Meditaciones filosóficas del Dr. Ricardo Bassi

Publicado en “El Heraldo Raumsólico” N° 09, 15 de abril de 1936, pag 5

 “La Logosofía o ciencia del  Logos es la que da al hombre la clara visión para contemplar , su existencia y  apreciarla como algo perteneciente a la existencia de Dios”  Raumsol

Por mis sumarios estudios sobre historia de la filosofía tengo conocimiento de que la filosofía cristiana, principalmente la llamada “patrística”, desarrollada por  los apóstoles y sus continuadores durante los siglos I  y II, consideraba al creador de su escuela, Cristo-Logos, esto es, a Jesús como expresión auténtica del Logos o Verbo Divino. Pero sé también que los filósofos que los siguieron en esta índole de meditaciones, o sean los sostenedores de la filosofía escolástica, tuvieron tan grandes dificultades para armonizar sus concepciones individuales -producto de la carencia de una clara y científica concepción del Logos- que fue necesario el establecimiento y la imposición de verdaderos dogmas para evitar la anarquía que ese desconocimiento producía. El resultado final fue que los que decían seguir las enseñanzas de aquel extraordinario Maestro, apartándose de la rigurosa y científica lógica que ellas manifiestan, erigieran la fe, el misticismo y el dogma como medios infalibles para hallar la verdad.

La historia sombría de la Edad Media y las luchas religiosas fueron el corolario obligado de esa grande aberración. Desprestigiada la teología, por tan dolorosas experiencias, surgen los filósofos racionalistas que a la fe pura pretenden oponer la  razón pura, pero llevan a tales extremos sus abstracciones mentales, que pierden de vista la realidad del mundo sensible hasta el punto de extraviarse en el laberinto de las más fantásticas especulaciones mentales. De la fe pasan a la fantasía.

El espíritu humano vuelve a reaccionar ante el fracaso de esta nueva etapa, abandonando la fe y la razón pura para encaminar su investigación hacia el plano completamente experimental. Se toma entonces como único mundo real el sensible, es decir, aquello que perciben los sentidos: la materia. Adquieren gran impulso la química, la biología, la geología y hasta las ciencias sociales a las que también se aplican los métodos experimentales. Durante este largo período -que llega casi hasta nuestros días-, se miran con desdén los problemas referentes a nuestra vinculación con Dios, dejándolos librados exclusivamente a las religiones y también los que antaño eran objeto esencial de la  metafísica. El resultado fue que mientras  se ampliaba nuestro aparente conocimiento de la materia, se relegaban casi al olvido las graves cuestiones espirituales.

Pero los recientes estudios sobre matemática superior exigieron al hombre de ciencia la explicación de las nociones de tiempo y  de espacio, poniéndose en evidencia  la ciclicidad a que se halla circunscripta la mente humana para percibir esos aspectos fundamentales de la realidad.

También las últimas investigaciones psicológicas sobre el subconsciente pusieron de manifiesto que nuestra psiquis no puede ser estudiada  dentro de límites de una concepción materialista.

Desde el punto de vista ético estas corrientes del pensamiento no pudieron impedir que la humanidad cayera en un crudo materialismo ya que a ella conducen casi de la mano la concepción de la justicia, tanto la “utilitarista” de Spencer como la “necesaria” de Vanni.

Lo dicho demuestra que este último eslabón del pensamiento contemporáneo nos ha alejado insensiblemente del verdadero y fundamental punto de partida, o sea de nuestras relaciones espirituales y  éticas con el Supremo Hacedor, dejando librada nuestra mente al dominio tiránico de los deseos e instintos y a las angustias de la incomprensión de la verdad, que  tan enfáticamente se nos prometiera hallar por los métodos experimentales.

Vale decir que la humanidad estaba decepcionada desde el doble punto de vista científico y ético, cuando hace su aparición realmente providencial el  Maestro Raumsol con una nueva y original ciencia: la Logosofía o Ciencia del Logos. Esta satisface plenamente esas exigencias espirituales: la científica,  porque substituye la fe ciega, que imponía la filosofía escolástica, por una fe totalmente diversa, ya que, como sabiamente lo asevera el Maestro, la le del discípulo ha de ser luminosa y consciente; luminosa, por cuánto ha de llegarse a ella por medio de la razón, y consciente porque habrá de afirmarse en la constatación. Como se ve, en esta scientia mater se aúnan  y complementan los tres caminos por los cuales quiso hallar la verdad el hombre: la fe, la razón y la experiencia.

Desde el punto de vista ético satisface también ampliamente toda vez que al darnos una clara visión de nuestra existencia, nos advierte el proceso de nuestra evolución consciente y por ende, el sendero de virtudes a recorrer. Al evidenciar que pertenecemos a la existencia de Dios nos da la pauta a seguir en nuestra conducta encaminada a mantener el vínculo espiritual que a El nos une.

Empero, podría objetarse que todo lo expuesto no es más que la repetición de aquellos anteriores intentos ya que como se ha visto, la teología, la metafísica y la ciencia positiva han intentado darnos también la clara visión de nuestra existencia. Ellas han fracasado lamentablemente dejando en el hombre nada más que amargura y desazón.

¿Por qué, entonces -preguntarán algunos-, la Logosofía intenta o pretende resolver lo que e través de tantos siglos ha sido insoluble? Bien fácil es contestarlo:

a) Porque esta nueva ciencia se aparta totalmente de aquellos métodos y pone en ejercicio una mente diversa a la que sé utiliza hasta hoy para aquellas indagaciones: la mente superior, cuya capacidad de percepción es infinitamente mayor que la de la   mente común, única utilizada hasta el presente;
b) porque le concede al  mundo de lo inmanifestado una realidad que la ciencia positiva dogmáticamente le ha negado y que la teología y la metafísica no han examinado con la luz de la razón sino con la fe ciega en un caso, con la fantasía de las meras abstracciones mentales en otro;
c) porque ha establecido el nexo que vincula lo manifestado, con lo inmanifestado, poniendo en juego la rigurosa ley de la analogía;
d) y por  último, porque ha evidenciado en una síntesis genial y científica, la indestructible unidad del todo.

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