Psicología del delito

La delincuencia, el crimen y las cárceles

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Del libro “Artículos y Publicaciones” (Originalmente publicado en “El Heraldo Raumsólico” en abril de 1935)

Sabido es que la acción de delinquir no está circunscrita solamente por una tendencia hereditaria o adquirida en el ambiente viciado por toda suerte de malas inclinaciones y pensamientos, pues se han dado casos en que una circunstancia cualquiera ha llevado al hombre a infringir las leyes en menoscabo de su integridad personal y honradez. De ahí que la psicología del delito deba tener en cuenta los antecedentes que en favor o en contra pueden ser apreciados como factores de juicio en el alcance de la culpa o la determinación de la pena.

Recogiendo impresiones sobre el particular entre los más capacitados o vinculados a los estudios criminológicos, vemos que poco o nada se ha avanzado en esta cuestión que tan directamente afecta a la sociedad humana, pues parecería que careciera de interés o cuanto más, que se le atribuyera una importancia relativa, desde que los delincuentes, en el sentir general, no merecen consideración o preocupación alguna respecto de su situación tan triste como contraria a la común de las buenas gentes.

Diríase que la vida del delincuente se ausenta por completo de la sociedad humana y de la preocupación social, desde el instante en que las leyes lo sumergen en la sombra de oscuras prisiones.

La psicología del delito debiera comprender tres clases de motivos que demostrarían el origen del acto: la herencia, el contagio mental adquirido en el medio ambiente en que vive el delincuente y los factores extraños a la idiosincrasia y voluntad del mismo.

Dentro de cada una de estas clasificaciones se hallaría una segunda que señalaría la premeditación, el arrebato, la embriaguez, etc., y que darían, al hacer el análisis psicoclínico del penitente, una hermosa oportunidad de estudio y reajuste de las condiciones anormales del individuo caído en ese género de desgracias.

Todavía no se ha dado la debida importancia al cuidado de la niñez, corrección de sus tendencias y educación de su espíritu, pues parecería que no se admite aún – a juzgar por la falta de atención a la infancia que se observa en los grandes centros urbanos – que ella juega uno de los principales papeles en el escenario social y vital de los pueblos.

Si la planta no se endereza cuando es tierna, demás están las estacas o puntales después que la inclinación del árbol se ha producido.

Vayamos, pues, por unos momentos, señores criminalistas y psicólogos de talla, hasta las casas de inquilinato, vulgarmente llamadas ‘conventillos”, y veremos a las criaturas nacidas en ese ambiente, huérfanas de la rígida educación que la niñez necesita y estimulados sus instintos por el deplorable ejemplo de sus padres. Volvamos la vista hacia los lugares suburbanos, barrios clásicos de gente de escasa cultura, cuyas costumbres no se avienen a nuestro ambiente; allí también encontraremos desbordándose en las calles un verdadero enjambre de -niños mal educados, insolentes y cuyas intencionadas palabras o actitudes asombrarían a cualquiera que los oyera o los viese, tales son las proporciones que esos males abarcan desde edades tan tiernas.

Y bien, las autoridades y el pueblo juntos, ven este espectáculo, ven que el engendro del delito comienza a gestarse en esas mentes sin defensa ni protección, y sin embargo, nada hacen para evitar el mal, y lo que es peor aún, la propagación que efectúan esas criaturas de sus tendencias y pensamientos a sus compañeros en las aulas escolares.

La niñez, hoy más que nunca necesita de una rigurosa vigilancia y protección, puesto que desde los primeros años penetra en la sociedad humana ya contaminada y hasta adiestrada en el mal.

Cuántos delitos y aun crímenes se evitarían si se instituyera una ley que protegiera a esos niños del ambiente viciado y negativo en que viven y desarrollan sus sentimientos.

¿Acaso no es más desvalida esa infancia que aquella que no tiene padre ni madre?

Y si se tiene en cuenta la herencia de padres delincuentes, ¿por qué no se trata de extirpar ese estigma fatal internando a los niños en colegios cuyo adecuado pupilaje concluiría por darles un destino mejor? De ahí que después la misma sociedad humana deba sufrir las consecuencias de su imprevisión.

Lleguemos a la edad en que por lo general la vida toma al hombre de sorpresa en sus múltiples manifestaciones. Si al delincuente hereditario se le ha dejado solo con su vínculo fatal, allá va en pos de la suerte que le espera tras las rejas de la cárcel. Sobre la misma huella irá también el que vivió nutriendo su mente con pensamientos de perversión y alevosía.

Sólo aquel que por una circunstancia inesperada se ve irremisiblemente impulsado a cometer un delito, arrebatando a su dignidad de hombre el honor y la honradez de toda su vida, es el que verdaderamente sufre las consecuencias de su ofuscación y va a parar, torturado incesantemente por su imaginación, entre el montón donde los más avezados e incorregibles ilustran a los demás desventurados sobre los más salientes detalles de sus fechorías. No pongáis el huevo fresco entre los que están pasados, pues es fácil confundirlo.

Las cárceles deberían ser modificadas dividiendo las celdas de los penados según la clasificación de sus delitos, sus antecedentes y posibilidades de regeneración.

Si se introdujeran en esos establecimientos severos métodos de reforma mental, se perseguiría el saludable objetivo de que las mentes’ de los delincuentes estuvieran ocupadas la mayor parte del día con enseñanzas apropiadas para conjurar el mal que padecen; llegaría el tiempo en que tras esa higiene mental lograrían extirpar todo pensamiento agitador, y los fermentos de la delincuencia se irían día a día extrayendo de esas mentes hasta disiparse en ellas cuanto vestigio indicador hubiese de futuras reincidencias, pues las tendencias incubadoras de toda clase de pensamientos de indeseable composición mental serían suplantadas por nuevas corrientes mentales dirigidas hacia la reformación y reconstrucción de sus vidas.

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