Que es lo que sabemos sobre la salud

De la revista “Logosofía” No. 38

Por el Dr. Erasmo Arrarte

Para abordar este problema en la forma más lógica, conviene establecer, primero, cómo se define satisfactoriamente el vocablo salud, y cuáles son los elementos que la configuran, porque vana y poco consciente sería la tarea que propendiera a esclarecer lo concerniente a la salud, si no se posee un concepto claramente determinado de la misma.

La Real Academia la define -diciendo: “Estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones”; para la misma autoridad, es la salud en el dominio anímico “un estado de gracia espiritual”, -La Enciclopedia Vastus expresa que la salud es “el estado normal del organismo”. Para el diccionario de medicina de Littré, es “el ejercicio libre y fácil de las funciones”. Para la Enciclopedia Larousse, “el estado de aquél en quien las funciones no son turbadas por ninguna enfermedad”.

Un rápido análisis de esas definiciones nos muestra que las autoridades lingüísticas y científicas fundan sus conceptos sobre la salud, en la integridad de las funciones orgánicas. Corresponde, entonces, que ampliemos la proyección consciente sobre nuestro tema, preguntándonos si sabemos cuáles son las funciones orgánicas; cómo se establece el límite que demarca lo normal de lo anormal de las mismas y hasta cuánto tiempo después de afirmar que existe la salud, debe persistir la normalidad en las funciones, pues no sería admisible que dijéramos que un hombre es sano y horas más tarde, por un síncope, una hemorragia interna o una embolia se produjera la muerte del mismo.

Nadie podría afirmar sin desautorizarse, en el estado actual de los conocimientos fisiológicos, que son conocidas todas las funciones del organismo humano; ni que se haya fijado sus límites para poder saber el momento en que cesa la normalidad; ni cuánto tiempo persistirá lo que se haya considerado como normal en una o varias funciones estudiadas, para que lo que en un momento se afirme que es salud, no deje de serlo pasados unos instantes. En consecuencia; todas las definiciones dadas sobre la salud, fundadas en el conocimiento de las funciones del organismo humano, carecen de las bases indispensables.

El concepto de salud sólo tiene un sentido de probabilidad, tanto mayor cuanto más numerosos sean los conocimientos en que se apoye; pero en ningún caso se puede dar la certidumbre de su existencia, pese a las incontables páginas escritas en las que abnegados investigadores dejaron las huellas de sus esfuerzos, Sin pretender que éstos hayan sido totalmente infructuosos, pues es notorio que contribuyeron a aumentar la aproximación al conocimiento real de la salud, o mismo al de la apreciable distancia que de éste nos separa, es cierto que por las vías que dibujan las técnicas actuales de la ciencia nadie avisora el día venturoso en que lleguemos a estar en posesión del conocimiento real de la salud.

¿Es sensato proseguir un camino tan largo e incierto, que, no obstante haber sido investigado por tantos millares de trabajadores en el curso de los siglos, se ignora si podrá llevar algún día a la meta fijada? Cuando varias tentativas encaminadas a una adquisición han sido estériles, un elemental sentido lógico indica en la práctica diaria de la vida, que es necesario volver al punto de partida para buscar el camino verdadero. Habríamos ahorrado tiempo y energías si desde los primeros ensayos sin éxito hubiésemos advertido que ellos denuncian el incumplimiento de una noción capital que debe presidir a toda investigación: la noción del punto de partida y de los elementos con que contamos para la eficiencia de la realización del proceso que la investigación exige.

La Logosofía. ha afirmado que la ciencia oficial jamás dirá la última palabra ante ninguno de los grandes problemas que ella afronta, y, con lo que hemos dicho referente a ese tanteo interminable de las investigaciones científicas, que no ha conducido en ningún momento, no ya a una fuente luminosa inconmovible, ni siquiera a una fundada esperanza de una gran conquista, tenemos un importante principio de comprobación para esa advertencia de la ciencia nueva a la vieja ciencia. Al decir a ésta que jamás dirá la última palabra, la invita a que no se obstine en seguir llamando allí donde nadie le responde por ser evidente que la casa está vacía.

Desde el momento en que se confrontan estas dos actitudes, la de la anciana testaruda que prosigue días y más días con el aldabón en la mano, y la de la joven que afectuosamente la invita a que no llame más porque allí no hay nadie que pueda contestarle, la elección lógica no puede ofrecer dudas: la anciana no encontrará el punto final de sus propósitos vanos y deberá elegir entre volver a su casa o sucumbir asida al aldabón.

Si se estima que la Logosofía no tiene suficiente autoridad para hacer indicaciones a la matrona consagrada, contestaremos diciendo que no se trata aquí de autoridades en cada especialidad, sino de valorar la elocuencia de la realidad; y la nueva ciencia, sin herir, señala aquella esterilidad de buscar siempre sin encontrar nunca, y avanza más aún en la elocuencia de esos hechos: indica que recorrer caminos sin llegar jamás al fin propuesto, significa ignorar a dónde conducen esos caminos y por qué medios se debe encontrar el camino verdadero.

Ahondando un poco más en la referida elocuencia de esos hechos, la ciencia logosófica concluye en que quien toma un punto de partida erróneo y como consecuencia de esto vaga largo tiempo por caminos en los cuales sólo encuentra espejismos fugaces, obstinándose,- no obstante, en encontrar por ahí las realidades que sé propuso, demuestra una carencia de capacitación para culminar en la efectiva realización que le permita iluminar el problema  abordado.

En último término, la ciencia oficial jamás podrá decir la palabra final porque emprende las vías externas y físicas y, con ellas, toma un falso punto de partida, pues el verdadero conocimiento, aquel que reclama la solución de los grandes problemas, sólo puede ser adquirido por las vías mentales de una mayor capacitación, Es decir, el que aborde una investigación deberá saber con qué elementos mentales cuenta para planearla y desarrollarla con la. eficacia necesaria, como también, qué es lo que se propone solucionar, o sea, tener un concepto definido del asunto que es materia de la investigación.

Con estas concepciones, la Logosofía nos conduce a los tiempos de la gloriosa Grecia y nos coloca ante el frontispicio del Templo de Delfos para que leamos la inmortal leyenda allí estampada, y olvidada por la ciencia oficial de nuestros días: “Conócete a ti mismo”. He ahí el primer mandamiento de la vida plenamente consciente, que debe ser el pedestal del verdadero conocimiento.

Apliquemos el entendimiento a desentrañar el contenido de ese aforismo, para que nos sea posible enfrentar el problema de la salud con el basamento requerido, y observemos que nos dice, entre otras cosas, que sólo quien posee el significado de lo que se propone investigar, puede saber cuándo ha encontrado lo que investiga, sin confundir lo que fue objeto de la búsqueda con cosas similares, porque la noción plena de ese significado se lo impide. Por otra parte, en virtud de que todo conocimiento es la manifestación del enlace de otros que le son afines, el mandato del propio conocimiento indica hacer un registro interno a efectos de saber con qué conocimientos contamos para fundamentar e iniciar nuestra investigación.

La salud es una manifestación de integridad y suficiencia en las actividades de la vida humana, que no pueden ser alteradas, por la forma sensata e inteligente con que son vigiladas y mantenidas en resguardo de toda perturbación. Por ser la salud una manifestación de la entidad humana, corresponde que estemos en posesión de las nociones que permiten definir esa entidad, puesto que si no podemos conocerlo principal sobre la constitución humana, no será posible investigar en ella esa manifestación de sus actividades que hemos llamado salud.

Exponemos el concepto logosófico del ser humano desde el punto de vista constitucional, diciendo que es la resultante de la conjunción armónica de dos organismos: uno, mental, superior y dirigente; otro, físico, inferior y dirigido.

De Inmediato surge al entendimiento la importancia capital de este conocimiento a los efectos de la investigación que nos proponemos, porque si buscamos la manifestación integral y suficiente de las actividades humanas, el conocimiento de la existencia de estos dos organismos de diferente jerarquía que integran la constitución del ser, traza la ruta a la investigación, dirigiéndola hacia el superior y dirigente, ya que estas mismas características indican que en él reside la fuente de todas las actividades humanas y, por consiguiente, en él residen, también, los elementos que. dan integridad, suficiencia y persistencia a esas actividades que configuran la salud, y los mismos factores de juicio nos permiten afirmar que en él se encuentran, asimismo, los elementos que pueden restar suficiencia e integridad a las actividades del ser humano, privándolo de la salud.

Este camino es opuesto al que ha seguido la ciencia oficial; ésta empieza y prosigue sus investigaciones en la parte física y externa del ser considerando única y exclusivamente ese aspecto, estimando que allí se gestan las funciones y que en ese campo están las causas que las normalizan o las perturban. La Logosofía, en cambio, dedica preferente atención a la mente como promotora de todas las actividades humanas, incluyendo en gran parte las orgánicas.

Para esta ciencia, el vigor y saneamiento del organismo físico está en relación directa con la vitalidad y salud del organismo mental. Al igual que aquél debe ser alimentado para que posea existencia, éste también debe absorber y asimilar su alimento. El conocimiento  logosófico brinda ese alimento con el que se vitaliza, evita sufrimientos derivados de la ignorancia y libra al Ser de caer en el cadaverismo psicológico en que culminan las noches glaciales de la ignorancia.

 

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