Logosofía y Democracia

Artículo publicado en la Revista “Logosofía” en Octubre de 1945

Por el Prof.  Dardo V. Cabiró

Se ha dicho, con todo acierto, que la democracia es humanista, en el sentido que propende al mayor desarrollo de las ricas posibilidades del hombre. Crea el clima propicio ‑tal como lo ha demostrado elocuentemente la experiencia histórica‑ para el desarrollo de los valores del espíritu, en forma que ningún otro régimen lo permite

Observando cómo esa condición de la democracia es altamente virtuosa a los fines del perfeccionamiento humano, hemos pensado en que ese valor hombre, cimiento básico y objetivo esencial de la democracia, necesitaría el auxilio directo de aquello que lo hiciese consciente y responsable de la posi­ción que ocupa, de infinitas probabilidades constructivas. Porque si un régimen de  convivencia social respeta y justicieramente otorga al hombre una amplia esfera de libre iniciativa y movimiento ‑con los consiguientes derechos y ga­rantías‑, lógico es entender que éste disponga de elementos que lo ca­paciten para un buen uso de esas prerrogativas, a fin de que se ponga, en la realidad de su pensar y sentir íntimos, a la altura de la importancia que le concede el orden jurídico democrático.

Por ello, entendemos que la democracia necesita para su cabal, sincera y eficiente realización, una enseñanza para sus integrantes, que la vitalice en la ardua lucha de todos los días mediante la realización consciente, por parte de aquellos, de sus postulados humanistas.

La Logosofía da al ser, en mérito a su superior ética y a su peculiar concepción del hombre, una “mayor capacidad consciente y discernitiva”, que lo habilita a un uso recto y honesto de la libertad y lo pone en condiciones de ejercer sus derechos, con claro juicio y objetiva razón. Ella se nos presenta como la alta fuente de donde surge la corriente fertilizante que, imantando las mentes humanas, vendría a llenar, con un contenido humano altamente perfeccionado, los moldes amplios y generosos de la normatividad jurídica democrática.

Es de gran interés señalar que no basta que se otorguen posibilidades de pacífica convivencia y desarrollo de la individualidad, sino que es necesario se suministren al hombre los elementos que hagan posible el mejor y más proficuo aprovechamiento de ellas, para felicidad y provecho de la sociedad y sus integrantes.

Rousseau adivinó tempranamente las dificultades de realización del régimen democrático, y que él sintetizó en su conocida frase: “Más que un gobierno para hombres, la democracia es un gobierno para dioses”.

Raumsol ha advertido ya, que entre la naturaleza divina y humana, con haber diferencias substanciales, no existe imposibilidad alguna de conciliación entre ambas y de alcance de la última a la primera.

En un ambiente de libertad y de tolerancia, en donde tiene plena licitud el juego de las opiniones más diversas, y en donde la que reúne más número de voluntades sale triunfante, obvia decir que hay que cuidar, muy especialmente, los procesos formativos de esas mismas opiniones. Que ellas no sean concebidas al influjo de factores aparentes, y hasta mentidos, como sucede desgraciadamente, sino que su formación esté presidida por una razón soberana y una clara inteligencia.

En la época que vivimos, con los medios rápidos, al instante, de comunicación, es fácil engendrar corrientes mentales, de opinión, a través de continentes y mares. Si bien la propaganda ‑la difusión en general‑ es controlable, este hecho, aun ejercido con nobleza, no es del todo grato a la conciencia democrática, que pide más y más libertad.

Se hace necesario dotar a cada hombre, a cada mente, de los instrumentos de defensa para que, por sí, pueda discriminar las opiniones que arriben a su territorio mental. Este imprescindible contralor es individual y determinado por la propia razón.

La Logosofía tiene un macizo capítulo dedicado a las defensas mentales del hombre, buscando con ello que éste no sea un autómata, obediente a sugestiones foráneas, sino que sus actos de decisión reconozcan la sola voz de mando de su razón, substanciada en el conocimiento real.

Somos optimistas frente al porvenir de la democracia porque pensamos que los principios fundamentales de la evolución consciente del ser humano, preconizada y enseñada por la Logosofía desde años atrás, se propagarán y serán practicados con plena responsabilidad por quienes tienen una concepción superior de la vida.

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