Frente al individualismo y al Colectivismo

Publicado en revista “Logosofía” N°  73

Por el Prof.  Dardo V. Cabiró

Al ocuparnos en el presente artículo del individualismo y del colectivismo, dos fórmulas ideadas para ordenar la convivencia humana, incluiremos el aspecto económico, en el que aparecen las siguientes expresiones dando contenido al problema: capitalismo opuesto a obrerismo; estatismo opuesto a liberalismo económico o iniciativa privada.

Refiriéndose a las consecuencias que acarrea el colectivismo en el orden económico, expresa Raumsol:

“Las últimas generaciones han pasado en muchos países por las alternativas del individualismo y del estatismo. Entre las manifestaciones más sugerentes de esas tendencias, se señalan las de algunos Estados que han intervenido progresivamente en la vida individual, reglamentado cada día con más minuciosidad el trabajo, el comercio y la industria, y aun constituyéndose en industriales o comerciantes; pero el ensayo no ha podido resultar provechoso para nadie, pues se ha visto que el Estado no puede convertirse en dueño y señor del ciudadano y, menos aún, del habitante en general del país, porque no puede ni podrá jamás atender y hacer producir en cada ocupación o comercio, lo que el hombre, individualmente, es capaz de realizar, y con mayor entusiasmo sabiendo que labra su porvenir y el de su familia”. (“Nueva Concepción Política”, pág. 57)

El estatismo se traduce, por consiguiente, en una acumulación de funciones por parte del Estado. Además de sus fines primarios (los que caracterizaron al Estado juez y gendarme, producto de la concepción individualista: justicia, policía y salud pública) se agregan los secundarios. Y así el Estado se hace banquero, comerciante, industrial, agricultor, etc.

Es conveniente recordar, ahora, un hecho conocido, pero, sin embargo, frecuentemente olvidado.
Cuando se hace el elogio del Estado, cuando aquí y allá se encuentran motivos que justifican su intervención, cuando se le lleva en todos los planos al sitial de supremo e infalible árbitro, pocos han de ser los que se preguntan: ¿Y qué es el Estado?

El Estado, considerado en sí mismo, es una abstracción; es un conjunto de normas jurídicas. Por sí solo no tiene vida. Quienes le dan vida, quienes lo hacen actuar, son los que están a su frente, los que gobiernan. Ahí reside la habilidad de los totalitarios: esforzarse por extender el Estado, por presentarlo como deidad infalible, porque en la realidad de las cosas, el Estado son los gobernantes, en este sentido. Y cuanto más se ensancha el Estado, más se ensancha el poder de los mismos.

Conviene ver, entonces, en qué situación se encuentran los hombres que prestan su servicio al Estado, y si esto tiene o no proyecciones en la vida colectiva.

Obvia significar que en el Estado colectivista, el principio de jerarquía y, correlativamente, el de subordinación, adquieren una desmesurada aplicación, ya que el personal de que dispone ese Estado para atender sus múltiples cometidos, se torna numerosísimo.

Refiriéndose a la situación del hombre al servicio del Estado, el criterio logosófico expresa que “la dependencia hiere el sentimiento humano del libre arbitrio y cierra las prerrogativas que se abren al hombre mientras lucha y atesora experiencias que luego le sirven para sortear otras dificultades o vencer las resistencias que pueden ofrecerle los obstáculos que se oponen a la realización de sus propósitos”. (“Nueva Concepción Política. pág. 57)

Nótese que esa relación de dependencia, aparte de lesionar el sentimiento del libre arbitrio, condición esencial del hombre, en un régimen colectivista es mucho peor que frente a un patrón particular, porque allí el Estado es el gran empleador, y si éste resuelve despedir al ciudadano, es muy difícil que encuentre nueva ocupación.

La misma obra citada (pág. 58) señala también la diferencia existente entre la paga fija mensual que recibe el empleado público y las ganancias que derivan de la propia empresa, lo que resulta mucho más estimulante para el individuo; y en tal sentido ha afirmado categóricamente que “en la producción individual reside el principio de la libertad individual” (Raumsol.   Conferencia Pronunciada el 26 de enero de 1946) y que “cada avance del gobierno en ese orden de cosas, trae como consecuencia un control cada vez mayor sobre la vida individual y restringe la libertad de derechos, al suprimir la igualdad de oportunidades”. (“Nueva Concepción Política”  pág. 59)

La experiencia prueba harto elocuentemente, que muy rara vez la función pública colma las aspiraciones económicas. El hombre al servicio del Estado sufre en su economía y como desaparece el incentivo de la mayor ganancia, se manifiesta en él una marcada propensión hacia la inercia. La formación de una gran burocracia, consecuencia ineludible del Estado colectivista, perjudica económicamente al país, pues sabido es que aquélla es una clase social, más de absorción que de producción.

Pero no es ésta ni con mucho la peor consecuencia. Es obligada secuela del Estado colectivista, la reducción al mínimo de la libre actividad de los habitantes. Aquí se abre el gran capítulo de la iniciativa privada. Hay quienes sólo tienen presente sus ventajas, y quienes, en cambio, no ven más que sus defectos.

La animadversión hacia la iniciativa privada, como principio rector para el ordenamiento económico, proviene de la experiencia histórica, atento a las proyecciones que el liberalismo económico tuvo en ese aspecto: el Estado liberal no pudo evitar que los ricos se hicieran más ricos y que los pobres se empobrecieran más aún. Este es el testimonio de la historia.

No obstante, como la ciencia logosófica proclama el principio de la iniciativa privada, nos apresuraremos a dar su concepción al respecto:  “La iniciativa privada es, incontrariablemente, un patrimonio tan sagrado como la propia vida. Ella es el principio de donde arranca cuanto realizó la mano del hombre desde sus primeros días, en los albores del mundo. Pensamientos, ideas, grandes concepciones de la mente humana, han surgido de cada ser, individualmente; jamás por germinación colectiva, siendo, precisamente, de la iniciativa privada de donde nace el pensamiento que forja y construye la base de la sociedad”. (“Logosofía” Nº 33, pág, 13)

Cuando se habla de iniciativa privada, por lo general, la mirada mental se proyecta en forma exclusiva sobre la actividad comercial; en cambio, para el criterio logosófico, como queda expresado en lo transcripto, ella abarca todos los sectores de la actividad humana. Se explica, entonces, su posición frente a la misma, con cuyos fundamentos convenimos plenamente ya que bajo la palabra rectora de su ciencia hemos observado la realidad psicológica, individual y colectiva, de los seres.

La iniciativa privada cumple un ideal evolutivo. Si Raumsol la exalta, su fundamento no puede ser otro que ése, pues su ciencia, la Logosofía, tiene como postulado esencial enseñar a los hombres la realización de un proceso de evolución consciente, regido por las leyes básicas de evolución, caridad y herencia.

En el orden moral, sostiene que la iniciativa privada “crea en el hombre una noción más exacta de su responsabilidad. Merced a su propia iniciativa, sabe que es el sostén de su familia y trata, por el esfuerzo y siguiendo siempre sus íntimas directivas, de mantenerla en niveles sociales cada vez más altos, según las exigencias que esa misma iniciativa haya creado en el seno de sus relaciones en la marcha de sus actividades”. (“Logosofía” Nº 33, pág. 14)

En el orden intelectual, a la iniciativa privada se deben “las grandes conquistas de la ciencia, como las grandes reformas que experimentó la humanidad, los triunfos en el arte, en la técnica y en todas las actividades humanas”. (“Logosofía” Nº 43, pág. 9)

En el orden económico, ella es la propulsora de las grandes realizaciones:

“Todas las perspectivas humanas  dice  están cifradas, por lo común, en la situación económica que cada persona logre alcanzar. Cada uno se esfuerza y esmera en progresar para reunir, primeramente, un capital privado a fin de poder formar un hogar, y luego, para aumentarlo y poder dar un bienestar a su familia y un porvenir a sus hijos.

“Se ha dicho que el dinero es un vil metal y que envilece a los hombres. Creámoslo; pero, si admitimos esto, debemos también admitir que el capital bien utilizado, ennoblece a los hombres, y los dignifica, al estimularlos en sus esfuerzos para prosperar y mejorar en lo posible aquello que cada uno ve necesario a objeto de afrontar la vida en mejores condiciones. Y digámoslo de una vez: es el aliciente que acicatea el espíritu humano y mantiene vivo el anhelo de trabajar esforzándose en alcanzar las metas más altas y asegurarse una vejez tranquila”.  (“Nueva Concepción Política”, pág. 158)

Queda demostrado entonces, a través de las transcripciones realizadas, que la iniciativa privada resulta el medio más eficaz para estimular en los seres la evolución de las condiciones intelectuales, sociales y morales.

En conclusión: todo Estado que atenta contra la iniciativa privada, atenta contra las posibilidades evolutivas del ser.

Hay que dar a aquélla, en consecuencia, las máximas dimensiones para su desarrollo. Pero aquí se hace presente el problema de los límites de esa posición. Si se afirma como absoluto el principio de la iniciativa privada, se corre el riesgo de caer en los vicios del Estado liberal, ya aludidos, puesto que no todos los que usan de la libre iniciativa (principalmente en el orden comercial e industrial) lo hacen legalmente. Con palabras claras y terminantes lo expresa Raumsol llamando “explotadores de la sangre humana” y “quiste social” a esa clase de capitalistas envueltos por un desenfrenado egoísmo.

¿Cuál es, pues, en síntesis, la posición logosófica ante el liberalismo y el colectivismo?

Veámoslo: “Liberalismo comercial e industrial como principio, para que el Estado no sojuzgue al particular, pero estatismo cuando sea necesario, para evitar que los consorcios y combinaciones capitalistas desvirtúen las leyes naturales y provoquen estados injustos e incompatibles con una sana economía”. (“Nueva Concepción Política”, pág. 59)

En cuanto a la situación económico social de obreros y empleados, su autor hace afirmaciones valientes y que rompen, con su lógica, claridad y realidad, muchos prejuicios y confusiones ambientes, estableciendo que el problema “debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes” (“Logosofía” Nº 13, pág, 15).

También sostiene que las mejoras al asalariado tienen que consistir, más que nada, en estímulos al estudio y en el propiciamiento de los deberes morales y sociales. Los derechos y los deberes son dos rieles que, sin juntarse nunca, hacen deslizar en marcha ascendente la máquina del progreso. Se mantiene aquí el criterio evolutivista, propiciando la superación del obrero y del empleado. Poco vale, a los fines evolutivos, un aumento en los jornales si no se está preparado mental y moralmente para hacer un uso recto y honesto de ese dinero.
Resumiendo nuestro pensamiento sobre la posición logosófica frente al individualismo y al colectivismo, en el aspecto que venimos realizando, decimos:

1º  La posición logosófica no resuelve el problema inclinándose absolutamente hacia uno u otro extremo. Afirma el principio del liberalismo económico (que es el individualismo proyectado hacia el campo de la industria y el comercio), pero restringido por el estatismo cuando sea necesario. El criterio de necesidad es un criterio de restricción. (“Nueva Concepción Política”, pág. 61)

2º  La posición logosófica no es capitalista ni obrerista. El capital no existe (Véase “Logosofía” Nº 23, pág. 5); existe la inteligencia; mas cuando esa inteligencia sirve a un egoísmo sin medida, pide restricción y sanción para ese trabajo inteligente capitalizado, que ha olvidado su función social. Y en cuanto al obrero, le señala el camino de la capitalización, del esfuerzo y el trabajo, sin desentenderse de sus legítimas aspiraciones.

Nos parece obvio advertir que la posición logosófica no es una posición de conformismo, que pretende quedar bien con Tirios y Troyanos. Es una posición real; ella se asienta en firmes conclusiones científicas (consúltese la bibliografía logosófica sobre concepción de la mente, de los pensamientos, etc. etc.) y en no menos firmes constataciones personales.

El mal, según la hoy difundida afirmación logosófica, radica en la mente de los hombres, y si esto es así, como está harto probado, teniendo los seres humanos la misma conformación psicológica, todo criterio clasista es falso.

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