El secreto de la función creadora del espíritu

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

De la revista “Logosofía” Nº 7 pag 3 (julio de 1941)

Mucho se ha hablado del espíritu en su consideración empírica, o desde el punto de vista metafísico que le concibe como algo inmaterial e invisible.

Nosotros nos vamos a apartar discretamente de todos los criterios conocidos para determinar por nuestra parte lo que la Logosofía establece sobre el mismo como expresión substancial.

El hombre en sí no seria más que una forma humana semejante a tantas otras, si no hubiera un espíritu que lo animara. Al decir forma, nos referimos al envase humano con todos sus accesorios internos. Lo que le hace experimentar al cuerpo la vida, es el aire con su dosis de oxígeno –por cierto no determinada ni señalada por el hombre– (1), y, en segundo término, el alimento que lo conserva y fortalece.

Pero si en el hombre no actuara el espíritu refundiéndose en la vida misma para levantarlo, hacerle caminar y hacerle consciente de su existencia, sería no más que una pequeña mole inerte, completamente inútil para desenvolverse en un mundo donde impera el pensamiento y donde la inteligencia es el factor que define la naturaleza y propiedad del mundo en que habita.

Convengamos, pues, en que es el espíritu el que pone en función el organismo y lo hace servir a los fines más útiles de la vida. El aparato mental, o sea ese extraordinario sistema que el hombre posee, es el conducto por el cual el espíritu se manifiesta y toma expresiones de asombrosa realidad experimental.

No obstante, el hecho de que promueva en el ánimo del ser las más sugestivas reacciones tendientes a preocupar la razón en el sentido de ofrecer un amplio campo de posibilidades a sus funciones creadoras, no quiere significar que es común en la especie humana, es decir en el hombre, el poseer el secreto de esa función, o ser árbitro indisputable del saber, cosa ésta que sólo puede conceder la potestad del conocimiento, generalmente reservada a las almas que se sobreponen a la limitación humana común y cumplen con el mayor celo los altos dictados de la Ley de Evolución. Se requiere que el espíritu, alma de todo movimiento, no se repliegue y desaparezca del escenario de nuestro teatro interno, para que no acontezca lo que a muchos, que cuando tienen que reforzar alguna afirmación que escapa al dominio de la conciencia, deben remitirse al pensamiento o experiencia ajena.

Esto quiere decir que si el espíritu es el alma de todo movimiento, la línea de conducta debe ser invariable en el sentido de propiciar en nuestro mundo interno una actividad ininterrumpida, a fin de que ese espíritu se manifieste en nosotros cada vez con mayor potencia, haciéndonos participar del conocimiento de las maravillas que con tanta razón la Voluntad Suprema, que se espeja en la Creación, oculta a la ignorancia humana.

Esa actividad interna, digamos mejor, esa actividad mental a que nos referimos, no debe entenderse que es el simple hecho de pensar en esto o en aquello, o el recargo de labor que suelen dar las preocupaciones habituales, ni tampoco las diversas atenciones que la mente dispensa a todas las actividades de carácter especulativo, sea cual fuere la finalidad perseguida. No; se trata de la actividad que comprende desde la organización del sistema mental hasta las más complicadas combinaciones del arte experimental.

El secreto de la función creadora del espíritu consiste en presentar un campo fértil a las concepciones de la inteligencia. El esfuerzo crea la energía y ésta a su vez anima y da cabida a nuevos esfuerzos, pero para que éstos resulten útiles y no se pierdan en el vacío de las cosas vanas, han de ser conscientemente inspirados en razones de índole constructiva y superior.

Las energías que produce el esfuerzo deben ser aprovechadas para reparar las gastadas en la labor que cada uno realiza en favor de su evolución. Si el espíritu que, repetimos, es el alma del movimiento, no encuentra en el hombre otra disposición que una displicencia consentida, poco o nada es lo que en verdad puede hacer en obsequio del que asi se comporta, y, como es natural, la producción de su ingenio mermará considerablemente.

La vida crea la vida. La función creadora del espíritu reside en el principio que substancia su fecundidad y se define por su concepción genérica.

Una mente vigorizada por el poder fertilizante de los conocimientos que entran a formar parte del acervo propio, permite al espíritu su función creadora. Espíritu y mente se refunden en un solo cuadro de vastas perspectivas humanas, y por la acción continuada de los estímulos que fluyen de las satisfacciones íntimas que el ser experimenta en sus empeños de superación –los aciertos que se traducen en valores ponderarles siempre exaltan el entusiasmo–, se establece la corriente constructiva que faculta para intervenir con la eficiencia que da el saber, en toda obra de reconstrucción de la vida humana o de alcances aún mayores, en las que se requiere un concurso leal y generoso.


(1) Este hecho demuestra la existencia de alguien superior al hombre que vela por su vida.

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