El adolescente y su familia

Por Dalmy Gama – de Araguari, MG, Brasil

– Pero, ¿cómo es posible? ¡Este chico hasta hace poco era encantador!  ¡Fue sólo entrar en esta etapa y se volvió esa turbulencia que ustedes están viendo!    ¡Aquí en casa nadie lo soporta más! En el liceo es igual: ¡una queja tras otra! ¡Mi esposa y yo ya lo encomendamos a Dios!

Pero Dios no lo acepta, y ahí está lo peor de todo. Quien lo acepta es el mundo, con toda su insensibilidad, con su poder inmenso de desorientar, corromper y hasta destruir las almas juveniles.

Cuando niños, los hijos reciben gran atención por parte de los padres, principalmente de la madre. Estuve en la dirección de una escuela y sé bien eso. En la infancia, todo es futuro y todo son esperanzas. La convivencia se facilita en extremo por la gracia natural del niño, por la total dependencia en relación a los adultos, por la casi inexistencia de las reacciones del amor propio (lo que facilita las correcciones), por la propia incipiencia mental (que impide discutir en pie de igualdad con los padres), aparte de la maleabilidad psicológica que es propia del temperamento infantil.

Esos factores hacen de la criatura un ser simpático, encantador. Pero hay, según la Logosofía, algo más: “Durante la infancia, el espíritu se manifiesta en el ente físico o alma del niño para preservarlo de los males que lo acechan y compartir con él momentos muy gratos.”

Ahí está, a nuestro juicio, una de las causas, tal vez la principal, del encanto de esa edad, despertando en el adulto manifestaciones de ternura, interés y afecto.

En el conjunto de los muchos cambios físicos y psicológicos, la adolescencia trae consigo el comienzo del uso de la razón. Como todo comienzo, se hace mal, sin medida, a menudo en forma inoportuna. Es bastante común ver al gallito hablar como si fuese un maestro de sabiduría. Subvierte la escala de valores de la casa y del liceo, ubica a padres y profesores en el banquillo de los acusados y hace juicios fríos, ásperos, a veces crueles, aún respecto de los seres más queridos.

Algunos padres no soportan el vendaval. Caen en la desilusión, en el infortunio, en la total desesperanza y hasta en el diván de los analistas. Y allí acostumbra sobrevenir lo peor: lo encomiendan a Dios, al mundo, al diablo…

¿Por qué acontece esto? Los padres no están preparados. Nunca aprendieron cómo educar a los hijos. Educarlos desde pequeños, ya que no fue por acaso que Dios puso toda una infancia antes de la adolescencia. Para la Logosofía, la educación de los hijos debe comenzar por lo menos diez años antes de nacer.

Esa preparación comienza con la realización del conocimiento de sí mismo, y se hace a través de un proceso de evolución consciente. No conocemos otro camino.

Cuando el hombre y la mujer son una incógnita para sí mismos, no hay cómo resolver la incógnita de los hijos, inclusive en la adolescencia.

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