El Capital no existe

En base al artículo de Carlos B. González Pecotche del mismo título publicado en la revista “Logosofía” Nro. 23 de noviembre de 1942

Por Jorge N. Dusio

Uno de los problemas que no han sabido resolver políticos, legisladores, estadístas ni sociólogos en el último siglo, ha sido el de las relaciones entre los llamados capital y el trabajo.

Existe una creencia social tan fuertemente arraigada que ha adquirido visos de realidad y es la que se refiere a los roles – y desinteligencias – de los integrantes de este binomio. Por un lado se entiende que las masas obreras represen­tan el trabajo y por el otro que los comúnmente llamados patrones representan el capital, que explotan a aquellas. De tal creencia centenariamente admitida, deriva el error que lleva a tantos conflictos en el engranaje de las finanzas y la economía y que desgastan tantas energías que podrían usarse en un mayor avance social y humano.

En el artículo de referencia se plantea que, al analizar las posibilidades de cada persona en cuanto al desarrollo de sus actividades y puestos de trabajo, el capital, como tal, no existe, y en cambio se debe valorar el esfuerzo personal medido en el grado de inteligencia que se pone en lo que se realiza. En este sentido entonces, el llamado capital se denominaría trabajo superior, y el conocido como trabajo, correspondería denominarlo trabajo inferior. Esto sin que se pretenda significar otra cosa que una forma de medir la capacidad de contribución a la sociedad que ambos grupos brindan.

Analizando los fundamentos de esta apreciación y empezando por enfocar la constitución mental de cada ser humano y la potencialidad de su desarrollo, la cual excede ampliamente lo que en una vida alguien puede aprovechar, se puede afirmar que a nadie le está vedado ampliar las perspectivas de ser o tener lo que quiera, en la medida de la voluntad, la determinación y el esfuerzo inteligente que ponga en ello.

Pero también hay que tener en cuenta que si bien el mecanismo mental y sus posibilidades es el mismo en cada ser humano, no ha sido igual el uso que de el se ha hecho. Es así que mirando la historia, por un lado encontramos a quienes habiendo dedicado una parte importante de sus afanes al cultivo de sus condiciones intelectivas, han hecho que sus mentes se hayan desarrollado logrando las más prominentes ubicaciones en la sociedad humana; seres activos, inquietos y reflexivos a quienes se podría denominar evolucionarios. A su vez, por otra parte podemos visualizar a las incontables multitudes que retrasaron su evolución, por la rutina, la comodidad o la holganza en el esfuerzo de desarrollo de sus condiciones. No obstante ello, cada persona tiene siempre la prerrogativa de superar sus capacidades y dejar como herencia a su progenie y su entorno los bienes mentales, morales y espirituales que cultive.

Quienes se encuentran en inferioridad de condiciones por las causas anotadas, son las grandes masas de obreros con poca o ninguna especialización, que utilizan en sus labores el mínimo de inteligencia, la cual es siempre asistida por aquellos de mayor capacidad que los dirigen, facilitándoles la labor por el perfeccionamiento de las técnicas que utilizan en forma casi automática. Es el trabajo de los llamados obreros y empleados de rutina, que es compensado en la medida del esfuerzo y responsabilidad que cada uno pone, y no por el resultado producido en sí, -y esto es importante tenerlo en cuenta- pues éste es consecuencia de la inteligencia puesta por los que pensaron en las formas de organización de las actividades de modo que sean accesibles a quienes las ejecutan.

La denominación entonces, de trabajo superior, comprende a los obreros que utilizando su inteligencia y sin la ostentación del sudor de sus frentes ni la mirada resentida, como ocurre generalmente en las clases obreras, trabajan sin descanso y sin medir las horas para lograr no solo el sustento propio, sino el de muchos otros. Éstos son quienes en definitiva multiplican el rendimiento de la mano de obra. En esta categoría, comúnmente denominada como la de patrón, están no solo los directivos sino también los administradores, los gerentes, los jefes de la industria, del comercio y hasta los capataces que se distinguen por su esfuerzo en la superación de sus condiciones.

De acuerdo a este nuevo punto de vista de la realidad que presenta el artículo, el capital como tal, no existe, y es solo el nombre que se le da al resultado del trabajo de esa categoría de obreros que aplican mejor la inteligencia, a pesar de que las masas proletarias insistan en ser ellas únicamente las representantes del trabajo, del termino “obrero”, y también del sustantivo “trabajador” con el que pretenden atribuir una condición meritoria al obrero que no siempre se cumple: la de ser un obrero trabajador. Esta creencia irreflexivamente aceptada no está solo en el proletariado, sino también en políticos, legisladores y gobernantes. Y es creencia quizá, -a menos que debamos suponer intencionalidad-, porque a nadie se le ha ocurrido pensar que solo existe el trabajo como hecho cierto, en el que, si alguna división cabe hacer, sería la manifestada: la del trabajo superior en lugar de capital, cuando en él se aplica la inteligencia, y la de trabajo inferior en lugar de trabajo, cuando en él solo se aplica la fuerza física o los movimientos rutinarios, siempre dirigidos por la inteligencia de otros.

El artículo plantea la importancia primordial de que los hombres de estado se detengan a estudiar bien a fondo esta cuestión para que una nueva armonía surja en las sociedades, teniendo un concepto claro de cuál es la verdadera ubicación de cada uno  y cuáles son sus funciones y deberes de acuerdo a las aptitudes que en un determinado momento se tengan, las que por supuesto son susceptibles de irse ampliando, en la medida de la capacitación que se obtenga.

Pero esto no es lo que ocurre hoy en día. Lo común es que las masas obreras se quejen de recibir tratamientos injustos, y exijan más salario, beneficios o reducción de las jornadas laborales. Solo ante situaciones de graves crisis, y cuando casi siempre ya es tarde, se han preocupado de ver cómo afectan la estabilidad económica de quienes los emplean, sin haber visto que muchas veces han sido sus demandas, obtenidas siempre a fuerza de exigencias, las que han llevado a las empresas o instituciones al borde de la quiebra económica, o la moral de sus administradores, a los que luego juzgan implacablemente si estos deciden cerrarlas. Cuando esto ha ocurrido y por algún mecanismo los mismos obreros han podido continuar la actividad por propia cuenta, recién despiertan a una realidad que les exige con toda crudeza reconocer que no era simplemente la posesión de las herramientas, las instalaciones o un crédito bancario lo que hacía funcionar la empresa.

Ahora bien, ¿quiénes han fomentado esas exigencias o quiénes han dado alas a la ignorancia en vez de darlas a la inteligencia? Basta recordar los discursos políticos en vísperas de elecciones prometiendo a las masas de obreros y funcionarios beneficios y concesiones de todo tipo; de ahí el lógico reclamo posterior de cumplimiento de estas promesas. Y también basta ver lo que ocurre luego de obtenidas: cuanto más gana y más tiempo dispone ese obrero o funcionario, lo gasta en forma superflua en di­versiones o en artículos suntuarios de toda especie, permaneciendo con los mismos problemas y necesidades que esas mejoras debían solucionar. Es casi automático esperar que a esto se diga que ellos tienen igual derecho que todos los demás en hacerlo así, aunque cabría entonces preguntar si no   tienen también  igual deber de cuidar de la sociedad de la que forman parte, como lo hacen los que se hallan en la categoría superior, y no como generalmente ocurre con el obrero que cumple con su horario y se despreocupa por completo de las contrariedades y dificultades de todo tipo que vive el patrón que no repara en horario ni en lugar, sea en su casa, la oficina o donde esté, manteniendo siempre ocupada su mente en la solución de las múltiples complicaciones que la conducción de una empresa o institución demandan.

En el artículo en que basamos estos comentarios se definen nítidamente las dos posiciones antagónicas: la del patrón, con  sus preocupaciones y responsabilidades continuas, y la del obrero, que se desentiende de toda preocupación, no sólo desde que abandona su tarea diaria, sino aún durante el mismo trabajo, pues muchas veces cumple a desgano sus horas de labor y rara vez admitiría compartir la pesada e ingrata labor de sus superiores. Esto ocurre en la mayoría, aunque también están los que gustan trabajar más y colaborar con sus patrones compenetrándose en sus funciones. Cuando esto ocurre y alguno logra que se lo distinga por su esfuerzo y preocupación, mejorán­dole su posición, no es extraño ver que los demás lo toman poco menos que por un traidor.

Los que se definen como socialistas no han pensado que el trabajo inferior, el de las masas proletarias, es tan capital como el capital mismo y el trabajo de categoría superior, el llamado capital, es tan trabajo como el de esas masas y merece tanto o más consideración que aquellas, por la repercusión social que tiene. La diferencia entre uno y otro está en que mientras uno es realizado en silencio con la substancia mental, en la planificación y la organización, el otro es, en la mayoría de los casos, ruidoso y hecho con ostentación, exhibiendo con orgullo el sudor que produce y haciéndolo aparecer como signo de explotación y de injusticia social.

Bueno sería que quienes legislan lo hicieran con miras más altas, manteniendo el equilibrio armónico en las leyes laborales, estableciendo no solo derechos sino también deberes y obligaciones a las masas obreras para con la sociedad, en vez de desobligarlas por completo de toda colaboración en la solución de tantos problemas sociales que se dejan exclusivamente en manos de quienes parecen tener exclusivamente el deber de ofrecerles todo progreso, comodidad y jornal, mientras aquellos no se preocupan de realizar otro esfuerzo que el mínimo para satisfacer sus necesidades más básicas.

Otro error que al respecto se repite sin ninguna reflexión es que el capital nada podría hacer sin el concurso de la mano de obra de la llamada clase trabajadora, cuando en realidad lo que cabría decir es que si a la clase trabajadora de mayor jerarquía se le negara el concurso de la mano de obra, podría perfectamente prescindir de ella y dedicarse a vivir para si sola.

El artículo citado presenta al respecto una imagen bien clara. Propone suponer que en una isla se coloca un millón de seres ignorantes con todos los recursos de la naturaleza y en otra a cien personas que han cultivado su inteligencia y cuyo capital consiste en esa preparación. El millón de seres ignorantes pasará los días viviendo en forma primitiva, apenas satisfaciendo las necesidades básicas más urgentes; en cambio los cien inteligentes pronto habrán hecho un plan de trabajo, edificado casas con comodidades, reservado provisiones y construido barcos para transportar los excedentes de su producción para canjearlos con otras islas por lo que no tienen. Mientras tanto el millón de ignorantes de aquella isla, sin darse cuenta que podrían hacer lo mismo, mirará a la isla vecina codiciando lo que sus habitantes tienen y pensará en la injusticia que eso significa, mientras éstos les venderán lo que producen a cambio de mano de obra, ubicándolos en sus barcos, enseñándoles muchas cosas y haciéndolos partícipes de sus ganancias en la proporción natural y justa que corresponde.

Queda claro entonces, que el verdadero capital es la inteligencia; y que el volumen del capital, o sea el producto del esfuerzo, estará siempre en relación con el grado de cultura de la inteligencia.

Llegado a este punto, el artículo aborda un aspecto del tema que es importante precisar: la perversión de una inteligencia cuando esta se desarrolla exclusivamente en función del lucro, pues éste desnaturaliza su verdadera función. Expone aquí los casos de los que estando en esta tesitura y ocupando el plano del trabajo superior, forman un quiste social, convertidos en los verdaderos explotadores de la sangre humana y son la expresión de la usura y el pillaje. Estos seres, al vivir obsesionados por la codicia y por una mezquindad inconcebible, buscan el dominio económico a costa de la opresión y humillación de sus semejantes, pues han hecho de la usura el mayor objetivo de sus vidas. Lo lamentable es que sean confundidos con los que también actúan en el plano del trabajo superior con propósitos nobles y miras humanitarias. Es esa raza usurera la que causa los conflictos entre el trabajo inferior y el superior, y es lamentable que en las reacciones que ello produce no se sepa diferenciar lo bueno de lo malo, lo honorable de lo miserable.

Finalmente el artículo afirma que solo es cuestión de tiempo para que legisladores y hombres de estado tomen conciencia de esta realidad y entonces propondrán leyes justas y adecuadas que eviten los excesos y pongan límites razonables a la ambición, fomentando el desarrollo sano de las actividades económicas fijando, como ejemplo de una posible solución, un máximo al capital individual que colme las más amplias ambiciones, invitando al hombre que llegara a poseerlo a colaborar como asesor del estado, contribuyendo así en forma eficaz al desarrollo de la sociedad en la que vive.

Cuando la moderación en las ambiciones desmedidas de unos y las exigencias injustificadas de otros lleven a un equilibrio y un mejor entendimiento social, las enormes energías que antes se dilapidaban en la llamada “lucha social” se podrán encauzar en la promoción del estudio, la capacitación y el cultivo de la inteligencia en todas sus formas, especialmente la superior, y se iniciará una verdadera era de ascensión social. Esta es la gran clave que permitirá abrir las puertas de un futuro más promisorio y estable para la sociedad humana.

Anuncios

,

  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: