La ciencia logosófica

Por Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol)

Fragmento del libro “Introducción al Conocimiento Logosófico” pág. 93

 

Han existido en el mundo muchas teorías, muchas ramas llamadas del saber y sistemas considerados filosóficos, pero sólo tuvieron por objeto ilustrar al hombre sobre una cantidad de hechos o cosas que se pensaron ignoradas, sin que ninguno alcanzase a determinar una senda segura y real para su evolución.

La Logosofía cuenta al respecto con dos fuerzas poderosas que, al unirse y hermanarse, llevan al hombre a cumplir los dos fines de su existencia: evolucionar hacia la perfección y constituirse en un verdadero servidor de la humanidad. Una de esas fuerzas es el conocimiento que brinda a la mente humana; la otra, el afecto que enseña a realizar en los corazones.

La ciencia común carece de ese afecto, de esa fuerza; es fría y rígida, y a veces especulativa e intemperante, como en el caso de la filosofía; en cambio, la Logosofía es conciliadora. He ahí la gran diferencia y lo que explica por qué es capaz de realizar prodigios sobre el alma humana, que hasta parecen inconcebibles a quienes permanecen ajenos a tales posibilidades.

El conocimiento solo, sin el auxilio del afecto, se torna, en lo que respecta a su contenido específico, frío e insensible para la mente humana. La Logosofía produce, justamente, la aleación perfecta de esas dos fuerzas: la una, estimulando poderosamente la inteligencia, la otra, fortificando en alto grado los sentimientos del hombre. Esto es lo que contribuye a aliviar las arduas horas de trabajo, pues mientras el estudio, la investigación y la realización puede producir alguna fatiga, la fuerza del afecto las mitiga y las suaviza, y, unidas, mantienen vivo el entusiasmo que cada uno alienta en lo interno de su ser.

La ciencia logosófica es muy amplia; abarca todo cuanto existe. El ser no puede substraerse a su influencia, que es la influencia de la misma Creación haciéndose presente en las manifestación es mentales del hombre. Estamos viviendo en un mundo, en el que, si bien fué hecho para los humanos, muy pocos adaptan sus condiciones a la especie de la cual forman parte. Los civilizados, en su categoría de tales, son los que más dignamente la representan; pero sin haber alcanzado aún las excelencias que deben patentizarse en el espíritu humano.

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