El quebrantamiento de la buena fe

El mal que aqueja a la humanidad es el quebrantamiento de  la buena fe

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De la revista Logosofía N° 61 pag 3

 

Si con debida detención se estudia y analiza el proceso que han vivido los pueblos y los hombres desde los primeros días de nuestra historia, fácilmente podrá descubrirse cuál ha sido, en la mayoría de los casos, la causa de gran parte de los males que han debido padecer.

Los pueblos vivieron en paz cuando la conducta seguida por los mismos se ajustó a la realidad de sus deberes, de sus prerrogativas y de sus derechos, y, por encima de todo ello, al concepto de lo justo, de lo verídico y lo razonable. Lo normal constituyó siempre el más ferviente celo de la gente que en todas las épocas disfrutó de los períodos de paz; y por normal era entendido todo lo que tenía un mismo valor y un mismo significado para unos y otros, es decir, para la comprensión colectiva. En los acuerdos internacionales, en la solución de las diferencias, cualesquiera fuese su orden, siempre presidió el buen sentido y la justa aplicación de las excelencias morales como medio insustituible para llegar a entendimientos intergiversables y definitivos.

Esto, naturalmente, acontecía durante los tiempos de paz y cuando los pueblos y los hombres, como he dicho, se ajustaban al rigor de las verdades que fundamentaron y dieron carácter de permanente a la sociedad humana. Mas cuando los pueblos empezaron a desvirtuar los preceptos y principios que regían en franca armonía y amistad sus relaciones, comenzaron a agitarse los espíritus ante la perspectiva de entrar en períodos de confusión donde los conceptos variarían en su interpretación según las conveniencias intencionadas de quienes pretendían conformar los acuerdos, los pactos, y las relaciones mismas entre los países, al egoísmo y la ambición de los que, habiendo infringido la ley, la verdad, maniobraban en forma que ellas sirvieran a los intereses puestos en juego para alcanzar su designio.

En esta forma aconteció que los más audaces comenzaron por cambiar, repentinamente, la conducta observada hasta entonces. La buena fe fue así sorprendida una y otra vez en quienes, ajenos a los móviles de una diplomacia que iniciaba una era de confusión, se resistían a admitir lo que conceptuaban impropio de comportamientos honorables y rectos.

La reiteración de estos hechos, con sus derivados y consecuencias, terminó, tras la sorpresa, por provocar la desconfianza, el desasosiego y la guerra. De tal manera hubo de verse, a través de la historia, cómo mientras unos empuñaban sus armas para retener lo conquistado por la falsía y el engaño, los otros lo hacían para defender los principios, la moral y la fe en la vida, amenazada por la violencia de los que ensayaron nuevos métodos y formas diametralmente opuestos a los conocidos y seguidos por todos los pueblos como normas invariables de convivencia social.

Analizados los hechos que fueron repitiéndose a lo largo de todas las épocas, bien puede apreciarse, sin temor a equivocación alguna, que el eje de las relaciones humanas y asimismo la preservación de la especie, está en la intangibilidad de todo aquello que debe tener para los hombres y los pueblos por igual, el mismo valor, el mismo significado y la misma expresión de verdad.

Nadie podría atreverse, so pena de pasar por un mentecato, a modificar el nombre de las cosas visibles y tangibles, es decir, de aquello que todos conocen y utilizan. Pero no sucede lo mismo cuando se trata de conceptos, de nominaciones y de principios, cuya adopción por parte de unos y otros constituye el mejor medio de entendimiento a los fines de mantener el orden y la armonía dentro del mundo en que se vive.

Diríase que la buena fe es el vehículo indispensable, e imprescindible para realizar todos y cada uno de los acuerdos entre los semejantes, es la moneda legítima que circulando con honradez, permite a los seres vivir en paz y progresar cumpliendo un destino tranquilo y feliz. La moneda falsa, la que se intenta hacer pasar como legítima, es la que introduce la perturbación, el desorden, y la que trae, finalmente, el caos.

Los pueblos como los hombres, pierden su integridad moral cuando en sus relaciones usan de esa moneda, es decir, cuando lo que se afirma y promete, por ejemplo, es hecho con preconcebida intención de no sostenerlo o cumplirlo; cuando, en igualdad de condiciones, se quebranta la buena norma, sorpréndese la buena fe para especular sobre posibles triunfos o ganancias.

Es allí donde aparece el primer síntoma de descomposición social; allí donde el germen de la discordia hace su aparición para mostrar poco tiempo después, su virulencia. Y a todo esto, ¿qué es lo que se gana trastornando la vida de un pueblo o del mundo entero? Si tal como lo documenta la historia, debe pagarse tan caro semejante extravío, ¿cómo es que no ha podido aprenderse aún una lección tantas veces repetida, cuyo saldo de beneficio jamás compensó la sangre vertida, la destrucción de tantos hogares y el sacrificio y el dolor de tantos seres humanos?

¡Cuán grande será el día en que la humanidad pueda asegurar para sí la inviolabilidad de su género, de sus altos principios y de todo cuanto constituye la razón de ser de su existencia! A ese día debemos llegar y hacia esa meta luminosa deben tender todas las aspiraciones humanas y concretarse todos los esfuerzos. Por lo me­nos, de no alcanzarse la supresión total de las guerras con sus consiguientes calamidades, podrá lograrse que éstas ocurran tras largos y fecundos períodos de paz.

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