El capital privado y su antitesis

De Carlos B. González Pecotche – Revista Logosofía N° 59 (noviembre de 1945)

El triunfo de la democracia sobre el totalitarismo es el triunfo de la libertad y de los derechos humanos.

Principia, pues, una nueva era, que se perfila como la más fecunda y gloriosa de todas las que la precedieron: la era del individualismo y el colectivismo conciliados en una mutua comprensión de sus respectivas situaciones.

El mundo necesita hoy, más que nunca, el concurso de todos sus hijos para edificar un futuro que nadie sea capaz de destruir. Existen para ello verdaderas ansias de colaboración entre todos los pueblos de la tierra y entre todos los seres humanos, sin excepción; sólo se requiere el estímulo, el gran estímulo de la libertad y el respeto a la dignidad humana, para que las aspiraciones de los hombres libres de toda opresión, culminen dentro de sus respectivos campos de acción, en la más bella de las realidades, cual sería la contribución que cada uno aportará al bien común y a la edificación de un mundo mejor.

Venimos sosteniendo desde hace tiempo a través de diversas publicaciones, que en la iniciativa privada reside el principal elemento de progreso de los pueblos. Esta es una verdad que se manifiesta desde los primeros tiempos de la historia del género humano.

La libertad de pensar y de accionar, junto a las garantías que amparan los derechos del hombre y las leyes que resguardan su vida y su propiedad, estimulan el florecimiento de las ideas y el renacimiento del entusiasmo por el estudio y el trabajo, en alto grado, como una necesidad impuesta por la naturaleza misma de la especie humana. Nadie podría negar que el progreso de un país cuya población ascendiese, por ejemplo, a diez o veinte millones de habitantes, sería infinitamente mayor si todos ellos aportaran el concurso de sus ideas y esfuerzos, o sea, el concurso de su iniciativa privada, que si ese concurso fuese prohibido y se admitiese tan sólo en reducidísimo número.

La última guerra ha demostrado acabadamente cómo los pue­blos declinan y se deslizan por pendientes resbaladizas hasta llegar a la barbarie, toda vez que pretenden anular la iniciativa privada y negar al hombre sus derechos y sus libertades. Muchas cosas y muy grandes puede hacer el hombre cuando su espíritu está libre de temores, de angustias y limitaciones.

Cuando se tiene la sensación cabal de que el producto de la inteligencia, del esfuerzo y hasta del sacrificio, no habrá de ser des­tinado al usufructo de unos pocos sino al de toda la humanidad, o por lo menos, al mayor número posible de semejantes, el impulso natural de pensar y de hacer libremente parecería brotar de lo más profundo de la conciencia humana.

Este es, pues, el aliciente más edificante para el ejercicio del libre albedrío y de las facultades individuales, las cuales, mientras superan por el esfuerzo propio al mismo que las cultiva, benefician también, por reflejo de sus mejores actuaciones, a todos los que le rodean. Se ha visto, en cambio, cuán nefasto ha sido el sistema de los totalitarios al anular la iniciativa privada y convertir al hom­bre, por antítesis, en un ente servil en quien se extirpó toda la fecundidad espiritual.

Inmensa ha de ser hoy la felicidad que comienza a experimen­tar la humanidad al saberse nuevamente libre y dueña de sus pro­pios destinos. Si en la era que terminó con la victoria aliada, hubieron hombres y pueblos que la deshonraron, puede tenerse al pre­sente la seguridad más absoluta de que los hombres de esta nueva era habrán de honrarla haciendo que ella, la humanidad, vuelva a reinar en el mundo con todas las prerrogativas y privilegios que le corresponden.

 

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