Evolución del concepto sobre los problemas sociales

Por Carlos B. González Pecotche

Publicado en revista “Logosofía” N° 60

En tiempos pasados, que bien podríamos prolongar hasta nuestros días, los problemas sociales se planteaban sólo en los países densamente poblados, cuyos recursos no alcanzaban a satisfacer las necesidades de las apretujadas masas que buscaban para su subsistencia y bienestar, consecutivas mejoras de orden económico.

Para conjurar esas situaciones, se ensayaron diversos sistemas y se siguieron teorías expuestas por sociólogos que se dedicaron a estudiar tales problemas. Así, cada país fue adoptando para sí lo que consideraba más apropiado a sus realidades y a sus medios. Las leyes obreras fueron multiplicándose en todas partes, sin lograr, empero, una solución de naturaleza permanente.

En los años comprendidos entre las dos grandes guerras mundiales, el fermento social rebosó su medida para reproducirse en el campo político. Ello dio nacimiento a las ideologías que fructificaron en Rusia, Italia y Alemania.

Paralelamente, en las naciones democráticas, las masas obreras se organizaron en agrupaciones gremiales, y poco a poco fueron logrando múltiples mejoras y beneficios. Cabria preguntar, ahora, qué aporte ofrecieron como contribución al bienestar general y al orden de los pueblos, y qué deberes se impusieron para mantener el equilibrio de sus derechos. De ahí surgieron muchos de los conflictos que se suscitaron entre el capital y el trabajo. Mas, para explicarnos con claridad, habría que comprobar primero si las mismas masas obreras, aquéllas altamente remuneradas que trabajaron en las grandes fábricas construyendo los armamentos que luego se utilizaron para su propio exterminio y el de muchos otros seres que nada tuvieron que ver con las agitaciones sociales que tan agudamente y con bastante frecuencia se sucedieron antes de la reciente conflagración, no fueron las que, inconscientemente arrastradas por el espejismo de los llamados triunfos sociales, encendieron el fuego bajo el cual cayeron fulminadas.

Se impone en esta hora una nueva concepción de los problemas sociales, en base a una mutua estimación de los valores, necesidades y merecimientos. Se hace indispensable una revisión completa de las leyes obreras encaminadas a perfeccionarlas, a fin de que las propias masas directamente interesadas se esfuercen en ser cada día más eficientes y útiles a la sociedad de la que son parte inseparable, así las ideas, como las costumbres y las demandas que formulen habrán de merecer las más justas apreciaciones del sentir general.

Para todo ello será necesario alcanzar la comprensión de que las posiciones que los trabajadores obtienen en la vida, ya por méritos personales, ya por ayuda ajena, deben ser no sólo mejoradas sino mantenidas por el propio esfuerzo y capacitación, desde que no es nada justo que el cuidado de las situaciones particulares queden a cargo exclusivo de los más aptos, de los que más se preocupan en conservar lo que tanto les costó obtener.

Cuando se estudian estos temas, dada su índole especialísima, no puede hacerse menos que clasificar en dos sectores la llamada clase proletaria. La primera, que felizmente suma un crecido número, es aquélla laboriosa, que se arraiga en el suelo y forma una familia de buenas costumbres, de cuyo seno surgen muchos de los que luego pasan a la clase media, integrando así mismo profesiones diversas. Es ésta, si se quiere, la masa obrera que menos preocupaciones causa a la sociedad, por cuanto se basta a sí misma y cumple su cometido honrosamente. Esas familias que la integran son respetadas y por lo general alternan con la clase media, como si pertenecieran efectivamente a ella.

El segundo sector a que hemos hecho referencia, vendría a estar formado por aquel tipo de obreros que por razones varias siempre se encuentra en inferioridad de condiciones con respecto al otro. Hacia estos obreros parecería existir una prevención o concepto diferente al que se tiene de los otros. Lo cierto es que, ganen más o ganen menos, éstos últimos siempre se hallan en situaciones afligentes, careciendo muchas veces hasta de recursos para el propio sostenimiento o el de sus familias. Este es, pues, el asunto que convendría investigar a fondo para formar, de ser posible, una nueva conciencia social, vale decir, arraigar en sus vidas un concepto acerca del mundo, de la sociedad y de las cosas, más amplio del que actualmente tienen.

Dentro del sistema del orden que impera en los países organizados y con miras a un constante progreso, no puede ser tarea difícil el condicionar con estricta justicia la vida de tantos que viven poco menos que en la indigencia. Pero lo que en verdad puede decirse, asegurar la estabilidad social de las masas obreras con sus respectivas mejoras, sería el afianzamiento de la moral de las mismas en base al respeto mutuo y, también, a la conciencia de los deberes que tal estabilidad les impone. Ello fomentaría el orden y la armonía en el juego de todos los intereses humanos, y nadie más que esos mismos interesados habrían de preocuparse por mantener ese orden que, al final de cuentas, a todos beneficia y a ninguno perjudica.

Lo esencial es que cada uno, sin excepción, contribuya a que la paz se afiance en las naciones, y especialmente en la gran familia humana, a fin de que los problemas de toda índole que a diario surjan, puedan ser resueltos con serenidad, con claro discernimiento, y una amplia concepción de la justicia en sus dos inseparables columnas: el deber y el derecho de cada ser humano. De hecho se desprende que los que más pueden y tienen, deberán contribuir en mayor proporción a que el mundo vuelva por los cauces de la normalidad, aminorando y aún eliminando los riesgos que pudieran sobrevenir acerca de un nuevo estallido en el futuro, cuyos estragos serían incalculables.

 

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