Crisis en el mercado de finanzas y de valores humanos

Aportes de la Logosofía a la recuperación de los valores humanos

Publicado en la revista “Logosofía” N° 67, por Alcira López Ibarburu

Fue siempre propósito de la ciencia logosófica, ya repetidamente ex­presado en sus publicaciones, el enfocar con clara visión los variados pro­blemas que afectan a la humanidad y, en infatigable labor, orientar el pensamiento del hombre hacia el encuentro con las causas originales, cuyo conocimiento hace posible el logro de soluciones acertadas.

Uno de los problemas que más inquietudes despierta en la actual situa­ción mundial, es el que surge de la tremenda crisis de valores humanos por la que se atraviesa y que aparece como causa directa de las tan discutidas crisis políticas, económicas y sociales que hoy preocupan a todos los pue­blos del mundo, sin excepción. En todas partes se oyen voces con el mismo reclamo: el surgimiento de nuevos valores capaces de sostener el equilibrio, ya tan resentido, de la vida de relación humana.

Son evidentes los signos que advierten esta falta de equilibrio, esta es­casez de valores que amenaza tan seriamente nuestra condición de seres racionales. El temor, el engaño, la desconfianza y el disimulo, parecen regir cada intento de estrechar vínculos y alcanzar las medidas conciliatorias que harían posible la organización social bajo nuevas formas y con nuevos con­tenidos, y la falta de garantías que de todo ello resulta, crea los ambientes de inquietud y de escepticismo que tantas energías resta a la acción fecunda.

Hay una realidad que ofrece la Historia, y es la existencia de valores permanentes hacia los cuales el hombre que olvidó cotizarlos, debe volver su mirada después de haber corrido en desenfrenada carrera en pos de lo transitorio, que tras los goces efímeros que proporciona, termina por desviar al ser de su cauce natural, abandonándole en fatales puntos muertos o arrojándole en profundos abismos de miseria.

Un rápido examen de las aspiraciones y anhelos que en general acom­pañan a la juventud ‑índice certero del carácter de una época‑, nos colo­ca de inmediato ante una realidad que por cierto no es muy estimulante. ¿Cuáles son los sueños que impulsan los gestos de nuestra juventud? ¿Cuáles sus preocupaciones básicas y las conquistas con que espera dignificar su condición humana? ¿Cuáles los valores que cotiza?

Con pena debemos admitir que una inmensa mayoría de los jóvenes vive para el momento presente, limita sus aspiraciones a logros de carácter transitorio y hasta superficiales, y desconoce, debido quizá a la inconsistencia de los lazos con que se une a sus semejantes, que toda una humanidad presente y futura aguarda de su gesto altruista, desinteresado y noble, el brillante porvenir que eleve a la especie a la jerarquía que por derecho de creación le pertenece. Si el alma humana no llega a conmoverse profunda­mente ante su fracaso presente y busca la adquisición de los valores reales que sustenta la vida, ¿qué futuro habrá de esperarse?

El hombre desconfía del hombre. Nos hallamos frente a un verdadero pánico producido en el mercado de los valores humanos. Y, al igual que en el mercado de finanzas, mientras unos, aquellos que logran mantener su entereza, piden serenidad y unificación de esfuerzos para salvarse del derrumbe total, otros, los ambiciosos, pusilánimes y temerosos, gritan el “sál­vese quien pueda” intentando frenéticamente y en perjuicio de todos, resguardar y aún aumentar sus mezquinos intereses. Podríamos decir que los valores humanos, a semejanza del valor dinero, han perdido gradualmente su relación con el patrón oro, en este caso representado por la Verdad, y en intentos más o menos oportunos de mantener su cotización, han ido ad­quiriendo valores ficticios que, al no ser sustentados por la realidad, hacen tambalear peligrosamente la economía moral. Es así cómo, producida la inflación, llegan a perder totalmente su capacidad adquisitiva, para finalizar en profundas crisis de las que sólo a costa de grandes sacrificios es posible levantarse.

Hace notar la Logosofía que las amargas experiencias que tantas veces ha debido pasar la humanidad en el curso de su historia, son por cau­sa, justamente, de haber descuidado el cultivo de los valores humanos, los únicos, forzoso es decirlo, que pueden mantener en alto el prestigio de la especie. Siempre que tales valores dejan de preocupar al hombre y, por ende, a la sociedad, desaparece la consideración entre los semejantes; el orden existente se resiente, para justificar omisiones irremediables, se buscan las causas en todo menos en la propia raíz del mal. (“Logosofía”, Nº 8, Pág. 1 par 7  En verdad, el cultivo de los valores humanos ha dejado de preocupar al hombre, que se ha lanzado a una rivalizada lucha por la adquisición de los valores externos a su ser, produciéndose como natural consecuencia el inquietante panorama que hoy presenciamos. ¿Cuántos son los seres que al presente se ocupan de hacer un prolijo balance de sus propias capacidades? ¿Quiénes buscan una clara noción de cuál puede ser su ubicación y cuál su aporte en la compleja organización humana? Debemos reconocer que si cada ser humano efectuase un cuidadoso balance individual con el sincero propósito de ofrecer los valores que allí encuentre al servicio de la humanidad, la tan ansiada reconstrucción del mundo no parecería un sueño utópico, porque se contaría con una fuerza incontenible formada por la suma de todo lo aportado.

Vemos, pues, que siendo cada ser humano inconsciente de sus posi­bilidades, el primer valor que aparece en evidente desprestigio es el valor individuo. Expresa una observación logosófica que “el hombre, como hom­bre, en muchas partes ha dejado de existir para llamarse multitud, para llamarse rebaño inconsciente, lo cual pone en peligro la existencia individual independiente”. (Conferencia pronunciada por Raumsol en agosto 16 de 1945).

El ser humano se desconoce como individuo, ignora las fuerzas natura­les que en él operan y las facultades que de ello derivan. Durante largas épocas ha hecho casi total abandono de su facultad de pensar, así como de sus deberes con respecto a la conducción de su propia vida. Entregado a la indolencia, ha pretendido que sean los demás quienes resuelvan sus dificultades; sueña con poseerlo todo, ofreciendo lo menos posible; exige todas las garantías retazando cuanto puede su colaboración y su esfuerzo. Por otra parte, la vida regalada, ahíta de placeres y de ilusorias ambiciones, ha ido también embriagando su mente, y anulando paulatinamente los atributos de la inteligencia. Tan visible es la decadencia general del valor individual, que hubimos de presenciar, en la reciente experiencia bélica, el hecho de que para los intereses de las fuerzas en lucha tenía más importancia la cantidad de máquinas de que se disponía que los mismos hombres que habrían de valerse de ellas, y que se lamentaba más la pérdida de un avión o de cierto tonelaje sumergido en el océano, que la cantidad de vidas conjuntamente desaparecidas. No es de extrañar, por cierto, que llegándose a estos estados, surjan siempre quienes aprovechando la notoria debilidad del hombre y valiéndose de mil ofrecimientos tendientes a complacer las ambiciones de tantas mentes adorme­cidas en la inercia, lleguen a erigirse en conductores de pueblos y en rectores inapelables de su existencia.

Por ello, ante la evidencia de tanto descuido y abandono, es que la Logosofía ha venido advirtiendo insistentemente sobre la necesidad de que se restituya al individuo su jerarquía de tal. Constantemente ha estimulado, ofreciendo el más amplio auxilio para su realización, a que cada ser enaltezca su condición, reivindicando para sí el derecho de llamarse hombre y ser hábil y responsable conductor de su existencia. Todo estudiante de Logo­sofía ha sentido siempre fuertemente conmovida su natural aspiración de “ser alguien”, es decir, de aprender el sublime arte de crearse a sí mismo, forjando dentro de sí una nueva imagen psicológica creada con valores inalte­rables y permanentes. Sólo así podrá sentirse cada uno capaz de procurarse otros destinos más en concordancia con su condición de “ser pensante”.

La mente que permanece activa, que trabaja, encuentra dentro de sí los estímulos necesarios para su producción, y ya no admite la pasiva actitud de ser solamente agente receptor de los beneficios logrados por otros, sino que se siente con capacidad de dar: ya no exige, sino que conquista, y desde ese instante su aporte individual a la colectividad toma verdadera trascen­dencia, contribuyendo eficazmente a su engrandecimiento.

Si los hechos históricos nos llevan a confirmar que las “grandes concep­ciones de la mente humana han surgido de cada ser, individualmente; jamás por germinación colectiva” (“Logosofía”. Nº 33, pág.  par 13 , debemos admitir que sólo exaltando y cultivando al grado máximo las calidades de cada individuo nos encontra­remos en condiciones de contribuir con efectivos aportes al progreso y bien­estar de la humanidad.

Ante esta necesidad de que cada ser se preocupe y trabaje por el restablecimiento de su propia estima, la Logosofía propone y propicia la creación de un nuevo tipo psicológico debidamente pertrechado para atravesar, sin vacilaciones, por los inciertos y peligrosos pasajes que hoy recorre la huma­nidad mientras busca la senda que le permita transitar por un nuevo trecho del progreso. Y este nuevo tipo psicológico, este nuevo individuo, habrá de ser formado, ineludiblemente, en base a la conquista de los valores representativos de su condición racional, entre los que destacamos como de primordial importancia, los valores del conocimiento, los del sentir y los de la moral.

Muy pocos intentarán negar la función insustituible del conocimiento en la vida humana, como único elemento capaz de dar contenido a la existencia, y, sin embargo, es dable observar que por lo habitual éste se cotiza, casi exclusivamente, con miras utilitarias y que, salvo excepciones presentes en algún grupo de selección, el científico, por ejemplo, la adquisición del co­nocimiento sólo representa para la mayoría un factor muy codiciado en las soluciones del problema económico. Muy justa aspiración, por cierto, si también se tuviera en cuenta que en el conocimiento existen las jerarquías y que, pasando del conocimiento utilitario a través del científico humanista, es posible intentar, como lo ofrece la Logosofía, el contacto con el conocimiento trascendente, aquel que nos aproxima a la causa primera y da razón de ser a la vida humana. Dice la Logosofía, al enumerar algunas de las particularidades propias del conocimiento superior, que no se trata de una mera ilustración envasada en fórmulas pedagógicas, sino de un conocimiento que se adquiere por asimilación consciente al verificarse la observación individual en el campo de la experiencia, mientras un mayor volumen de fuerza estimu­lante se hace presente en virtud del libre juego de las fuerzas internas que fortifican la voluntad, a la vez que permiten experimentar la realidad de la existencia.

Se trata, pues, de un conocimiento esencialmente dinámico que participa de todos y cada uno de los movimientos inteligentes del hombre: que activa facultades latentes, da vida a la razón, vigoriza la mente, y, abriendo nuevos horizontes a las perspectivas humanas, otorga una justa noción de los deberes y responsabilidades sociales que a cada uno incumben, habi­litando para actuar con la seguridad y eficacia que da el saber, allí donde se realice una obra de bien tendiente a la conquista de estados colectivos superiores. Imprescindible se hace, por lo tanto, que en momentos en que toda la humanidad sufre por su falta, se produzca un alza en la cotización de este valor y que toda mente bien dotada procure por todos los medios a su alcance la más amplia posesión de un poder tan estimable.

Estos valores, los del conocimiento, parecieran adquirir su máxima potencialidad cuando se vinculan o se enlazan a los valores del sentir. Es im­portante hacer notar la inestabilidad corriente de los sentimientos, tanto en­tre pueblos como entre individuos. Con frecuencia, es suficiente la presencia de una corriente mental adversa para que el afecto que parecía unirlos entre si, se transforme y llegue hasta expresarse en manifestaciones de odio. Ob­servamos que aun las más genuinas expresiones del sentir, como, por ejem­plo, la de solidaridad humana, ha llegado también a ponerse al servicio de intereses mezquinos y excluyentes, bastando, en muchas ocasiones, que el semejante no partícipe de las teorías y finalidades de ciertos grupos partidistas, para que la actitud común tienda a despojarlo de todo derecho a par­ticipar de los beneficios logrados.

En la actualidad es corriente tropezar con determinados tipos psicológicos que son, precisamente, producto de una perversión de los sentimientos; entre éstos destacamos como característicos a los que aparecen especulando a costa de las necesidades primordiales no bien la demanda adquiere caracteres de exigencia. ¿No revela, acaso, ese gesto tan frío e indiferente de satisfacer ansias de lucro en base al sacrificio y la imperiosa necesidad de tantos semejantes, la ausencia más absoluta de toda nobleza de corazón? Tan profunda es la crisis de los valores del sentir que, en muchas partes del mundo, aun los tradicionales sentimientos de patria y hogar, factores de tanta impor­tancia en la vida social, han sido desvirtuados y hasta se ha intentado desconocerlos, atentando así contra la misma naturaleza y propiciando las más inconcebibles manifestaciones del egoísmo y la ambición.

Sienta la Logosofía el principio de que “nada que no sea hecho con amor, perdura”, agregando: “el amor exige paciencia, esfuerzo y perseverancia, y exige también convicciones profundas” (“Logosofía”, Nº 23, pág.  par 15 . Recupera aquí, el sentimiento, su posición de fuerza ennoblecedora y constructiva de la vida. Su sola presencia hace al ser dúctil a la acción modeladora del conocimiento y predispone al gesto conciliador que permite la colaboración y el enten­dimiento entre los hombres.

En breves y elocuentes palabras hubo de expresar el Primer Ministro inglés, Mr. Attlee, lo sensible que es para la humanidad la falta de una generosa capacidad de sentir, cuando al dirigirse a las Cámaras norteame­ricanas dijo que “sólo adoptando el principio de la fraternidad podrá sal­varse la humanidad de un desastre”. Relacionada con estas palabras, no po­demos menos que destacar una muy interesante observación logosófica, que hace notar que los hombres parecerían reconocerse como hermanos sólo en medio de los rigores más espantosos, olvidando en las horas felices de la paz, que deben asegurar ese sentir contra los riesgos de su destrucción (“Logosofía”, Nº 7, pág.  par 9 . Este sentir fraterno que, al decir de Mr. Attlee, podría salvar al mundo del desastre, fue siempre objetivo ideal de la Logosofía, que propicia su despertar al cultivar las manifestaciones más elevadas del sentimiento humani­tario y exaltar a la amistad, como fuerza capaz de sostener al ser humano a través de las más angustiosas situaciones.

Una amplia comprensión de la psicología humana y sus particularidades, hace posible la estabilización del sentir, inmunizándolo de las alternativas pro­vocadas por la ignorancia; mientras, la gratitud, libre de rivalidades y envidias, aparece en función de toda su capacidad, estimulando altruistas y perseverantes esfuerzos en procura de la extensión del bien recibido. Así concebidos, vuelven a aquilatarse estos valores, y el sentir, ya más depurado, recupera su capacidad adquisitiva, conquistando para quien llega a experimentarlo en sus más puras expresiones, el afecto, la estima y consideración que siempre se prodigará a los que destacándose por sobre el anonimato, merecen ser recordados como grandes corazones.

Los valores del conocimiento y del sentir parecen fusionarse y encontrar su equilibrio al sumarse a los valores morales, los que representan, a su vez, las fuerzas con que el ser enfrenta a la adversidad y logra vencer a lo que se oponga a la realización de sus elevadas aspiraciones. Nos dice la Logosofía: “La solidez moral implica una vida fecunda en actividades que tiendan a mejorar las condiciones humanas” (“Logosofía”, N’ 37, pág.  par 13 , y debemos convenir que en el campo de las actividades que desarrolla el hombre, el estudio y el trabajo superiores, es decir, creadores, son de una capacidad moralizadora insuperable.

Es de notar que en el criterio corriente, el trabajo no constituye un estí­mulo que dignifica, sino, más bien, un castigo que deprime; y, sin embargo, el trabajo es la consigna de toda vida grande y el medio más eficaz de mante­ner la paz, librando al sentir y la moral humana de los innumerables trastor­nos que procrea la holganza.

Una vida activa, múltiple en sus funciones, donde el trabajo inteligente­mente dirigido hacia la conquista de finalidades superiores sea el objetivo principal, deberá apoyar sus triunfos en un alto sentido de responsabilidad que otorgue la noción clara de los deberes a cumplir y ofrezca garantías de la solvencia moral de quien actúa. Con cuánta decepción es dado observar que son muchos los que debido a un estado de total inercia o de temor por la gravedad de los acontecimientos actuales, rehuyen asumir las responsabilidades que les atañen, no sólo como partes de una colectividad que exige el cumplimiento de ineludibles obligaciones sociales, sino también como individuos que llamándose a sí mismos entes racionales y conscientes, se permiten desentenderse, como se ve con demasiada frecuencia, de las consecuencias de sus propios hechos y palabras. El sentido de responsabilidad es la unidad representativa de la suma de los valores reales del hombre, y como valor moral alcanza mayor significación, según la Logosofía, al elevar la categoría de las funciones humanas, cobrando su máxima expresión allí donde el plano encumbrado de las actividades determina en el hombre lo que ella llama: “responsabilidad histórica” (“Logosofía”, Nº 58, pág. 4).

Hoy día, cada ser humano, no interesa su posición, nacionalidad o ten­dencia ideológica, se encuentra frente a esta “responsabilidad histórica”, pues habiendo alcanzado el problema proporciones mundiales, nadie debe sentirse excluido de esa responsabilidad dejando que ella recaiga por entero sobre los que en altas posiciones jerárquicas enfrentan las angustiosas inquietudes de la hora. Todos formamos parte de una humanidad duramente azotada por el peso de sus faltas, y éste es motivo suficiente para que nadie se considere eximido de contribuir con el aporte de su esfuerzo y el total de sus capa­cidades, a la reconstrucción de un mundo conducido por los hombres al borde de un abismo y abocado aún a muchas y muy dolorosas experiencias. Es menester, por lo tanto, que cada ciudadano del mundo recurra a sus reservas morales, y recuperando el vigor que ellas otorgan, se lance a la lucha con la más firme voluntad de aportar algo al triunfo y conquistar para la vida, las más firmes y sólidas posiciones.

El planteamiento que venimos haciendo acerca de la contribución que la ciencia logosófica puede hacer a la recuperación de los valores humanos, es todavía breve. Mucho, muchísimo más puede encontrar el estudioso en las variadas páginas de esta revista que dieron motivo a nuestro comentario. No obstante, algo más debemos agregar, y es que, a no dudarlo, la recupera­ción de los valores nombrados, tal cual lo indica la Logosofía, sustituyendo los ficticios y transitorios por los reales y permanentes, contribuirá en forma muy eficaz a producir un cambio fundamental en la estructura psicológica del hombre, dando origen a un nuevo arquetipo, una nueva individualidad psicológica que poseedora de “condiciones superiores y conocimientos de importan­cia, lo demuestra en la fecundidad de su trabajo, en la multiplicidad de sus actividades, en la generosidad de su alma y en las excelencias de su vida útil y fértil” (“Logosofía”, Nº 10, pág.  par 7 .

Para que sea posible al ser humano rehabilitar sus valores fundamen­tales e incorporarlos definitivamente al acervo de la civilización, en conceptos y de una manera efectiva, se impone la realización de un proceso que le con­duzca desde su realidad presente hasta la que aspira conquistar. Por su carácter permanente, estos valores responden a principios inmutables que dimanan de la Sabiduría Universal. Su conquista hace imprescindible un método que afirme sus bases en profundos conocimientos de la psiquis humana, de sus facultades y poderes, sus fuerzas operantes, su capacidad energética, etc. Estos principios y este método los pone la ciencia logosófica al alcance de quienes animados por elevados anhelos de superación individual y de reali­zaciones humanitarias, aspiren al derecho de forjarse un destino superior y estén dispuestos a someterse, en libre acción de la voluntad, a las disciplinas y exigencias que un proceso de evolución consciente reclama.

Como ya dijéramos, la Logosofía, al conducir al hombre a través de este trayecto evolutivo, propicia el surgimiento de un nuevo tipo psicológico, altamente superior en inteligencia, en moral y en sentimientos, al común. Cabe anhelar, por consiguiente, que sean muchos los que hagan posible que la Logosofía cumpla su altruista cometido. Que hombres y pueblos sean sabios en el pensar, nobles en el sentir y vigorosos en su conciencia moral, y esta­remos, entonces, en condiciones de estructurar y vivir en un mundo donde esa sublime aspiración del espíritu que llamamos paz, reine en verdad y por siempre entre los hombres.

 

Anuncios

, ,

  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: