Una nueva orientación moral-espiritual

Publicado en la revista “Logosofía” N°  77

Por Alcira López Ibarburu

En el agitado remolino de confusas corrientes mentales que hoy inundan todos los ambientes del mundo, está debatiéndose penosamente una humanidad que, víctima de sus propios desvíos, procura afirmar sus bases sobre principios cuya enunciación aún no logra concretar, pero en los que confía la restitución de su perdida estabilidad y la garantía de su efectividad.

Cuadro psicológico de tan inquietantes contornos, propone a la mente que observa un serio interrogante: ¿Qué ha faltado para la felicidad de estas generaciones, poderosas como nunca en el manejo de fuerzas que sometió a sus manos la Ciencia; ricas depositarias de la experiencia de siglos que la Historia confió a su intelecto, y herederas selectas del pensamiento luminoso que los grandes forjadores de ideales sembraron en su corazón? ¿Qué ha faltado? Los hechos y sus consecuencias lo están determinando. La humanidad ha estado huérfana, por varios siglos, de ese elevado sentido moral que jerarquiza el saber y orienta sus manifesta­ciones hacia objetivos de la más alta significación humana.

A todos es dable comprobar que el poder del conocimiento común, cuando carece de una sana orientación que modere y ennoblezca sus funciones, llega a transformarse en incontenible fuerza, causante de irre­parables pérdidas. ¿No hemos verificado, acaso, esta realidad en esos angustiosos choques morales que llamamos “guerra”, donde los frutos mismos del saber humano son las terribles armas de la destrucción?

Esta urgente necesidad de una corriente orientadora de los afanes humanos es mundialmente percibida, y, minuto tras minuto, nos llegan referencias de los persistentes intentos que realizan las figuras más desta­cadas de la política y la pedagogía internacionales, en el sentido de alcan­zar a configurar ese nuevo orden moral que trascienda los límites de mezquinos intereses y se proyecte hacia altas finalidades. Periódicamente se plantean los más vivos debates en los que las diferentes potencias buscan ese punto ideal sobre el cual edificar la conciliación y unificación de sus respectivos puntos de vista. ¡Cuántas veces aún habrá de sobre­saltarse la ya inquieta razón de los hombres, al advertir el profundo abismo que media entre los criterios que sobre concepciones tan ideales como los de libertad, soberanía de los pueblos y derechos del individuo, por ejemplo, sustentan las partes en divergencia!

La Logosofía, atenta como siempre a satisfacer las necesidades primor­diales de la vida humana, ha hecho suyo, desde los comienzos, el problema de una nueva orientación, y en profundos estudios que aparecen regular­mente en las páginas de esta revista, ha ido delineando los fundamentos sobre los que habrá de estructurarse para que en verdad se constituya en fuerza unificadora de ideales y esfuerzos y gestora de las más fecundas producciones de la inteligencia.

Bien definida e inalterablemente asentada sobre leyes de carácter universal, la nueva orientación moral que propone la Logosofía se distingue entre todas por la originalidad de su concepción y por la acción renovadora de sus principios. Su cuerpo de doctrina se apoya esencialmente en “el principio de la reforma individual en base a una evolución efectiva del pensamiento humano” (“Logosofía” Nº 25, pág. 15), y su método pedagógico dispone de las normas que hacen posible la realización de este principio, expresándose en una superación verdadera en todos los órdenes de la vida. Es así, que para los sinceros anhelos de cada ser humano, cualquiera sea su punto de partida y el monto de inquietudes, dudas y dificultades que le acompañan, quedan abiertas ilimitadas perspectivas de progreso individual que le van habili­tando para satisfacer su innata aspiración de constituirse en elemento social de verdadero valer.

Acompañando a la Logosofía en sus observaciones de los diferentes medio‑ambientales en que se desenvuelve la vida, debemos coincidir con ella en que la falta de la debida orientación que venimos comentando, se descubre ya en la niñez; casi desde el momento en que ésta inicia ese proceso de intelectualización que le va haciendo depositaria del acopio de saber de sus mayores. ¡Elocuentes llamados de atención para padres y educadores!

Los centros de enseñanza, recargados en su mayoría de frío cientifi­cismo o de estrecheces dogmáticas, no alcanzan mas que a cumplir funciones de rutina, meramente ilustrativa, formadoras del saber utili­tario, desconociendo la noble exaltación de esa función, educadora por excelencia, que con tanta eficacia está hoy día cumpliendo la enseñanza logosófica: liberar las potencias creadoras del espíritu; darles impulso y espacio encauzándolas por las rutas seguras del progreso, a buen res­guardo de las traicioneras arremetidas del desborde de las bajas pasiones.

Mientras el niño hace ese breve recorrido a través del tiempo que lo transforma en joven y más allá en adulto, a la vez que transita por los caminos del oficio o la profesión elegidos, ¿cuáles son las verdaderas distancias que ha logrado cubrir en la senda de su desarrollo y perfeccio­namiento moral‑espiritual?; ¿cuál el crecimiento que otorga dignidad a su condición de humano?; ¿cuál el caudal de conocimiento trascendente que le capacitará para actuar con real sentido de los deberes y la respon­sabilidad que le incumben en las variadas alternativas que conforman su vida individual y social? Ha bebido en todas las fuentes; ha incursionado en las ciencias y en las filosofías; se ha saturado de clasicismo y de moder­nismo, y, sin embargo, su razón y su conciencia continúan casi tan ajenas como al comienzo, a los fines reales de su vivir, a la verdadera noción del porqué y el para qué de la humana existencia. Fluctuando a exclusiva merced de las circunstancias, extrañas por lo general a los dictados de su voluntad, se siente víctima de la adversidad y herido por los recientes choques de las ciegas fuerzas mentales que agitan los ambientes del mundo.

Para que el ser humano, pues, llegue a descubrir sus posibilidades y logre justificar ante la Creación, su condición de “ser racional”, deberá recibir desde su niñez el amparo de una esmerada y sobria educación, que tienda a formar en él un concepto indestructible sobre su verdadera con­ducta dentro de la familia, la sociedad y el mundo.

 

Llenando ese vacío de orientación, esa insuficiencia de los métodos habituales de la enseñanza, se ha instituido la cátedra logosófica de per­feccionamiento humano, que, con su riqueza inagotable de elevados cono­cimientos, se propone enseñar a comprender la vida en sus funciones específicas, conduciendo, tanto al niño como al joven y al adulto, por un proceso de superación integral en el que la inteligencia, en acci6n inten­siva, dilate capacidades y llegue a abarcar, progresivamente, los múltiples aspectos en que se le manifiesta la vida. Tomará así contacto con los deberes ineludibles de la conciencia, y la voluntad, enraizada en profundas convicciones, irá conduciéndole a través de empeñosos estudios, luchas y conquistas, hacia ese anhelado equilibrio individual y social que tanto dignifica y encumbra la especie.

 

Determinado el norte logosófico, va el hombre hacia el encuentro de un nuevo mundo; de un nuevo mundo que, al decir de la Logosofía, él mismo deberá crear, representativo de esas sublimes conquistas del espíritu que harán indestructibles sus fundamentos. No es posible negar que aquel mundo en el cual hoy vive y se debate, fruto también de su creación, ha perdido dirección y estabilidad, y que en azarosas oscilaciones amenaza constantemente sepultarle en un derrumbe final, aun a pesar de las muchas manos que se tienden en afán de sostenerle.

 

 

Al encontrarnos frente a la nueva y sólida orientación de las activi­dades humanas que propone esta fecunda ciencia (“Logosofía” años 1941-46), no puede dejar de pensarse que cuando sean muchas las inteligencias cultivadas en el saber logosófico y muchas las voluntades templadas en las experiencias de este saber, su acción constructiva irá transformando los ambientes de inseguri­dad y violencia de la actualidad, en otros de paz y confianza, y cada corazón humano se dilatará en hondo suspiro de alivio ante el alejamiento defini­tivo de los temores que oprimen e inhiben, y ante la presencia constante de alentadoras esperanzas y realidades, promisorias de un feliz porvenir para la humanidad.

 

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