él no sabía dónde.

Los administrativos le explicaban que “facultad” es un centro de estudios especializados y le nombraron algunas, pero el joven argumentaba que él quería un centro de estudios especializado en hacer pensar. Decía que no elegía Medicina, porque más que alargar la vida de sus semejantes quería dar un contenido a esas vidas. Abogacía tampoco, porque por sobre las cambiantes leyes nacionales, están las inmutables leyes de la naturaleza y eran ésas las que quería conocer observando y reflexionando, o sea pensando. Arquitectura no le atraía porque prefería construir destinos más que edificios; Ingeniería no, porque el equilibrio que buscaba era el interno y con esos otros argumentos insistía en anotarse en la facultad de pensar.

La noticia de la elección del joven se fue extendiendo y toda la fila la comentaba a lo largo y a lo ancho, y las opiniones se dividían y los discutidores se unían. Unos decían que esa facultad existía y otros que no. Unos opinaban que esa facultad se desarrolla en todas las aulas de estudios y otros que en algunas solamente se memoriza y no se piensa; algunos decían que esa es una facultad o prerrogativa de los seres humanos pero no es una casa de estudios y los menos se limitaban a encogerse de hombros y decir que el pensar y las demás facultades de la inteligencia, no tienen Facultad. Otro joven opinó que era mejor como estaban las cosas, porque si todos aprendieran a pensar, nadie podría prever adónde llegaría el mundo y él temía la ira de dios. Dijo que lo mejor sería que unos mandaran y los demás aceptaran sin pensar. Para eso, para dirigir, él pediría directivas a sus superiores.

Mientras el de las directivas pedía órdenes a quienes pensaban por él, los administrativos seguían tomando inscripciones y el muchacho decidido salía en busca de la facultad de pensar y de quien le enseñara a usarla. Los demás estudiantes quedaron en la fila reconociendo que la facultad de pensar o sea la prerrogativa que tiene el ser humano para liberar el sabio que cada uno lleva a dentro, es la que deberá presidir todas ls facultades universitarias, pues esa facultad, aunque se desarrolla con los estudios, pocas veces se enseña a usarla. A todo esto, yo me sentí contenta al descubrir una nueva facultad a mi disposición, pero tendré que aprender a usarla.

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