Carta a un escritor

Carta del señor Abelardo F. Gabancho al escritor Mario Benedetti

Transcripción del facsímil publicado en el libro “Un mundo conocido, un mundo por conocer y algo más” de María Ester Luppino de Aisa, págs. 170 a 174., Editorial Viento del Oeste, septiembre de 2010

 

Buenos Aires, 24 de mayo de 1996

 Señor D. MARIO BENEDETTI

Montevideo

De mi especial consideración:

Tengo el honor de saludar al distinguido escritor en ocasión de presentarme como sorprendido contemporáneo que tiene, por primera vez en la vida, la ocasión de poder dialogar con alguien que ha tenido en su trayectoria vital una misma alternativa ―si bien que muy diferente en sus factores básicos― de colaborar con un gran hombre, que fue a la vez un Maestro de la realidad y el misterio: Raumsol… La realidad se nos hacía clara, el misterio nos confundía…

Ampliaré mi presentación para decirle que gran parte de mi tránsito por la vida tuvo como escenario a la Armada Argentina, querida Institución a la que tanto debo en cuanto a mi formación física ―ingresé en ella en mi adolescencia― y profesional, así como en relación al desenvolvimiento social que me fue posible construir. En ese ámbito alcancé el grado de Capitán de Navío previamente a mi retiro de la actividad naval. Mi cargo más relevante en esa jerarquía fue el de Comandante de la Infantería de Marina de mi país, algo que inevitable y felizmente ha inscripto mi nombre en la historia de ese benemérito cuerpo naval armado. Mi primer contacto con el saber trascendente resultó en 1957 de una profunda inquietud interna, a la que más tarde aprendería a reconocer como de origen espiritual, pero ya comprendiendo el real significado de ese adjetivo: ESPIRITUAL. De lo expresado puede inferirse que entre esa fecha y mi retiro de la Armada en 1972 transcurrieron quince años de armónica convivencia entre mis actividades navales y las logosóficas. Hubieron escaramuzas, lógicas ―diría― ante el choque de dos concepciones diferentes respecto de aspectos esenciales de la vida humana y universal. En 1960, fui becado para estudiar un año en la Escuela de Comando de los “Marines” en los EE.UU. de N.A. En ese mismo año se desarrolló en Montevideo el Primer Congreso Internacional de Logosofía. A distancia, siendo aún incipiente mi dominio sobre los nuevos conocimientos, pero adhiriendo a ellos con gran convicción por su solidez y mi nivel de entendimiento, propio de un hombre de estudios terciarios y bastante maduro en sus treinta y siete años, acepté con entusiasmo la sugerencia de Raumsol de escribir un ensayo acerca de la “guerra fría”, vista como “guerra mental”, esquema que me cautivó de entrada dado que era yo estudioso de ese tipo de problemas en ese mundo de entonces. Este ensayo llegaría al recién advenido Presidente Kennedy por manos de mi “advisor” en esa Escuela, Coronel USMC J. Hermitage. Como hubo de ser lógico, seguimos observando por un tiempo los movimientos del gobierno estadounidense y advertimos en más de una oportunidad el empleo de elementos logosóficos, sin dudas de gran poder de impacto mental, pero sin ir más allá de eso. El ensayo mencionado fue escrito en Washington, ciudad de mi residencia temporaria, mas guiado a distancia por el mismo Raumsol, quien a esa altura de mi vida logosófica me distinguía con una consideración muy especial, al punto de haberme nombrado en 1958 Ayudante del Director General ―ad honorem― por entonces la cabeza directiva del movimiento logosófico, extendido ya a Brasil y Uruguay, además de Argentina por supuesto. Actué a su lado, beneficiándome con su trato directo, recibiendo un caudal de elementos de una riqueza excepcional, los que transformaron gradualmente mi vida en forma inimaginada. En esas condiciones llegué al 4 de abril de 1963, fecha de su desaparición física en Buenos Aires. Posteriormente, en 1969, la señora Paulina de González Pecotche me impulsaría a la rectoría de la sede central de la Fundación Logosófica, cargo que ejercí hasta 1971. Pasé luego a desempeñarme en organismos internacionales de coordinación de la creciente actividad logosófica que se cumplía en los países del Cono Sur de América, una especie de temprano “mercosur logosófico”… Fin para mi curriculum. “El Sur también existe”

He leído con sumo agrado el libro de Mario Paoletti “El Aguafiestas”, a lo largo de cuyas páginas nació en mí la inquietud de intentar esta comunicación tan especial, ya que advertí que ambos, usted como respetado y laureado escritor, yo como apasionado e indeclinable investigador de la vida, de la “verdadera vida”, que aprendí a descubrir, conocer y conducir en mí mediante el saber logosófico, habíamos tenido similar oportunidad, pero largamente diferenciada en posibilidades. Usted transitaba la adolescencia, yo era hombre maduro. Usted llegó junto a Raumsol cuando González Pecotche recién despertaba a una realidad hasta allí desconocida para él, mientras que yo me encontré con un Maestro de Sabiduría en su plenitud creadora…

Quiero hacer en este punto una importante digresión… Tengo hoy 72 años y miro azorado hacia mi infancia. Nací en cuna humilde, no de carencias materiales, pero sí de mucha ignorancia acerca de lo que usted y yo sabemos respecto de la vida. Leí sobre sus “Verdes años” y “Las vísperas indelebles”. Lo mío no fue nada fácil, esencialmente en esa dura infancia, a la que podría calificar por analogía de “Negros años”. Tardé varias décadas y debí acumular mucho saber trascendente para comprender la razón de ser de esa etapa de mi vida. Me estaba reservada una experiencia única, cual es la de poder observar el transitar inicial de un Maestro de Sabiduría en este planeta. Observar y comprender a ese ser, verlo adquirir gradualmente la dimensión de su misión trascendente; padecer como en carne propia las luchas que la incomprensión humana iba oponiendo a su anhelado avance hacia sus metas trascendentes, por muy pocos comprendidas; sufrir ante el vanidoso uso que algunos hacían de ese saber que les era ofrendado tan generosamente; prestarle alguna vez el hombro para que reposara sus fatigas y aliviara sus dolores morales… Esa fue en esencia mi propia e imborrable experiencia, imborrable ―tal vez― por la eternidad…

Volviendo a “El Aguafiestas” hallé cierta discordancia entre lo que Paoletti relata acerca de su vida y la constancia de tener en mi biblioteca todos los ejemplares de la Revista Logosofía que el Maestro editara desde 1941 hasta 1948, en los que me he deleitado leyendo sus trabajos, señor Benedetti, los de su autoría juvenil. Mis deducciones, que espero no sean muy erradas, sitúan su nacimiento por 1918; conoció la Logosofía en 1934, un año después que sus padres; colaboró rentadamente con González Pecotche entre 1935 y 1937, reiniciando su vida anterior a partir de ese último año, tras una desilusionante etapa logosófica según el decir de Paoletti… Me intrigan estos números: Hallo el primer poema en la revista de marzo de 1941, “Estaciones”, encabezado por un pensamiento de Raumsol. De allí en más se publicaron otros 23 versos, entre poemas, poesías y sonetos ―si no equivoco las denominaciones―, más un artículo aparecido en junio de 1941 con título “Utilidad práctica del conocimiento aplicado”. Leí con interés especial ese trabajo suyo, ya que la docencia ha sido una de mis mayores inquietudes en esta vida, mucho más tras haber recibido amplias enseñanzas acerca de lo que fuera para Raumsol su gran cometido en nuestro mundo, aquello relacionado con “el porvenir pedagógico de la humanidad toda”. Esto me hace sentir muy cerca de usted, apreciado señor Benedetti, a partir de advertir elementos trascendentes en muchas de sus creaciones literarias. Intuyo, siento, que ambos bebimos, al menos alguna vez en la vida, de la misma fuente, que el Destino puso a nuestro paso. Raumsol me enseñó qué es el Verbo y cómo reconocerlo… Hallo, pues, ese Verbo en algunas de sus creaciones, como dije antes, así como me identifico grandemente con “El Sur también existe”. Usted lo hace cantar por un juglar excepcional; yo trato de enseñarlo en los estrados. Intentando hacer reflexionar respecto de esa realidad. Esto es para mí la hermanación de dos seres… Quiero terminar esta reflexión diciéndole que me hace feliz saber que usted siguió publicando su cálido y reflexivo pensamiento hasta mayo de 1944 en la Revista Logosofía, lejos ya de los días que relata el biógrafo en su libro. Y me agradó sobremanera “El hombre fuerte” de noviembre de 1941, página 17, pues trajo a mi memoria aquello de “Todo un hombre serás…”.

En mi experiencia no aparece forma alguna de ruptura, ni de mero alejamiento, respecto de Raumsol, que ha llegado a ser en mi sentir “mi Maestro”… Mi saldo hereditario es de una inefable gratitud, seguida de la consecuente lealtad, pues así se encadenan en la vida universal estos dos grandes factores de paz y felicidad humanas. Así lo aprendí junto a Raumsol, pero no lo había sabido en toda mi vida anterior a ese encuentro con el saber trascendente, pese a ser algo tan aparentemente sencillo, pero no había ingresado en mi conciencia y, por tanto, no alimentaba a mi inteligencia y no aparecía ―como sí ahora― en mis actuaciones externas. Hoy es para mí motivo de docencia y trato de hacer que otros se beneficien de la misma manera…

Abriré un paréntesis para relatarle algo que probablemente le interesará. Mi hija, Patricia Gabancho, periodista y escritora, vive en Barcelona desde hace muchos años. Ha dado forma a su nuevo mundo, se ha casado con un colega catalán y me ha dado la fortuna de un nieto adorable. Patricia y Joan Manuel Serrat se conocen, se tratan; como padres gozamos las anécdotas de esa amistad, por lo que, desde antes, usted, Mario Benedetti, estaba en nuestras mentes por razones muy diferentes. Admiramos a Serrat como trobador y nos deleitamos escuchando toda su música, completa colección en dos idiomas que poseemos. Nuevamente destacaré “El Sur también existe”, palabras que resonaron con fuerte eco en mi alma por una causa muy especial, que, abusando un tanto más de su paciencia, le expondré.

Siempre afirmo que en mi vida tuve dos grandes oportunidades. Una fue haberme vinculado a Raumsol, con todo lo que ello significó y seguirá existiendo como es haber recibido de él una educación superior para la vida, dada en parte en forma personalizada, por ese gran espíritu llegado a la Tierra en este Cono Sur de América. La otra magnífica oportunidad fue haber descubierto y tratado íntima y profundamente a un historiador catalán, hoy fallecido: Alexandre Deulofeu, genial creador de una concepción de la historia de las grandes sociedades humanas a las que denominó “La Matemática de la Historia”. Raumsol en uno de sus últimos libro, “Curso de Iniciación Logosófica”, da comienzo a su mensaje con estas palabras: “Iniciaremos la exposición de este Curso preguntando por qué razón la cultura vigente ―occidental u oriental― presenta en todas partes síntomas inconfundibles que preanuncian su inevitable decadencia. La respuesta es clara, sencilla y unívoca: Falla por la base. ¿Y a qué se debe el que falle por su base? A las siguientes causas: a) No ha sido ni es capaz de enseñar al hombre a conocerse a sí mismo. b) No le ha enseñado a conocer el mundo mental que lo rodea, interpenetra e influye poderosamente en su vida. c) No le ha enseñado a comprender, amar y respetar al Autor de la Creación ni a descubrir su Voluntad a través de sus Leyes y de las múltiples manifestaciones de su Espíritu Universal”. Conocemos así una afirmación categórica de Raumsol, tal como fueron siempre sus manifestaciones acerca de las realidades humanas; o sea, nos enunciaba su verdad. Deulofeu, por su parte, consagró su vida toda a investigar cuál fue la razón por la que todas las culturas que han existido, las que pudo estudiar en los testimonios dejados por cada una, cumplieron ciclos vitales de “nacimiento, grandeza, decadencia y muerte”, todas perdurando una media de cinco mil cien años, duración probada en sus investigaciones de culturas ya inexistentes, como la egipcia en África o la azteca en América. En un libro editado en Buenos Aires en 1978, año en que tuve la dicha de lograr que Deulofeu visitara mi país como invitado de honor, libro denominado “Nacimiento, grandeza y muerte de las civilizaciones” (Editorial Plus Ultra), el autor, en página 301, afirma que la causa de la muerte de las civilizaciones ha sido el fracaso de los filósofos, de los pensadores que aportaron su saber ―quizás privilegiado entre sus pares― a esa cultura particular, pensadores que no supieron llevar a sus congéneres al conocimiento de sí mismos, fuera porque no supieron de qué se trataba o porque su conciencia no les dictó ese “mandato” interno, o por no haber sabido que “la oportunidad es calva”. Esta coincidencia de enfoques entre la Matemática de la Historia y la Logosofía me fascinó desde que la conociera. Viajé a España para entrevistar a Deulofeu en su residencia de Figueras en la provincia de Gerona. Cuando supo lo que significaba en esta parte del mundo la Logosofía como “ciencia del conocimiento de sí mismo” quiso venir a conocer esta naciente cultura, a la que él denominara “cultura argentina” en sus libros, cultura asentada en el Cono Sur de América, comprendiendo a Uruguay, la parte sur de Brasil y la misma Argentina como núcleo central. Al morir Deulofeu en ese mismo año de su viaje a nuestra tierra, se creó en Figueras un Patronato para proseguir la obra del historiador. Me ofrecí para ordenar todo el material por él dejado al morir y fui aceptado, dedicando con mi esposa seis meses a esa tarea, sin pedir remuneración alguna. Debo agregar que hoy ya existe un centro de divulgación logosófica en Barcelona, el que es animado desde Brasil.

Tras la lectura de parte de su biografía, según la versión de Paoletti, me intrigó la diferencia de saldos entre su experiencia y la mía. Creí entender que la suya llegó muy tempranamente a su vida, siendo un adolescente, superponiéndose con la etapa de luchas que Raumsol debió sostener con los “fariseos”, como él denominara a quienes lo traicionaron allá por 1935, “batalla” que se prolongaría hasta 1939, cuando en estrados judiciales de Uruguay y Argentina fueron condenados numerosos “fariseos”. No viví episodio alguno de esa lucha, pero me deleitó la lectura del relato aparecido en Aquarius de 1938 con el título “El país de la leyenda” (octubre-diciembre, página 23). Dentro de ese relato simbólico usted vendría a ser uno de los tripulantes que sе embarcara con la intención de ir hacia ese país de leyenda, pero que desembarcaría a poco de andar en la travesía, como hicieron muchos otros por muy variadas razones. En mi caso tuve la fortuna de llegar al “País de los sueños”, nuevo nombre dado al relato al ser publicado como parte del libro “Intermedio Logosófico”, editado en 1950. Es interesante este cambio de nombre para el relato, pues oculta una especie de enigma, que dejará de serlo para quien llegue al puerto final de la travesía. Arribar al “país de la leyenda”, en una simbólica navegación, equivaldría a haber llegado a las “puertas” del mundo metafísico, lo que significaría tener acceso a una vida superior, consciente, un verdadero regalo existencial. Llegar al “país de los sueños” es haber develado en buena medida el enigma de nuestros propios e intransferibles sueños, experiencias extrafísicas que suceden durante el acto de dormir, al margen de la voluntad, de los sentidos y hasta de la conciencia, al igual para mí que para usted, enmascarando el más grande acontecer que cada ser humano vive cada día, al margen de títulos, oropeles o reclamos sociales. O sea, allí, en el campo de ese suceso enigmático que llamamos “sueños” terminan todas las fantasías terrenas y podemos vernos como realmente somos, siempre que se nos haya develado el enigma, para lo cual ha debido arribarse al “país de los sueños”, lo que permite comprender el sentido de este párrafo del libro “El Espíritu”, página 191, edición 1968: “Con esto cerramos también el interrogante que abriera Aristóteles hace dos mil cuatrocientos años al preguntarse cómo el espíritu puede unirse al cuerpo”. Con genial previsión Raumsol “separó” en el libro citado los dos capítulos dedicados al tema de los sueños, abriéndoles espacio hacia el final del mismo, como si no tuvieran relación estrecha con los anteriores capítulos, o, al menos, la misma importancia que los precedentes. Esto obró como cofre inviolable, sin llave, pero cerrado por ciertas condiciones que tienen que ver con esa navegación hacia “el país de los sueños”. En este justo momento de mi vida, como docente, transmito a quienes lo sienten como yo mismo esta experiencia… imaginando, sería un regalo verlo a usted observando cómo se investiga “la vida” cuando se sabe hacerlo a partir de lo que Raumsol enseñó… ¿No daría para una creación suya que intentara llevar al hombre al conocimiento de sí mismo? Para mí, en la “cultura argentina”, usted debería necesariamente ser uno de los pensadores privilegiados…

Concluyo mis reflexiones acerca de nuestras experiencias respectivas en que, dicho con afectuoso respeto, usted no tuvo oportunidad de estudiar el conocimiento logosófico como sí pude hacerlo yo, de lo que extraeré otra conclusión, válida al menos para mí. Considero que usted conoció más a González Pecotche (el alma) que a Raumsol (el espíritu), diferencia que él mismo nos descubriera en su libro “Intermedio Logosófico”, en el relato titulado “Sueño precursor”. A muchos estudiantes de Logosofía se les hace siempre difícil reconocer esta diferencia, por lo que me causó gracia leer en Paoletti que Raumsol padecía asma, algo que realmente padeció González Pecotche y también su hijo Carlitos, que no fue hijo de Raumsol, joven a quien tuve oportunidad de conocer y hasta compartir trabajos en equipo con él antes de su prematura muerte, acaecida en 1964, un año tras la muerte de su padre.

Bien señor Benedetti, así reflexionando llegué a responderme qué diferencias hubo entre nuestras experiencias, a la vez que di alguna forma de respuesta a interrogantes que se pronunciaban en mi mente. ¿Qué pudo haberle sucedido a un hombre tan capaz como Mario Benedetti? ¿Qué fue lo que a mí me aconteció? ¿Por qué tanta distancia entre las dos apreciaciones? ¿Qué enseñanza se le ofreció a él y cuál a mí? Yo tomé mi parte… pero, ¿y él? ¿Por qué?

Apreciado señor Benedetti, no quiero abusar de su paciencia, por lo que quiero decirle antes de terminar esta carta, que de su experiencia logosófica tiene mucha gente en ese mundo muy incompleta información y hasta aseguraría que hay mucha desinformación, algo que su prestigio no merece. Leen sus trabajos publicados en las revistas Logosofía, que todo buen discípulo posee, escuchan confusos relatos de viejos logósofos y no terminan de armar una imagen que usted, en mi apreciación, merece sobradamente, refiriéndome exclusivamente al ambiente logosófico. Esa “obra” de Raumsol, que usted observara germinando allá por 1935, es hoy un gigantesco árbol sólidamente implantado en varios países, comenzando por el suyo, que nos es tan querido y en el que conservo muy apreciados afectos hasta hoy… Desde 1963 comenzaron a proliferar escuelas primarias logosóficas, más tarde los liceos, extendidos hoy en los tres países del Cono Sur. En Montevideo se recomienda al personal del mundo diplomático allí acreditado, cuando al llegar a Uruguay preguntan a qué establecimiento educativo entregar a sus hijos, la escuela primaria o el liceo, logosóficos ambos, ubicados en la sede de la Fundación Logosófica, la que abarca casi una manzana con frente en Av. 8 de Octubre 2662, hallándose los establecimientos educativos sobre Gerardo Grasso 2631. Mayor amplitud aún tienen estos establecimientos en Brasil, en especial en Belo Horizonte y Río de Janeiro, pero los hay también en San Pablo, Brasilia, Curitiva, Florianópolis, además de otras ciudades.

Al despedirme quiero asegurarle que en todo el mundo logosófico hay un gran espacio abierto para recibir a usted como merece, bastando que usted quisiera acercarse como “amigo” de la Obra Logosófica… Mucho me agradaría seguir este tema en forma personal, por lo que le agradecería un encuentro, por breve que fuese, cuando alguna vez viaje a Buenos Aires. En tanto llegue ese feliz momento para mí, le extiendo un muy cordial saludo de despedida, augurando lo mejor para su vida toda.

Abelardo F. Gabancho

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