Raumsol continúa exponiendo ante la opinión su clara y penetrante concepción filosófica.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en  “El Heraldo Raumsólico” N° 29 (enero 1938).

Sus conocimientos del Derecho y la Psicología Humana han quedado evidenciados en la vigorosa y extraordinaria defensa de los principios de  su Escuela de Logosofía

Con este artículo doy comienzo a las tareas de este año, y es con verdadera e íntima satisfacción que me dirijo a todos aquellos que han seguido de cerca y con sincero interés la trayectoria de mi palabra siempre fiel reflejo de mis pensamientos en los momentos, precisamente, en que rompiendo mi habitual retraimiento, y consagrado por entero a  la obra que desde el año treinta me halló realizando en compañía de mis buenos discípulos y excelentes amigos, encaré con toda la energía que era menester, la lucha que con tanta osadía y demostrada mala fe me presentaron unos cuantos desventurados, muchos de ellos expulsados de mi Escuela por sus comportamientos incorrectos, que persistieron aun después de haber merecido una serie de amonestaciones y apercibimientos disciplinarios.

En todos mis escritos anteriores expuse cual era mi posición con respecto a la campaña difamatoria de que fui objeto y expliqué cuáles eran los objetivos perseguidos por mis detractores. Fui amplio, claro, preciso y no defraudé, por cierto, ni la lógica expectativa que existía en escucharme, ni la confianza que había inspirado en mis largos anos de labor humanitaria, pues hasta lo que anticipé a la opinión respecto a mis falsos adversarios ideológicos, se fue cumpliendo matemáticamente y en forma aun más completa que la bosquejada. He dicho “falsos adversarios ideológicos”, porque  no pueden ser legítimos aquellos que, con tanta facilidad pasan de un extremo a otro y de todas partes son echados por ser elementos disolventes y peligrosos para toda sociedad sana y bien constituida.

Ellos llevaron a la prensa sus blasfemias y calumnias. Por medio de la prensa respondí a las ofensas y coloqué a cada complotado en su sitio. He dado amplia publicidad a todo cuanto concernía a la acción judicial que inicié y prosigo contra todos los que me atacaron, para que sean probadas sus falsedades y sus inicuos atropellos.

Todos los escritos de mi defensa marcan ya un nuevo rumbo en la historia del derecho. Hasta este momento las resoluciones del Tribunal, tanto en Rosario como en Montevideo, han sido en su totalidad en favor mío; no podía ser de otra manera, ya que acudí a la justicia en demanda de justicia. Sin embargo, en ciertos y determinados casos no hubiera sido necesario reclamar la intervención de los jueces, pero no debía pensar que al poder solucionarlos de otro modo resolvía felizmente una situación personal. Pensé en esa circunstancia, en el peligro que correría cada semejante que fuera objeto por parte de esos aventureros, de idénticos procedimientos y malintencionadas maniobras que con facilidad les fueran hecho caer en sus redes y sucumbir indefensos en brazos de la desesperación, y ese pensamiento me preocupó más que los ataques malévolos y subalternos que me hacían pretendiendo orillar las leyes o valiéndose de subterfugios para sorprender a la opinión con una simulación propia de los que jamás conocieron la decencia o el honor. Sentí la obligación de poner en descubierto todas esas maquinaciones que abren las puertas del atentado, y a pesar de los desesperados esfuerzos que esos entes depravados hicieron para eludir la justicia, allí los he conducido con mano de hierro, y allí, pese a todas sus amenazas, que por cierto no hacen más que mi decisión, tendrán que rendir cuentas y aprender de una vez por todas que no se burlan impunemente las leyes que resguardan el derecho humano.

Cuando aparezcan los compendios que registran los hechos y la defensa de  supremos principios que desde,los comienzos de la historia fueron base de los pueblos, amparo primordial de los hombres, alma y vida de toda criatura humana, todos podrán defenderse con acierto y conocimiento profundo de esos enemigos del progreso  y de las personas honestas y bien nacidas, y se precaverán de esas lacras sociales que viven sorprendiendo la buena fe de los buenos y perjudicando a todos con perniciosas actividades disolventes.

Complacido he dado a la  opinión todos los elementos de juicio para que pudiera juzgar con conocimiento de  causa tan  insólita y abominable campaña. Posiblemente sea éste el último artículo en que me ocupe de este asunto, pues las cosas han cambiado fundamentalmente de cariz. La mayoría de mis detractores hoy se hallan procesados. Con todo, los más audaces,  los más aprovechados, los que  cometieron robos y defraudaciones, aún están bajo sumario. Las pruebas presentadas contra ellos son monumentales, aplastantes, sin embargo, aun no se ha dictado el auto de prisión.

Todos los días son conducidos a la cárcel pobres infelices que robaron un pan,  pero las grandes defraudaciones parecen gozar de excesiva lenidad en los tribunales. Las grandes defraudaciones parecería que no fueran delitos si se señala la injustificada y larga demora del pronunciamiento judicial, y hasta del diligenciamiento del sumario. Pero la acusación fue hecha, asumiendo yo el rol de querellante en representación de una respetable cantidad de personas afectadas por la defraudación. El Tribunal no puede de ninguna manera pasar por alto un delito de esa naturaleza, aunque algunos de los acusados sean abogados o  tengan influencias. Pueden estar seguros todos los damnificados y la opinión general, que daré amplia publicidad a  lo he hecho hasta el presente, de todas las  resoluciones judiciales y si alguna fuera adversa, publicaré la resolución de los  hechos en detalle con las pruebas terminantes que no hubieran  sido estimadas por quienes  dictaren tales fallos, dando a publicidad también la opinión  de calificados letrados sobre el punto.

Los jueces tienen una brillante oportunidad para poner de manifiesto la dignidad  de su ministerio, ya que una gran parte de la opinión está atenta  y dispuesta a aplaudir como merece toda sentencia justiciera que evidentemente fuese notoria y fácilmente demostrable.

Otra cosa quiero que se sepa hoy como una ratificación plena a lo expresado en cada uno de mis artículos anteriores en los que hice alusión a estas mismas circunstancias. Todos mis detractores, lo digo abiertamente, han sido llevados por mí ante la justicia. A todos he acusado de los delitos que cometieron, mientras que ninguno de ellos hubo de atreverse a formular la más mínima acusación en mi contra, pues bien seguros estaban de que habían de pagar muy caro tamaña aventura.

Sin embargo, voy a decirles ahora de qué podrían acusarme (me refiero a mis amables detractores) y es de haberles defraudado  en sus más negras intenciones, pues con todo el oro que gastaron en la satánica campaña difamatoria sólo lograron hacer una intensa propaganda que al fin no pudo ser en contra, sino a favor, ya que la palabra serena y limpia de nuestra defensa fue más que suficiente para volver hacia nosotros la opinión en un formidable gesto de desagravio, como si todos a la vez hubiesen querido brindar por nuestra prosperidad y nuestro triunfo por ser el triunfo de la verdad y el honor sobre el  error y la mentira.

Alejándome por un momento del campo jurídico, ya que en el mes de enero el Tribunal se toma un merecido descanso y las piezas del tablero quedan inamovibles hasta febrero, me ocupare de algo más interesante desde nuestro punto de vista Logosófico.

La humareda se agita, se convulsiona y no atina a resolver sus problemas. Los problemas que se crea ella misma al complicarse cada día más la vida. ¿A qué obedece esta inquietud que no halla sosiego, y a qué ese sufrimiento que no tiene nombre? Buscad la respuesta en vuestras propias mentes, expresé más de una vez, pero tampoco podréis hallarla si no sabéis cómo se busca y en que consiste su hallazgo.

Después de largos años de experiencia en que tal aserción ha sido confirmada y ratificada múltiples veces por quienes realizan los estudios de Logosofía, puedo decir con toda la autoridad que me confiere el propio conocimiento, que la organización del sistema mental es la base de  toda felicidad, así como también la piedra angular del edificio interno del ser.

Y si es la base de toda felicidad, quiere decir que es en esa organización donde el hombre encontrará, en la medida de sus esfuerzos por superarse, la quietud y eliminará los obstáculos que antes le impedían marchar firme hacia un progreso cada día más creciente de sus posibilidades individuales. Ahuyentará así el sufrimiento de su  espíritu porque habrá dominado con sus nuevos conocimientos a la adversidad que castiga sus errores y atormenta su corazón.

Dejad que los necios se rían y se burlen, dije un día a mis discípulos, mientras vosotros seguís adelante logrando cada día mayores satisfacciones en base a los conocimientos que adquirís en mi Escuela. Ya llegará el  día en que esos mismos que hoy se burlan en su ignorancia, se asombrarán de vosotros y verán  aterrados el tiempo y la oportunidad que han perdido.  La mente que se educa en una disciplina superior, que trabaja y se prepara para grandes producciones, no sólo vitaliza extraordinariamente su  organismo psicológico y fisiológico, tiranizándo en la lucha, sino que  más aún se abre una perspectiva inmensa en el plano de los grandes conocimientos, los únicos que pueden dar al hombre las más inefables alegrías y dotarle de fuerzas intelectuales sencillamente maravillosas.

Esos grandes conocimientos hacia los que tantos encaminaron a tientas sus pasos, se alcanzan organizando el sistema mental, pues en esa tarea aprende el hombre a conocer lo que de otra manera le sería harto difícil poder lograr.

Cuando se haya formado en el mundo una nutrida vanguardia de personas poseedoras de ese bien, que ayuden a los demás a libertarse de la esclavitud mental en que viven, se habrá logrado uno de los más grandes triunfos contra el mal que aqueja a la humanidad. Desaparecerá el comunismo con todos sus disfraces y el fascismo envainará su espada, porque el peligro habrá sido conjurado.

 

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