Conmoción sensible

Por Luz Elena Geis López –  De “Cuentos para Adolescentes” (1998)

La madre se encontraba en el comedor recogiendo de la mesa todo lo que la familia había usado para el desayuno, cuando la sorprendió que su hija mayor, que cursaba el primer año de liceo, retornara acompañada de una compañera, que tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Con nerviosismo le explicó que su compañera tenía un gran problema. Debido a eso, en lugar de entrar a clase, venían a la casa a consolarla.

La aflicción de la adolescente se debía a que la noche anterior, una prima suya, a quien mucho quería, perdió su hijo al nacer y ella quedó muy delicada.

Con mucho cuidado la señora le explicó que era lógico que estuviera muy conmovida y dolorida por el hecho trágico de la pérdida del recién nacido, pero que no debía llevarlo al extremo de que esa circunstancia perturbara su vida y por extensión la de sus compañeras. Que retornara al liceo y asistiera a la clase y que si ella no se sentía con ánimo de permanecer en el aula se retirara explicando a la adscripta el motivo por el cual lo hacía.

Las dos volvieron al liceo.

Cuando regresó su hija le comentó que su compañera se quedó en la clase y al irse ya no estaba tan angustiada, pues veía con otra perspectiva la enfermedad de su prima y la pérdida del bebé.

Horas después, en una larga conversación que mantuvo con su hija, le fue haciendo diferentes razonamientos a fin de que comprendiera que los problemas de los otros deben afectarnos hasta cierto límite y que ese límite nos lo da la propia sensibilidad.

Cuando hacemos nuestro el problema de los demás extralimitándonos en la conmoción que ellos nos producen, no es nuestra sensibilidad la que crea esa situación interna sino la sensiblería, que es la que conduce al ser a cometer muchos errores, como podría ser, por ejemplo, supeditar nuestros deberes y obligaciones a lo que le acontece a los semejantes que tenemos cerca nuestro.

Esta vez tú dejabas de asistir a tu deber de estudiar por considerar a una compañera que estimas, lo cual es muy loable. Pero te hago esta pregunta que no pretendo que me la contestes ahora, sino que la medites: ¿No hubiera sido más razonable que estando tan afligida permaneciera en su hogar para encontrar junto a su familia la calma necesaria, y en la tarde, hablarte por teléfono para explicarte lo sucedido y pudieras, si así lo convenían, ir a confortarla acompañándola?

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