El cuadro mental y psicológico que presenta el mundo

Importancia capital que frente al mismo asume el conocimiento logosófico

Conferencia pronunciada por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la sede de la Escuela de Logosofía en ocasión de su última visita a la capital uruguaya efectuada en febrero de 1941. (Revista Logosofía Nº 3)

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No puedo menos, discípulos, que manifestar la felicidad que siento al encontrarme nuevamente entre vosotros, rodeado del afecto de todos y del propósito común de continuar esta obra de bien, pese a las múltiples dificultades que habrán de presentarse en la marcha hacia el triunfo final.

Me habéis visto ya en otras oportunidades dirigiros la palabra, ya para preconizar el ideal logosófico, ya para vaticinar acontecimientos que luego aparecieron en el escenario del mundo como inevitables consecuencias de las causas que con antelación os señalara. Nos encontramos ahora atravesando uno de los más singulares trechos de la historia, y como las épocas se van sucediendo unas a otras y a veces ellas marcan en el tiempo rutas, es necesario tenerlas en cuenta para no extraviarse en los momentos de vacilación.


Advertencias sobre la confusión reinante.

Toda obra grande requiere grandes esfuerzos, continuados trabajos, afanes comunes que no es posible se manifiesten con la rapidez que sería de anhelar, pues a medida que se vayan cimentando las convicciones individuales se irá uniendo en la comprensión y el anhelo común el sentido de todos hacia un mismo idea.

Hemos pasado –la Providencia lo ha querido– épocas de calma y de agitación, pero siempre en la paz del ambiente; mas vendrán días inciertos para la humanidad, épocas en que será menester estar muy seguros de sí mismo, para sentirse efectivamente como un alma que vive y experimenta la realidad de la vida.

Os ha tocado, como a los demás humanos de esta existencia, atravesar una de las etapas más difíciles de la historia. Es la primera vez, os lo aseguro, que los elementos del mal atacan en forma directa la mente de los hombres. Parecería como si gozaran al observar las torturas mentales que está sufriendo gran parte de la humanidad. Puede decirse que mucho de lo que está ocurriendo proviene del descuido, del abandono casi total de los hombres en el sentido de superar su cuadro mental y psicológico, en el sentido de conocer las virtudes del espíritu y cultivarlas a fin de elevar las condiciones de vida y colaborar en hacer mejor la existencia de los demás.

En tal estado de decadencia espiritual, la mente de la mayoría es presa fácil de los pensamientos del mal, los que invaden y someten a las mentes indefensas, incultivadas, que fueron creando a su alrededor ambientes ficticios y que en muchos casos llegaron hasta la más cruda extravagancia.

Son estos desvíos de la razón los que han producido tanta confusión y desorden en el mundo, arrastrándolo hacia un destino cruel al incitar constantemente en el fuego de las pasiones humanas, el despertar, no de la mente en el espíritu, sino de la mente en la materia. Pero esta situación no podía continuar; tenía que culminar en una detención del desenfreno de las pasiones y optar por una renovación de conceptos básicos sobre la vida, o precipitarse los hombres uno contra otro movidos por ansias inconfesables de venganza y exterminio.

Si contempláis el panorama del mundo, cuyo aspecto primordial es ofrecido por las reacciones mentales de los hombres que se hallan en los diferentes puntos del globo, y observáis sus efectos y sus repercusiones en la psicología de unos y otros, a medida que las grandes conmociones chocan, o, mejor dicho, hacen chocar las mentes de los mismos contra una realidad que, por cierto, estuvieron lejos de presentir, veréis que a la mayoría los toma de sorpresa y por ello les es tan difícil sobreponerse a la sugestión del espanto que en el ánimo común opera con tanta violencia, sea por el carácter inesperado de los hechos que acontecen como por la calidad atroz e inhumana de los mismos.

Lo he dicho en otra oportunidad y lo puedo ratificar ahora, que si los hombres del Viejo Mundo hubieran detenido a tiempo esa desenfrenada marcha hacia el encuentro de una situación como la actual, la más horrible que hayan podido pasar en el curso de la historia, y hubiesen emprendido una verdadera obra de renovación integral, hoy no presentaría el mundo este aspecto tan triste, tan macabro y tan siniestro en todas sus manifestaciones.

Acción de los pensamientos en el campo mental.

En nuestros días no todas las mentes podrán soportar el cataclismo moral, social y espiritual que está sobreviniendo en el mundo, porqué no se hallan preparados para ello. Las fuerzas de la inteligencia se han debilitado mucho para poder resistir semejante transición y el hombre no está en condiciones de comprender la magnitud de la misma.

He expresado en múltiples artículos que cuanto está aconteciendo no es más que el juego de diversos pensamientos que tomaron forma monstruosa atrapando a los hombres de uno y otro país, para luego estrujarlos en su vientre; me refiero a los pensamientos monstruos, que absorbiendo primeramente la vitalidad intelectual de los hombres, hacen de sus mentes campo propicio para toda clase de idea extremista que se encuentra fuera de la realidad humana. Nada puede ser tolerado por una razón equilibrada como no sea aquello que presente aspectos de equilibrio. Todo lo que obstruya la marcha regular de la existencia, que presente caracteres anormales o atente contra la propia existencia de los hombres, es rechazado por ella.

Discípulos, con esto os quiero decir que en un futuro no lejano habremos de cruzar momentos difíciles, pero puedo aseguraros también que estaréis en mucho mejores condiciones que los demás seres, porque las dificultades que tendréis serán menores que las del resto de la humanidad, pues vosotros tenéis muchos conocimientos que son eficientes elementos de defensa para neutralizar los efectos de la adversidad que ya amenaza cernirse sobre este desdichado mundo. Por tanto, será necesario fortificar día a día la mente con todos aquellos pensamientos que le ofrezcan mejor perspectiva para poder situarse dentro de este panorama que acabo de presentar sin que la afecten mayormente las alternativas que habrán de presentar las otras mentes.

No olvidéis que en estos momentos, y constantemente, es sorprendida la mente de los hombres por pensamientos de diversa índole que se lanzan desde un punto a otro del mundo haciendo que los seres vivan en constante zozobra. Cuando la resistencia se afloja y se debilitan las fuentes internas, se está entonces a merced de las circunstancias. Es menester, pues, enfrentar con valentía el instante en que vivimos, y saber colocarse en la posición de hombre íntegro, es decir, de ser individual, responsable de sus actos y de sus pensamientos, y desechar siempre los moldes mentales que ofrecen quienes quieren inducir al mundo a ser juguete de los únicos que se creen con derecho a ser libres y a esclavizar al resto de sus semejantes.

Yo preguntaría a los que pudieran tener algún pensamiento afín con aquello que ataca la libertad del hombre y la augusta soberanía del hogar, bajo qué signo y merced a qué prerrogativas pueden emitir su opinión, si no es bajo el signo y las prerrogativas de las naciones libres, de las naciones nobles, que saben escuchar sin irritarse a los mandatarios y al pueblo, mientras corrigen sus errores y encauzan sus destinos. Ya se ha visto, pese a todo, cómo éstos pueden sobrevivir a las catástrofes, porque saben defender por su propia cuenta sus hogares y su patria.

Por esto, la Logosofía, vierte la naturaleza esencial de la vida de los pensamientos en el alma del hombre que es la mente, que es la que respira el oxígeno vital del espíritu, la que amamanta la inteligencia, y por la cual el ser humano concibe, percibe y constata que existe, que vive y que puede accionar.

Logra más el hombre que domina sus pensamientos, que los acondiciona a su voluntad y los maneja con inteligencia, que aquel que es juguete de los mismos y jamás es defendido por ellos. Pero logran infinitamente más, muchas mentes, capaces de acondicionar con disciplina sus pensamientos, convivir con los mejores y establecer un vínculo permanente y eterno entre ellos, porque muchas mentes, es indudable, pueden más que una en este sentido.

Recuerdo que una vez alguien preguntó a un sabio si la humanidad se sumergiría en la ignorancia suponiendo que algún día se destruyeran todos los libros que existen en el mundo. Y el sabio contestó: Dos cosas son necesarias para reconstruir inmediatamente todos los libros que existen y que se hubieran destruido: la Naturaleza, que es el libro más grande que hay en el Universo, y una mente que perciba y pueda trasmitir a los demás las imágenes que de ella tome. Las páginas de ese gigantesco libro son los días y las noches que cada hombre da vuelta sin cesar mientras dura su existencia.

De modo que mientras haya una sola mente en el Mundo, ésta podrá reconstruir una, mil y un millón de veces cuanto el hombre pudo extraer de ese libro, pero lo que no puede reconstruirse más, lo que no puede repararse, es la transición de los que pasan bruscamente de la vida a la muerte física sin haber tenido la más mínima oportunidad de realizar el proceso de su existencia, que es ese gran objetivo que Dios dispuso como ley para los hombres. Por consiguiente, podrán reproducirse todos los caracteres que existen en el Universo, más lo que no ha de reproducirse sin sufrir la cruda alteración de la ley, cosa harto imposible de acontecer, es la vida humana cuando se troncha bruscamente. Pero dejemos que las leyes accionen sobre los culpables al determinarse las causas y las responsabilidades, y aprestémonos en tanto a edificar invulnerables muros mentales para que no puedan penetrar en nuestro interno ser las miserias del mundo, las lacras que vendrán rodando por los aires y por los mares, los parásitos mentales propios de ese estado de descomposición en que se encuentra el Viejo Mundo y que buscan nuevos puertos para continuar su obra de destrucción.

Vuelvo a repetir: si queréis conservar vuestra paz interna y no veros sorprendidos en un futuro por pensamientos de índole extraña a vuestra naturaleza, a vuestro sentir y a vuestro pensar, cubríos de todas maneras y estad siempre alerta.

En esta labor de evolución incansable en que estamos empeñados, ardua por cierto, debéis convenir conmigo en que es necesario duplicar los esfuerzos para que podáis colocaros rápidamente en un plano superior a aquél en que hoy estáis; cuanto más logréis elevaros por encima de las miserias que está padeciendo el mundo –me refiero siempre en el orden mental en primer lugar-, más os distanciaréis de todo peligro y más lejos os sentiréis de ser presa del mal.

Mi mayor anhelo es poder un día encontraros a todos entre las nubes de la tormenta, cuando ella hubiese ya pasado, sanos y salvos, intactos, para dirigiros nuevamente la palabra. Me sería muy triste notar la ausencia de alguno de vosotros, pues no podría ser completa mi felicidad si aquellos que conmigo marchan desde hace tiempo, dejasen de escucharme y de convivir con los pensamientos que constantemente coloco a su alcance profundos conocimientos para una mayor capacitación mental.

Cuanto os digo quiere significar, discípulos, que no debéis entreteneros en pequeñas cosas que desviarán vuestra vista del punto de mira. Es hora ya de que os preparéis lo mejor posible para estar en condiciones de sobrellevar con entereza todas las adversidades que puedan presentarse, a fin de ser dignos de disfrutar un merecido triunfo al final de esta jornada. Para ello será necesario –repito–, no descuidar un instante los movimientos de la mente. Diría que uno de los mejores elementos de auxilio que tiene el discípulo para no verse asediado nunca por pensamientos extraños –como he dicho– a su naturaleza y a su mente, es trabajar. Cuando descanse, que éste sea un descanso reparador, que jamás se convierta en ocio, porque el ocio es el espacio que el diablo utiliza para introducirse en la mente.

Quiero destacar que si el descanso es reparador de las energías gastadas en la actividad, el trabajo es, a su vez, reparador de los debilitamientos ocasionados por la inercia mental. Conviene, pues, desde todo punto de vista, que la mente siempre esté ocupada en algo útil.

Ha de tenerse por conducta el desarrollo de una constante labor de adiestramiento mental en el sentido de predisponer el ánimo a sostener una resolución con firmeza y contrarrestar así todos los amagos de indecisión y pereza.

La paciencia debe ser una de las virtudes que más ha de cultivarse, por ser ella quien crea la inteligencia del tiempo.

Comprender el lenguaje del tiempo y obrar inspirado en sus consejos, debe constituir una de las máximas aspiraciones del ser humano, pues el arcano que con ello se revela a la conciencia trasciende todos los límites de lo imaginado.

Para el hombre consciente, para el que sabe esperar con sensatez las cosas que son objeto de su preocupación, por más variadas y hasta si se quiere adversas en apariencia a su agrado, deben seguir existiendo para su razón todo el tiempo que sea necesario en tanto ellas se vinculen a su vida y armonicen con sus aspiraciones, si éstas son justas y realizables. En otras palabras, las grandes obras, como las pequeñas, requieren su tiempo; pero he ahí que ese tiempo debe ser fértil y no estéril. En consecuencia, logrará merecidos triunfos quien persevera y no desmaya en sus afanes mientras obra con inteligencia, discreción y tolerancia.

Toda interrupción es perniciosa y compromete la eficacia de los medios honestos y útiles que se emplean, y también, los resultados a que se aspirase llegar.

En la misma naturaleza, cuando se interrumpe un proceso se altera la armonía de sus combinaciones, se perturban las funciones de los elementos que intervienen en el mismo y, finalmente, se malogra su manifestación, o sea, la resultancia del proceso. Y si esto ocurre exactamente en los seres más visibles de la creación, no es admisible que tratándose del hombre exista una excepción.

El secreto está, pues, en la continuidad, en la no interrupción de las energías que se disponen para alcanzar un propósito que habrá de vincularse estrechamente a la vida. Nunca se logrará una culminación feliz si en cualquiera de los estados en que se encuentre el proceso iniciado, se rompen bruscamente los hilos de conexión con la conciencia. Puede ilustrarse esta imagen en forma más gráfica si tomamos un ejemplo corriente, como ser el de un estudiante de derecho o de medicina que interrumpe sus estudios. No alcanzará, lógico es admitirlo, a terminar su carrera, desde que habrá malogrado el proceso que debía llevarlo al término de la misma. Un hecho que se repite muchas veces y que evidencia esta tesis, es que todo aquel que cesa en sus empeños, hoy en esto y mañana en aquello, siempre se halla en los comienzos y no varia su posición aunque los años al pasar sacudan un tanto su altivez.

Los seres comprendidos en este cuadro jamás lograrán a conquistar nada, puesto que se lo impedirán la inconstancia y la imprevisión.

Deja de ser lo que eres –reza el axioma que sintetiza el mandato supremo instituido por la Ley de los Cambios- si quieres ser aquello que aspiras ser.

Los más grandes éxitos obtenidos por el hombre en la conquista del bien, han sido logrados merced a su perseverancia y a sus continuados esfuerzos en dirección al ideal perseguido.

La naturaleza humana es frágil. De ahí que el hombre deba luchar tanto contra sus propias debilidades, ya que éstas son, precisamente, las que le hacen ser inconsecuente, movedizo y poco amante de todo lo que le insuma algún esfuerzo continuado. Busca siempre el halago de los pasos inciertos, el azar con todos sus falsos reflejos, y no la realidad que le ofrecen los pasos seguros. Cuántos se han extraviado en-innumerables laberintos lamentando después no haber seguido un camino recto.

Ahora bien; si observáis con alguna detención el cuadro psicológico–mental que presenta el ser común en general, tendréis, por una parte, que esa inestabilidad que se advierte en la mente humana es el producto o la consecuencia de la variabilidad de los pensamientos, y por otra, el hecho de desconocer cuáles son sus posibilidades mentales y cuál la función real y específica que corresponde a la mente en el conjunto de su naturaleza y como parte substancial de su existencia. Por ello aquel que logra fijar la mente, es decir, estabilizarla para que no sufra más las continuas alteraciones a que la ha expuesto la ignorancia y hace resplandecer dentro de la misma sus mejores propósitos, ha enfocado por cierto las miras hacia un destino mejor, lo cual, incuestionablemente, irá operando en su vida los cambios más notables que jamás pudiera imaginar.

En conocimiento de esto, ¿quién no se apresta a dejar ese destino mísero señalado al que tiene de la vida los limitadas y torpes conceptos tan puestos de manifiesto por su escepticismo y despreocupación? El hombre, que no ha sido hecho una bestia no tiene por qué comportarse como un animal. Algo extrahumano existe dentro del ser a quien Dios dotó de facultades que fueron vedadas a todas las demás especies del universo.

No debemos, pues, ser ingratos con el Dador de ese supremo bien, y que al subir el último peldaño de nuestra existencia seamos dignos de exclamar con júbilo: Hemos luchado y hemos vencido.

No es posible concebir que el hombre que ha experimentado siquiera una vez la sublime sensación que concede al espíritu la comprensión de los conocimientos, se sumerja luego en la nociva inercia mental que tanto corrompe el ánimo y endurece los resortes del entendimiento, porque es, precisamente, en la comprensión del conocimiento que se asocia a la vida, donde el alma siente con mayor intensidad la inmanencia de Dios dentro de sí y en todos los puntos en que asome la inteligencia para descubrir un detalle de Su Magna Creación.

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