Bosquejo de un cuadro mental sobre el pensamiento y la experiencia

Diseñado desde un ángulo linguo‑expresivo

 Por el Dr. Osvaldo F. Melella

 “Es necesario perfeccionar el proceso que va desde la gestación de la idea o del pensa­miento hasta su presentación al conocimiento de los demás” (Carlos B. González Pecotche)

Para muchos ‑especialmente si desconocen la verdad que la Logosofía descubre a sus cultores‑ el lema que antecede puede parecerles razonable; pero nada más que razonable, por cuanto casi seguramente ningún conocimien­to llegarían a extraer de él. No obstante, pocas veces se habrá expresado tanto con menor o igual número de palabras. Así como un busto puede ofrecer al plano distintas perspectivas según sea el ángulo desde el cual se lo contemple, así también acontece con las enseñanzas de Raumsol: son como poliedros ex­pansibles de infinito número de caras, ya que sus faces aumentan de continuo y se amplían en razón directa de la comprensión del estudiante.

Hecha esta salvedad, pasare a delimitar los planos que como modelos ofrece a mi vista la enseñanza precedente desde el ángulo en que me propongo enfocarla, los cuales, a grandes rasgos, son los siguientes: telón de fondo y es­cenario dentro del cual cobra relieve la enseñanza; significación logosófica que asume el verbo perfeccionar; esquema del pensamiento; proceso del mismo en la matriz mental y su cultivo con los elementos suministrados por la experiencia; conclusiones principales a incorporar al acervo propio.

Telón de fondo y escenario común.

Todo escrito responde al fin preconcebido de consignar algo por medio de la palabra. Ese “algo” lo constituyen los pensamientos o las ideas que ocupaban la atención mental del oferente y que movieron su voluntad incitándole al acto de presentarlos al conocimiento de los demás. Este acto de consignar individualmente una idea o de expresar cualquier movimiento interno se denomina en lingüística “creación espiritual”, y al conjunto de todas las formas expresivas ‑reales ó posibles‑, “fenómeno lingüístico”, queriéndose significar con la palabra “fenómeno” que las leyes que rigen el lenguaje humano no han sido bien establecidas todavía, y, menos aún, las que determinaron su origen. Es por eso que los modernos teorizadores al respecto, llámense esteticistas o idea­listas (Vico, Humboldt, Croce, Stenzel, Vossler, Spizer), llámense sociologistas (Saussure, Meillet, BaIly, Sechehaye, Richter), han preferido dejar a un lado el problema del origen y ocuparse más bien de la naturaleza del len­guaje. En cierto modo ambas corrientes se complementan, pues mientras los últimos (Bally, Sechehaye, Richter) se ocupan preferentemente de la creación individual en el lenguaje hablado, por ser el que más rasgos sociales estiman que ofrece, los otros hacen lo propio con el escrito, por considerarlo más idealmente creador. En éstos, sus concepciones descansan sobre esa adecuación in­trínseca establecida por el filósofo italiano Croce, entre intuición y expresión, que lleva al arte a un terreno autónomo.

Retrocediendo en el tiempo, hasta donde interesa al tema propuesto, debemos recordar a los a sí mismos denominados “positivistas” (1850-1890) ‑cruelmente rebatidos por Vossler‑, quienes tomaron de la Física la concep­ción atomística y, adaptándola a su modo, la aplicaron al lenguaje. Es una proyección de la teoría psicológica del asociacionismo inglés de Bell, entre otros, retomada por Spencer e importada en Francia por el filólogo Roudet. Tal teoría consiste en concebir la vida psíquica como una constitución asociativa de átomos, igualmente psíquicos. Entendían que las sensaciones externas, percibidas por los sentidos corporales, son producidas por esa clase de átomos, cuyas combinaciones generan a su vez constelaciones llamadas “imágenes”. Luego, por ley de asociación, explicaban la “idea”: idea es la constelación o imagen mejor constituida. Finalmente, el problema de todo el mecanismo psicológico del ser lo resolvían por las combinaciones de imágenes operadas en nuestro seno interno. Sobre la base de este esquema redactaron un catálogo de leyes, según las cuales pretendieron explicar la vida psicológica, incluso el lenguaje humano.

Logosóficamente podrá apreciarse, sin más detalles y a través del panora­ma expuesto, cuáles son las fallas básicas de esta teoría y las proporciones que las mismas, por fuerza, habrían de asumir en sus proyecciones futuras. Acontece en el investigador común, primordialmente, que tanto idea como pensamiento se confunden con el acto mismo de pensar; y aún acreditando en su favor la naturaleza individual del acto ‑como lo quieren los esteticistas‑, al ignorar la índole del pensamiento, hallánse de hecho incapacitados para distinguir, de entre los pensamientos habidos en la mente, cuales son propios cuáles ajenos. Y esto no es nada más que el principio de la cuestión, o, si se quiere, uno de los principios, ya que sus raíces van más hondamente todavía. Pero, como lo he expresado al comienzo, no es éste el ángulo desde el cual me propuse encarar la enseñanza. De modo que, trazado en forma rápida el telón de fondo, pasaré a contornear el escenario que la circunscribe.

La ignorancia científica relativa a lo consistencial del pensamiento condujo a Oscar Wilde a definir la cultura propia, afirmando que era un substrato, un sedimento que, como remanente, quedaba en el espíritu una vez consumada la lectura de todos los libros que cada cual tuvo oportunidad de leer. Se puede apreciar en esta afirmativa, los escasos conocimientos que inspiraban sus con­ceptos de “cultura” y “propiedad”.

La otra faz del lenguaje, la hablada, llevo por su parte a los teorizadores del fenómeno lingüístico a encariñarse demasiado con el “soma” o cuerpo de la palabra, induciéndolos a estudiar en primer término ‑no diré exclusivamente, aunque estaría bien‑ las condiciones melódicas de la frase, su armonía musical, el ritmismo verbal, el valor estético de la palabra, la acentología, etc., descuidando la verdadera esencia psicológica de la palabra, que, dadas las som­brías perspectivas que su estudio ofrece a la ciencia común, expliquen todos esos movimientos interiores por una “dynamis” o “energéia” espiritual, postulado del que parten y al cual remiten todas sus conclusiones. Sobre esta base elabórase una Estilística o ciencia fraseológica, muy aristocrática y que pregonan como dominio oligárquico. En efecto, afirman sus sostenedores que para ser “estilista”, no basta con el conocimiento científico al respecto: hay que tener además “cierta permeabilidad estética”, es decir, el poder de intuir todo aquello que la expresión, a los ojos o al oído del profano, aparentemente no ofrece. Por supuesto, los esteticistas piensan que ese poder o privilegio personal de evocar lo mentado por otros, ellos lo poseen.

Tales antecedentes invitan al investigador logósofo, con los medios que le brinda su ciencia madre, a estudiar la verdadera causa que gobierna la ex­presión y no los factores que merced a ella asumen importancia. La causa es siempre interna o de origen mental‑afectivo; los factores, en cambio, son condiciones exteriores o materiales que se ponen de manifiesto y actúan cuando la causa entre en acción.

Es imposible explicar a ciencia cierta el valor real de la palabra si se ignora la esencia y vida del pensamiento; pues sola y únicamente por él la pa­labra habrá de reflejar en la cadena de la frase, la dirección del pensamiento que la ubicó en cada una de las expresiones que la sustentan. Tal desconocimiento limita enormemente la participación de la conciencia en la expresión, y el artista de la palabra, por afamado que sea, en tales condiciones, no podrá llenar con amplitud consciente el término que habrá de expresar, separadamente y en la frase, el contenido exacto del pensamiento que lo anime. RL N° 61 pag 25 par 4

Llenar presupone poseer; quien ignora qué es un pensamiento, se halla de hecho incapacitado para distinguir los pensamientos propios de los ajenos, y menos aún para seleccionarlos de acuerdo con una escala de valores teóricos y experimentales conscientemente establecida. Los teorizadores de “Poéticas”, desde la antigüedad hasta nuestros días (Horacio, Boileau, Luzán, Hidalgo), confieren, en todo escrito, enorme importancia a la forma. Entienden que ésta, usada con sensatez, determina por sí sola el futuro de un poema. Así, dan una serie de realas en las que creen envasar los cánones del arte literario.

Al preceptista le interesa, pues, en primer término el estilo, o sea la manera peculiar de crear al expresarse. Uno de ellos, Buffon, llegó a decir, en frase lapidaria, que el estilo es el mismo hombre. Entendieron además los severos legisladores de poéticas que el fondo, llamado por ellos igualmente “asunto”, “materia” o “argumento” ‑lo que no es más que un conjunto de pensamientos y de sentimientos concurrentes‑ debía adecuarse convenientemente a esa forma para que un escrito alcanzase plenitud. No obstante, tal plenitud se la atribu­yen sin saber por qué a la “Divina Comedia”, obra sobre cuyo contenido se han vertido las más heterogéneas y contradictorias opiniones. Y éste no es ni el primero ni el único caso en que claudica la teoría. La razón ya la conocemos: jamás ciencia alguna ‑expresa Raumsol‑ atribuyó vida propia a los pensa­mientos, ni manifestó que pudieran reproducirse ni tener actividades ajenas a la voluntad del hombre, hasta que la Logosofía lo da a conocer, sometiendo al testimonio de la experiencia inmediata su imponente y monumental edificio de conocimientos. Pero sin ir tan lejos, el solo hecho apuntado anteriormente basta y sobra para poner en crisis la perfección integral de que hacen gala los tratadistas de arte. La verdad es que nadie podrá dar lo que no posee.

Rápidamente bosquejado el escenario, pasaré a ocuparme del objeto. Siguiendo el plan propuesto, esbozaré primero el significado del verbo perfeccionar.

Significado del verbo perfeccionar.

Tiene en la enseñanza un evidente valor iterativo. Equivale, por tanto, a “ir perfeccionando”, y asume en ella el significado concreto de mejorar gradualmente (medio) lo que va desde la gestación mental (principio) hasta la expresión (fin), con la finalidad de brindar algo provechoso (utilidad) a los que hubieren menester de ello.

Interpretado así el contenido de este verbo, el principio logosófico transcripto ocupa en la realización distintas jerarquías, según el grado de perfección que vaya operando en el intelecto del experimentador. Pero hay que convenir que el proceso de perfeccionamiento gradual a que debe someterse la idea o el pensamiento gestados en la matriz mental, es preciso realizarlo inter­namente y, en consecuencia, con antelación a su forma expresiva. Y esto, ¿cómo se realiza?; ¿dónde está la fórmula a aplicar o el molde a calcar para que pueda llegarse con éxito al cumplimiento del apasionante principio?; ¿lo da o no lo da la Logosofía? He aquí las preguntas comunes que invariablemente formula­ría al punto con exigencia una mente no adiestrada en la disciplina logosófica.

La Logosofía es el todo y la nada en materia de conocimiento. Todo, para el que se vale de su mente como instrumento de trabajo a fin de realizar el proceso que va desde el estudio a la interpretación, de ésta a la comprensión, de la comprensión a la experiencia y de la experiencia al conocimiento. Sólo cuando se practica este criterio incuestionablemente lógico y positivo, cuando una mente activa se dispone a conquistar con paciencia. laboriosa y buena voluntad los conocimientos con que habrá de enriquecerse la conciencia, la Logosofía da todos los elementos para llegar a feliz término; pero quien pida las fórmulas que el propio interesado deberá elaborarse para uso personal, nada obtendrá de ella.

El perfeccionamiento del proceso interno que culminará en la expresión, se logra sometiendo a un prolijo cultivo mental, enriquecido por los ingredientes o elementos que el ser recogerá de la práctica vivida y conscientemente anali­zada, la idea o pensamiento plasmado con antelación en su órgano psicológico.

Esquema del pensamiento.

Para la ciencia común, como lo expresara anteriormente, tanto idea como pensamiento se confunden con el acto mismo de pensar. De ahí que se defina el pensamiento como la expresión de un acto mental, definición vaga y penumbrosa que no pasa del plano de lo meramente abstracto.

La Logosofía enseña y demuestra con toda precisión que cada pensamiento, esté o no albergado en la mente del hombre, constituye siempre una realidad autónoma, y lo define como la entidad animada que se erige en fuerza inteligente desde el instante en que asume vida propia. En esta forma, y aun cuando los pensamientos sean de naturaleza inmaterial, poseen caracteres tan concretos que el estudiante de Logosofía, a poco de tratarlos, los ve y los palpa con la inteligencia y el entendimiento, exactamente como si se tratase de entidades materiales.

Al conocimiento de los pensamientos se suma toda una cadena de conquis­tas, por cuanto tal conocimiento habilita al ser para penetrar en su mente y efectuar dentro de ella un prolijo examen heurístico. En primer término, puede hacer algo que jamás había hecho hasta entonces: ir identificando sus propios pensamientos, separándolos de los ajenos que utilizaba como si fueran propios para auxiliar su entendimiento. En una segunda y ya más honda operación entra a seleccionarlos, es decir, a colocar de un lado los útiles y de otro los que no llenan fin positivo alguno sino que más bien contribuyen a restarle energías antes que a beneficiarlo, y aún quizá a intoxicarle la mente por la presión que suelen ejercer sobre los otros. En una tercera etapa se llega a realizar ese importante balance de los pensamientos útiles. lo que da como resultado el conocimiento positivo de las propias fuerzas con las cuales hasta ese momento puede contarse con seguridad. Es entonces cuando la inteligencia maneja los pensamientos con toda lucidez ‑ya que han sido perfectamente identificados y seleccionados‑ con objeto de hacerles cumplir el cometido a que sus respectivas naturalezas los habilitan. En adelante será posible ejercer un notable control sobre los mismos.

Esta primera y trascendente constatación genera importantes estímulos internos, capaces de llevar al estudiante a la sublime tarea de cultivar pensa­mientos mejores, cada vez de mayor jerarquía, y utilizarlos con la discreción y mesura que le aconseje su conciencia. Desde el momento en que puede darse a la tarea de gestar conscientemente un pensamiento, asume singular impor­tancia el factor experimental, lo que significa que los elementos recogidos en la práctica contribuirán grandemente a perfeccionar ese proceso interno de elaboración de pensamientos.

La experiencia en la elaboración del pensamiento.

Podríamos esquematizar la experiencia diciendo que constituye una pe­queña grande fuente de conocimientos. Ambos adjetivos vendrían a delimitar las barreras entre las cuales marcha el beneficio que de ella obtiene el hombre.

Es muy común observar que para los que no están familiarizados con los conocimientos logosóficos, les resulta un tanto difícil comprender la importancia de los valores que se extraen de la experiencia diaria, cuya aplicación en episo­dios futuros puede ahorrarles gran parte de las dificultades corrientes. Por lo general, es preciso que transcurran largos años y sufrimientos más o menos penosos para que los hechos puedan dejar en ellos algún saldo de experiencia positiva. Y aún así, esa experiencia frecuentemente se halla contaminada de amargura o de escepticismo, no siendo pocas las veces en que yace ahogada bajo el peso de la aceptación resignada y pasiva de un “destino” que, como saldo negativo, enmarca y define la experimentación de toda una vida en la existencia hominal.

De las reflexiones que anteceden puede notarse cómo las imperfecciones evidenciadas por un ser son debidas a una ausencia de experiencia provechosa, sea por impericia a causa de su extrema juventud, sea por descuido en razón de no haber recapacitado a tiempo sobre los hechos vividos. En consecuencia, podemos expresar que los actos de la vida del hombre constituyen una cadena de experiencias aprovechables; es decir. que pueden ser aprovechadas por él en primer término, si está preparado para ello.

Tornando al tema, esas imperfecciones, ¿en qué parte del ser radican? Con justeza, en su mente. Y ¿qué hay de imperfecto en ella? Los pensamientos. ¿Por qué suelen ser imperfectos los pensamientos? Por falta de cultivo en su seno interno, en base a los elementos que brinda la experiencia controlada y verificada por la inteligencia y la razón. Esto explica por qué la palabra “experiencia” asume en Logosofía una importancia tal que hace que ella esté casi constantemente en boca de sus entusiastas cultores.

Ahora bien; ¿a qué experiencia se refiere la Logosofía que tanto fervor des­pierta en los que estudian esta ciencia, cuando hablan de ella? Sabemos que las ciencias comunes también experimentan, no sólo con las cosas sino incluso sobre el hombre mismo. Hay, no obstante, una diferencia radical, terminante y básica, entre una y otra especie de experimentación, que, en resumen, es la si­guiente: las experiencias científicas son de índole material, es decir, no trascienden el plano físico en que se las encara; actúan sobre efectos y son exter­nas al experimentador. Las logosóficas son inmateriales, actúan sobre causas y pertenecen al fuero interno del propio experimentador.

Aún, considerando en especial las ciencias que aparentemente más se apartan del terreno físico, como la Psiquiatría, la Frenología, la Psicología Experimental, podemos afirmar que no sólo actúan sobre efectos, sino que el material de estudio y de pruebas que fundamentan sus investigaciones se lo ofrecen exclusivamente los órganos que componen la red del sistema nervioso. Son, por tanto, ciencias que cabalgan entre la medicina y la biología de una parte, y la filosofía de otra. Por un lado, operan sobre una realidad anatómico-­fisiológica; por otro, teorizan en torno de un ideal apriorístico‑especulativo, cuya raíz escapa todavía a sus posibilidades investigatorias. Esto explica a la vez por qué deben calificar de “fenómenos” a todo ese conjunto indeterminado y amorfo de realidades mentales que hacen fluctuar en el plano de la hipótesis, misterioso para ellas.

La Logosofía lleva directamente al hombre a experimentar no ya sobre sus órganos físicos sino sobre los psicológicos, por cuanto éstos se manifiestan, en la naturaleza humana, a través de aquellos. El hombre es una síntesis físico­-espiritual destinada a evolucionar hacia planos superiores de conciencia; tal facultad le permite ampliar su vida por medio del conocimiento, lo cual constituye su razón de ser existencial.

La conciencia está destinada a actuar sobre los hechos, ya que su función primordial, básica e irreemplazable, consiste en conectar al ser con la realidad de su existencia. Es de notar cómo su vinculación con la experiencia devuelve a ella su verdadera función y permite explicar, al mismo tiempo, mucho de cuanto acontece en la vida del hombre.

Los hechos no son más que las resultantes de la actividad de aquellos agentes denominados pensamientos, materializados o concretados en la realización; de consiguiente, ningún hecho carece de espiritualidad, siendo la vida espiritual la vía de los hechos según una escala jerárquica ético‑estética. Ello muestra cuán absurdo es separar lo físico de lo mental‑psicológico, desde que los pensamientos y los sentimientos son quienes promueven todos los actos realizados por el ser. De la índole de los mismos depende, por tanto, su destino. Este hecho determina el comienzo de su libre arbitrio, el cual, conscientemente practicado, conduce al hombre a acatar y a cumplir con sus deberes, benefi­ciándose al propio tiempo con sus derechos. Además, todo cuanto le rodea y acontece constituye su fuente de información, su “bibliografía”, que la ciencia logosófica le enseña a consultar conscientemente.

Todo aquello carente de órganos de percepción psicológica o psique, vive y actúa, a causa de la ley de caridad, protegido y alentado por la vida universal, impersonal, activa, constructiva. Opuestamente y desvinculada de ella, trans­curre, por lo general, la vida humana; un fracaso, un acontecimiento desfavorable, a veces el menor contraste, sume al hombre en notorio desaliento. Por lo habitual reniega de su “suerte”; en ocasiones, identificado con el escepticis­mo, llega hasta a anular todo anhelo de superación. No obstante, pocos son los que advierten cómo el bosque, destruida por la metralla su labor de siglos, sin rasgos que evidencian desaliento o queja en su naturaleza, sobre las ruinas humeantes todavía, entrégase de nuevo a la tarea infatigablemente titánica y activa de construir siempre, reparando el daño ocasionado por el hombre a los agentes naturales. De inmediato vuelven a asomar yemas sobre las chamuscadas ramas, y junto al coloso despedazado, el germen que brota. Los antiguos sim­bolizan en la fabulosa Fénix la facultad de renacer de entre las cenizas de los propios errores.

Conclusiones.

Los rasgos más salientes de la enseñanza puesta como lema, vista desde un ángulo linguo-expresivo, nos conducen a la siguiente síntesis esquemática:

1º) El hombre es imperfecto porque son imperfectos sus pensamientos.

2ª) Muchas de nuestras imperfecciones serían fácilmente descubiertas si tuviésemos la precaución de examinar a menudo nuestros pensa­mientos.

3º) Son las expresiones, lo mismo que los hechos, quienes muestran la fisonomía de los pensamientos que las generaron.

4º) En lo que respecta a las expresiones, contemplándolas lejos del al­cance de todo vínculo personal (modalidades, tendencias, deseos, as­piraciones comunes), podrían apreciarse sin mucho esfuerzo sus fallas y darse a la tarea impersonal, activa, constructiva, de ir per­feccionando los pensamientos ‑y por ende las expresiones‑ dentro de las posibilidades relativas a cada cual. En el perfeccionamiento de este proceso asumen singular importancia los elementos brindados por la experiencia, conscientemente aprehendidos por el ser.

5º) Las imágenes con que se viste la expresión deberán combinarse sin la participación de esos elementos exclusivamente personales que la mente tiene siempre a su disposición para uso propio, por cuanto ello restaría posibilidades y disminuiría la comprensión de aquellos a quienes van dirigidas. No olvidando el fin social que debe cumplir la expresión, hay que esmerarse en presentar imágenes de conocimientos elaboradas con los datos suministrados por la experiencia, conscientemente identificados con la idea o pensamiento a cuyo proceso de perfección fueron sometidos en un esmerado cultivo men­tal previo a la expresión.

6º) Los resultados no hay que perseguirlos como anhelos aislados –separatividad implica desunión‑, sino en función de un proceso madre o integral que la Logosofía promueve en quien la estudia aplicando sus leyes en forma consciente.

7º) Como la enseñanza logosófica actúa directamente sobre los pensa­mientos y la mente ‑causa del mal‑, su influencia, por esa vía, se extiende a todo el ser, quien se beneficiará de inmediato en la forma y grado en que sus pensamientos se modifiquen favorablemente. Por eso la enseñanza advierte con meridiana claridad que es preciso per­feccionar el proceso que va desde la gestación de la idea o del pen­samiento hasta su presentación al conocimiento de los demás.

Publicado en la revista “Logosofía” N° 61, enero de 1946

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