Hacia la solución de los problemas sociales

Por Carlos B. González Pecotche

De la revista “Logosofía” Nº 36

Tema neurálgico que preocupa hoy más que nunca a todos los pueblos del mundo

Siempre que nos hemos abocado al estudio de estas cuestiones, cuyas profundas raigambres se remontan a edades remotas, lo hemos hecho con la más entera libertad de conciencia y con prescindencia absoluta de toda sugestión extraña a nuestros propios convencimientos. Así, pues, hemos tratado estos asuntos sin apartarnos un ápice de la posición ecuánime y recta que cuadra a todo espíritu investigador que ofrece el resultado de sus observaciones y estudios, como en este caso, a la consideración de los estadistas, a cuya pericia y sagacidad pareciera estar reservada la tarea de encontrar a estos problemas las soluciones más acertadas con carácter de permanentes.

En los tiempos que corren, y principalmente en los dos últimos años, se ha venido hablando mucho acerca de la llamada justicia social; pero al referirse a ella no se la ha definido con la precisa claridad con que es exigida por la ansiedad pública; ansiedad pública que, como parte integrante de la sociedad, civil, social y jurídicamente organizada, desearía comprender cuál es en realidad la definición que se da a esa expresión, con la cual se quiere expresar las preocupaciones que en estos momentos embargan eI pensamiento de los estadistas, pues es natural que se deba admitir con entera justicia, en toda la estrictez de esta palabra, que esa preocupación absorbe también casi por completo a todos, pero, naturalmente, se pronuncia con mayor intensidad en las capas cultas, instruidas y responsables, de la misma sociedad.

En nuestra edición de enero de 1942 decíamos que a nuestro juicio, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes. La mayoría gasta cuanto tiene y aun lo que no tiene, sin llevar el menor control de sus posibilidades ni de sus expendios. Esto ocurre porque de todo se enseña al hombre en su juventud, menos a saber administrarse a sí mismo, ¿Cómo puede, entonces, manejar inteligentemente su sueldo o jornal y cubrir honestamente sus necesidades sin tener que recurrir a medios que en vez de solucionar gravan más su situación?

El hombre apremiado por las deudas, difícilmente coordina su pensamiento sobre la base de un reajuste de su conducta o su manera de pensar. Generalmente confía en el azar o busca que otros le resuelvan sus necesidades.

Estimamos que deberían crearse cursos especiales destinados a proporcionar a la inteligencia del empleado u obrero las normas a seguir para organizar las economías domésticas. Nadie ignora que los salones de cine y teatro, los ambientes de diversiones, los clubs, los restaurants y cafés, están siempre llenos de empleados y obreros.

Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.

Esto prueba que la cuestión social ha venido preocupándonos en especial modo, por tratarse de un problema medular que afecta a toda la humanidad. Prescindimos de citar aquí muchos otros artículos aparecidos en fechas anteriores, pero nos referiremos a uno publicado en estas páginas en noviembre del mismo año, intitulado “El capital no existe”, con el siguiente epígrafe: “Cotización del esfuerzo y suma del producto humano para la estimación del trabajo”.

En este estudio, en el cual profundizábase a fondo algunos aspectos de la cuestión, llamábamos la atención sobre las calidades del trabajador, y dividíamos al trabajo en superior e inferior, señalando lo erróneo que es referirse a los trabajadores u obreros como únicos representantes del trabajo, pues sería ingenuo desconocer la noble tarea de los que piensan, se sacrifican y asumen la responsabilidad de todo cuanto gira a su alrededor, motivado por el ejercicio de sus labores como directores de empresas o dirigentes de las distintas actividades en que cada uno sitúa su vida, según sean las calidades de su inteligencia y su carácter.

Sobre este asunto puede decirse que ya va acentuándose en muchos estadistas de la actualidad, el convencimiento de que la cuestión social debe encararse desde otros puntos de vista, que, por cierto, han de diferir en sumo grado de los que existían antes de la guerra actual. Esto significa que las exigencias de las masas obreras van encontrando los diques naturales que habrán de embalsar sus legítimas aspiraciones, a fin de que ellas puedan cuajar un día en justas realidades.

Véase que decimos “legítimas aspiraciones”, pues queremos hacer notar el hecho de que, si en efecto existen o pueden existir, como es lógico, también es lógico pensar que para alcanzarlos, o mejor aún, para que esas aspiraciones se conviertan en realidades palpables, deben recurrir quienes las tengan, en este caso las masas obreras, al esfuerzo de superación que dignifica la vida, cultivando las ventajas de la inteligencia en la medida que les sea posible, en vez de entregarse, como comúnmente ocurre, a un improductivo abandono, abandono que las empuja luego reaccionariamente contra los que sacrifican sus horas en el estudio y en la preocupación de sus intereses, de sus patrias y sus familias, y que por eso mismo y por sus otros méritos, han logrado ubicarse en posiciones holgadas y rodearse de la consideración y respeto de todos.

Esos diques naturales a que nos hemos referido, no serían otra cosa que la lógica contención de dichas aspiraciones cuando ellas se convierten en exigencias irrazonables por la carencia de ideales superiores. Esto permitiría determinar las causas propicias que sirven al progreso en el que está empeñada la sociedad humana, evitándose así que se desborden en ímpetus de violencia, como lo quisieron las hordas comunistas en sus primitivos afanes de disolución social en los que se pretendía implantar sistemas absurdos en base a una igualdad que era, precisamente, la negación más acabada de toda justicia social.

Wendell Willkie, el destacado leader republicano de Estados Unidos, al informarnos en su libro “Un mundo ” sobre el viaje que realizó en agosto de 1942 durante 49 días por los países más alejados del mundo, nos habla ya de cuánto ha mejorado ese comunismo en la Rusia Soviética, al decirnos que hubo de comprobar cómo se estiman actualmente en ese país, el esfuerzo y producto de la inteligencia.

Refiere Willkie, escuchado de labios de un obrero de categoría, que el lema del socialismo stalinista era : “de cada uno según sus capacidades y a cada uno según su trabajo”, mas luego expresa que, según el mismo informante, el desiderátum comunista es hoy “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”. El que así hablaba al ilustre viajero norteamericano era un alto empleado de una de las fábricas que funcionaban en Rusia, y que en sus conversaciones refería cómo fueron aumentando sus haberes a medida que progresaba en sus estudios, en su técnica, en su dedicación al trabajo.

Esto vendría a dar un mentís profundo a los que, llevados por la seducción de teorías exóticas, lo esperan todo de los arbitrios del Estado, sin que les preocupe en absoluto a quiénes puedan afectar sus eternas demandas en procura de mejoramientos, que una y otra vez les fueron concedidos, sin que se advierta en ellos los síntomas del mejoramiento que en cada uno debería pronunciarse como resultado de sus aspiraciones, si en verdad éstas tienden a servir propósitos de bien y de orden en el seno de la sociedad en que viven.

Los estudiantes, por ejemplo, que aspiran a culminar sus carreras y se esfuerzan, dedicados al estudio, por alcanzar esa realidad, podrían esperar con sólo fomentar protestas y huelgas, del mismo modo que aquéllos, que les aprueben año tras año las materias y se les otorgue sus títulos, porque ello, naturalmente, y siguiendo tal pensamiento, sería una mejora que podrían reclamar al Estado con los mismos derechos con que las reclaman quienes en nada se preocupan por mejorarse y contribuir con su esfuerzo individual a mejorar la sociedad.

Esto no quiere decir que haya de desconocerse las necesidades por que pueden atravesar las llamadas clases obreras, pues más que ellas mismas, se preocupan las masas responsables e ilustradas, de beneficiarlas en cuanto sea posible y en todos los órdenes. Lo que más se quiere señalar, es la necesidad de llevar al entendimiento de esas gentes, que a nadie deben culpar más que a sí mismas por el hecho de encontrarse -y no en todos los casos- en situaciones de inferioridad con respecto al resto de sus semejantes.

No ha de olvidarse aquí que muchos de los que hoy, como antaño, se hallan en situaciones de privilegio, si así puede decirse, en el seno de la sociedad, descienden de hogares obreros cuyos padres, teniendo idénticos recursos que sus demás compañeros de trabajo, y a veces menos que éstos, pudieron dar a sus hijos una educación esmerada y lograr la satisfacción de que ellos ostentasen luego sus títulos de médico, ingeniero, abogado, u ocupen altos puestos en la banca del comercio y la industria.

Esto es lo que debe tenerse muy presente toda vez que se traten las cuestiones obreras y se quiera en verdad dar un contenido puro y verdadero a lo que se ha dado en llamar justicia social, ¿Cómo se explicaría, si no, semejante contradicción: mientras unos gimen, protestan y amenazan reclamando mejoras tras mejoras en perjuicio de los que se desvelan por equilibrar sus finanzas, otros, con menos recursos les alcanza para vivir dignamente y aun para costear los estudios de sus hijos? ¿No sugiere ello, acaso, la necesidad de promover una amplia, minuciosa y ecuánime investigación sobre semejante fenómeno?

A los estadistas de alto vuelo, a los gobernantes a quienes afligen tales problemas, es a los que corresponde extraer de estas sugerencias las conclusiones más edificantes. Por nuestra parte, frente a las preocupaciones que, como hemos dicho, embargan a toda la humanidad pensante y responsable, consideramos un deber ineludible el contribuir a soluciones de tanta trascendencia con nuestras opiniones, que son el fruto de largas jornadas de trabajo en el campo de la observación y el análisis.

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