Lo que queda por hacer

Disertación pronunciada por Héctor Queirolo en la Fundación Logosófica de Montevideo.

Publicada en la revista “Logosofía” N° 60

Lo que queda por hacer: He aquí expresado, en apretada síntesis, aunque con toda claridad, el pensamiento logosófico acerca de la labor que espera a la humanidad: ”¿Qué queda, entonces, por hacer a las generaciones de hoy? No hay más tierras que descubrir; los gritos de la misma ciencia enmudecen ante realidades que no sabe comprender; el confort hastía porque se disfruta demasiado de él; las diversiones relajan el espíritu por el abuso que se hace de ellas. ¿Qué queda, pues, para que las generaciones del presente puedan responder como las de antaño, a los empujes dignos de su época?

“La Logosofía responde: Queda lo más grande que existe por realizar y que en esta gran etapa tendrán que cumplir las generaciones de hoy y las venideras: el avance hacia las altas regiones del entendimiento; el esfuerzo por llevar al ser, como alma humana, hacia el encuentro de su propia explicación como ente físico, hacia la eternidad que no ha sabido comprender al vivir un tiempo perentorio, sin valor alguno. En otras palabras: el avance hacia la superación. (“Logosofía” Nº 29. pág. 21)

Vamos a analizar estas palabras en el curso de nuestra exposición, demostrando que el autor no se limitó a expresar lo que había que hacer, sino que, poniendo en acción su pensamiento directriz desde hace más de tres lustros, fue determinando cómo había que hacerlo y qué medios había que utilizar. Dicho pensamiento ha debido abrirse paso a través de la densa cortina de escepticismo que domina en todos los ambientes, como consecuencia lógica de los innumerables fracasos y derrumbes de ideologías que tanto prometieron sin lograr llevar a nadie más allá de lo conocido. Conviene destacar que los grandes movimientos se limitaron a resolver, o pretendieron resolver, mejor dicho, los problemas sociales y económicos. Los hubo también que surgieron estimulados por el natural impulso de la búsqueda de la verdad, y que tuvieron aceptación diversa pero limitado éxito por estar sus planes de perfeccionamiento alejados de una concreción práctica accesible, o tal vez por carecer de las verdades y vigor indispensables para triunfar. Hoy, grandes sectores a los que se confiara el cuidado espiritual del ser humano, están experimentando, ante el imperativo de las circunstancias, la necesidad de una renovación más de acuerdo con nuestra época.

Esta es la realidad que hoy vivimos. Graves trastornos morales y materiales, y la sensación íntima presentida por la mayoría, de que estamos al final de un drama que quedará grabado en los anales históricos de la humanidad como el punto vértice de un cono invertido, desde donde ha de iniciarse un período de reconstrucción y regeneración en todos los órdenes de la vida, y en el que todo aquello que se resista a los inevitables cambios que ese período traerá aparejado, habrá de desaparecer, necesariamente. Algunos sostienen, y quizá estén en lo cierto, que aún habremos de apurar un último amargo trago. Y en efecto, los acontecimientos revelan paz, pero no entendimiento entre las naciones y los hombres, de lo que se deduce que tal paz no existe.

Veamos el porqué de estos fracasos. El equilibrio en la vida debe cimentarse sobre dos factores fundamentales: el relacionado con lo físico o material, y el que concierne al espíritu. La falta de atención en cualquiera de estos sectores provoca perturbaciones más o menos serias; ya conocemos el caso de las enfermedades que afectan al hombre, determinadas muchas de ellas por la carencia de los cuidados que el cuerpo requiere para no perecer.

Nos encontramos, pues, con dos líneas que debiendo ser paralelas en su marcha, han corrido en sentido inverso, o por lo menos, una de ellas ha quedado rezagada: lo material ha alcanzado progresos extraordinarios como consecuencia de las invenciones y perfeccionamientos registrados dentro de ese orden. Definiríamos más concretamente si expresáramos que lo externo ha prevalecido sobre lo interno, absorbiendo toda la atención y las mejores energías, mientras lo interno fue siendo relegado a planos secundarios hasta quedar reducida su expresión a una máscara, inmóvil y sin vida.

Se han enfocado las miras hacia lo externo; los movimientos han sido dirigidos hacia afuera, a los demás; ninguno a lo propio, a lo interno. Se ha venido pregonando la reforma de los otros y proyectando soluciones colectivas difíciles, cuando no imposibles de cristalizar en realidades. En medio de todo esto faltó lo primordial: un plan completo y perfectamente asentado en leyes universales, que permita y estimule al hombre a renovar su entendimiento con la luz de nuevos conocimientos y a comenzar una vida más próspera, más cierta y de instantáneo mejoramiento, cuyos actos sean resultado de una elaboración lógica, razonable, consciente.

Ha dicho Raumsol que “la evolución consciente es y debe ser para todas las épocas el imperativo del alma humana. Nada como la luz en el entendimiento para ahuyentar las sombras de la ignorancia que mantienen al hombre a oscuras sobre el superior destino que debe alcanzar si con su esfuerzo crea el mérito de su propia emancipación moral”. “El valor de la instrucción logosófica estriba en que ofrece al entendimiento humano un campo inagotable de experiencias.” “La eficacia del método reside en la comprobación que cada uno efectúe sobre sí mismo al advertir los progresos insospechados de su entendimiento.” (“Logosofia” Nº 14, pág. 11)

La enseñanza logosófica representa, pues, un nuevo idioma, con el cual es menester familiarizarse, y luego, mediante una práctica constante y perseverante, asimilarlo. Contiene una esencia o substancia no visible superficialmente, a pesar de estar constituido por palabras claras y sencillas. La explicación de esto la debemos encontrar en la profundidad de sus conceptos, los que deben ser estudiados y meditados, ya que por ser síntesis contienen mucho que sólo descubre el buen investigador. No pensemos por esto que de su estudio han de derivarse nuevos problemas y preocupaciones para sumarse a los ya habituales. De la Logosofía, que es extractum de conocimientos, no pueden surgir más que simplificaciones, desde el momento que toda ella propende a la eliminación de lo superfluo. Que después de recibir estos conceptos y reconocerlos valiosos se sienta la necesidad de cumplir ineludibles deberes, esto es cierto; pero dudamos que nadie tema arrepentirse de proceder con conciencia y altura aunque ello signifique la realización de un esfuerzo. ¿Es que alguien piensa que podemos desentendernos de nuestros deberes como hombres, como ciudadanos, como células de una humanidad enferma que debe recuperar su salud?

El método instituido por el conocimiento logosófico para alcanzar la superación, dista, en la generalidad de los casos, del que se busca, se anhela o se sigue. El hombre quiere avanzar, no por conquistas graduales y propias, sino a grandes palos, a saltos, o por gracia especial. Y esto no es posible. Casi todos quieren ser ricos, materialmente; no todos lo alcanzan; pero, con seguridad, estarán más cerca de serlo aquellos que, trabajando, comienzan por reunir los primeros cien pesos y después doscientos, quinientos, mil, que quienes ponen sus esperanzas en la lotería o en un negocio fabuloso. Pasarán los años y mientras los primeros habrán sentido la satisfacción de ver cumplidos sus anhelos y con ellos el estímulo para proseguir, los segundos estarán lamentando constantemente su mala suerte. Aún los grandes rascacielos se comienzan con un pico y una pala: los elementos más sencillos. Exactamente acontece en todos los órdenes de la vida cada vez que se quiera construir algo. Y cuántas veces se renuncia a empuñar el humilde pico que ha de eliminar viejos prejuicios, pretendiendo levantar el nuevo edificio sobre ruinas inútiles.

La Logosofía llama la atención en primer término sobre la función que compete a la mente y el papel que juegan los pensamientos. Los conocimientos que brinda se dirigen a la mente por ser allí donde se orienta la vida, donde se generan las energías y se extraen los elementos que se utilizarán en las actividades, todos ellos, a su vez, susceptibles de perfeccionarse.

“El sistema mental es un mundo de maravillas y cuanto más se interna el hombre en su conocimiento, más experimenta la sensación de que existe.” Esto dice la Logosofia y ofrece al mismo tiempo su método de estudios regulares para la adquisición de conocimientos de carácter trascendente. ¿Será menester recalcar aquí las ventajas del que sabe sobre el que ignora? ¿Acaso, pueden medirse las prerrogativas que disfruta quien conoce para qué vive y cuál es el objeto de su existencia?

Destacaremos otra particularidad del conocimiento logosófico. Es indudable que los conocimientos que se adquieren propician el dominio de un sector de las actividades humanas; el mismo a que hicimos referencia al principio, vale decir, el sector de las actividades ajenas al desenvolvimiento del ser en sí mismo. Empero, la Logosofía, que es ciencia integral, especialmente dirige sus conocimientos a la parte interna del ser. Su enseñanza, por tanto, debe ser vivida y asimilada para absorber su contenido; poco o nada representará, pues, para aquel que se detenga en los umbrales de la simple admiración o especulación comparativa. La vida interna que propicia la Logosofia no debe entenderse por estados contemplativos ni de aislamiento, sino como organización de las facultades internas y plena realización de un conocimiento que se incorpora al acervo propio luego de un proceso conscientemente seguido. El espíritu necesita, al igual que lo exige el cuerpo, realizar una labor de nutrición y asimilación. Al conocimiento gradual de sí mismo, se une después el del semejante, y más allá el de toda la Creación, descubriendo una correspondencia y unidad regida por leyes inalterables.

Sobre los pilares inconmovibles de las leyes universales descansa la estructura del conocimiento logosófico. Cada conocimiento que él configura tiene su punto vértice en un principio, en una ley. Estos principios eternos son los que deben ser llevados a lo interno, desde donde, al realizarse, proyectan bienestar, armonía, belleza, enlazándose en perfecta correspondencia los planos eterno, interno y externo.

Muchas cosas aparecen incomprensibles por la ausencia de un conocimiento cabal de su origen y razón de existir. Se atiende preferentemente lo externo y se pretende descubrir, en ese proceso inverso, lo interno y eterno.

La amistad y vinculación con conocimientos elevados proporcionan bases firmes para la renovación y superación del ser. No existe nada más grande ni de adquisición más anhelada, que poder dedicar una parte del tiempo a incorporar al propio saber, conocimientos que capaciten para un desempeño más eficiente y digno. Sabemos de la falta de tiempo: también sabemos que el tiempo, tortura constantemente. La clave para disponer más de él es vincularse a aquello que lo brinda, no a lo que se lo lleva. Son las cosas pasajeras las que se llevan el tiempo; las permanentes lo amplían. Mientras las primeras parecerían huir del tiempo, las otras viven con él. Es necesario, pues, vincularse a lo permanente, a lo eterno, porque lo eterno vive sin plazo, sin término.

¿Y qué es posible asimilar de lo eterno? La verdad, que acompañará siempre al hombre; el conocimiento real. Esa verdad será siempre la misma, sin modificación, sin cambios, aunque pasen los siglos. Esa verdad realizada y sostenida es la que ha encumbrado a grandes hombres, grandes ejemplos, que viven y vivirán a pesar de haber desaparecido físicamente y a pesar del tiempo transcurrido, pues lo que se identifica con la suprema verdad, jamás deja de existir.

El hombre debiera equilibrar su actitud frente a la vida, de modo de poder vivir simultáneamente tres vidas: la eterna, la interna y la externa, y no una, como lo hace generalmente.

La Logosofía estimula la actividad, que es vida, y combate la inercia, que es muerte. Estimula la actividad superior, porque ésta genera el crecimiento del espíritu. Y si se experimenta una íntima alegría cuando se ve crecer y florecer una planta, cuando se percibe el desarrollo vigoroso de un niño, ¿cuál no ha de ser la felicidad que experimente el hombre que consciente de su propio crecimiento, del crecimiento de su entendimiento, del aumento de su capacidad, comprende que podrá ser más útil a sí mismo y a sus semejantes?

Parecería corresponder a esta generación, a la generación de América, en cuyas entrañas, ha dicho Raumsol, se gesta el futuro de la humanidad, comenzar la realización de la parte más importante de lo que queda por hacer: la conquista de la superación.

La vida es digna de ser vivida, pero en un mundo mejor, donde los hombres se entiendan, vivan en paz y disfruten de la felicidad que siempre han buscado.

 

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